Es julio, es 1969, me encantó lo del astronauta Armstrong: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. Todavía me subía al techo a mirar las estrellas. ¿Cómo se vería la tierra desde allá? ¿Cómo seguiría la vida del primer caminante sobre la luna, al volver a su barrio e ir al supermercado? ¡Qué infinita distancia!, allá la luna, aquí el medieval Onganía. Pensé por entonces, que la única potencia imperial que habíamos tenido que soportar, había sido la Iglesia de Roma. Fue a partir de entonces que vi a la cruz, como el símbolo de ese imperio oscurantista, que por siglos venía dominando mentes y cuerpos de millones. La iglesia tenía la red de sucursales más vasta de la historia, desde las fastuosas, imponentes catedrales de Colonia, Notre Dame, Chartres, Burgos, Santiago de Compostela, Estrasburgo, hasta pequeños galpones en villas y asentamientos. El mismo mensaje en colegios y universidades: la constante prédica del pobrismo, la limosna, el asistencialismo, el pastor y el rebaño. Toda esa retórica de pueblo, masas, toda esa grey, ese rebaño -me dije- es la contrapartida de los individuos que leo, estudio y admiro hasta cuando discrepo: todos los filósofos, literatos, poetas, músicos, pintores, se aíslan, se encierran, se ponen a trabajar en silencio y ahí, en esa soledad se encuentran con su pueblo, se nutren de él, son parte del mismo, lo llevan en su torrente sanguíneo, en sus voces. El que se aísla para pensar, es el emergente de esa Sociedad Anónima: su aislamiento es social: hoy seguimos leyendo a Heráclito, nadie recuerda al monopolista de aceite de oliva de Éfesos; y mucho menos al comprado diputado que legisló a su favor.
El tiempo más prolongado que pasé fuera del país, fueron cuatro años (1978 – 1982). Si bien las fechas del largo viaje, coinciden con la época de la dictadura militar, no obedeció el mismo, prima facie, a una situación personal. No soy un ex exiliado político. Las pasiones y luchas políticas nunca me cautivaron, no obstante, nunca me fueron indiferentes. Soy hombre de libros y de viajes, no de militancia. La palabra militancia, de cualquier tipo y en cualquier bando, me huele a obediencia, orden cerrado, escalafón jerárquico, supeditación de lo individual a lo colectivo: primero la patria, después el movimiento, luego los hombres. Los cuerpos militares, las órdenes religiosas, abundan en exaltar el espíritu de la colmena; mi relación con las abejas empieza y termina en mi gusto por la miel. El más contundente ejemplo que se me ocurre, para ilustrar tal punto, es ese oxímoron “Cristianismo y Revolución”, la revista que se publicó entre 1966 y 1971 dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio. No puede haber nada revolucionario asociado a la institución que por más siglos ha sido la expresión del PODER ABSOLUTO. La revista de gran predicamento entre gente muy joven, sensible, por lo general educada en colegios católicos, propiciaba un cristianismo comprometido con los humildes,, los desposeídos, los marginados. Veía al Che Guevara como una suerte de Cristo del siglo XX. Tal vez el padre Mujica fuera el mejor ejemplo de ese compromiso social. Compré, leí y subrayé varios ejemplares de esa revista. Pensé de Ernesto Guevara que cumplía con ese arquetipo con el que muchos se identificaban, pero siempre me pareció más Jesucristo que Pablo de Tarso y creo que si uno busca el poder, hay que ejercerlo cuando se accede a él y no sacrificarse para que te idolatren. Conversé dos veces con el padre Mujica. Escribí espantosos poemas en esa sintonía. Llegué incluso a ir a La Rioja, charlé con el Obispo Angelelli y pasé 15 días en Olta con mineros de la zona. Leía a Paulo Freyre, Franz Fanon, Herbert Read, Stanley Moore siempre en jardines al lado de la pileta en casas de La Lucila y San Isidro. Calzaba mocasines de Guido, James Smart traía trajes y sobretodos a casa. Estudiaba derecho, usaba traba de corbata, soñaba en inglés: el mamarracho, el esperpento era tal que mi padre solía llamarme Carlos Marx Mounbatten Windsor y prorrumpía en carcajadas que hasta hoy las escucho.
Nunca fui a colegio religioso alguno, comulgué dos veces en mi vida, a los 15 le dije a mi madre que no iba más a misa y si bien ella continuó yendo todos los domingos hasta los 85 años, no hubo objeción a mi planteo. Mi padre no fue jamás. Mi educación primaria fue en un excelente colegio bilingüe de Olivos, que ya no existe, mi educación secundaria y universitaria fue en la educación pública.
Cada vez que escucho una reivindicación a la militancia de los 70 en ámbitos Recoletos o Palermitanos que se definen hoy como pertenecientes a la clase media alta, se produce en mí una reacción que me hace abrir la ventana, salir al balcón, subirme a la canastilla del globo aerostático y me dejo ir a Capadocia o Abu Dabi y no escucho más nada y quedo ahí suspendido, hasta que regreso y digo que sí, que con mucho gusto acepto otra copa de Dom Perignon.
Pero en una segunda instancia, no me sentía a gusto en un país que se preparaba para ser sede del mundial de football, y donde todo iba a estar pleno de colores patrios y nacionalismo exaltado y orquestado por una Junta Militar que festejaba, torturando y arrojando argentinos al mar desde aviones en defensa de la sociedad occidental y cristiana.
Época dificil la de los 70; la peor que viví en el país: violencia, secuestros, cruzados fundamentalistas por doquier. Nunca entendí la teoría de los dos demonios: ambos bandos abrevaban en la misma fuente: el catolicismo inquisistorial con su tolerancia cero a quien osara poner en tela de juicio la verdad. El padre Mujica y el general Videla le rezaban al mismo Dios.
“Religión o Muerte”, era una consigna de la montonera federal: liberales como Rivadavia, Echeverría, Alberdi, Sarmiento morirían en el exilio en España, Uruguay, Francia y Paraguay.. Tengo para mí, que la década del 70 fue una suerte de orgasmo orgiástico que terminó en un Woodstock no de sexo, barro, porro y rock n’ roll, sino de balas, sangre, torturas, cárcel, fusilamientos y secuestros como corresponde a cuerpos inmaculados que persiguen verdades absolutas.
Pleno de contradicciones, partí a un recreo de cuatro años y comencé una etapa de liberación de lo argentino. Eventos gastronómicos, pequeñas empresas, estudio de Adam Smith, Jeremy Bentham, Thomas Hobbes, John Locke, David Hume, Michel de Montaigne, el Barón Holbach, Ludwig Wittgenstein, oficios varios, amores pasajeros, y y un largo viaje de seis meses por India.
Vi al país como algo muy lejano, por momentos espantoso, infantil, quejoso, fundamentalista; por momentos entrañable. Comprendí que el espacio era un privilegio cuya carencia se siente en Europa. Me sorprendió descubrir que Gran Bretaña tiene la misma superficie que la provincia de Santa Cruz (243.000 km2). Allá hoy (2020) viven 66 millones de personas, en Santa Cruz, subsisten mal y dependientes del estado 320.000; un poco más que los que poblamos los 48 km2 de San Isidro. Pienso en Alberdi “No sean ciegos, no son dos partidos, son dos países, Buenos Aires y el resto”.
Noté que ser argentino, podía ser una rareza, varias veces me dijeron que yo era el primer argentino que conocían; un médico en Asís, me preguntói si sabía lo que era una aspirina, que la tomara con confianza; un monje benedictino inglés, se expresó sin tapujos “me imagino lo que debe ser la iglesia católica en Argentina”; un estudiante de derecho en Francia, cuando le dije mi nacionalidad, me preguntó si yo era hijo de un diplomático, ya que hasta entonces, había supuesto que los argentinos eran de raza negra, (sumó dos prejuicios en una sola expresión).
Me agradó haberme desterritorializado, y un día en 1982 regresé en barco, quería tener la experiencia de lo que podrían haber sentido tres de mis abuelos nacidos en Europa. Al final del verano austral, me levanté temprano, salí a cubierta, olí Río de la Plata.
Recién instalado en un pequeño departamento en La Lucila, bajé una mañana de abril a comprar medialunas para el desayuno y el panadero gallego haciendo alarde de un ignorante desparpajo me comunicó que estábamos en guerra. Ante mi sorpresa, me dijo que habíamos tomado Las Malvinas, y que entonces sí, por fin nos habíamos puesto de pie. Lo más terrible fue que no sólo era el sentir del panadero, sino el de millones de ciudadanos. Uno de los informes del Embajador británico en Chile, sobre el entonces Canciller argentino Costa Méndez, decía: “logró realizar el acto imposible de ser nacionalista de derecha a la vez que anglófilo”. Hubo personas que hasta basaban el seguro triunfo argentino, en el excelente inglés que hablaba el Canciller del gobierno militar. Si bien esa excelencia era discutible, costaba entender el razonamiento, pero éste, tenía una larga tradición en el país. Recordé entonces, que la escritora Silvina Bullrich se jactaba de haber leído El Quijote, primero en francés y después en español. No pongo en duda que tal barbarismo hubiera sucedido, pero enorgullecerse por ello, da idea de la tilinguería que ello significa.
Cuando un ciudadano se entera por el panadero, que su país está en guerra contra Gran Bretaña, el resultado de la misma, parece cantado. Esa superficialidad en atribuir destreza diplomática por “dominar el idioma del enemigo”, o pretender distinción por leer una obra clásica y genial en traducción, siendo el lector, parlante de la lengua en que fuera escrita, son algunos de los motivos por los que creo que nuestra crisis es erótica; esa falta de respeto por la racionalidad, es para mí, faltar a la dignidad humana, que termina siendo falta de amor y que engendra como contrapartida una suerte de nacionalismo patotero.
La guerra pasó, como tantas otras cosas y la vida siguió, al menos para el General que la inspiró, el Canciller que la vociferó en “excelente” inglés y alrededor de 1000 jóvenes murieron. Sin duda había llegado a casa y nada había cambiado. La Argentina es la Calesita.
Comencé a recorrer Buenos Aires, como había recorrido otras ciudades del mundo, como si fuera un extranjero que con tiempo libre se dedica a vagar por la ciudad tratando de entenderla. Había días que recorría Paternal y Chacarita, otras Parque Chas, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, a veces rumbeaba para Belgrano y Devoto. Visité San Nicolás, Montserrat, San Telmo, Barracas, La Boca, Balvanera, Almagro, Boedo, Flores, Caballito. Tenía la absurda ilusión que en otros barrios que no fueran el mío, podría encontrar la clave de nuestra manera de ser. Comprendí, sin embargo, que había historias para contar y fui diseñando circuitos, que a la larga resultaron una fuente de ingresos ya que comencé a dedicarme a guiar extranjeros por Buenos Aires.
A diario voy a mi puesto de vigía, que es el muelle de Pacheco en San Isidro, que es el magnífico lugar en el que vivo. Observo desde el muelle, la carencia de puentes, y es lógico, 70 kilómetros nos separan del punto más cercano, Colonia; más de 200 en la desembocadura. Creo que si la ciudad se hubiera desarrollado a la vera de la cuenca Matanzas – Riachuelo, estaría surcada por innumerables puentes de una a otra orilla. Habría “Rive Gauche” y “Rive Droite”, ya que tanto nos ha gustado comparar a Buenos Aires con Paris. Los puentes son lazos que hermanan, los muelles son atracaderos, lugares para pescadores, poetas, enamorados. Amarraderos temporarios de barcos de pasajeros, lugares de carga y descarga. El muelle penetra en el agua, el puente es vinculación. El muelle es fálico, el puente fraterno. El muelle termina en el agua y el vacío, el puente une dos espacios que el agua separa. El muelle es final, el puente es un ida y vuelta. Buenos Aires está lleno de muelles en el Río de la Plata, pero está vacío de puentes. Algo de esto debe andar formando parte de nuestra manera de ser.
En ciudades con puentes tengo siempre la sensación de estar caminando por una tela de araña, hay un tejido, a veces, laberíntico, pero sé que hay un centro. Sé que la araña está en ese centro, pero sé también que puedo eludirla, en los muelles, en cambio, no hay red, estamos la araña y yo. París, Londres, New York, no sólo permiten ese juego sino que son una invitación a jugarlo, pero donde se hace imperioso participar es en Venecia, ciudad en que la araña, el Minotauro, la memoria, el sin sentido, la conciencia que cada uno tenga de la historia se esconden en ochavas húmedas, o bajo la lona con parches que cubre una góndola que se mece sujetada a un pilote podrido que cruje. O pasa (la araña), cubierta por la niebla de las dos de la mañana y uno queda expuesto y se pierde entre puentes y sonidos que vienen de lejos y uno sabe que la araña está, sin embargo, hasta en Venecia, con mar, con monjes que caminan y con los antifaces y máscaras del carnaval sé que siempre la puedo eludir. En el muelle no.
A Buenos Aires le falta un punto cardinal. El Este es el río, o la Banda Oriental. Sentimos esa carencia y abusamos -tal vez por compensación- del demostrativo ‘este’: este país, en este país, por este país, si en vez de este país. Me transformo en ‘este’ cuando ya no me aman.
Punta del Este, es un refugio argentino. Quizás busque al río por el Este que nos falta. Quizás vengo al muelle de Pacheco a enfrentarme con la araña o con Funes, de tanta memoria.

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