SÍMBOLOS

El 14 de marzo de 1989 muere una señora en Viena a punto de cumplir 97 años, se la entierra con honores en la cripta de los Capuchinos. La señora era Zita María delle Grazie Andelgonda Micaela Raffaela Gabriella Giuseppina Antonia Luisa Agnese de Borbon Parma de Habsburgo, viuda del último Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos de Habsburgo, y también Rey de Hungría como Carlos IV fallecido en el exilio en Madeira de neumonía a los 35 años, sin asistencia médica y con escasos recursos económicos. Cuando esto ocurre Zita estaba embarazada de su hijo número 9.

En enero del 2000 muere en Lomas de Zamora el Sargento Ayudante (R) de caballería Juan Bó.

Me agradan los nombres largos, como el de aquella película de la que poco recuerdo más allá del título:”La Casa de Té de la Luna de Agosto” de Daniel Mann de 1956, también me agradan los nombres cortos como por ejemplo el de la película “If” de Lindsay Anderson de 1968, o “What?” de Roman Polansky de 1972, o el de la película “It” de Andy Muschietti de 2019. El misterio insondable que cada uno de nosotros somos me parece que se acrecienta ante un nombre mínimo “Bó” y ante un nombre casi infinito, como el de la Emperatriz.

Zita, como su marido, el Emperador Carlos I sólo reinaron dos años. Con su renuncia se termina un mundo y el poder de una familia ejercido por casi 700 años. Se terminó un mundo.

Cuando el tucumano Juan Bó muere, no se acabó ningun mundo. Un universo cultural concluye cuando desaparece la representación de ese mundo. Es obvio a Zita no la conocí, soy un plebeyo insignificante de un complicado país al final del continente americano y además, si el nombre es arquetipo de la cosa, el mío es Alejo Santos, y en el improbable encuentro entre Zita y yo, ella no hubiera podido eludir lo significativo de mi nombre, ya que además de Archiduquesa, era archicatólica. A Juan Bó, sí lo conocí cuando yo hacía el servicio militar obligatorio. El hombre era el arquetipo de las virtudes militares: austero, enérgico, severo: de porte, voz y vestimenta impecables. Excelente jinete, bravo, humilde, (no era altanero, fanfarrón, no hacía alarde de nada, cuidaba a su tropa como un riguroso padre antiguo, nunca le escuché una queja, ni una burla sobre un soldado; le parecía un espanto lo que sucedía con el militarismo en la Argentina).

Juan Bó debería haber sido General, le tocó ser Sargento Ayudante, porque Tucumán era pobre, porque no pudo estudiar, porque encontró en la Escuela de Suboficiales el lugar en el que podía estar, y supo de entrada que nunca, nunca, Nunca sería General.

Ni Zita eligió ser Zita, ni Bó ser Bó y yo tampoco Santos. Creo haberlo dicho: reconozco que el sweater azul que me abriga lo elegí en un shopping en Edimburgo.

Leo en “Tlön, Uqbahr, Orbis Tertius”: “Todos los hombres en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare”. Pienso que el mundo es una lotería, es conveniente gozar lo que a cada uno nos toca.

Miro un mapa, no es el territorio: lo representa. Miro con silencioso respeto cualquier bandera nacional, no es el país en donde me halle: lo representa. El mundo es mi representación, escribió alguna vez Arthur Schopenhauer.

Es diciembre de 1980, estoy en Atenas, frente a mí, el Partenón. Pienso en Aristóteles, recuerdo las palabras que escribió en La Política:”El hombre es un zoon politikon (un animal de la polis), un ser político, un ser social. Quien vive solo es una bestia, o un sabio”. Pienso en Roma: las legiones marchan a la guerra portando el estandarte SPQR, el Senado y el Pueblo de Roma. Pienso en la religión cristiana: la secta triunfante, elevada a religión de Estado en el siglo III. La cruz, poco tiempo antes símbolo de la subversión, enemiga de la Pax Romana, invade los antiguos templos, que desde ese momento pasan a ser paganos y en consecuencia: subersivos. Pienso en la Alemania nazi y la omnipresencia de la esvástica. Pienso en la bandera nacional argentina. Pienso en la lengua de los Stones. Veo por el mundo chicos de Chicago, Marrakesh, Lyon, La Boca con la camiseta de la selección argentina, con el nombre de Messi y el 10 en la espalda. Todos quieren pertenecer; pareciera que da miedo querer ser un individuo: nadie quiere ser una bestia o un sabio.

Como nación, nosotros, los argentinos, hemos generado símbolos. Por supuesto la bandera creada por Manuel Belgrano el 27 de febrero de 1812, cuyos colores vienen del hábito y del manto de la Inmaculada Concepción, cuya versión vernácula es la Virgen de Luján. Facundo Quiroga, marchaba con sus tropas con una bandera negra con la inscripción “Religión o Muerte”, en alusión a la política liberal de Rivadavia. Vino luego la divisa punzó y las invasivas consignas del señor de Palermo: “Rosas o Muerte”, “Federación o Muerte”, “Mueran los Salvajes Unitarios”;”Viva la Santa Federación”. Terminadas las guerras civiles, el rosado representó la unión de la bandra blanca de los unitarios y la roja de los federales, todavía no sé si como síntesis de pacificación o como amalgama de dos facciones en pugna y a muerte. Durante el segundo gobierno de Perón, aviones argentinos bombardearon plaza de Mayo matando a civiles transeúntes -da cuenta de ello, Miguel Briante en “Hamacas Voladoras”. Se escuchó desde los balcones de la Casa Rosada “Cinco por uno no va a quedar ninguno” y después vino la consigna Perón o Muerte y después los fusilamientos de José León Suárez. Después vino la muerte.

Los radicales se presentaron en una de sus parcialidades como Unión Cívica RADICAL INTRANSIGENTE. Tuvimos Montoneros y Militares que hicieron impúdica ostentación de la muerte. Después la AAA(Alianza Anticomunista Argentina)dirigida por el sargento de policía, elevado a Comisario General, un tal López Rega, con el objetivo de “exterminar”, después: Frente para la Victoria, Todos por el Cambio, Frente por Todos, se juntan en sus sedes partidarias que todos aceptamos llamar acríticamente como bunkers (construcción hecha de hierro y hormigón que se utiliza en las guerras para protegerse de los bombarderos) Daría la impresión que más que ciudadanos fuéramos cruzados, más que una sociedad civil, un cuerpo de ejército o una provincia jesuítica.

Ya saben soy un solitario, soy un liberal, soy una bestia.

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