El viaje es también el encuentro con otras especies. De pronto cobran presencia, irrumpen. Muchos de ellos están en la tierra antes que nosotros.
Es 1964. Venimos de Chile, es un camión frigorífico, viene vacío, nos llevan en la caja. Por horas se hace de noche. Vamos a los barquinazos por la Cordillera de los Andes. Después de varias horas, el conductor y su acompañante, deben haber pensado que tal vez necesitábamos orinar. Aliviados, vemos un luminoso atardecer frente a una laguna plena de flamencos. Las pinceladas celestes, los picos nevados y el rosa fuerte del plumaje de las aves, son un cuadro de Seurat donde se ve, sin que esté presente a un esbelto y barbado personaje que parece acariciar las patas rojas de los flamencos.
Es 1969, es Escuintla, es Guatemala, son las siete de la tarde. Todos los cables, todas las ramas de los árboles, cualquier cornisa, las cúpulas de las iglesias, son el albergue transitorio de miles de golondrinas que descansan en su travesía San Juan de Capistrano- Buenos Aires.
Caleta Xeljá, Yucatán, nadamos en un crater poblado de peces de todos los colores; estamos nadando en un ramo de flores.
India, camino por un sendero con Gary. Llegamos a la orilla de un río correntoso, no hay puente, no hay balsa ni bote; hay gente en cuclillas, esperando; no hablan inglés, sonríen; también decidimos esperar, sin saber qué. Del otro lado, un elefante, guiado por su Mahout cruza el río con pasajeros, se bajan, ocupamos sus lugares sobre el lomo gris. Ese gigante sumiso se hundió en el agua hasta el abdomen, sorteó rocas y piedras rodantes y nos depositó en la otra orilla.
A las afueras de Calcuta, dos yacks, negros, lanudos, pastan en un descampado de un Parque Nacional. De pronto se inquietan. Se acerca un tigre de Bengala: “olor a caramelo y a tigre”.
Década del 80, campo en el Uruguay, cerca de Arroyo Durazno. Destapamos un pozo ciego; adentro, en una profunda negrura, lagartos, una colonia de lagartos.
Es 1990, voy en auto desde Candonga a La Cumbre, provincia de Córdoba. En una curva, un cóndor intenta remontar con un corderito entre sus garras. La sorpresa fue triple, la frenada hace derrapar el auto, el cóndor se asusta, afloja las garras, el cordero huye despavorido, el cóndor se eleva; paz en la tierra, ternero con su madre, llego a tiempo a mi almuerzo en Juva. Estimo que si el cóndor hubiese podido hablar, me habría dicho de todo menos gracias.
Tandil, provincia de Buenos Aires, es julio es 2010; ha nevado; las miles de palomas descansando en los cables, postes y ramas de los árboles de la plaza central me transportan a Escuintla.
Es 1980, es Sri Lanka, es la Laguna Baticaloa. Alguien informa “aquí hay peces que hablan”, son como loros pero que nadan. “Shit”, grita un inglés, “Shit!, “Shiiitttt”, al rato con un sonido que emula al croar de los sapos, escuchamos desde el agua “iit”, “shiii”, “shii”, la carcajada es total. Un francés grita “merde”, “merde”, “merde”, se hace un largo silencio, “shii”, “shii”, “shii”. Ahora sí, el francés mira con ira al inglés “Merde”.
Es 2003, es Los Ángeles, es California, verano caliente, 6 de la mañana, nado en la pileta de la casa de un amigo (que dejó de creer en Dios cuando se enteró que también había creado a los mosquitos). Aparece un halcón, impresiona, se acerca a un nido, un conjunto de ramitas y de hojas caen al agua desde el árbol, se lleva en el pico a un polluelo que trina.
Es 2014, es Abu Dabi, es el Hospital de halcones. Sostengo en mi brazo a un halcón encadenado, está en observación, tengo la mano enguantada con cuero y metal, tengo carne roja, siento mi mano enfundada temblar como tiembla el piso cuando hay un terremoto. Es voraz, no tiene duda alguna.
Es 2005, es New York, es Central Park. Mi amiga Patricia no puede entender mi deleite ante las ardillas; “they are rats”, me dice con asco.
Es 2011, es Vancouver, es Canadá, en dos horas vi al menos seis racoons. Daban la sensación de estar paseando.
Es 2015, son las Islas Galápagos, es Ecuador, nunca me sentí tan en minoría: un paraíso de otras especies.
Es el estado de Rajastán, es 1980, a 10 kilómetros de Jaipur, es Galta, el templo de los monos, no me extenderé, lo dice mejor Octavio Paz en “El Mono Gramático”.
Es 1984, es la Pampa de Achala, caminamos perdidos en la bruma helada que baja de las cimas, nos enfrentamoa a perros bravos. Seguimos andando.
Es Trincomalee, Sri Lanka, es la playa, es 1980. Calor denso, buenos tragos, muchos tragos, la arena infestada de víboras, nos rescata un bañero en un jeep.
Aeropuerto de Anchorage, Alaska, espero vuelo a Vancouver. Leo a Jack London con inmenso placer. Se sientan frente a mí el padre, la madre, hija, hijo, tía, todos excedidos de peso: grandes vasos de café, muffins, bolsas (3) de Mc Donalds Quarter Pound, bananas (6), pote enorme de jugo de naranja, potes de yogurt descremado (2), bowls de ensalada de frutas, bolsas de Chex Mix (2), estuche doble de M & M, vaso gigante de Coca Cola Light, botella de jugo de frambuesa. Al rato llega otro miembro del grupo familiar, aportó dos bananas más, algo parecido a un alfajor pero del tamaño de un pandereta, otra bolsa de Chex Mix y una botella de Doctor Pepper. Por suerte viajan en business.
Calle José Hernández, cerca de estación Acassuso, tapa de hierro, estimo que de desagües pluviales, es diciembre, 42 grados, salen a la superficie cientos de cucarachas.
Bajada de Charbonnier, sierras de Córdoba, contemplo con alegría una horonda perdiz y seis crias que siguen a su madre en el cruce de la senda.
Es Pinamar, es el verano de 1983, cena en boliche frente al mar, vela, espumante, bella mujer. Cruza la cabriada a sus espaldas, una rata del tamaño de un gato. Miro azorado. ¿Pasa algo?
Es 2013, es San Martín de los Andes, frente al ventanal se acerca un ciervo. Es marzo, está fresco, la televisión acaba de anunciar “Habemus Papam”. El ciervo huye.
Es San Isidro, panel de una de las ventanas de mi casa, es el invierno de 2018, hace unos días que un pequeño reptil ¿lagartija?, ¿gueco?, está adherido al vidrio. Es curioso, pero me gusta que esté ahí. ¿Qué hace?, también él se preguntará qué hago inclinado sobre libros frente a la chimenea encendida. Su cola, enorme para su tamaño, está quieta en forma de signo de interrogación. Hoy antes de acostarme, lo busqué y ya no estaba. Tampoco lo encontré en el piso, en el pasillo exterior, ni en paredes adyacentes. No sé por qué se habrá quedado una semana con la ñata contra el vidrio. ¿Habrá dejado huevos? Ojalá se halle correteando por ahí. Ya no hay más signo, permanece la pregunta.
Es 1971, carretera Transamazónica en construcción, vamos en camión de Manaos a Brasilia. De pronto ahí en medio de una calzada de tierra, algo grande obstruye el paso, el camión lo elude y acelera. Es un pavo, nos dicen. Sigo pensando que era la cabeza y parte del torso de un hombre.
Es Galle, Sri Lanka, me quedo dormido en una hamaca. Algo me despierta, algo que camina sobre mi pecho desnudo. Es una araña del tamaño de mi mano. Parezco una estatua. Se tomó su tiempo. Soy una estatua, la primera que suda.
Calígula, Emperador de Roma nombró cónsul a Incitato, su caballo. Un Rey de Inglaterra, Ricardo III a los alaridos, ofrecía su reino por un caballo, fue su último día antes de morir en la batalla de Bosworth, el 22 de agosto de 1495.
Pebete, Enano blanco, Griffe, Jacky, Amelie, Boyi, Enano, Frida, Oliver (así con mayúsculas), perros y gatos que estuvieron cerca. Importantes.
Medianoche en Benarés, estado de Uttar Pradesh, 49 grados centígrados, me defiendo con un palo, del ataque de tres perros que a los saltos me muestran sus dientes. Al fin se abre una puerta.
Raras son las especies que escapan de toda vida colectiva: el visón, el leopardo, la marta, el tejón, yo, ha dicho Pascal Quignard. Yo.
En el momento que escribo estas líneas un pececito cerca de las Islas Galápagos, cruza el umbral del infierno, porque otro pez le devoró la cola; dejó escrito Witold Gombrowicz en “Diario Argentino”.
Robert Bontine Cunninghame Graham (Londres 1852 – Buenos Aires 1936), para nosotros Don Roberto, dedica su libro “los Caballos de la Conquista” de 1930 al querido caballo que rescató de su trabajo tirando de un tranvía en Glasgow y ofreciéndole el más placentero de pasear su aristocrática figura hasta el Parlamento de Londres. La dedicatoria dice “A Pampa, mi negro argentino, a quien monté por 20 años sin ninguna caída. Quiera la tierra yacer sobre él tan delicadamente, como él supo hacerlo sobre ella”, Y en el monumento erigido en Escocia a la memoria de don Roberto, muy cerca de la propiedad familiar de Ardoch, está la bella cabeza de Pampa esculpida en bronce. Sin conocer estos datos, frené bruscamente el auto, retrocedí y ahí estaba, Pampa, fiel a su amigo. Fue una fría y soleada tarde de mayo de 1978.
En el Arca de Noé, no hubo pingüinos, claro no se había descubierto América; dicen.
Por la casa de Saussine, construida en 1826, en el Gard, Provence, Francia, todas las mañanas, a las 6, pasaba el pastor con su rebaño, en dirección al pueblo abandonado de Puech. También solía visitarnos un zorro, matador de nuestras gallinas, y un día me topé con un jabalí, en la terraza donde almorzábamos en verano. Sucedía todos los años, era el circuito que los jabalíes hacían desde los bosques alemanes, hasta España.
Es el verano europeo de 2016, es Orlen, de 1300 habitantes, a unos 25 kilómetros de Wiesbaden y a 40 de Frankfurt. Paseamos por el bosque cercano a la casa donde me alojo, en tierras que fueron de los Orange-Nassau, por donde pasaron las Cruzadas y los romanos dejaron en los lindes del bosque, sus torres de vigía y su pétreo coliseo, y de pronto, ahí, en un sendero veo las huellas de los jabalíes que veía en Saussine en 1980.
Caminar por San Isidro a medianoche, en un día laborable, es permitirse ver una realidad diferente a la cotidiana. Los encuentros son de otro tipo: en la Plaza Pueyrredón, una lechuza sale del hueco de uno de los plátanos que la circundan. Su ulular me sorprende. A ella también le debe resultar extraño que un humano ande caminando a una hora donde la noche le pertenece. Muchas veces, más de lo que la gente cree, uno se topa con comadrejas. Abundan, las he visto cruzar Roque Saénz Peña, caminar por Barrio Parque Aguirre, en el Paseo de los Tres Ombúes, en calles de Beccar.
Todos los días una bandada de gaviotas “cocineras”, cruza de mañana el cielo, y al atardecer vuelven chirriando en dirección al río. También he visto una pareja de flamencos volando muy alto, en una bella tarde de otoño. Eran dos lanzas tajeando la tela celeste del cielo.
Tarde de invierno, calle 33 Orientales, bajo de San Isidro. En el pequeño pantanal, un pato negro ha pescado un pez; la bella garza blanca lo ve y se lo arrebata: Beaudelaire “gracias Dios mío por no haberme hecho negro, mujer, judío, homosexual”.
En el playón del aeropuerto de Cape Town, hay un gran elefante de bronce. En la Avenida de los Corrales en Mataderos, hay un toro del mismo material en la vereda; hay otro en Manhattan entre bancos y financieras. El aeropuerto de New Orleans, lo tiene a Louis Armstrong tocando salvajemente la trompeta y de noche, desde cualquier rincón de la ciudad se lo escucha. En la plazoletra exterior del Hotel Four Seasons de Buenos Aires, hay varios caballos de chapa, diseñados en simulado galope. En la rotonda de Márquez y Fondo de la Legua, en San Isidro, también hay caballos. A la entrada de la ciudad de Pajala, en Suecia, hay una enorme lechuza en un pedestal. En Barcelona, hay un pez gigante de Frank Gerhy. Madrid, Moscú y Berlín, tienen al oso como símbolo. Cualquier ciudad o pueblo argentino tiene en la plaza central a un caballo con un general o coronel sobre el corcel montado. En Parque Lezama, una loba de bronce amamanta a Rómulo y Remo. Miles de zuricatas se cruzan en todas direcciones, al atravesar la estepa de Mongolia. Se ven también, tropillas de caballos salvajes; en total hay 40 millones,los ciudadanos son 3 millones.
Hay fotos de mis viajes a camello en Marruecos, sobre un reno en Mongolia, a caballo en Helsingfords, en Patagonia.
Aún huelo al zorrino que aparecía todas las noches, bajo una ventana de una casa cerca del mar. En el charco del molino de la misma casa, se juntaban sapos.
“La que nunca ha querido a los animales, ni les ha tenido compasión”, escribió Fernando Vallejo en “La Puta de Babilonia”
San Antonio de Areco, un gallo empezó a cantar a las 3.30 de la mañana. Alas 8 aún cantaba.
De niño parece que una visita al zoológico de Buenos Aires, me hizo pedir “camello, jirafa”, no paré hasta conseguirlos, tenía dos años y nos mudamos a la casa que estaban construyendo. En el jardín vi mi primera lombriz y una caravana interminable de hormigas coloradas con las que soñé muchas noches.
En el camino a Chaltén se nos cruza un guanaco asustado; tan asustado como el chofer que clavó los frenos.
Camino rural en Escocia, vamos a Inverness, la manada de ovejas nos detiene media hora en el cruce del puente de piedra.
Calle Paraná, límite entre los partidos de Vicente López y San Isidro, debe haber sido 1957/58, ha muerto un caballo, ha quedado en la línea alquitranada que divide los dos municipios. Después de una semana seguía descomponiéndose. Las autoridades discutían a quien correspondia la remoción del cadaver.
Algo enorme cruzó frente al barco, es el Pacífico, es 1973.
En 1592, cuenta Borges, en “Arte de Injuriar”, había reñidero de osos en Londres, han sido reemplazados por la violencia urbana.
Muy cerca de Torres del Paine, en Chile, hay un gran rebaño de guanacos. A lo lejos, apartado, más bien aislado e ignorado hay otro guanaco. El guardaparques nos explica que es el macho que perdió. Pienso en Kafka.
En verano mi casa se puebla de insectos, los insoportables mosquitos, unas pequeñas hormigas coloradas y las prehistóricas y desagradables cucarachas. El otro día al entrar en casa, piso a una cucaracha que deseaba acompañarme al interior y ahí quedó el cadaver. Menos de dos horas más tarde un ejército de hormigas coloradas había devorado todo el organismo, dejando tan sólo las alas que quedaron com un chal muy liviano que el viento hizo desaparecer. Me impresionó la velocidad de la ingesta.
En cuanto al bípedo implume, si bien soy muy crítico de la condición humana, sigo pensando que la mayoría es buena gente. Me arrebataron 100 dólares de la mano en La Habana, entraron ladrones en mi casa en Londres, me hicieron trampa con el cambio en Cartagena de Indias, me robaron un auto en Martínez, me intentaron asaltar en San Telmo, pero le dí tantas trompadas que salió corriendo y se le cayó su celular, yo me rompí una uña. Me roba siempre el Estado.

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