Autor: alejandrofrango.com

  • ROSARIO DE SANTA FÉ 2009

    Estoy en Rosario, la ciudad que pudo haber sido la capital del país, y no lo fue por el veto del Presidente Sarmiento. El diario La Capital, el más antiguo del país, fundado por Ovidio Lagos en1867, con el apoyo de Urquiza, no lleva ese nombre por accidente, sino que era la punta de lanza de un proyecto de nación que había comenzado en 1862, y que el diputado Manuel Quintana presenta en la Cámara Baja del Congreso Nacional; es aprobado, pero rechazado por el Senado. Vuelve el proyecto a ser tratado en 1868 y vetado por el Presidente Mitre. Presentado a la nueva administración, es aprobado pero vetado definitivamente por Sarmiento.

    Es 2009, camino por la costanera paralela al Paraná. Me sorprendo, le han erigido una estatua a Ramón Lull, el autor de “Ars Magna”, de textos alquímicos del siglo XIII, aquí compartiendo espacio con la batería operada por el General José María Francia contra la flota porteña en defensa del federalismo, y otra estatua que homenajea a un señor de túnica y turbante de aspecto semita. Le han arrancado la placa y alguien con aerosol estampó “el gordo está reloco”. Una señora, al pasar, me ilustra con amabilidad “es Averroes”. Sigo, hay un monumento a la diversidad, también lo han intervenido con aerosol “Puto”. Más adelante, otro monumento del que sólo queda el pedestal, ni placa ni héroe nacional, pero con la inscripción “Olivos por la paz, año 2000”, me veo rodeado por jacarandaes, no veo ningún olivo. Unos pasos más adelante, un cartel advierte “Peligro -arranca”.

    Faltan placas, faltan bustos, faltan letras, falta la red ferroviaria, falta la capital, falta el país. Me da la impresión que nuestra crisis no es económica, ni política, ni social, ni siquiera ética. Me viene dando la impresión que nuestra crisis es erótica: no amamos a nuestro país. No entendemos el coincepto “república” que significa “cosa pública”, es decir de todos, y no como a veces parece entenderse: de nadie, pero mucho menos para que alguien con poder se atreva a gritar “vamos por todo”. Rosas, el padre fundante sentó las bases sobre las que se consolidó la nación, en el siglo XIX ser propietario de la tierra ubicó en el poder a los ganaderos de la Provincia de Buenos Aires. Perón, su copia remozada para el siglo XX, genera la segunda casta con prebendas a los sindicalistas, “barones del conurbano” equivalentes a los jueces de paz del rosismo y eleva a universal el concepto de pueblo-obrero-trabajador. Kirchner, basa su concepto oligárquico en una alquimia de dólares robados presentados con envoltorio tercermundista de moda hace medio siglo con una iglesia jesuítica bendiciendo al rebaño de las pobres, únicos admitidos en el reino de Dios.

    La “res pública”, los sabios conceptos liberales de la Constitución Nacional reducidos a mera forma, se impone a ella la Comunidad Organizada: la oscura Edad Media.

    Viajo a San Lorenzo. La torre del convento vista desde lo que se llama “el Campo de la Gloria”, me remitió a tareas escolares con Nesquick, Patrulla del Camino, Billiken, goma de pegar, cartulina, San Martín (Santo de la Espada), Cabral soldado heroico: los hitos de la pertenencia nacional. Un monumento castrense honra a los Granaderos en austero formato: “Santiago del Estero le dio vida, San Lorenzo gloria, homenaje al soldado López”, así se suceden Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba, Montevideo, y hasta Francia.

    Viajo a Santa Fé, regreso a Rosario, enfilo hacia Serodino, me paseo por el frente de la casa de Juan José Saer. Trato de imaginar el momento de la decisión; su partida en colectivo a Rosario, tren a Retiro, vuelo Buenos Aires-París, su instalación en Rennes. Hombre de río con orillas, a pesar de su conocido ensayo.

    Regreso a Buenos Aires bordeando el Paraná hasta donde lo permite la carretera Vuelta de Obligado, San Pedro, Baradero, Zárate, Campana, Tigre, San Isidro. Estaciono, camino hacia la punta del muelle de Pacheco. Aquí llega el agua que vine siguiendo desde Rosario. Me llega un mensaje al celular, pienso en Lull, viajero incansable, pienso en su “Ars Magna” como uno de los precursores de la inteligencia artificial en el año 1300, sigo para atrás, Antikitera.

    Siempre vuelvo al lugar donde empecé a pensar, siempre vuelvo al río, a este muelle y al recuerdo de El Ombú, y a mi lugar secreto de entonces: el techo de la casa de mis padres.

    Los barcos, el tren, los viajes, los libros, la aventura.

    Creo que el aprendizaje de la lengua inglesa, me acostumbró de chico a pensar y sentir desde otro ángulo. El libro de geografía “A Voyage Around the World” de Longmans, en el capítulo “The Far East”, en la sección “India” traía un grabado en papel ilustración donde se veía a dos mujeres a la orilla del Ganges, una de ellas vestida con un sarín color azafrán y la otra con uno color de lavanda; eran de piel oscura y portaban cacharros sobre las cabezas; estaban bajando las escalinatas del río sagrado y sucedió que un día de abril de 1980 yo subía a un rickshaw en la estación Benarés y como poseído, apuraba la marcha hacia el Ganges y ahí me estaban aguardando las dos esbeltas mujeres, oscuras, misteriosas, con cacharros de cobre sobre sus cabezas.

    No sólo el tiempo, sino también el espacio, comenzaba a ser un gran impostor. Un texto de Borges “El 22 de agosto de 1983” de su libro “Atlas” dice:”Bradley creía que el momento presente es aquel en el que el porvenir fluye hacia nosotros, se desintegra en el pasado, es decir que el ser es un dejar de ser…”, yo caminaba por las atestadas calles de Benarés y estaba al mismo tiempo en un aula de una casa estilo Tudor de Olivos escuchando a la muy británica Miss Dolores Solares en una tarde desolada de invierno que se hizo noche y soportando más de 50 grados de temperatura en el nórdico estado de Uthar Pradesh, por más que la lógica asevere que no se puede estar al mismo tiempo en dos lugares.

  • GLOBOS

    Son las 5 am, es el desierto, es Abu Dabi. Subimos al globo, entrelazados el deseo de ser aves y el terror a caer. Hay fuego que sale de un compresor con un estrépito que inquieta. El globo se eleva, entregándose al viento. Corren gacelas por las ondulaciones del desierto. Los caseríos se empequeñecen. Nadie habla, el silencio sólo es interrumpido por el sonido de las bocanadas de fuego. Me distraigo mirando la estela que dejó el avión. Estamos a 1250 metros y nos acaricia una brisa fresca. La canastilla es grande, somos 23 pasajeros mudos.

    Allá abajo, acaba de dejar un islote de palmeras, una caravana de camellos. Tal vez alguno de los mercaderes haya mirado hacia arriba y nos ha visto. Pensé en un film que vi en el Museo del Espacio, en Washington D.C., es un documental narrado por Morgan Freeman, que comienza mostrando a unos chicos a orillas de un arroyo en una zona rural de Holanda o Bélgica. La cámara no deja de ascender y el arroyo y los chicos dejan de existir, al igual que la canastilla en la que estamos, que se vacía: quedo solo en el globo, dejo de ser el viajador que sobrevuela el desierto en el año 2014; estoy ahora dentro de la sonda Rosetta, soy el robot Philae, que la viene conduciendo, desde hace diez años y he llegado a 6400 millones de kilómetros. Acabo de posar la sonda sobre el cometa 67P con el objeto de conocer el origen del sistema solar, porque los cometas son como las cápsulas de tiempo que guardan información sobre el inicio. Un cometa sería como una neurona de un inmenso cerebro, custodio de nuestra memoria. El sistema solar como el sistema nervioso. ¿Y si toda la cultura fuera un cerebro dañado por un ACV, intentando calcular los pelos blancos y los pelos negros que tiene una cebra?

    Vuelvo a la canastilla, desde estos 1250 metros imagino a los viajeros de la caravana con turbantes y túnicas protegiéndose de la arena. A 6400 millones de kilómetros de la tierra ¿qué sentido tienen las guerras civiles argentinas entre unitarios y federales, qué sentido tiene el Imperio Romano, qué sentido tiene el mudo alarido de la pintura de Edward Munch, un día de 1893; qué sentido tengo?

    El golpe del canasto y el posterior carreteo por el lomado desierto, me sacan de mi intermitente ensoñación.

    Nos acaba de pasar la caravana de camellos, era un tour de The Desert Experience; el guía llevaba una gorra Nike y la camiseta de la selección argentina con el nombre Messi en la espalda.

  • BARCELONA

    No me fatiga caminar una ciudad, pero caminar Barcelona, además me encanta y esta vez (2016) lo hago cableado a mi teléfono escuchando a Monserrat Caballé y Freddie Mercury cantando “Barcelona” en la Sagrada Familia, en Las Ramblas, en La Boquería, en el Puerto, en las calles del Barrio Gótico, en Sarría, en Barceloneta, en las librerías, en la playa, en los restaurantes y en los bares de tapas, en la Catedral, en la Pedrera, en la casa Batló. ¡Barcelona! ¡Barcelona!

    Veo gente por todos lados, sin escucharlos, se los oye. Me harta la cantidad de personas, aplauden y ríen por igual ante un mimo, un malabarista, un cellista que toca a Bach, redoblan los aplausos a Messi gambeteando y a Hitler vociferando. Lo importante es aplaudir y que se oiga. Sin escucharlos, me fatigan.

    De pronto dejo a la gran masa del pueblo y me escabullo en pleno Barrio Gótico por una pequeña calle que me deja en un remanso de paz que es San Felipe Neri. Hay un bar, con mesas en el playón. Pido unas tapas y cerveza. El calor es casi tan agobiante como la gente. Sólo una mesa ocupada por un muchacho de no más de 20 ó 22 años, bebe cerveza, escribe, cableado, escuchando, me gusta pensar que “Barcelona”. Su parecido con Gustave Flaubert me impacta e imagino que escribe: “PARA VIVIR TRANQUILO HAY QUE VIVIR SOLO Y PONER BURLETES EN LAS VENTANAS POR MIEDO A QUE EL AIRE DEL MUNDO LLEGUE HASTA UNO”, como escribió el de Madame Bovary.

    La paz se interrumpe por un nutrido “free tour” con megáfono y nos vemos obligados a escuchar “Felipe Neri, 1721-1752, barroco, dependencias de filipones, balas en el frente, (sí claro se ven), guerra civil, gran batalla, tropas franquistas destrozaron techo, murieron 42 niños, varios curas y al resto los fusilaron” y ¡APLAUDIERON!

    El Flaubert de jeans, musculosa, Vans negras, se pone los Ray Ban, paga, se levanta, y con toda la fuerza de su garganta, de sus pulmones, de su alma y de los gases de la cerveza ERUCTA como para que lo escuchen en Timbuctú y entonces me pongo de pie y lo aplaudo, le grito “thank you man”, me manda un “like” con su pulgar y desparece por la callejuela.

  • BORDEAUX

    Es septiembre, es 1979, es Bordeaux. Estuve diez días trabajando en la vendimia en Saint Emilion. Estoy curtido, bronceado, me duele la espalda, mis dedos con apósitos por cortes con el “cicateur”. Estoy enamorado de Claire, compañera de trabajo, poetisa, estudiante de sociología. Claire era de Charente, la tierra donde se produce el Cognac. Allá nos vamos y entre cavas de piedra y telarañas colgando de techumbres que cobijan toneles y alambiques, laberintos de cobre y chimeneas de ladrillos; una noche helada y de luna llena, habíamos terminado de comer en la pequeña terraza del galpón de una granja reciclada que nos prestaron,

    ¿Viste al ángel, Alejo?

    Lo estoy abrazando.

    No en serio.

    Ahora lo estoy besando, es mi ángel de la guarda.

    Los ángeles son asexuados.

    Creo que tienen sexo, y al menos para mí, el ángel de la guarda es mujer.

    Luego algo pasó, seguimos hablando, riendo, bebiendo y nos fuimos a acostar.

    No duermo profundo los días de luna fuerte. Me desperté en la mitad de la noche y Claire estaba en la cornisa de la ventana, mirando a la luna; fumaba. Me acerqué a ella.

    Aquí en Charente, me cuenta, cada vez que termina la destilación, en el momento que el agua arde y se transforma en agua de vida, se produce la magia alquímica, ese instante lo conocemos como “la parte des anges”.

    Nos abrazamos y dormimos luego hasta media mañana.

    Nunca sé si alguna mujer me entiende cuando me refiero al aura femenina que todo hombre tiene. Detesto la palabra conquista, pero el machismo existe y la mujer desea ser conquistada. Me espanta la posesión, pero deseamos poseer y ser poseídos. La cultura nos marca un arquetipo masculino que requiere de otro femenino. Cuando el brujo de Viena dice no saber qué quiere una mujer ¿está dudando de los arquetipos o habla como un tanguero de los años 40?

    Pascal Quignard se pregunta ¿qué hace madurar la música, en el corazón del músico? ¿qué infla el sexo del hombre que mira a una mujer? Es una ilusión, eso es. Eso mendiga. Por eso los amantes tienden las manos, extienden las manos uno hacia el otro, porque mendigan.

    Cada vez que pienso en Francia, no se me presenta la torre Eiffel, el Louvre o un restaurante, sino el campo, Claire y yo cosechando racimos de uva y arrojándolos a una batea de plástico, un pastor arreando sus ovejas por un camino de tierra, a la vera del cual crece la “garrigue” y que se pierde en una loma que termina en una iglesia abandonada y un campesino, un jornalero, pobre, bajo, tosco y hosco, carpiendo encorvado los surcos de su quinta, solitario, vestido siempre con su ropa de trabajo azul, su boina y sus alpargatas raídas. Cuando lo recuerdo, siempre pienso en Heráclito, recostado en las terrazas de Éfesos, mirando hacia el mar, pero pensando en un río, tratando de entender.

  • RELACIONES INTERNACIONALES

    Es París, es la década del 30, es el 37 Avenue de l’Opera, es la papelería Brentano’s donde la Embajada de la República Argentina se surte de elementos para escritorio, papeles, tinta, cuadernos donde dejar constancia de las recepciones oficiales.

    Tengo el “Dinner Party Record Book”, donde se registraron, desde el 6 de enero de 1931 hasta el 28 de noviembre de 1934, los almuerzos y comidas que se celebraron en honor de distinguidos argentinos y extranjeros. El cuaderno de tapas de cuero y hojas con bordes en oro, está compuesto por folios dobles, el de la izquierda dice “Plan of the Table”, en el centro tiene trazado un rectángulo: “The Table”, donde se escribirán los nombres de anfitriones y agasajados, y un espacio a pie de página con “Remarks”, el de la derecha dice: “Where given, Date, Occasion”, en el encabezamiento y en la página dividida en dos, se lee en una columna “Guests Present”, y por debajo “Unable to attend”, en la otra “Menu”, seguido de “Wines” y a pie de página “Particulars of Table Decorations”.

    Me detengo en la hoja fechada el 15 de abril de 1933, hay ese día un almuerzo en honor del Presidente de la República francesa Monsieur Albert Lebrun y del Vicepresidente de la República Argentina Doctor Julio Roca hijo, a ser servido en el 39 Avenue Pierre 1er de Serbie. El menú consta de: Trucha Salmonada al Champagne y papas al vapor

    Costillas de cordero Maintenon con puré de alcauciles

    Poulardes Rose Marie con corazón de lechugas a la aurora y

    espárragos verdes en salsa de muselina

    Bombe Francillon y Couques

    Los vinos, Jerez Marqués del Mérito

    Chateau D’Yquem 1929

    Chateau Lafitte 1877

    Champagne Pommery Grenot

    Alrededo de la mesa, además de Lebrun y Roca (h), 20 invitados, son huéspedes del Embajador Tomás Le Breton y su esposa Estela Pereyra Iraola. Miguel Ángel Cárcano, Manuel Malbrán y varios funcionarios que han hecho una parada en París antes de dirigirse a su destino final: Londres, donde el 1 de mayo se firmará el Pacto Roca Runciman al que seguirá el Eden Malbrán. Pacto que consolidará, desde el punto de vista económico, la adscripción de la República Argentina al Imperio Británico, como corolario de la matriz que marcó para siempre desde el despótico y absolutista gobierno de Juan Manuel de Rosas, la preeminencia del Buenos Aires ganadero sobre el resto del país, y que provocó que el senador Matías Sánchez Sorondo dijera “aunque esto moleste a nuestro orgullo nacional, si queremos defender la vida del país, tenemos que colocarnos en la situación de colonia inglesa”.

    Otro hubiera sido el derrotero nacional y democrático de haberse seguido el camino emprendido por Francisco Hermógenes Ramos Mejía y Ross y de su mujer Antonia de Segurola que en 1811 cruzan el Salado, le compran las tierras a los aborígenes, fundan la estancia Miraflores donde se los educará y enseñarán las tareas de la agricultura, la administración y la vida democrática. Rumores de que Ramos Mejía impartía sacramentos entre los aborígenes, alertaron al celoso credo católico, que moviliza al gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez a escarmentar tamaño sacrilegio, quien apoyado por el omnipresente, vengativo y despótico Rosas, confina a Ramos Mejía a prisión domiciliaria en su estancia de Tapiales (hoy Mercado de Abasto) donde morirá a los 55 años y a cuyo hijo, Rosas hará decapitar mediante un carro que le pasa por el cuello en Córdoba.

    Rosas es el verdadero padre de la patria, creador de la grieta y militante de una manera de gobernar, que imitarán Perón y Kirchner. Si la casta rosista estuvo formada por estancieros amigos y al resto prisión y choclo en el culo, la casta peronista se consolidó con sindicalistas resentidos y empresarios amigos del poder y la casta K intentó afianzrse y quedarse con todo acompañados por montoneros decadentes, narcotraficantes, sindicalistas venales, jueces corruptos y políticos charlatanes y obsecuentes.

  • JUST DO IT

    El 2 de agosto de 1850 David Dudley Field invita a Herman Melville (1819-1891) a un pic nic en Stockbridge, Lenox a realizarse el 5 de agosto. En esa reunión campestre conoce a Nathaniel Hawthorne (1804-1864) de quien dirá, “el cerebro más grande junto con el corazón más grande de la literatura norteamericana”. Por su parte Nathaniel Hawthorne, el 7 de agosto le escribe una carta a un común amigo, Horatio Bridge: “Melville me cayó tan bien que le pedí que viniera a pasar unos cuantos días conmigo antes de dejar estas tierras”. A su vez Melville escribirá en Literary World los días 17 y 24 de agosto, “No digo que el Nathaniel de Salem sea más grande, ni tan grande como el William de Avon. Pero la diferencia entre ambos no es en modo alguno desmesurada. Con no mucho más, Nathaniel habría sido ciertamente William”.

    En el picnic, entre otras muchas cosas y un acercamiento espiritual a primera vista habían hablado sobre la posibilidad de que los Estados Unidos produjeran un escritor de la talla de William Shakespeare.

    Los Estados Unidos, hasta 1850 habían provocado la existencia de Washington Irving (1738-1859), James Fenimore Cooper (1789-1850), Thomas Waldo Emerson (1803-1882), Henry Wordsworth Longfellow (1807-1882), Edgar Alan Poe (1809-1849), Henry Thoreau (1817-1860), Walt Whitman (1819-1892), faltaba poco más de un año para que Harriet Beecher Stowe (1811-1896) publicara su primer libro “La Cabaña del tío Tom” y por supuesto los dos escritores que comenzaron su entrañable amistad en ese picnic.

    Con ese bagaje, que con el tiempo alcanzó la gloria, pero que hasta ese momento, salvo la consagración internacional de Longfellow, y la fama y éxitos de venta de Irving y Cooper, no era demasiado auspicioso, atreverse a competir con Shakespeare, es cuanto menos sorprendentemente audaz.

    Contemporáneos a aquellos escritores norteamericanos, aquí en las Provincias Unidas se había provocado la existencia de Esteban Echeverría (1805-1851), Florencio Varela (1807-1848), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), José Marmol (1817-1871), Vicente Fidel López (1815-1903). A ninguno de ellos se le ocurrió compartir un picnic, (cosa de mujeres), hablar elogiosamente del otro (a ver si piensan que la miro con cariño) y desafiar a Miguel de Cervantes Saavedra con una obra producida en el país.

    ¡Qué picnic! y ¡qué tertulia literaria!, ésta siempre ha sido tierra de machos, de cuchillos, de Juan Manueles y Juan Domingos, de mazorqueros y montoneros.

    De una manera vertiginosa desde 1820 y hasta 1852 la escena político cultural del país bailó al ritmo que le impuso el señor de Palermo que desde los 13 años con la primera invasión inglesa participó en hechos militares y su figura ascendente tanto bajo el mando de Liniers, de Dorrego, de Martín Rodriguez lo consolidó como el caudillo que podía al mismo tiempo encauzar la anarquía reinante, poner un freno al asedio constante de pampas y ranqueles y administrar con espíritu empresario sus enormes extensiones de campo. Su aporte a las letras argentinas fueron “Las Instrucciones a los Mayordomos de Estancias” que escribió en la década del 20, pero que fueron publicadas en 1856 cuando se encontraba exiliado en Southampton, Gran Bretaña.

    “Moby Dick comienza con los 80 epígrafes o extractos, que son colgajos o fragmentos de la aventura marinera del capitán Ahab al mando del Pequod, esa suerte de Arca de Noé de nacionalidades múltiples de la mamífera especie humana en obsesiva búsqueda del Sperm Whale o cachalote en el infinito mar que tanto me aterra. (El mar que me aterra: la esencia misma de mi ornitorrancia).

    Me detengo en sólo algunos de esos extractos:

    “Y Dios creo grandes ballenas”. (Génesis)

    “Leviatán hace que brille una senda tras sí; se diría que el profundo mar es cano”. (Job)

    “Con artificio se crea ese gran leviatán llamado Confederación o Estado (en latín Civitas) que no es sino un hombre artificial”. (Hobbes)

    “España:una gran ballena varada en las playas de Europa”. (Edmund Burke)

    ¿Cómo leo esto?

    Por un lado “Las Instrucciones a los Mayordomos de Estancias” de Rosas, se pueden leer como una introducción a lo que fue su tiranía de los más de 20 años fundantes del país, donde el “ojo” del Estado supervisaba todo de manera obsesiva y se metía hasta con una mazorca en el culo de quien no acatase lo establecido.

    Por otro lado leo “Moby Dick” como una alegoría del Estado (leviatán, es sinónimo de ballena) y de cómo cuando las ideas devienen ideología, requieren necesariamente de un caudillo, (el capitán Ahab) obsesivo, autoritario, fanático que en su locura lleva al Pequod a la destrucción y a su tripulación a la muerte, de la que sobrevive el narrador Ishmael aferrado al maderamen de un ataúd.

    Vendrá luego la devastadora Guerra Civil en los Estados Unidos que generará con el tiempo un grupo de intelectuales Oliver Holmes (1842-1935), William James (1842-1910), Charles Peirce (1839-1914) y John Dewey (1859-1952) entre otros que sostuvieron que las ideas no deben devenir ideología para justificar un estado de cosas considerado por el régimen como dogma y a su lider, o a su mera evocación, como indispensable al “destino trascendente de la nación”, tal como lo expresa Louis Menand en “El Club de los Metafísicos: historia de las ideas ven los Estados Unidos”.

  • LOS CIRUJAS

    Un hombre golpeado en un ojo, vestido con ropas sucias, tirado en la calle, cercano a las vías del tren, me transportó al primer ciruja que vi cuando era niño. Caminaba, entonces, aquel hombre barbado, ensangrentado en la cara, abrigado con un largo tapado gris y descalzo. Me quedé mirándolo por la ventanilla trasera del Chrysler negro que manejaba mi padre, hasta que una curva lo sacó de foco, pero no de mi impresión.

    Al rato, un hombre en una motoneta, con gorra con visera salía de la sede de la Unión de Estudiantes Secundarios, en Nuñez. Un vigilante detuvo el tránsito y le dio paso.

    “Es Perón”, dijo mi padre, “este tipo nos va a llevar a la ruina”. Me imaginé a los cuatro que íbamos en el auto, caminando como cirujas, esto pudo haber sido en 1953 ó 1954.

    Hubo también, durante años, un hombre muy viejo, que se sentaba en un banquito plegable, abría una gran valija de cuero y exhibía pulseras, aros, relojes y así quedaba casi inmóvil, hasta el atardecer, vendiendo sus productos. No era un ciruja, pero también me parecía extraño.

    Dos borrachos correntinos, que dormían en un hueco de un ombú, poblaron por un tiempo los días de futbol y escondidas. Al acostarme tenía la costumbre de rezar, en ese ritual había un ruego por ellos y otros “desamparados”.

    La “Loca María” deambulaba por la estación San Isidro, siempre portando un embarazo animal. También estaba, la señora plena de bolsas y ojos celestes sentada en los umbrales cercanos a la Catedral . Tenía una sonrisa que acentuaba aún más su tristeza. Comentabanque había estado casada con un médico notable. Un día como todos los que habitan la soledad de las calles y la noche, desapareció.

    Siguieron después, en los viajes de la adolescencia por los caminos de América Latina, los cientos, tal vez miles de parias callejeros que llevaban la muerte al descubierto, casi descaradamente, no así el ¿por qué? de su abandono, que muchos explicaban por la Standard Oil, la United Fruit Co., el Rock’n Roll, y yo siempre pensé que era, en gran parte por una prédica constante exhaltando la pobreza como camino hacia Dios.

    Hubo uno en Londres, a la vuelta de casa, siempre ebrio, sucio, casi loco, que un día vi que lo subían a una chirriante ambulancia, tal vez al hospital o la morgue. Vi muchos en París, bajo los puentes del Sena, son los que llaman “clochards”. Eran iguales a los de las películas en blanco y negro. Fueron (son) millones en India. Abundan en New York y en zonas elegantes de Los Ángeles y San Francisco, son los mismos que retrataron Velázquez y Goya. Salvo los de la India, que parecen obedecer a una búsqueda espiritual, para mí, incomprensible o a una aceptación de un destino merecido por lo hecho en vidas anteriores, forman parte de la Comedia Humana. Son como perros vagabundos, A veces me recuerdan a Macedonio Fernández, abogado, que tras la muerte de su gran amor se echó a andar los caminos, otras a Néstor Sánchez, escritor, abandonado, errando por las calles de New York, como buscando las palabras de nuestra condición efímera.

    Los cirujas tienen algo de Bartleby, de Wakefield, de Whitman. Dan la impresión de llevar sobre sus hombros todo el peso de la humanidad sin sentido. Hoy no intento comprenderlos; los acepto como la chatarra de hierro obsoleta que luego de fundida dará origen al pulido acero. Algo les produjo una herida que les impidió luchar y triunfó el abandono y después, como también les ocurre a los reyes, la tristeza y el solitario e inapenable final.

  • NEW YORK 2003

    Tenía, más bien debía, es más, es lo único que todos esperábamos de ella: grande, obesa, negra, con anteojos, uniforme y gorra del New Jersey Transit; me recordó a Toni Morrison, tal vez, porque además, yo había abordado el tren en Morristown, rumbo a Penn Station, New York. Cuando se esperaba de ella “tickets please”, dijo, mirándome a los ojos “what’s your secret?”, ahí entre Chatham y Summit, mientras mi vista iba desde los jardines poblados de robles, abedules y maples añosos en las casas linderas a las vías, hasta la patilla rota y adherida al marco con cinta transparente de los anteojos del señor de elegante traje azul, camisa blanca y corbatas a rayas celestes y beiges, que leyendo el New York Times, sin inmutarse y perfumado estaba sentado frente a mí.

    “Everybody has a secret”, repitió ya perdiéndose en el otro coche. Mi pensamiento iba desde los operarios latinos y sin documentación que se agolpaban en el playón de la estación de Morristown a esperar que llegaran los camiones que los llevarían a trabajar en la construcción y a la conversación durante el desayuno mantenida con Meg y su marido, demócratas y partidarios de la libre inmigración y a la que mantendría con Patricia, republicana, una “wasp” pura y orgullosa de serlo, durante el almuerzo al cual estaba yendo. Mi asombro fue tal como si al ir a ducharme, en vez de sentir el marmol, mi pie se hubiera apoyado en una superficie de plumas. Había estado pensando también, porque el pensamiento es como un racimo de uvas, mientras pasaban Convent Station, Madisoin, Chatham en el muelle de Pacheco, en la estación Anchorena, frente al río en la ciudad de San Isidro y en “El Ombú” de La Lucila, cuando intespestivamente, como una catástrofe, no del tipo caída de las torres gemelas, hundimiento del Titanic, Oscar López de Curuzú Cuatiá clavando su bayoneta en Peter Morris de Leeds y viendo como del pecho partido manaba un chorro de sangre en la batalla de Mount Longdon; sino de esos cataclismos verbales o gestuales: la mano enorme del portero de la funeraria, donde velaban a su padre, cubriendo el rostro infantil de Eva Duarte, impidiéndole la entrada porque ese era el velorio de la “familia de verdad”, o del tipo: “también murieron argentinos y no sólo judíos, en el atentado a la Amia”, como dijo un senador; o “negro de mierda” como se dice en el país, cuando se quiere agraviar a alguien. Así, de esa manera me golpeó el “everybody has a secret”.

    Caminé por Broadway hasta The Strand (18 millas de libros), encontré, como siempre, lo que buscaba y mientras me dirigía a Shakespeare and Co., sólo veía icebergs. El 90 por ciento de lo que a cada uno de nosotros nos conforma, está bajo la línea de flotación. Mientras recorría los estantes del subsuelo y volvía a encontrar lo que había ido a buscar, miré a mi alrededor, y la cara de la mujer de vestido violeta, cara de por lo menos 30 años de matrimonio, que me sonrió y dijo “Hi!”, como siempre hacen los estadounidenses cuando uno fija la mirada en ellos por unos segundos más de lo que consideran necesario en el pasaje de un objeto a otro y yo sonreí y contesté de la misma manera, sobrevoló el “everybody has a secret”.

    En la caja, la de violeta se encontró con la otra parte de los 30 años y otra vez Helen y Jim o Peggy y Malcolm o como carajo se llamaran y la cajera diciéndome “have a nice day” y todos los miles que caminaban por Broadway hasta Prince eran témpanos a la deriva, derritiéndose en el verano caluroso de New York. Esquivando picos nevados e imaginando que la señora que recién había pasado, guardaba escondido en el fondo de la bolsa de papel de la compra en el Farmer’s Market de Union Square, de la que sobresalían puerros y hojas de lechuga, un consolador, grueso, negro, rugoso, y que el gordo con la remera con la lengua de los Stones, caminaba “with a knife under the cloack”, con el que degollaría esa tarde, en el Bronx a su amante cubano, seguí adelante, ya sudando en ese glaciar de secretos: las ciudades como galpones de secretos, los edificios como containers de secretos, la historia universal como una enmarañada jungla de misterios.

    ¿Qué secretos se llevaron a la tumba mi madre y mi padre?

    *******

    Después de almorzar en Café Fanelli, en Mercer y Prince, Patricia me acompañó hasta Three Lives and Co.

    ¿Entonces vos crees que cerebros y corazones esconden otra realidad?

    Creo, Patricia, que más allá de lo que decimos hay algo más que motiva todo lo que hacemos, y ese es el secreto, aun para nosotros mismos, quiero decir que además de mis ganas de verte y de pasear por esta ciudad que amo, hay algo que me impulsa a venir que tiene que ver con eso que llamo secreto.

    Y el tuyo ¿cuál es?

    Patricia subió al taxi, y con la mano como si fuera una pistola, le apunté. Sonreímos. Entré en Three Lives. Volví a encontrar lo que buscaba y caminé luego por Broadway y la 5a Avenida hasta Central Park y me tiré en el pasto mirando hacia el Plaza. Ahí nomás, a pocos metros, en el 240 de Central Park South, yo había alquilado unos años atrás un departamento. Era 31 de diciembre entonces, estaba helado después de intensa nevada. Había sido mi primera vez en New York. Estaba fascinado. La recorrí siguiendo los pasos de Peter Stillman, es decir Paul Auster me guió, como Pessoa en Lisboa, como Joyce en Dublin, como siempre Borges en Buenos Aires.

    Siento a Central Park como el ombligo de New York. Tirado en el pasto, la cresta de los edificios parecen girar y me reducen a una pelusa en el pliegue de ese ombligo. Pensé en frío, en parque blanco, en noche ventosa, en soledad abyecta, en abandono, en pordioseros y en los 375 dólares que Néstor Sánchez (1935-2003), encontró en una billetera que le estaba destinada en algún lugar del parque. En ese tiempo, sólo había leído de Sánchez, “La Condición Efímera” y cuando mucho después leí “Hawthorne” que Sánchez había publicado en 1970, comprendí que “Wakefield” de Hawthorne, era Néstor Sánchez, pordiosero, cumpliendo con el deseo, que es parte del iceberg, que tras una sonrisa, los aplausos, el premio, la consagración, hace, sin embargo, que cuando menos uno se lo espera, ése, el consagrado se pega un tiro, huye al desierto, se hace vagabundo, se arroja al mar desde un acantilado, deambula por New York durante siete años, por la misma razón por la que “econtró”, Sánchez, los 375 dólares, o por similar razónpor la cual, me dedico a viajar, o el colibrí a quedarse suspendido frente a la flor de hibiscus, o el cóndor a planear dibujando un invisible laberinto en los Andes.

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE VIVIR NO LO ES (TERCERA PARTE)

    GUATEMALA (1972) A orillas del lago Atitlán, en el Chichicastenango, en el poblado de Panajachel quedaba el comedero “Ramirez”.

    Ramirez servía trucha que pescaba su nieto en el lago, ella sacaba de su letargo en la tierra, zanahorias muy finas, cebolla colorada, boniato; les daba un hervor ligero y en un plato enlozado nos traía el almuerzo. Todo costaba un quetzal, que es la unidad monetaria que homenajea a un ave cuyo plumaje colorido han reproducido en sus tejidos las tribus mayas; que caminan por los senderos de los Andes poblando de colores huellas milenarias; al igual que los sherpas por los caminos del Himalaya, al igual que yo, que de tanto caminar, sueño que cruzo el King’s Albert Bridge, pero en vez de entrar en el Battersea Park, entro en el bosque que rodea a Kandy, en una de cuyas sendas, vi meditando a un hombre a la luz de una vela, a quien no quise preguntar por dónde seguía el camino. Tuve la sensación que el ya había llegado.

    OSOS (2011) Es julio, es 2011, he llegado a Port Hardy, en el extremo norte de la isla Vancouver. Mañana a las 5 am tengo que estar en el puerto. Durante una semana navegaremos por el Inside Passage, atracando en puertos cuyos nombres son Ketchikan, Wrangell, Petersburg, Sitka, Port Rupert con destino final Juneau, capital de Alaska.

    Voy a pasar la noche en B & B aquí en Port Hardy. Me informan que el único parador que sirve comidas a la tarde, está a unos dos kilómetros. Regreso ya somnoliento, en un atardecer casi eterno.

    Un oso cruza la ruta con arrogante morosidad. Contengo la respiración. Es una bestia enorme, de otro tiempo. Se pierde en la espesura del bosque. Sigo mi camino, pero cada rama que se quiebra, aun el mínimo sonido del follaje, me hace mirar al costado de la carretera, por donde se escabulló y acecha. Esto es tener miedo -me digo-, Turista argentino atacado por oso Grizzly hembra, se supone que el animal, temeroso de que sus crías estuvieran en peligro, se adelantó y de un zarpazo quebró el cuello del turista y le arrancó la cabeza, que fue encontrada por los guardaparques a un costado de la carretera, donde las hormigas festejaban el banquete que les cayó de regalo. “Tan sólo pensar que esto sucede en el siglo XXI en un país desarrollado como Canadá, y que pudo haberme pasado, me causa ahora, tomando el desayuno a las 4 am, antes de embarcarme para Juneau un estupor que me hace temblar”, escribí en la bitácora de aquel viaje.

    Hoy hay 17000 osos en Europa, están, sin embargo, extintos en Alemania desde 1800, en Guadarrama se exterminó el último en 1830, pero quedan 8000 en Rumania (ya que estamos, su capital, Bucarest, es la ciudad más peronista de Europa , cada vez que uno toma un tren o subte esos móviles salen de peron 1 , o de peron 3 , o te avisan que el tren estacionado en peron 5 no saldrá, es hora de enviar gorilas a Bucarest, en vez de tantos osos). Hay muchos osos en Rusia, también en los Cárpatos, los Alpes, los Apeninos, los Pirineos y también hay un oso sudamericano, el oso de anteojos o antifaz, también llamado frontino, ucumari o jucumari, son animales que adultos pesan unos 200 kilos y los machos miden dos metros; habitan los Andes tropicales de Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y cada tanto llegan a las yungas en Salta, y se han visto algunos en Brasil. Bestia enorme en situación plantígrada, sólo el tigre de Bengala en India me provoicó tanta fragilidad. También las arañas, las serpientes, toda la fauna submarina y la ideología peronista enquistada en todos los estratos de la sociedad argentina me preocupan. Son para mí habitantes de tiempos oscuros. el oso pertenece a ese segmento de oscuridad.

    EN RUTA (1970) Hacemos dedo en algún camino entre Ecuador y Colombia. El pueblo es pequeño, una larga calle central, pocas casas bajas y bulliciosas de borricos y de niños, algún estanco de abarrotes, alcohol y brasero de arepas. Calor pesado. Varios curiosos nos rodean. Pasa un cura, nos saluda, nos pregunta: que de dónde venimos, que por qué viajamos, que qué hacemos e imitando al gallo: que Dios está en todas partes, que los caminos del Señor, que la Gracia Divina y ya me infló los Huevos Terrenales.

    No creo que una entidad semejante pueda existir, le digo, indiferente y enciendo un cigarrillo; a lo sumo puedo soportarlo como un concepto, para establecer un orden, discutible; exhalo el humo haciendo anillos que semejan el aura, que al instante se disipa ¡ Qué no es concepto, qué es uno y trino, qué se hizo hombre para…….! Mire cura con todo respeto, no lo veo así.

    Azorado, casi espantado: ¡Entonces tú eres un libre pensador!

    BOLUDOS (1971-1980) Estamos en Cartagena de Indias, Colombia, en un bar, tomando cervezas en la vereda. Es 1971. Estaciona un Dodge Polara amarillo huevo con techo negro y casa rodante acoplada. Se dan cuenta que también somos argentinos. ¿Y esto es Cartagena? Boludo a Mar del Plata le ponemos diez palmeras y los cagamos.

    1980, bar “MONA LISA”, Katmandú, Nepal. Estoy con Maia, Bárbara, Pierre. Me doy cuenta, quiero escuchar, pido que no hagan referencia a mi nacionalidad. Te das cuenta boluda, los indios del norte son distintos a los de Tamil Nadu, son otra cosa. ¿Por qué te das cuenta? le pregunta su novia uruguaya, ¿Por qué Tomás? Y ,te das cuenta, te das cuenta, TE DAS CUENTA.

    GOOGLE 2018 Entro en Google:Werner Bischof, (Zurich 1919-Trujillo 1994).Busco una foto, “Camino del Cusco”,donde se ve a un muchacho de la etnia quechua de alrededor de 15 años. Camina tocando la quena. Viste poncho, gorro, sandalias de cuero. Tal vez (ya que no se lo ve) esté conduciendo un rebaño de llamas o cabras. La foto me transporta a una escena similar; donde me había quedado dormido, apoyado contra un árbol frente al río Beas, que es correntoso. Salta varias cascadas en su recorrido por los valles de Kulu y Manali, en el estado de Himanachal Pradesh. Me despierto con la música de una flauta y el balido de cabras. Pasa un pastor (tal vez el mismo de la foto). A mi lado una víbora verde, pequeña y según me ilustra el pastor:venenosa, (se toca el brazo con su dedo, se pellizca, traza una línea en el aire y señala el cielo con su mano y su mirada) que traduzco como picadura mortal.

    El pastor conduciendo el rebaño: detesto esa metáfora clerical, la suelen usar los dictadores.

    Bischof murió atropellado por un auto, en Trujillo, Perú. Doy fe, no morí frente al Beas, en el valle de Kulú (creo)

    COSTANERA SUR (2015) Camino por la costanera. A un lado la Reserva Natural. Veo garzas, palomas, zorzales, cotorras y un pequeño cardenal. Del otro lado Puerto Madero.

    Hace calor, faltan pocos días para Navidad. Me cruza un hombre que viene de hacer ejercicios. Sé que es diputado, he visto su foto en los diarios; alrededor de 60 años, vientre abultado, zapatillas, bermudas, torso desnudo. Lo escolta el custodio, aparenta 40 años; viste traje y corbata, celular en mano, pistola en cinto, vientre abultado. Éste, le abre la puerta trasera del Audi negro. Sube el diputado, el de traje, se ubica al lado del chofer.

    Tengo un libro de cocina anglo india, cuya tapa está ilustrada por tres comensales alrededor de una mesa en un jardín, (son los anglos), blancos, rubios; dos de ellos con botas de montar, el oiro zapatos bicolor. Han terminado de almorzar. Un criado, piel oscura, turbante, sarin y pantalón blancos, descalzo, les ofrece cigarros.

    Concluyo: el Imperio Británico siempre fue más fino que los nuevos ricos argentinos, en el trato con las personas a su servicio y más elegante. Una mera cuestión de estilos; distintas formas de ejercicio del poder.

    ESCRITOS EN PIEDRAS, Estoy en India, frente al templo de Kailasa, es 1980. Las piedras talladas, enormes, perfectas. ¿Son acaso las mismas de aquellas que vi en el Imperio Inca? ¿Soy yo el mismo?

    Sigo viajando. Me impresiona lo vasto, lo extraño que hay en todo. La memoria que vive en mí. ¿Ser´acaso, como Funes, incapaz de pensar? Al escribir, el viaje adquiere otra entidad. Estas notas, las bitácoras, son como mojones en las rutas. Como los restos de ciudades, son capítulos que hay que aprender a leer.

    No creo en verdades, no busco sentidos, me cuestiono, sin embargo: Tiahuanaku, Machu Picchu, Palenque, Copán, Tikal, Chichen Itzá, Stonehenge, las Pirámides en Egipto, Siringiya, Ellora, Ajanta, Mohingorao, Gobleki Tepe, Kajurao, Konarak, Capadocia ¿son lo que vemos? ¿civilizaciones que se agotaron o espejos de nuestro futuro? ¿El Big Bang, es el hipotético inicio, o el ineludible final? ¿o ambos? ¿Estoy huyendo?

    SAN ISIDRO (2020) He viajado a Dubai en primera clase, he viajado en helicóptero a las Scilly Islands, en globo en Capadocia y Abu Dabi, en hidroavión en Vancouver, en barco de contrabandistas en el Caribe, en carreta vtirada por bueyes en Cholila. En rickshaws en India China, a caballo en Mongolia y en Helsingfors en la Patagonia, a camello en Marruecos, a reno en la frontera ruso mongólica, a elefante en India, arriba de varias toneladas de tablas de madera, en la caja de un camión Mack desde Guatemala a Panamá durante cuatro días y de ahí en barco de guerra argentino hasta Santiago de Chile, en avión carguero desde Bogotá a Leticia y de ahí remando en canoa por el Amazonas con un remo corazón que aun conservo y que es idéntico al que pintó Gerge Catlin (1796-1872), cuando pintaba a los indios orejones, en auto por Camiñaga, a vela por el Canal de Beagle, a pie por la Pampa de Achala, en bicicleta por la Camargue, en transatlánticos desde Génova a Buenos Aires, en autobuses por miles de kilómetros de asfalto y de tierra; pero el medio de transporte que más me gusta es el tren. En el tren es más cómodo escribir en las libretas y sobre todo dibujar.

    ¿Podrán alguna vez estas notas ser un libro, o quedarán tan sólo como el delirio de alguien que documenta su vida insignificante?

    Viajo por las dos mismas razones por las que leo, para disfrutar y para tratar de responder la siguiente pregunta ¿Qué estoy haciendo aquí?, aunque por lo general me la formulo más visceralmente. ¿Qué carajo estoy haciendo aquí? What the hell are we all doing here? (En inglés, la pregunta es siempre “are we”, nunca es “am I” ¿por qué? No lo sé, pero me sale así)

    Por sobre el matrimonio, la fama, el dinero, siempre antepongo la libertad, aunque debo reconocer que no elegí a mis padres, ni mi nombre, ni mi sexo, ni mi nacionalidad, ni la época histórica que me toca vivir; sin embargo es de caballeros reconocer, que el sweater azul, de lana, que me abriga, lo elegí en un shopping en Edimburgo.

    Pascal Quignard (1948) dice que al ser humano (a todos), nos falta una imagen.

    ¿te puedo hacer una pregunta Jean?

    Sí por supuesto.

    ¿Por qué nunca te casaste?

    ……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….Porque siempre le tuve terror a la soledad. (de la película “Wetherby” (1985) de David Hare .Jean es interpretada por una bella Vanessa Redgrave. El que pregunta Ian Holm.

    La foto que mejor me representa, es la que me muestra en el techo de un vagon del ferrocarril Siligury-Darjeeling, está fechada 1980.

  • AÑO 2020

    2020 ha sido señalado como el año que nos permitió apreciar el caos y la falsedad con los que vivimos. Hay mucho de cierto en ello; pero cuando pase, porque esto también va a pasar, saldremos a festejar tan “mocosamente” como siempre. A seguir comiendo, copulando y cagando; ese CCC es nuestro ADN.

    Me inquietó, cuando en 1964, a orillas del lago Titicaca, los “indios” quemaban un gran muñeco y bailaban borrachos a su alrededor, burlándose de la soberbia del hombre blanco.

    Me sentí vulnerable, cuando en un cuatrimotor carguero, sobrevolando el Matto Grosso, el mecánico del avión que trataba de parar, sin conseguirlo, el continuo derrame de aceite de la nave, me comentó muerto de risa, que si no nos matábamos con la caída del avión, nos liquidarían los jíbaros de allá abajo, y me señaló unas columnas de humo que salían de la espesura.

    Experimenté cierto grado de locura, cuando entramos furtivamente en el Teatro Amazonas en Manaos: un teatro lírico construído en plena selva: eso sí que es desorden. Este panorama de caos se completó al recorrer los restos del Imperio Jesuítico en la Chiquitanía, imperio basado en la gloria de Dios.

    Hay otros hechos que si bien no puedo tildar de caóticos, me parecen sin embargo raros. Me impresiona que de los más de 300 millones de espermatozoides que viajan al encuentro de un óvulo, haya sido uno el causante de que yo sea. Raro, cómo para creérmela, raro para construir tanto ego, por una acción ajena y totalmente casual.

    ¿Cómo se las arreglan para ser jueces, emperadores, papas con semejante orígen? ¿Cómo me las arreglo con semejante conciencia?, y discuto y me enfado e insulto y me peleo defendiendo una verdad. ¿Verdad? Quien que no sea un cretino puede hablar de verdad. Soy de un país, donde muy suelto de cuerpo y de lengua, un militar expuso, y le creyeron, no una, sino 20 verdades. Murieron y mataron por ellas. Siempre me resultó raro que sin comprender cabalmente afirmemos tal cosa y no tal otra. Vivimos como si estuviéramos en un universo congelado, y lo único que se ve es movimiento y cambio.

    Joseph el de Benarés, cree en la reencarnación, yo no, pero me ha gustado jugar, en silencio a ello.

    Hay momentos yermos, de esos que cada tanto aparecen. Uno de ellos ocurrió una tarde de otoño, fresco pero no frío, en el caserío de Saussine, en el Gard. Había llovido desde la madrugada hasta el mediodía y luego salió un sol firme. Al terminar de almorzar, salí a hacer una caminata, hacia lo que llamábamos “la petite foret”, un bosquecillo joven pero tupido, sobre una loma, distante unos mil metros. Era un maravilloso lugar para jugar a las escondidas, cosa que hacían los hijos del alfarero cuando los visitaban otros chicos de pueblos vecinos, ya que permitía ver lo que sucedía en el pequeño poblado que constaba de nuestra casa, un granja de 1826 dedicada a la cría de gusanos de seda, la del alfarero Jeff, su esposa Cris y sus tres hijos que era una moderna residencia de piedra y ladrillos de no más de diez años; la de Madame Eglantine, más pequeña, pero tan antigua como la nuestra. La del suizo Leo y su novia inglesa. Leo, era una mezcla de Carlos Marx y José Hernández, corpulento, de pelo y barba tupidos, ella una lánguida y estrafalaria inglesa bastante parecida a una de las hermanas Sitwell. La casa había sido un galpón de la de Eglantine, que habían reacondicionado. Era un salón cocina comedor con chimenea, un dormitorio y un baño. Completaba el poblado una cabaña de piedra y madera de un señor jubilado y su hija fotógrafa que vivía en Suiza, pero solía pasar largas temporadas con su padre.

    Me encontraba en el bosquecillo, fumando Gitanes sin filtro mirando al pequeño camposanto custodiado por dos delgados pero añosos cipreses, que de haberlos visto van Gogh en sus recorridas por el Midi, hoy serían una venta de Sotheby’s de por lo menos 30 millones de dólares. Ellos señalaban las tres tumbas de los primeros dueños de nuestra casa. Una era de una niña de cuatro años muerta en 1835.

    Sí sabía por qué yo estaba ahí, en el campo francés, era consciente de mi elección y de sus consecuencias. Me sentía bien y por momentos feliz. Me dejé llevar por el pensamiento mágico de la reencarnación, tan real para Joseph, como para mí eran esos dos cipreses balanceándose levemente como dos alas de un inmenso pájaro verde.

    Los cátaros, considerados herejes por el Papa Inocencio III, proliferaban en la ciudad de Beziers, situada a menos de 100 kilómetros de Montpellier y fueron los asesinados de la Iglesia Católica, comandados por Arnaldo Amalric y Simón de Monfort en lo que se conoce como la Cruzada albigense (julio de 1209) que resultó un sangriento genocidio de 20000 seres humanos, por el hecho de pensar diferente; preguntado Amalric ¿cómo harían para diferenciar a los papistas de los herejes? Amalric contestó “Matádlos a todos”.

    ¿Y si yo fuera la reencarnación de un talabartero o herrero, lanceado o degollado por la militancia católica y hubiese vuelto para recordar aquel salvajismo, y para comprender mi rechazo a todo dogma, grey, rebaño o iglesia? ¿O tal vez haya podido ser Amalric: soberbio, déspota, cruel, católico rabioso, intolerante, vengativo, despreciable?

    Algo, tal vez la cola de un zorro, que vi fugazmente entre las matas, o el grito de un cuervo que pasó en dirección al Mont Bouquet, me distrajo de mi ensoñación y me volvió a la realidad de estar en 1979, en el mundo fabuloso y pleno de misterios.

    En este año de caos, de peste planetaria, a veces en sueños, otras caminando por la orilla del río de la Plata, en San Isidro, suelo refugiarme en escenas como esa.