Simple, cotidiano, tranquilo, placentero, hasta que sucede y el trayecto San Isidro – Retiro se hizo aterrador. En estación Martínez sube hombre, rapado, sucio, vestido poco más que con harapos arrastra los pies, ebrio, drogado, tal vez de 30 años, lo acompaña niño rubiecito, descalzo, no más de 4 años. El pasaje mira espantado, el silencio es un iceberg. Ni el chico llora, ni el padre pide. Una chica joven, seguramente estudiante universitaria, saca de su bolso un paquete de galletitas recién abierto, se lo da al chico, que saca una y come. Padre inmutable con la mirada perdida. Susurro que recorre el coche. Llegamos a estación La Lucila, se abren las puertas, suben y bajan pasajeros. Comentarios sobre la situación. Llegamos a Olivos. Baja el hombre, niño come distraido, sonido chirriante de puertas al cerrar, padre en andén chico sólo adentro. Susurro en aumento, gritos frenada brusca del tren, aparece guarda y dos individuos de seguridad. Tren detenido puertas se abren, baja guarda, personal de seguridad y varios pasajeros, Llega al andén personal policial una mujer dos hombres, intentan interrogar al padre, el chico sigue comiendo las galletitas.
Volvemos a subir, cierre de puertas, sonido chirriante vemos al hombre y su hijo subir al coche policial. Ese fue el afuera. En mi interior suenan las palabras de Virginia Woolf “No son las catástrofes, los asesinatos, las enfermedades lo que nos envejece y nos mata; sí la manera como los demás miran y ríen y suben los escalones del bus”. “Una esquina de la calle Perú en la que Julio César Dabove me dijo un día que el peor pecado que un hombre puede cometer es engendrar un hijo y sentenciarlo a esta vida espantosa”, escribió Borges en “Buenos Aires”
“Yo con mi plata hago lo que quiero y no te voy a dar ninguna explicación a vos, porque no sos juez, sos periodista” escuchaban a su jefe, en total silencio varios ministros del gabinete nacional.

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