LA FIESTA INOLVIDABLE

La cita era en 53 Cadoggan Gardens, Flat7, Knightsbridge y ahí fuimos llegando todos los que formábamos parte de una suerte de colonia latinoamericana, donde nos mezclábamos argentinos, ecuatorianos, chilenos, colombianos. Había de todo, estudiantes de postgrado, viajeros sin más propósito que viajar, algún exiliado político, aventureros. La fiesta era en la casa de una pareja formada por el galés Ian Burton y el argentino Hugo Palombo de “Slaughter Houses”, como Hugo solía referirse al porteño barrio de Mataderos donde había crecido.

Es fácil decir que uno acepta las diferencias, es lo propio de la madurez, y la democracia es el sistema de la edad adulta; lo dificil de digerir es (en todo caso lo era, entonces, para nosotros, los latinoamericanos) que esa diferencia puede llegar a ser en extremo ajena a uno, al punto de provocar rechazo. Creo ver en ello (hoy), que el protestantismo tiene al juicio privado como el valor supremo (esa es la base del derecho liberal) en total oposición al intervencionismo propio de los países de raíz católica que desde cualquier ángulo señalan como se deben hacer las cosas. La versión militar de esa intervención han sido los golpes de estado, cada vez que ese juicio privado no “comulgaba” con los valores “verdaderos”. Para nosotros, Londres era (en 1978) una sociedad liberal a ultranza en cuanto a sexualidad se refiere. Los gay se besaban en público con una libertad que jamás había visto en Buenos Aires; hablaban de sus levantes en baños públicos y de sus orgías de la misma manera e idéntica pasión con la que entre nosotros se decía “Si Evita viviera sería Montonera” y el retruque “Si Evita viviera sería una ramera”.

La pareja formada por Ian y Hugo era una relación sado masoquista, donde Ian era el amo dominante y Hugo el esclavo sometido y se los veía felices y ahí en esa fiesta comprendí los moretones y rasguños con que tantas veces lo había visto.

Hugo nos abrió la puerta vestido de cuero y con collar de perro en el cuello y una correa de la que Ian lo sujetaba; el pantalón gastado tenía el cierre cremallera en el trasero. Si bien la fiesta fue “very hot”, fue civilizadamente “hot”, había ámbitos de privacidad. En un momento de la fiesta, Hugo anunció, que iba a recitar un poema de su autoría. La música de fondo fue “The End”, Jim Morrison decía:

“Father, yes son, I

Want to kill you

Mother…I…want to…wa…

Kill, kill, kill, kill

This is the end

Beautiful friend

This is the end

my only friend, the end”

Hugo miró a Ian, se hizo un silencio y éste anunció, now, “RAINBOW COWS” by Hugo. Ian se sentó frente a la batería, otro inglés tocaba el bajo y Hugo cantó

Vengo de América católica

Vengo de América apostólica

Vengo de América romana

Born in Slaughter Houses

Rainbow Cow Market

Vengo de reseros y corrales

Vengo de barrio porteño

Barrio de futbol y tango

Barrio de machos y chongos

Rainbow Cows, Rainbow Bulls

Rainbow Dicks, Rainbow Arses

Mazorca en el Culo

Came to England to live my

Rainbowhood

Mataderos, matarifes, La Matanza

Asado a la cruz

Cristo a la cruz

Pueblo a la cruz

Decir la verdad: nunca

Toda la verdad: jamás

Y nada más que la verdad: imposible

Rainbow Cows, Rainbow Bulls

Simular, Ocultar, Tapar

Soportar, Aguantar, Resignarse

No decir, No mostrar

No mirar, No escuchar

No acusar, No denunciar

Antifaz, Careta, Máscara

Slaughter Houses, Kill the cow

Kill the truth

Slaught reality

Slaught the evidence

Slaught rainbow cows

Kill, kill, kill,kill.

Terminamos todos dormidos en el piso y nos despertaron, creo que alrededor de las tres de la tarde del día siguiente los gemidos de placer (creo) de Hugo, amarrado a la cama de pies y manos y el dominante Ian procediendo con un “fist fucking”.

Me fui caminando a casa, era una tarde fría y a las cuatro ya había oscurecido, me di una ducha. Salí a comprar The Guardian y a desayunar en Sloane Street.

Pasaron los días y una noche me encontré en un bar en Notting Hill con Hugo que tomaba una cerveza en la barra, me senté a su lado y me comentó que con Ian habían terminado y que ahora estaba saliendo con una catalana.

– Sí Alejo, para mí la vida es sexual, no creo en la hetero u homosexualidad, somos tan sólo sexuales y si nos circunscribimos a uno u otro apetito, pues ese no es mi problema, peor para ustedes no saben lo que se pierden, “Whenever you are ready, just call me”. Nos reímos. Caminamos por Notting Hill, bajamos por Holland Park, cruzamos South Ken, Chelsea y nos quedamos charlando horas apoyados en la baranda del Prince Albert Bridge; aunque la noche era fresca ya se sentía la primavera cercana.

– La Argentina, Alejo, es como yo, es la pareja masoquista de un amo sádico, el problema, es que tiene vergüenza o culpa por serlo y aparenta ser una sociedad “straight” y hace unos esfuerzos denodados para mostrarse de esa manera. La Argentina no se concibe a sí misma sin la existencia de ese amo, lo requiere, goza con el maltrato, queda como paralizada, encandilada ante el amo, pero no lo va a admitir nunca. Quiero decir, sé que había varios en la fiesta que hubieran querido ser el perro del amo como yo de Ian, o el amo del perro como Ian de mí; algo así como el neurótico que en público rechaza lo que hace el psicótico, pero que calladamente le encantaría poder hacerlo.

-Bueno Hugo, no sé si son tan fácilmente trasladables a una entidad tan vasta y compleja como una nación, los deseos sexuales de los individuos.

-Sí, claro no es tan fácil, pero pensá que siempre el poder se asienta en la Argentina suponiendo un imperio opresor; hasta principios del XIX fue España, los siguientes 100 años, fue el Imperio Británico, y desde Braden o Perón, los Estados Unidos. Siempre hay una sinarquía, o logias masónicas, o las finanzas sin corazón que se confabulan secretamente contra el pueblo. Ello es el caldo de cultivo que requiere de un salvador. Rosas en el XIX, Perón en el XX y vaya a saber que nos espera para el XXI. Si bien entiendo que la lógica del poder requiere de un “cuco”, es decir de un enemigo real o potencial, de una amenaza latente, para justificar la existencia misma de ese poder, en Argentina, siempre me pareció que formaba parte del inconsciente colectivo la convicción de que sin ese “cuco” la vida es insoportable. Algo así nos enseñaban en el colegio salesiano donde había un cura que siempre decía, “bendita culpa que nos ha dado un redentor”. Mirá, pensá en la pasión y muerte de Jesucristo como un “stand up” masoquista. Apenas entrás en una iglesia, lo primero que ves es la imagen de un individuo sangrante en una cruz, que no es otra cosa que una mesa de torturas, a la que ha llegado después de una traición, donde hubo una cometa de 30 monedas de plata, un apresamiento, interrogatorios de militares romanos, azotes, latigazos, la carga de la cruz por un sendero de polvo y piedras caminando descalzo, corona de espinas, clavos en muñecas y tobillos. Se parece bastante a un ritual masoca ¿no?

-Y sí, se parece mucho.

-Y la confesión, la posición del misionero, el muchacho arrodillado frente al cura en un cubículo y el tipo con las piernas abiertas.

Carajo, ya me hacés pensar en Ian. Dale Alejo, atrevete, yo me confieso y vos me castigas a que te mame la verga.

Bien entrada la noche, nos despedimos en la puerta de casa. Hugo a confesarse con un amigo con el que se cruzó cuando llegábamos a Onslow Gardens, me lo presentó y se fueron abrazados.

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