Autor: alejandrofrango.com

  • ¿QUÉ?

    El 17 de octubre es una fecha fatídica, dolorosa, plena de tristeza para el bien pensar. Ese día Carlo Michelstaedter tomó la pistola, se la acercó a la sien, disparó. Gotas de su sangre mancharon la hoja donde había dejado escrito el “Prefacio” a su tesis de licenciatura, que hoy es su libro “LA PERSUASIÓN Y LA RETÓRICA” escrito entre 1908 y 1910. Carlo Michelstaedter había nacido en el Imperio Austro Húngaro en 1887, a los 23 años, el 17 de octubre de 1910 se apagó, dejándonos una luz, que bien leída indica un camino, pero que también si nos da de frente enceguese y dispara.

    “Se que quiero y no tengo lo que quiero” así comienza el Capítulo I.

    ¿QUÉ?

    Lo que ya dijeron Parménides, Heráclito, Eurípides,

    ¿QUÉ?

    Lo que a Aristóteles disgustó y los difamó por ingenuos,

    ¿QUÉ?

    Lo que dijo Sócrates y le arrojaron los sistemas y la cicuta,

    ¿QUÉ?

    Lo que volvió a decir el Eclesiastés, pero lo denigraron oponiéndole la esperanza bíblica,

    ¿QUÉ?

    Lo que dijo Cristo pero le construyeron la iglesia encima,

    ¿QUÉ?

    Lo que escribieron en distintas épocas y estilos diferentes Esquilo y Sófocles (más no Eurípides), Simónides, Petrarca, Leopardi, Ibsen, Beethoven, Schopenhauer, Nietzsche, Wittgenstein,

    ¿QUÉ?

    LA PERSUASIÓN, es decir el Carpe Diem, el momento presente, el instante que estás viviendo.

    Se le opusieron todos los hacedores de la prédica vacía, el discurso político, la hueca RETÓRICA.

    El 17 de octubre es un día de duelo, se pegó un tiro LA LIBERTAD.

  • ¿POST PANDEMIA?

    Es noviembre, es 2021, ya hace calor en San Isidro: es decir estamos en esa época donde según los que informan sobre el clima (meteorólogos, pronosticadores o locutores) anuncian que el día será una maravilla, por el mero hecho que no lloverá , no soplará el viento, el sol brillará, el cielo será celeste, la temperatura oscilará entre los 18 y los 28 grados centígrados. Reconocen sí, que la humedad será alta.

    Para mí los días merecen el nombre de “maravilla”, cuando el cielo está gris y llueve con intensidad durante 48 horas, con relámpagos, truenos y vientos fuertes y cuando la temperatura oscila entre 3 y 13 grados centígrados. Si nevase en Buenos Aires yo sería un hombre feliz. Pero a las locutoras y locutores se les ha ocurrido que “maravilla” es monopolio de sol, calor y cielo celeste. Y si las locutoras y locutores son militantes, esos son “días peronistas”. Lo que para mí es “maravilla”, para ellos es “día horrible en Buenos Aires”. Detesto a los locutores climáticos, que adjetivan, en vez de limitarse a los meros datos y dejar que nosotros adjetivemos de acuerdo a nuestra sensación.

    Me está pasando, que observo que la abrumadora, por momentos extenuante información sobre los infectados y muertos por Covid, ha prácticamente desaparecido. No me malentiendan, no es que extrañe esa ausencia, es más me habría encantado que nunca hubiera sucedido; pero me resulta poco confiable que la epidemia no merezca mayor información y un recordatorio diario en relación a los recaudos profilácticos.

    Regresando hoy del supermercado, vi que un vecino al que sólo conozco de vista, tal como él me conoce a mí, entraba su MG 1947 color rojo en su impecable aunque austera casa estilo colonial argentino ubicada en la “Libertador empedrada” y me produjo una inmensa alegría, ya que lo creía muerto precisamente por Covid. Me dieron ganas de abrazarlo, por el hecho de verlo con vida, pero me contuve, porque así son las cosas. Después me enteré que había sido su señora, las que había muerto por Covid; y casi corro a felicitarlo, ya que la señora, que solía pasear a un perro collie, tenía la horrible costumbre de no levantar las deposiciones de su “perrito”, que había elegido el frente de mi casa como aliviador de su intestino y habíamos tenido alguna discusión por mi queja al respecto y su indiferencia también al respecto. Varias veces me dije, voy a recoger esos excrementos con una pala y se los voy a tirar por la cabeza. Pero me contuve porque así también son estas cosas.

    Hay otro perro, un galgo viejo, que pasa acompañado de su dueño, un hombre joven y delgado, que lo lleva sujeto a una larga correa de color amarillo y negro. El galgo tiene sólo tres patas y me produce una tristeza tan enorme, verlo caminar con su elegancia perdida debido a su carencia, ya que los galgos son “gentledogs” al caminar. Lo abrazaría y me pondría a llorar, cosa que no haría si fuera su dueño el discapacitado por carecer de una pierna o un brazo, no porque tal hecho me resultara agradable, sino porque me parece que el galgo sufre una amputación humana, no propia de su especie. Tal vez un auto o moto lo atropelló y hubo que amputarle un miembro o tal vez tuvo un cáncer, enfermedad que atribuyo, probablemente equivocado, como privativa al ser humano y no a los otros animales. Tampoco me incliné a abrazarlo y me puse a llorar, porque también ese gesto forma parte de esas cosas.

    Lo que también me pasa es que cuando abro una caja de arroz para verter los granos en un frasco de vidrio para guardar en la alacena o cuando corto el ángulo de una bolsa de lentejas con idéntico propósito y caen sobre la mesada algunos granos de arroz o alguna lenteja, me preocupo por volverlos al redil, hago todo lo posible por “salvarlos” (esa es la palabra que uso). Han sido producidos para alimentar, no para pasar un trapo rejilla sobre la mesada y tirarlos a la basura. Tengo idéntico comportamiento cuando cocino fideos y queda uno “rebelde” en el fondo de la olla, también lo salvo y no descanso hasta integrarlo a la fuente para que cumpla con su función.

    Estos comportamientos, a los que he prestado mayor atención en tiempos de pandemia, debido a una menor actividad social y laboral me remontaron a un juego al que solía dedicarme entre los 5 y 7 años (estimo). Tomaba las bolillas con las que jugábamos a la lotería, las colocaba en el piso de roble que tenía un diseño de marqutería, y cada dos listones horizontales, que para mí eran coches del último tren, que estaba a punto de partir, de una estación ante una amenaza fatal a veces en el Far West, huyendo de un ataque de pieles rojas, otras de refugiados escapando de los nazis e iban llegando las bolillas, que por supuesto eran cowboys y damas antiguas en un caso y judíos y sus familias , en el otro, que huían hacia la estación y pasaba entonces con las bolillas lo mismo que sucede ahora con los granos de arroz, las lentejas o los fideos, había que salvar a todas las bolillas y sí las salvaba, siempre triunfaba el bien.

    Fui un chico de buenos sentimientos, no como ahora que untaría de deposiciones caninas a la señora del collie y procedería de manera idéntica con los funcionarios que ocupan la casa de gobierno: pero a estos se las haría comer.

  • AMBOISE (1979) FLORENCIA (1981) BUENOS AIRES (1982)

    Es 1979, recorro la ruta de los castillos del Loire, van pasando Blois, Brissac, Chambord, Chennonseaux. Llego a Amboise, camino el castillo, bajo por la famosa escalera de Francisco I. No sé si la palabra es ‘maravilloso’, creo que me inclino por ‘encantada’. Sí, la zona, los bosques, los castillos me producen encantamientoi, que creo que expresa mejor la sensación de cuentos de hadas, que los castillos me provocan. Sí, claro, las guerras de religión, las luchas por el poder, el campesinado, los soldados, los calabozos, lo de siempre: ¿quién la tiene más larga, ancha y rugosa?

    Entro en Clos Luce a rendir homenaje silencioso y solitario a Leonardo (1452-1519), invitado por Francisco I en 1516. Leonardo cruza los Alpes, supongo que a lomo de mula, con algún ayudante y cargado con sus pliegos, sus proyectos, pinturas, ideas, mecanismos donde hay desde tanques a dirigibles, helicópteros, aviones, y alguno ha imaginado hasta molinillos de pimienta.

    Es diciembre de 1981, regreso por tierra desde Turquía y antes de llegar a Génova, donde me embarcaré después de cuatro años de viajes rumbo al Río de la Plata; esa inmensa alfombra líquida que baña a Buenos Aires. Paramos en Florencia, un magnífico espacio urbano para despedirme de Europa. Estamos en la Plaza de la Señoría después de haber comido en Enoteca Pinchiorri inolvidables langostinos, el famoso estofado toscano que responde al musical nombre de Scottiglia que es un increíble plato campesino y unas tarteletas con mousse de banano de postre. Bebimos acorde al lugar y al acontecimiento.

    Es una noche fría, estrellada. Nos rodean los Medicis, Miguel Ángel, Galileo, Cellini, Donatello, Bandinelli, Maquiavelo, el espíritu del Renacimiento y el recordatorio próximo a la fuente de Neptuno de Bartolomeo Ammannati de que ahí el 23 de mayo de 1498 fue colgado y luego quemado por herejía Savonarola (1452-1498), para que nos sigamos dando cuenta. De pronto miro hacia el cielo y un enorme dirigible plateado, con logo de Air France, avanza con lentitud por sobre el Palazzo Vecchio, por sobre el David, por sobre los tiempos e imagino en su interior a Leonardo guiñándonos un ojo.

    Después sí, el Federico C, el mar eterno, infinito, el olor a Río de la Plata.Encuentros, asados, amigos, jardín, narraciones, aquí estaba nuevamente en la patria, con los escasos cuatro dólares con que llegué que espantaron tanto a mi padre, que murió de un infarto (no por mi exiguo capital, quiero creer) sino el día de la rendición en la guerra por Falkinas.

  • MÚSICA LÍQUIDA

    Es Glasgow, es Escocia, es invierno, es enero 2019, está frío, llovió y luego salió el sol a las tres de la tarde. Además es domingo.

    Es Loncoche, es Chile, es verano, es enero 1975, frío, es de noche, llueve con una intensidad tal que parece que estuvieran zapateando en el techo de la hostería en donde intentamos y logramos, al fin, dormir. La lluvia de Loncoche es la que me gusta, una lluvia en serio, un arrebato musical, es Beethoven tocando como un poseso, pero pueden ser también Mozart o Piazzola. Es el tipo de música que llamo ‘música líquida’, es una fiesta, es como el Mercado de Hacienda de Liniers en Mataderos y su ópera vacuna.

    La lluvia de Glasgow es Chopin a las seis de la tarde un domingo en edad escolar y luego se escucha un acordeón ejecutando un tango: eso se llama llanto. Si hay una sensación de angustia, de tristeza y de abandono, es cuando sale el sol a la hora que tiene que ocultarse. Es el sol de las seis de la tarde después de una lluvia en Buenos Aires o su equivalente en Glasgow a las tres.

    Tomo un café en una de las esquinas de Bath Street; una pizzería hecha no para agradar al comensal, sino tan sólo para ganar plata, atendida por un napolitano que hace diez años vive aquí, huyendo del caos de Nápoles. Estoy con dos escoceses que viven en Sitches, hartos de la ‘frialdad’ de los sajones.

    Miro por el ventanal de la pizzería, el pavimento está mojado, se ven cables de teléfonos, electricidad y TV cruzando las calles , como si quisieran tachar el cielo. No se ve árbol alguno y los muros blanco-amarillentos que nos rodean, exaltan la desnudez urbana. Cruza la calle una pareja joven con un bebé en un cochecito; entran en un edificio cuyas paredes están descascaradas y en la entrada hay varios contenedores para residuos. Al rato se enciende una luz, en lo que supongo será su “flat” alquilado y calefaccionado por una estufa a gas que hay que alimentar con monedas. Esas escenas provocan una tristeza devastadora en mí. Son como un tsunami que me despoja hasta de la vergüenza: saldría a la calle y me pondría a llorar sin consuelo. Es entonces cuando le pido a James Joyce, esa escena frente al Oriental Tea Co. Y súbitamente en Bath St., los cables de teléfono se transforman en lianas donde se hamacan monos, la pareja arroja ramilletes de orquídeas desde la ventana de su flat y ateridos de frío caminamos hacia la estación a tomar el tren para Edimburgo.

    Comemos en un restaurante, al abrigo de una chisporroteante chimenes: sopa de langostinos, gigot con papas y hongos, Chateau Neuf du Pape 2012 y ahora sí, llueve en serio. otra imagen de la felicidad.

    Antes de dormirme me pregunto ¿por qué me afecta tanto esa imagen de desolación de Glasgow, por qué el domingo , al igual que diciembre me precarizan al extremo? Creo saberlo.

  • ACEFALIA

    Anuncian tormentas, es agosto 17 de 2023.

    Salgo de casa con la imagen de Adolf Hitler entrando en un Mercedes Benz negro, llevando el bastón de Nietzsche.

    Voy a pagar la cuenta del agua y el ABL que son los únicos servicios que no sé por qué no tengo incorporados al home banking. Como sé que tendré que hacer una cola, me llevo el libro que estoy leyendo “Acéphale” que es la edición de los cinco números de la revista homónima que se publicó en París entre 1936 y 1939 donde escribían Georges Bataille, Pierre Klossowski, Roger Callois, André Masson, Jean Whal, Jules Monnerot, Jean Rollin. En el número 2 de “Acéphale”, bajo el título ‘Nietzsche y los fascitas’, artículo no firmado pero atribuido a George Bataille (1897-1962) es donde acabo de leer: “Antes de abandonar Weimar para irse a Essen – informa el periódico El Tiempo del 4 de noviembre de 1933-,el canciller Hitler visitó a la señora Elizabeth Föster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo. La anciana señora le obsequió un bastón que había pertenecido a su hermano. Le hizo también visitar los Archivos Nietzsche. El señor Hitler asistió a la lectura de un texto que el doctor Förster, agitador antisemita, había dirigido a Bismarck en 1879, texto en donde se quejaba de ‘la invasión del espíritu judío en Alemania’. Con el bastón de Nietzsche en la mano, Hitler atravesó la muchedumbre en medio de aclamaciones y subió a su automóvil para ir a Erfurt, y desde allí a Essen”.

    Es temprano, la oficina de pagos abrirá en 20 minutos. Me siento en un banco de cemento que hay afuera del local y retomo la lectura de “Acéphale”. Al rato llega un hombre, baja de su bicicleta y me pregunta lo que siempre pregunta el que llega, “¿Usted es el último?”, “Así parece, y en este caso también el primero”, le contesto, amablemente, pero dejando en claro, que quiero seguir leyendo a Bataille y no deseo ponerme a charlar con él, ni con nadie, sobre nada en absoluto. Mi manera de hacérselo notar consiste en volver mi vista al libro no bien dicho “primero”. Comprendió, se encendió un cigarrillo y se quedó mirando la calle.

    -¿Es usted el último?, le preguntó la mujer recién llegada al dueño de la bicicleta, que ya para entonces compartía el banco de cemento conmigo.

    (Peluquera de 46 años, divorciada, madre de dos hijos, abuela de dos nietos), “lo que aumentó el corte, pero igual vienen, no me puedo quejar, no voté por él, pero me gustaría acomodarle el pelo, faltan 15 para que abran y estos trabajan a reglamento. Abren pasadas las 9 y cierran antes de las 6. Con el loco eso se acaba, igual que los piquetes. Yo no lo voté, pero ahora que lo veo en la tele me encanta, por favor que acabe con toda la banda”

    • La bici es vieja ¿no?
    • Sí la uso para trabajar, le engancho el carro y salgo a cartonear, está difícil, yo tampoco entiendo lo de dolarizar, la hermana parece que tiene el poder.

    Por fin a las 9.04 abrieron, pagué, regresé a casa. El silencio de la lectura, sólo interrumpido por alguna exclamación entusiasta que me provoca un concepto de Pascal Quignard del monumental “Último Reino”, o una observación sobre alguno de los escritores y sus personajes que analiza Peter Orner en su delicado y apasionado “¿Hay Alguien por ahí?” o la búsqueda de ese algo misterioso que tan bien sintetiza Georges Bataille en el prólogo a “La Parte Maldita”: “Si se tiene la paciencia y también el coraje de leer mi libro, se encontrarán en él estudios realizados según las reglas de una razón que no renuncia y soluciones a los problemas políticos que proceden de una sabiduría tradicional. Pero también se encontrará esta afirmación: QUE EL ACTO SEXUAL ES EN EL TIEMPO LO QUE EL TIGRE ES EN EL ESPACIO”, que no sé bien qué significa, pero que me remite a William Blake, a Borges, a Whitman, a Kant, a Heráclito y al texto de John Waters que cierra el número 1 de la revista “Bibliotech” editada y dirigida por Patricio Binaghi, y que dice “We need to make books cool again. If you go home with somebody and they don’t have books, don’t fuck them”. En este silencio paso el día y cuando no puedo evitar escuchar el parloteo confesional de la gente haciendo cola y vociferando sin atender al otro, esa constante protesta que es el eco de las palabras vacías de los políticos que no hacen más que describir sin jamás resolver un escenario cada vez más dantesco, pero sin Paraíso, contemplo mi biblioteca, miro el fuego en la chimenea, escucho un trueno de la pronosticada tormenta y casi al instante una lluvia ansiada que golpetea contra el vidrio y a las 10 y 20 la mañana se disfraza de noche y llueve como en la época del colegio primario y como llovió en Loncoche y luego en Pokara y como me gustaría que siempre lloviese cuando llueve.

    Sí, no me cabe duda alguna; el Mercedes Benz al que subió Hitler en Weimar en 1933 era negro, como negro era el Cadillac en el que llegó Perón a González Catán a inaugurar el 6 de septiembre de 1951, la primera fábrica de Mercedes Benz fuera de Alemania, y que con el tiempo emplearía a Riccardo Klement es decir Adolf Eichmann como operario en la planta. Y entonces cuando el miembro de la Cia. de Jesús devenido Pontífice Romano afirma que el Libertario que estudia la Torah y sigue espiritualmente a un rabino es un “Adolfito”, me digo que al servicio de agua y al ABL debo incorporarlos con carácter URGENTE al home banking.

  • PINK MOON

    “Man we are in India”, y nos abrazamos.

    “We did it, man”, y nos volvimos a abrazar.

    Un carpintero del Mid West, un médico recién recibido de Fointainbleau, un filósofo de San Isidro, saltando de alegría en Rameshwaram, Tamil Nadu. Casi las Naciones Unidas, pero de verdad. Así nos sentíamos y el Mid West, era entonces, para mí, tan extraño como San Isidro, para ellos. Pierre corría con desventaja, tanto Gary como yo, conocíamos su espacio.

    Veníamos de Shri Lanka y habíamos compartido música y haschis y habíamos soñado con India, en mi caso en tardes de caminatas por la estación Juan Anchorena, como Gary la había imaginado en su taller de carpintero en Cleveland, Ohio a orillas del Lake Erie y Pierre mientras estudiaba anatomía, en los altos de la estación de trenes de Fointainbleau, donde su padre era el jefe de la misma.

    Viajamos algunos días juntos, nos separamos en varias ocasiones y nos volvimos a encontrar en Cachemira, a orillas del Lago Dahl, en Srinagar donde Hermann Hesse había escrito Siddharta. Compartimos una casa bote “Wild Rose” donde nos recomendaron una visita a Pink Moon.

    “You should try it Baba, you are in India, you have to try opium. Opium is an experience you’ll never forget”. Si, Oui, Yes.

    La noche era fría, era una noche de un cuadro de van Gogh, era el silencio que al menos a mí siempre me despiertan las obras del holandés. Pink Moon, estaba a las afueras de Srinagar, a la vuelta de un recodo, enclavada en la ladera. Era una bella casa de madera, con una terraza con sillones de rattan y una gran mesa de madera donde nos sirvieron infusiones. Después de media hora y varias tasas de té, un indio delgado, de piel oscura, barba, turbante negro y sarín blanco se acercó. Are you ready?, Gary was ready, Pierre was ready y los tres dejamos nuestro calzado en la entrada, pasamos a un pequeño vestuario donde nos despojamos de las ropas occidentales y nos vestimos con un túnica blanca de hilo: parecíamos tres monjes. Caminamos por una capa de alfombras que le daban a nuestro andar la sensación de estar caminando sobre arena, o sobre las nubes. En camastros de rattan, con almohadones de terciopelo para descansar la cabeza, nos acostamos.

    “La caída de la casa Usher” fue lo primero que me vino a la cabeza, las ilustraciones de Satty en esa espléndida edición de Warner Books y la comparación que el narrador de Poe, hace entre la otrora espléndida residencia de su amigo Roderick Usher y lo que desde el caballo veía, “que no puede compararse más que con el ensueño portentoso del opiómano, con esa amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo”.

    La pipa encendida y la pasta roja de opio derritiéndose lentamente y aspiramos un humo denso, que penetró cada uno de los alvéolos de nuestros pulmones y Pierre sonriendo y cantando CHON CHON CHON (C17 H19 O3 N) la fórmula de la morfina de la que tanto nos había hablado, mientras tomábamos té en la antesala. Y volví a pensar en “Confessions of an English Opium-Eater” de Thomas De Quincey y sabía que cada uno de nosotros se iría a un mundo diferente con trenes y ojos y selvas y tigres y torres y cuchillos y encuentros con gente querida e imágenes de la niñez y muertos y animales y velocidad y pasó Gary volando y me pareció uno de los dibujos de Jean Cocteau de su libro “Opio”. Y “Los Paraísos Artificiales” de Baudelaire y sentí el placer y el vacío de la nada, como flotando, sin coyunturas y una voz interior que decía ‘dejate llevar como si fuera un río que te acaricia’ y la anotación de Cocteau “Y si el opio quiere”, entonces vi una pantera azul negra rugiendo y la mujer joven lloraba sin consuelo y quería abrazarla, pero el río me arrastraba y saltaron mis ojos, eran ellos los que veían entre otras coas el resto de mi cuerpo acostado y Hitler besaba impúdicamente en la boca a Pio XII; nadaban peces de colores en el aire: hubo tiros que destrozaban la corteza de eucaliptos, sucedió que fugazmente el sapo enorme se hizo escarpín; me bato a duelo, clavo el florete en una aceituna, me como el bigote de Dalí untado con aioli; me veo salir del caparazón de una tortuga, camino por Roma. Corre una liebre, salto del Empire State, viajo en una mariposa del tamaño del mar en noche cerrada, galopo un caballo blanco, leo en una balsa, monto un camello, acaricio una jirafa, mis ojos (no mi vista) miran desde debajo de la cama (así nos han de ver las cucarachas), una mano bate a nieve, el submarino está invadido por abejas.

    Pensamos que habían pasado horas, nunca tantas, fueron 28 y cuando camino a Wild Rose nos contamos la experiencia, supimos que la realidad nos exigía palabras que no la expresaban.

    Me sentí mientras narraba mi ‘viaje’, como los analfabetos copistas medievales, dibujando signos extraños que no podían comprender, si los mismos decían lo que entre ellos conversaban cuando en los descansos se juntaban a beber en las heladas galerías de los monasterios.

    Como Pierre, al igual que Gary, no pude más que mentir.

  • ISLAS FALKINAS

    Ros Road, Port Stanley, invierno 2017. Camino en el octavo día de mi estadía en las islas por la costanera, despidiéndome de este fin del mundo. La tormenta ha hecho que tengamos que despegar con 24 horas de retraso. Paso frente a la Falkland Island Co., vuelvo a la costanera y entro en el cementerio, leo nombres y años en las lápidas: 1849, 1852, 1866, 1887 y así hasta uno fallecido en enero de este año. Regreso por el mismo camino, miro hacia el Waterfront Hotel, donde me alojo, vecino al Penguin Shop, la Catedral Anglicana, que por supuesto es la más austral del mundo, entro luego en St. Mary que es Protocatedral Católica y cuyo nombre oficial en latín es “Apostolica Praefectura de Insulis Falkland seu Malvinis”, lo cual me parece una obra maestra de equilibrio diplomático, es decir es la Prefectura Apostólica de las islas Falkland o Malvinas; aunque desde el punto de vista filosófico es una traición a la tan cacareada teoría aristotélico-tomista de que es necesario que toda cosa ‘sea o no sea’ y una adscripción a la teoría de Leibniz que en “Elementos del Derecho Natural” distingue las formas de la modalidad como: a) lo posible, b) lo imposible, c) lo necesario y d) lo CONTINGENTE es decir ‘que puede ser o no ser’, casi Poncio Pilatos, y que decida el pueblo.

    En mi caminata paso la casa del Gobernador: entro en Pioneer Row, visito por tercera vez el museo. Almuerzo, leo; tomo el té, leo; como a la noche, leo; duermo, sueño que leo. El domingo parto.

    Aterricé en Malvinas, recorrí las Falklands, despegué de Falkinas.

    Llegué a las islas desde una cultura, partí de las mismas con una experiencia. Vi un aburrido, primitivo y no muy lindo village inglés del siglo XIX con muchos Land Rovers que van y vienen. Curiosamente, cada vez que cuento mis viajes, ellos suelen despertar entusiasmo, ganas de viajar, interés y hasta cierta admiración, lo que muchos llaman “sana envidia”, algo así como “amoroso odio visceral”; la verdad es que la creatividad nacional no tiene límites y de ser nacional y popular es imbatible: ya lo dije, nunca nadie me interrumpió con un grito de “vive de Gaulle, merde”. Lo cierto es que gente entre 20 y 80 años, estudiantes de gastronomía y de derecho, abogados conservadores, arquitectos del PC, anglo-argentinos, amas de casa católicas, cajeros de supermercados, empleados de estaciones de servicio, canillitas, jueces, ex fiscales, un rabino, ingenieros, libreros, kiosqueros, un ex combatiente, almacenero musulmán, parrillero, panadero, bar tender, estudiantes de la carrera de Relaciones Públicas de quienes yo era el profesor, escribano, mi dentista, portero de edificio, radicales, peronistas, un diplomático retirado, vecinos, parientes, amigos; todos expresaron: “¡Qué ganas!, vos sos raro, ni loco voy, con lo que nos costó, guita tirada al fuego, ¿te querías suicidar?, no sé cómo pudiste, qué raye tendrías, no voy ni con todos los gastos pagos, ¿pudiste caminar sin problemas? Yo no llevo pasaporte a un lugar que es la Argentina, no te molestaba, me irrita, me da bronca ¿Qué? ¿Por qué? Con excepción de tres personas que preguntaron de la misma manera que preguntan cuando uno en una comida dice “acabo de venir de Alaska”, con esa mezcla de curiosidad y ganas, todos los demás tenían una idea, un concepto, un slogan, cuando no la eterna ideología nacional, popular, apodíctica, intransigente, frentista, dogmática. Los hechos, la experiencia, la inquietud de alguien que estuvo en el lugar, que se dedica a viajar desde los 15 años, que tiene una profesión relacionada con el turismo, que no tiene ganas de convencer a nadie, ni interés económico alguno, que se aburrió, que no le gustaron y que está convencido que las Falkinas no son el problema, sino que lo que está en juego es la Antártida, todo eso les importó un soberano carajo. Ellos, los que no fueron ni irán saben, uno, que para intentar comprender, para empezar a saber, fue, es un pelotudo. De la misma manera apodíctica y universal San Martín es el Padre de la Patria y además Santo de la Espada, la línea Rosas, Perón, Kirchner encarna el sentir popular. Sarmiento, miembro de la masonería, promotor de la corriente liberal, atea, sionista, entreguista y apátrida. No se metan con Perón. Si hacés lo que hay que hacer te incendian el país. Estamos condenados al éxito. Somos un país riquísimo. La carne argentina es la mejor del mundo. Maradona, Messi, la Reina de Holanda y el Papa son argentinos, ¿se dieron cuenta chilotes, paraguas, bolitas, charrúas, se dieron cuenta quién es Gardel?

    Pasó que no ganamos.

    Pasó que perdimos.

    No nos gusta mirarnos en ese espejo.

    En la imposible hipotética situación de haber triunfado, la figura de Galtieri se hubiera instalado en la línea Rosas, Perón, Galtieri. Le habríamos disculpado haber sido un gobernante de facto, hubiéramos afirmado que él nunca persiguió, torturó, ni hizo desaparecer como los otros, lo habríamos elegido Presidente de la Nación, y atención que en cualquier momento recuperamos el Alto Perú, Paraguay y Uruguay, le habríamos enseñado a España cómo recuperar Gibraltar y si se ponen pesados, mandamos la flota a Hastings, desembarcamos como Guillermo el Conquistador en 1066 y en Buckingham Palace izamos la bandera argentina como para que el mundo se dé cuenta, se dé cuenta, se dé cuenta. Pero perdimos y si hay algo que no toleramos es perder y entonces como el avestruz, escondemos la cabeza dentro de la tierra y no entregamos el bastón y la banda presidencial a quien nos derrotó en elecciones libres. Borges lo dice con claridad “no hay peor insulto para un argentino que ser escarnecido en público”.

    Ser impuntual, improvisado, superficial, autoritario, machista, chanta, despilfarrar dineros públicos, ser corrupto; todo eso se olvida, pero que se rían de uno y lo sepan los vecinos, eso jamás. Hemos cambiado “la verdad os hará libres”, por “la verdad me da vergüenza”: nadie en las clases media y alta soporta la verdad de una biografía, por eso es que tenemos el mayor número de psicólogos por habitante. El resto, la Sociedad Anónima ante el brutal y vejatorio abandono no hace más, no puede hacer más que cantar la Marcha Peronista, que es el jingle narcotizante y catártico que mueve la calesita.

  • VERANO 2016

    Es el verano europeo de 2016, emprendo un viaje Buenos Aires, Barcelona, Praga, Viena, Orlen, Barcelona, Buenos Aires que en verdad son dos viajes. El primero es afectivo, en Barcelona está parte de mi familia, en Orlen, amigos, es decir tiene que ver entonces con empatía, con “abrigar una esperanza”, con abrazos, besos, palabras y esa cosa de enfado y reconciliación, que es lo que yo creo que es el amor: algo que por tan universal, pertenece al ámbito de lo privado. Entre esos lazos afectivos, están Praga y Viena, que son la caminata, aquello que Nietzsche resume en “las ideas vienen con la marcha”. Es el momento en que no pertenezco a ninguna rutina, es cuando estoy estando. Es el tiempo en que estoy desterritorializado. Sucede en mí, lo que Pessoa describe como “si quiero decir que existo diré “soy”, si quiero decir que existo como alma separada, diré “soy yo”, pero si quiero decir que existo como entidad que a sí misma se dirige y forma, que ejerce junto a sí misma la función divina de crearse, debo convertir el verbo ser de intransitivo en transitivo, y entonces diré “me soy”. Habré dicho una filosofía en dos palabras”.

    Bien “me soy” viajando.

    Al término de mi colegio secundario, sentía que no tenía vocación para ninguna de las ofertas universitarias. Lo que quería, era sentarme bajo un ombú y recrear lo que habían hecho los ‘conversadores’ en la Grecia del siglo III AC, esperar en las columnas del Partenón (las estoas) e interrogar a veces estoicamente, otras de manera escéptica o apelando al hedonismo ¿qué estamos haciendo aquí?

    Bien, una de las cosas que hago, es viajar y he llegado a Viena con el Diario Filosófico (1914-1916) de Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Salgo a caminar munido de mi bitácora: un paso una letra, un trecho una palabra, una caminata un párrafo, un recorrido un texto, un viaje un libro, el mundo: la biblioteca. La primera impresión es “aquí se asentó el poder”. Experimenté algo similar en Roma, en Tenotchitlan, en Londres, en Silicon Valley. La segunda impresión ‘whispering city’, Viena es una ciudad que susurra. Me detengo en un café moderno que nada tiene que ver con un café vienés, podría estar tanto en Chicago como en Mendoza. Me atrajo el olor a café y una libreta exhibida para la venta por 5 euros: el tamaño perfecto, hojas de buen papel, tapa dura ilustrada con un astrolabio y un globo aerostático y la frase de Julio Verne “Anything one man can imagine, other man can make real”. El café se llama ‘Coffee and Friends’ y está atendido por un guatemalteco.

    Camino y ese tren de palabras que nos habita se pone en marcha: ciudad impactante, rica, solemne, pomposa, Francisco José, María Teresa, Maximiliano, Habsburgos, Imperio Austro-Húngaro. La lógica del poder exaltado impúdicamente por el arte.

    Majestuosidad, grandiosidad, lujo: una torta de crema por momentos empalagosa. Residencia de Herman Broch, Freud, Tolstoi, Lenin, Hitler, Palacio Schon Brunn donde en 1918 abdica el último Habsburgo; 640 años dominando Europa, más de 1400 habitaciones, jardines de 200 hectáreas. Dos veces se hospedó Napoleón, 1805, 1809. Esplendor, salones, waltz, chocolate Strauss, Mozart, Sacher Tarte.

    Hay algo por demás armonioso en todo: parques, sonido, vestimenta, orden, limpieza.

    La hija de María Teresa se casa con el futuro Luis XVI, Napoleón con María Luisa. Habsburgos, 640 años en el poder; árabes ocho siglos en España, 2000 años de Iglesia de Roma, sólo 200 años de liberalismo. Tan sólo 200 años de mayoría de edad.

    Strauss y Sacher Tarte: SS.

    Tango y Carne (soledad y sangre): SS.

    Pausa en Café Central, desde 1876, donde bebieron Tolstoi, Freud, Arthur Schnitzer, Mann, Hitler, Stalin. Vuelvo a caminar: un paso, una letra… Albertine Platz, Sacher Hotel, Café Mozart 1794. Camino hacia el centro, hasta la Bolsa, tomo el tranvía número 1, dirección Prates, bajo en Lewengasse, camino hasta Parkgasse 18, la casa de Ludwig Wittgenstein, construida entre 1926-28 por Engelman, discípulo de Loos. Todas las aberturas con mecanismos diseñados por Ludwig, cuyo primer estudio fue calderas; el hombre iba para ingeniero, pero comprendió, se dedicó a la filosofía y como nos ocurre a todos, un día se murió. “Los hombres no están tristes porque mueren -ha dicho Carlo-, sino que mueren porque están tristes”, dice Claudio Magris en “Otro Mar”.

    Nombré a la muerte; aquí en Viena, murió un mundo. Se desplomó. Aquí comenzó la modernidad, el siglo XX. Una enorme Sacher Tarte cayó al suelo desde una mesa vestida de blanco, bañando en sangre, los pisos de roble, salpicando mármoles y espejos, tiñendo tapizados de rojo, y ahí quedó el imperio reventado en estados nacionales: Austria, Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Italia. Un impactante documental de Peter Jackson: “Nunca llegarán a Viejos”, exhibe los horrores de la Primera Guerra Mundial que conforma el ADN de toda la humanidad de todos los tiempos. En colgajos del imperio decadente nacieron: sionismo, nazismo, psicoanálisis, la música atonal de Schonberg, la arquitectura de Adolf Loos, la pintura de Klimt, de Egon Schiele, de Kokoshcka, Wittgenstein y sus siete hermanos; tres de los cuales se suicidaron, al igual que Otto Weininberg y Carlo Michelstraeder, y Enrico Mreule parte en 1909 a perderse y pensar y caminar la Patagonia hasta que regresa en 1922 a poner en remojo el mantel chorreante de sangre y no pudo no recordar cuando a caballo arreaba a miles de ovejas en el sur argentino y rememoró lo que a los 16 años había escrito en su bitácora: “La libertad está en la nada”.

    En momentos de zozobra, porque la libertad también tiene sus tormentas, suelo repetirme ese motto de acuñación liberal: “Never explain, never complain”.

  • VOLCÁN

    Es el año 79, 24 de agosto, 12 horas 16 minutos, explota en erupción el Vesubio: nube de gas, lluvia de cenizas y el derrame de lava por las laderas de las montañas, hicieron que el debut sexual de Claudio quedase eternizado con la prostituta Sibila, quien había sido libidinosamente recomendada por varios de sus amigos. A 1900 años de aquel mediodía, en una mañana fresca y soleada, recorro las ruinas de Pompeya. Salgo de la lujosa casa de los Vietti y por callejuelas de piedra voy siguiendo los penes esculpidos en los frentes de las esquinas que marcan el camino al Lupanar, que seguramente ansioso, caminó Claudio para iniciar su etapa de madurez, que en su caso se redujo a durez(a), ya que hasta hoy su verga se mantiene erecta a punto de penetrar a Sinbila montada sobre él.

    -Esto ha sido muchas cosas, menos eyaculación precoz, le comento a tres chicos españoles de entre 18 y 20 años que entre risas y cierta perplejidad están descubriendo la cotidianeidad de la civilización romana.

    La viuda Smith en San Isidro y el Apolo en Tigre, eran los lupanares de mis 15 años y el volcán más cercano estaba a 1200 kilómetros.

    La vida se detuvo de improviso, explica el libro folleto. De pronto todo se piedrapomizó. La naturaleza tomó cincel y martillo y esculpió el instante, que quedó como el ojo de una enorme cerradura, para que espiemos.

    La vida de Plinio el Viejo (20-79) se petrificó. Es el autor de “Naturalis Historia”,libro al que Funes, el de la gran memoria accedió, para incorporar a la misma el latín. La eyaculación volcánica solidificó las ciudades provincianas de Pompeya, Herculano, Oplonties y Stabies. Si bien romanas, todas de origen griego y dedicadas casi con obsesión al culto de Dionisios. El volcán que es una boca, un tajo en la montaña, más vagina que falo con su derrame de fluido hirviente, congela el tiempo. Nos permite ver la exaltación del sexo exhibida en la plaza pública, nos permite participar al menos pétreamente de lo que hoy llamaríamos una orgía de sexo y rock and roll. Estos fastos de fecundidad y fertilidad habían sido prohibidos en Roma, ya que solían terminar en excesos de todo tipo, pero en provincias todo es más laxo hasta que en el 313 el Emperador Constantino oficializa al cristianismo como la religión del imperio, llenando de lava y cenizas un universo de sensualidad y jolgorio transformado desde entonces en culpa, pecado, pontífices castradores.

    La hermandad y fidelidad frailera siempre me recuerda a la omertá mafiosa.

  • SENDEROS EN NEPAL

    Es el camino entre Katmandú y Pokara, es junio 1980. Estamos recorriendo en un destartalado y ruidoso bus los 270 kilómetros que distan entre una y otra ciudad. Llueve copiosamente, se produce un alud de barro y piedras, quedamos parados varias horas. Ha llegado otro bus que nos espera del otro lado al que llegamos caminando sobre el barro rojizo y pegajoso. Arribamos de noche a destino. El hotel donde nos alojamos es tan humilde como digno. Vamos a comer a un comedero a orillas del lago. Suena Cat Stevens, después la cítara de Ravi Shankar; es un bar para occidentales, el menú: omeletes de hongos alucinógenos. El permanente croar de sapos se mezcla con la conversación y la música. Demasiada gente haciendo lo mismo. Me incomoda la aglomeración, percibo en la masa al mar: ese infinito volumen hamacándose sin cesar e invitándonos amablemente a meternos en él y cuando menos nos damos cuenta nos devora y adulamos al fuhrer de turno.

    La lluvia no para, es el comienzo del monzón. Ya en el hotel, me duermo con el golpeteo de las gotas sobre el techo de chapas. Es la misma experiencia de aquella noche de lluvia copiosa en la hostería de Loncoche en el sur de Chile. Estoy con Pierre, un amigo francés con quien vamos a caminar una semana por los senderos de Nepal, hasta Ghorapani a unos 3000 metros de altura.

    Salimos a las cuatro de la tarde desde Pokara, caminamos descalzos por un lodazal arcilloso; vamos pasando aldeaas pobres y vadeando el mismo río cinco veces. Paramos a tomar té y atravesamos arrozales en las terrazas de las montañas. Casi hasta los mismos rostros del Perú, con las mismas ropas, los mismos gestos, los mismos niños cargados a la espalda, el mismo tipo de azadas carpiendo los mismos surcos: el trabajo milenario del campesino. Hacemos un alto en Naudanda, observo que finos hilos de sangre me caen por las piernas: sanguijuelas que se han adherido y buscan su alimento: todo lo vivo tiene derecho a vivir y tal vez mi sangre sea una sabrosa colita de cuadril para estas pequeñas babosas. A las ocho de la tarde, con el sol aún iluminando el pico nevado del Annapurna (7219 mts.), paramos a comer y al lado de una chimenea, ya somnoliento, me voy quedando dormido pensando en que de chico me había fascinado con la lectura de una revista que detallaba el ascenso en 1953 del Monte Everest por Edmond Hillary y el sherpa Tenzig Norgay, jamás olvidé esos nombres y lo de las sanguijuelas también me vino de ese tiempo.

    A las seis de la mañana nos despierta la música de una flauta que hace sonar un pastor de cabras. El sol pega de lleno en el Machapuchare de 6993 metros, me es imposible no pensar en Machu Picchu y en asociar a estos sherpas con aquellos incas. El silencio es algo que siempre me atrae, me conmueve, es para mí lo más cercano a una experiencia meta-física. El valle me recuerda a las caminatas en Chubut, Lago Verde, Menéndez, Rivadavia.

    La bitácora de Nepal, es el cuaderno número 4, lo leo, ahora en casa, en San Isidro y mis dibujos en tinta negra marcan el ascenso por Khare, Lumle, Charankot, Birethanti a unos 1600 metros, (está fechado 9 de junio de 1980), luego una jornada de ocho horas hasta Ulleri a 2073 metros, que recuerdo ahora como extenuante pero de gran belleza y el camino al día siguiente hasta nuestro destino Ghorapani a 2900 metros. En el Poon Hill Lodge unos periodistas británicos nos recomendaron la lectura de “La Coronación del Everest” de Jan Morris que acompañó a la expedicióin que el 29 de mayo a las 11 y 30 llegó a la cima, “The Top of the World!”, dijeron con orgullo y agregaron que el 2 de junio de ese mismo año fue coronada Elizabeth II y que fue vivido en Londres como un hecho trascendentalmente simbólico. Cuando Jan Morris como cronista de The Times, da la noticia al mundo firma como James Humphrey Morris, mucho después, en 1972 se opera y corona su deseo de ser mujer, había estado casado 50 años y fue padre de cinco hijos.

    Hoy (2019) aquí en San Isidro leo en el diario bajo el título “Congestión en el Everest”: “Trampa mortal, 200 cuerpos en fila india amarrados a una cuerda esperan llegar a la cima, 12 han muerto por congelamiento o por caídas”. ¿Qué esperamos todos?, porque algo esperamos ¿no?

    Recurro a dos fotos de mis viajes, pero estas son de los Andes, no del Himalaya. Fueron tomadas en el mismo lugar, a oirillas del Lago Futalaufken, en el Parque Nacional Los Alerces, una es en blanco y negro fechada en enero 1967, la otra en color dice febrero de 2004. ¿Soy el mismo? El cartel del Parque Nacional dice Lahuan o Alerce, Fitzroya Cupressoides, edad 2600 años. Me encanta imaginarme a Heráclito orinando aquí en el bosque. y pensando uno de sus fragmentos. Me vuelvo a preguntar What the hell are we doing here?