Categoría: Ensayos

  • CODA FAMILIAR PARA COMPLETAR EL CUADRO

    Del abuelo portugués (de Goa, India), Miguel Santos da Fonseca y de la posible comechingona, Ángela Corvalán, nació mi padre Luis.

    Del abuelo catalán, Antonio Pallares, y de María Anette Podestá, de la isla de Córcega, nació mi madre Antonia.

    De mi padre aprendí que si uno quiere viajar, no hay más que hacerlo, como lo hizo él que un día salió de su casa de Olivos, para ir al colegio, pero, en cambio, se fue a Retiro, se tomó el tren a Córdoba para ir a la chacra de su abuelo en La Para, cerca de la Laguna de Mar Chiquita donde le encantaba jugar en el monte y cazar jabalíes. Luis tenía entonces 10 años. ¿Cómo podía negarse a firmar el permiso para que yo Alejo Santos a los 15 me fuera a Machu Picchu? Aprendí de él, el inglés que el tan bien hablaba, aprendí el amor al Río de la Plata donde el solía ir a pescar en su bicicleta. Me enseñó a jugar al tennis. Heredé sus libros sobre el campo argentino, los caballos y sobre, los caciques de la Pampa y la Patagonia. Fue el primero que me habló de Gato y Mancha, los caballos criollos con los que el suizo Tshiffely unió Buenos Aires y New York, de él escuché el nombre de la balsa Kontiki. Me enseñó a asar las carnes con el mínimo fuego. Me llevó a ver el primer partido de polo en Marcos Paz; me enseñó a manejar, pero nunca me prestó el auto, con lo cual me obligó a “robárselo” cuando él no estaba en casa. Ahora me doy cuenta que era mucho menos cabrón que yo, (que soy un salvaje unitario). Nos peleábamos, a veces mucho y duro (secretamente sentíamos admiración uno por el otro).

    De mi madre Antonia aprendí las primeras nociones de Filosofía, ella se había graduado en la UBA con una tesis sobre Santo Tomás (ya la perdoné) pero debo confesar que conservo los 23 tomos de la primera edición del Club de Lectores de la Summa Teológica que con su colaboración se publicó y que está, como corresponde a tanto catolicismo explícito: Virgen); aprendí de ella a subrayar los libros y a hacer anotaciones en ellos. Era la que mejor contaba los cuentos a la hora de dormir. Aprendí a hacer fideos caseros con un tuco especial y con peceto, pero a ella siempre le salieron mejor, nunca alcancé el sabor de la memoria. Aprendí cierta rebeldía; cuando obligada a guardar luto por la muerte de la señora Eva Perón, por ser docente en una escuela pública, mi madre entró en el aula a enseñar filosofía vestida de rojo punzó y una rosa amarilla en el ojal.

    Por una cuestión de herencia, partió a Mar del Plata en un tren que salió de Constitución. Fue a cobrar una suma importante y me dejó por el vil dinero cuando yo aún no caminaba. A los cinco años mientras jugaba en la playa de Chapadmalal con mi hermana de tres; a Antonia que era una excelente nadadora se la llevó el mar y después de cuatro horas de quedarse tras la rompiente haciendo la plancha, fue rescatada.

    A los dos les doy las gracias por haberme invitado al mundo; aunque yo no he querido imitarlos, invitando a otros.

    Para los lectores amantes de la psicología y para que saquen las conclusiones que ya tienen de antemano codificadas, aqui dejo expuestas las claves: nunca me importó el dinero (ella se fue a buscarlo y me dejó), amo el tren (¿lo amo porque se la llevó o lo amo porque la trajo de vuelta a mí, o lo amo porque en él se escapó mi padre de su casa a una edad casi infantil que interpreté como: libertad?), no me gusta el mar (¿porque la devolvió a la playa y no la hizo sufrir como castigo a haberme abandonado?) o ¿no me gusta porque casi la ahoga en sus aguas verdes? ¿Me inclino por el río que era el gusto de mi padre? ¿Estudié filosofía que fue la tarea de mi madre?¿Los viajes son la competencia silenciosa con mi padre?). Complete el lector su grilla, saque con libertad su conclusión a mi planteo que por sobre el matrimonio, la fama y el dinero siempre elijo la libertad. Yo me dispongo a entrar en Google para organizar mi viaje en el tren Transiberiano: Buenos Aires, Roma, Nápoles, Isla de Malta, San Petersburgo, Moscú,Vladivostok, Tokio, Hong Kong, Roma, Buenos Aires.

    Aún me sigo preguntando What the hell are we all doing here?

  • ALEJO SANTOS (mi alter ego) NARRA (“SU”) HISTORIA SOBRE EXILIOS Y MUERTES

    Mi abuelo paterno, Miguel Santos da Fonseca, nacido en Goa, colonia portuguesa en India, llegó al puerto de Santa María de los Buenos Aires, una fría y destemplada mañana de julio de 1894, a los 9 años de edad, como responsable de sus hermanos José de 7 y Kamala de 6, donde perdió parte de su apellido y de ahí en más fuimos y seremos Santos, mal que me pese, aunque agradezco el Alejo, que reivindica mi sentir.

    Previamente, Miguel Santos, había perdido a su padre, a su madre y a nueve hermanos mayores, en no sé que controversias políticas entre miembros independentistas hindués y los colonialistas portugueses entre los que se encontraba su familia. Los tres hermanitos Santos da Fonseca fueron embarcados rumbo a Lisboa donde deberían haber quedado bajo guarda del socio de mi bisabuelo, un tal Frango. Entre ambos habían fundado la Compañía Lisboense de Productos Orientales, encargada del negocio de importación de productos de la India: especias de Kerala, telas de Madrás, alfombras de Kashmere, maderas, metales y frutos. También hacían negocios de intermediación con Macao, Hong Kong y China. Este Frango, vio la posibilidad de quedarse con la totalidad del negocio y se sacó de encima a los tres niños enviándolos a unos parientes lejanos establecidos en Santos, Brasil. Con una carta de explicación y muy poco dinero, los embarcó hacia América.

    Los tres niños (supuestamente encargados a un oficial del barco, amigo de Frango), ignorantes, asustados, sin cabal comprensión de la situación, desembarcaron esa fría mañana de julio de 1894 en Buenos Aires, nunca me explicaron muy bien por qué, lo cierto es que el puerto de Santos los eludió, tal vez para que yo escribiera mis bitácoras. Los tres niños fueron ayudados por gallegos, judíos e irlandeses, sus familias adoptivas, se casaron, tuvieron sus hijos, progresaron y un buen día como suele suceder, fallecieron.

    Miguel Santos, partió en tren hacia el interior, compró un carro y recorrió campos de Córdoba y Santa Fé, comerciando cueros, lanas, alambres, torniquetes para alambrados, nueces, miel; hasta que dio con Ángela Ana Corvalán, una de los 16 vástagos de mi bisabuelo criollo y su mujer española. Siempre se comentó que la abuela Ángela fue el resultado de una relación extramatrimonial de su padre y una mujer comechingona. Algo de eso ha de ser verdad; pero si yo no sé que ando haciendo en el mundo, y como tampoco estoy seguro de no ser el resultado de un forro pinchado, mal puedo dar testimonio de lo que pasó en mi familia, nunca demasiado inclinada a dar explicaciones concernientes a los avatares de las alcobas.

    Estas noticias quieren dar cuenta de esas nueve muertes de mis desconocidos ancestros que provocaron el exilio forzoso de los Santos.

    En la rama materna, fue sólo una la muerte que justificó el exilio. María Anette, llegó con su madre y 6 hermanos desde su Córcega natal a Balcarce, donde vivían varios primos. Su padre (mi bisabuelo) murió en la cárcel, sentenciado por la confesión (falsa) que hiciera, por haber matado (cosa que no hizo) al violador de una de sus hijas. Hubo sí una violación, hubo el crimen del violador, pero fue ejecutado no por el padre de mi abuela, sino por un hermano de ella, un joven de 22 años. Mi bisabuelo confesó haber sido él el asesino para salvar a su hijo, fue encarcelado y murió en prisión. En Balcarce crecieron, tuvieron un buen pasar, hasta que María Anette conoció a mi futuro abuelo. El catalán Antonio Pallares, de madre escocesa; aquel que radicado en Mar del Plata enviaba a su familia en tren a Buenos Aires y él lo hacía lentamente viajando en coche por caminos de tierra en cacería de patos, copetonas y perdices. (ver artículo subido el 27/12/25 El Mejor de los Mundos Posibles Primera Parte). Algo en mi afán viajador debe estar en mi torrente sanguíneo familiar.

    Pero es de otras muertes de las que ahora quiero hablar. Son éstas menos personales, pero mucho más inquietantes, ya que nos atañen a todos.

    Desde Marcel Duchamp se viene hablando de la muerte del arte. Su “ready made” dio el primer paso y fue luego el crítico estadounidense Arthur Danto quien sin pelos en la lengua lo afirmó y sentenció. Se hablará de la muerte de la novela; luego Rolland Barthes decretará la muerte del autor. En “City of Glass”, el primer volumen de la Trilogía de New York de Paul Auster, éste se pregunta si podemos seguir llamando “paraguas” a un objeto que ya no tiene tela para cubrirnos de la lluvia, y que tan sólo se compone de un quebrado conjunto de pequeños fierros curvados y un mango. Fukuyama anuncia el fin de la historia; se diagnostica el fin de las ideologías; la tecnología pondrá fin a un mundo analógico de convivencia reemplazado por una invasiva virtualidad. Los ecologistas advierten cada vez con mayor fuerza que el aire, el agua, la tierra nos están padeciendo y el fuego transforma en cenizas bosques y selvas ancestrales, los glaciares retroceden, el continente antártico, al igual que el ártico se derriten. En 2009 se inaugura en Tierra del Fuego, la Bienal del Fin del Mundo, y las terrazas del Moma, en New York exhiben imágenes sugestivas del Teatro de la Desaparición en 2017. Consultado su creador, el rosarino Adrián Villar Rojas, sobre donde le gustaría trabajar, contesta con laconismo: en las Islas Malvinas.

    ¿Qué es hoy una democracia representativa?

    ¿Qué es hoy la justicia si quien te absuelve es la historia?

    ¿Qué es nuestro mundo que se desintegra a cada instante en miles de fragmentos y que al igual que a Humpty Dumpty ni toda la caballería real, ni toda la infantería real podrán volver a poner together again?

    Desde el 2013 y hasta 2025 fue jefe de la Iglesia Universal un Papa que en su primer discurso afirmó que venía (¿o iba ?)del (al) fin del mundo. Vengo escribiendo de viajes, de recorridos, de territorios, de geografías. Señalo un ritmo:

    Paso Letra

    Trecho Palabra

    Caminata Párrafo

    Recorrido Texto

    Viaje Libro

    Esta grafía dibuja un mapa, en el mapa hay nombres. Mi texto abunda en señalar espacio, sin embargo no ha eludido el tiempo. Los mojones no están expresados en kilómetros o en millas, salvo cuando lo creí insoslayable. Los mojones son de tiempo. Todo viajero se carga de espacio, que puebla su sueño. También de tiempo, se carga de historia. He señalado un tiempo cíclico de la naturaleza. He mencionado el tiempo lineal construido por el PODER. Sabemos que decir hoy, San Isidro 31 de diciembre de 2025 no expresa con verdad el día que transcurrimos. He citado a Nietzsche y su eterno retorno, he nombrado a Eusebio de Cesarea y su creación de tiempo lineal. Comenté que a partir de 1975 la comprensión del Ulises de Joyce, me introdujo en el fin de otra vez del despertar y del velorio. Dije haber viajado a Falkinas a repensar ciertas inquietudes. He ponderado en letras mayúsculas, que no es la historia la que se repite, sino la naturaleza. He reiterado que sólo hay una pregunta que me formulo: What the hell are we all doing here?

    Al viajar nos cargamos de narraciones, de imágenes y de tiempo. He hablado del YO, he denostado al EGO. He registrado exilios.

    Los Estados Unidos y la Argentina son los dos países que más tiempo han importado. Importamos millones de EGOS, voraces por triunfar. Allá en el norte hace 55 años, un paso una letra se ejecutó en la luna.

    JUST DO IT

    NO LIMITS

    IMPOSSIBLE IS NOTHING

    Aquí, en cambio sólo importamos pasado. Hemos repatriado a San Martín, Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, Rosas, Eva Perón, al mismo Perón viejo, cansado, enfermo. He escrito que somos “Calesita”; una calesita que exalta el amor de madre. En un poema del libro “Ternura” de lectura obligatoria en la escuela primaria, escrito por Ana Tejada y Aurora Zubillaga se podía leer:

    AVE EVA

    Mamá

    Ama a mamá

    EVA

    Mamá

    Mi mamá ama a Eva

    Mi nena ama a Eva

    Papá ¿Eva me ama?; Eva ama a mi nena.

    Me aman

    Me ama Perón

    Me ama Eva Perón.

  • LA LITERATURA EN LOS BILLETES

    La impotencia ha de ser tal, que la desesperación por el poder es ya una adicción. La manifestación más evidente, más generalizada es la posesión del dinero, la más grosera: la ostentación del mismo. La más torpe y vil, haber ubicado a un medio en el lugar de un fin. Esa ha sido la historia humana y lo seguirá siendo, hasta que todo vuelva a sucumbir y todo vuelva a comenzar y reanudemos la insensata carrera por el PODER. Sísifo parece ser nuestro destino implacable.

    Me gusta pensar que el mundo se sostiene en esos 36 hombres sabios que no se conocen entre sí. No tengo ninguna prueba de ello, no formo parte de ninguna sociedad secreta, logia, grupo esotérico, ni iluminado, no me consta su existencia; tan sólo me gusta como idea literaria, ya que es de ahí de donde me viene el conocimiento de ellos. Escribe Borges en “Nuestro Pobre Individualismo”: “El argentino puede ignorar la fábula de que la humanidad siempre incluye treinta y seis hombres justos -los Lamed Wufniks- que no se conocen entre ellos pero que secretamente sostienen el universo”. Agregará en su “Libro de los Seres Imaginarios”, de 1967, que ellos son los secretos pilares donde el universo se apoya y que esta creencia de la mística judía fue expuesta por Max Brod y que su raíz está en el Capítulo XVIII del Génesis. También señala Borges que si un hombre llega a saber que es uno de los Lamed Wufniks, muere inmediatamente y es reemplazado por otro. Así como no morí a orillas del Beas (ver artículo subido el 8/10/25 en Viajar es Indispensable III Nota e) Google 2018), tampoco aspiro a creerme uno de ellos. Sigo viajando, sigo anotando en la bitácora, me sigo preguntando ¿Qué estoy haciendo aquí? aunque hoy el “aquí” está circunscripto a nuestro país.

    La representación, más corriente del poder, está escrita en las monedas que acuñamos, en los billetes que imprimimos. Los nuestros, cualquiera sea su denominación y cambiante diseño, tienen impreso el motto “En unión y libertad”, cuyo origen se remonta a la Asamblea del año 1813 la que manda acuñar en Potosí monedas con esa inscripción, emulando el espíritu libertario de Mayo y los ideales de la Revolución Norteamericana y de la Revolución Francesa. A partir de 1840 cae en desuso y retorna en la última década del siglo XX. La bandera de la Provincia de San Juan muestra el Escudo Nacional con las manos entrelazadas, simbolizando fraternidad y la leyenda debajo.

    Los billetes de los Estados Unidos, a partir de las impresiones de 1956, aparecen con el motto “In God we trust”, que es una ficción que subraya un concepto optimista, pragmático y racional. Los conceptos carecen de cuerpo, un Dios hecho hombre termina siendo un viejo barbado y un cuerpo en la cruz, motivo de pena. Ninguna casa de moneda de país de mayoritaria cultura católica es capaz de juntar a Dios con el dinero, se sabe, es más facil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. Es el motto norteamericano una optimista, eficiente y pragmática consigna protestante. En 1970 con su primer álbum como solista John Lennon lo explica magistralmente: “GOD” de John Lennon y Plastic Ono Band,

    God is a concept

    By which we measure our pain

    y luego la ennumeración de aquello en lo que no cree “I don’t believe in magic, I Ching, Bible, tarot, Hitler, Jesus, Kennedy, Budha, mantra, Gita, yoga, kings, Elvis, Zimmerman (es decir bob Dylan), Beatles, I just believe in me, Yoko and me and that’s reality. Si Lennon hubiera nacido aquí no tengo ninguna duda que habría agregado I don’t believe in Perón, Bergoglio and Kirchners. The dream is over.

    Los billetes de Gran Bretaña que aparecen en cuatro denominaciones. Los hay de 5, 10, 20 y 50 libras son de una exquisita literatura.

    Espero a un amigo en el Pub The Mitre en Edimburgo en una helada mañana de enero de 2019 y me entretengo leyendo los billetes (también han cambiado el diseño en los últimos 20 años).

    El de 5 libras lo tiene a Winston Churchill (1874 – 1965) y su famosa arenga “I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat”, es la Segunda Guerra Mundial y de un realismo, sinceridad y crudeza implacables. Siempre la escuché traducida al español como “sangre, sudor y lágrimas”, curiosa e irreal manera de traducir, se olvidaron de “toil” (esfuerzo) a menos que se haya querido entender que en “sudor” estaba implícito el esfuerzo, reduciendo éste al trabajo corporal. Es probable que el esfuerzo en pensar no produzca sudor (lo dudo), creo que pensar, que generar ideas demanda un trabajo denodado, pero bueno, tal vez en la traducción al castellano el esfuerzo en pensar se reduzca a la superficial corazonada, “se me ocurrió una idea”, y últimamente “una idea divertida”. Observo con tristeza que generar ideas en el país, se entiende más como “improvisación” que como esfuerzo, me respaldan los últimos 200 años de existencia como nación.

    Así como el billete de 20 libras de hace muchos años honraba a Shakespeare, el actual de 10 libras homenajea a otra escritora, Jane Austen (1775 – 1817) y una idea suya que en la representación papelera del PODER, reverencia por fin al PLACER: “I declare after all, there is no enjoyment like reading”: (no hay goce mayor que la lectura), que junto con aquella sentencia de Virgilio “Viajar es indispensable, vivir no lo es”, juntan esas dos modestas alegrías de mi vida.

    El billete de 20 libras que observo en el mostrador de The Mitre, lo tiene a Adam Smith (1723 – 1790) como uno de los pilares del sistema económico británico y su observación sobre la división del trabajo: “The division of labour in pin manufacturing and the great increase in the quantity of work that results”. Este billete homenajea al sistema capitalista que tan buenos resultados dio a Gran Bretaña y a una gran parte del mundo.

    Tengo ante mi dos billetes de 50 libras, digo que son también dos diseños, ambos circulando al mismo tiempo, así como nosotros tenemos como válidos a Roca, Eva Perón y la Taruca con valor de 100 pesos cada uno (0,06 dolar). El más antiguo de los dos tiene en su reverso a James Watt (1736 – 1819), ingeniero y científico y el dibujo de la Whitbread Machine y su dicho “I can’t think of nothing else than this machine” y a su colega Mathew Boulton (1728 – 1809), industrial y empresario y por detrás la Soho Manufacturing de Birmingham y su famosa respuesta a Boswell, cuando éste visitara las obras de Boulton y Watts en 1776: “I sell here, sir, what all the world desires to have: POWER” que expresa el pensamiento británico en el umbral de la Revolución Industrial a medida que el Poder en ambos sentidos de la palabra (horse power, es decir energía) y el otro, aquel por el que todo el mundo, menos los 36 hombres sabios hacen cualquier cosa por conseguir y mantener.

    El nuevo diseño del billete de 50 libras, lo muestra a Alan Turing (1912 – 1954), criptógrafo, que fue quien durante la Segunda Guerra Mundial descifró los códigos de inteligencia del nazismo con su amenazante y visionaria sentencia: “This is only a forestate of what is to come and only the shadow of what is going to be”, algo así como el umbral de lo que viene y tan sólo la sombra de lo que será. Hoy es.

    El anverso de todos los billetes, presenta la imagen de Su Majestad Queen Elizabeth II, la más sólida imagen del Reino Unido, que inmortaliza aquello de Lacan “Hagan cualquier cosa, pero no maten al Rey”.

  • EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Segunda Parte)

    Vayamos ahora tan sólo un poco más atrás. Al Siglo XIII y hablemos de dos caminantes; uno de ellos es un místico alemán, Meister Eckhardt de Hochem nacido en 1260, por supuesto en el Sacro Imperio Romano Germánico. Monje dominico, teólogo, filósofo, filólogo, autor de “Tratados y Sermones”, “Opus Tripartium”, “Cuestiones Parisienses”, “El Fruto de la Nada”.

    Las que siguen son algunas ideas que aprendí al leerlo:

    “La naturaleza nunca destruye nada, a menos que dé algo mejor”

    “Un hombre rico es el que nada quiere, nada sabe y nada tiene”

    “Quien quiera ver a Dios, que sea ciego”.

    En la introducción a sus “Tratados y Sermones”, Vol.1 de la Editorial Watkins, Londres 1979, con firma de M.O.C. Welshe se nos informa: “Debe haber pasado también una enorme cantidad de tiempo, en los caminos. Viajando a pie como era la costumbre en su orden, de un lugar a otro; a Colonia, a París, a Estrasburgo, de Suiza a través de Alemania del norte, Holanda, Bohemia y finalmente cuando se aproximaba a los 70 años de edad hacia Avignon enfrentando todos los peligros e incomodidades de semejantes viajes a través de montañas y bosques llenos de ladrones del camino. La vida no era fácil ni confortable, ni segura en semejantes jornadas que el acometía cada tanto”.

    El otro caminante, también del Siglo XIII no es ni rey, ni monje, ni poeta, ni filósofo; es alguien de la Sociedad Anónima, digamos que su nombre es Pierre. Supongamos que son las 4 de la mañana a comienzos del otoño en algún poblado de Francia, digamos a unos 200 kilómetros de París. Pierre y tres de sus diez hijos, los mayores de 12, 11 y 10 años se levantan, beben del caldero ennegrecido que cuelga de la cchimenea, un resto de lo que ha quedado de la noche anterior: un guiso de legumbres, hojas de acedera y huesos de cordero. Pierre corta una hogaza de pan, otras tres para sus hijos. Ese pan, untado con el caldo será su almuerzo, su sopa del día. Regresarán después de una jornada de trabajo de 14 horas a comer de la misma olla el mismo caldo y dejar nuevamente embarazada a su mujer.

    Un tiempo después, Pierre ha cargado su carro con leña, ha tomado la decisión de viajar a París, sabe que le llevará dos semanas llegar a la capital. Sabe que los caminos están infestados de asaltantes. A los pocos días de marcha ha contraído la gripe. Siente la fatiga. Sabe que a los 38 años ya no es joven. Sus pies deformados por los toscos botines que calza, aumentan sus dolores. Le quedan tres dientes, su columna vertebral está encorvada. Un ojo le llora constantemente, producto de una esquirla en la fragua del herrero. Su cuerpo huele,tiene mal aliento, pequeños restos de materia fecal seca bordean su ano; sus axilas atraen moscas.

    Sabe que a su regreso es probable que alguno de sus hijos haya muerto de hambre.

    Por el olor fétido que le llega del valle, sabe que está cerca de París. Al caer la tarde ya está frente a Notre Dame, todavía en andamios. Lo asustan las imágenes de demonios, de gárgolas que parecen haber sido construídas ex profeso para él, se sabe pecador, se sabe condenado al fuego eterno. El Tribunal del Santo Oficio es implacable, hay soplones por todo el reino.

    Alrededor de la Catedral una numerosa caterva de mendigos, lisiados, ciegos, rameras y borrachos plenos de pulgas y garrapatas, con úlceras sangrantes se apretujan para darse calor. Varios perros ladran anunciando su llegada no esperada por nadie.

    Pasa el carruaje de algún cardenal y sus queridas, lo escoltan varios caballos entorchados, montados por jinetes de uniforme. Después de un rato de dar vueltas, lo vence el cansancio y se duerme sobre los leños cuya aspereza amortigua con mantas tejidas y pieles de oso. Tal vez sueñe con hogueras donde arde un sentenciado o con un ahorcado por quien clama inútilmente su familia o con el recuerdo de los lobos devorando un cadáver.

    Un Dios omnipresente y vigilante acecha en cada esquina.

    Al amanecer escucha un murmullo que va en aumento, se oyen carruajes, gritos, mujidos, ladridos. Le cuesta darse cuenta dónde está. La piedra rojiza de la iglesia y unas nubes negras que se mueven con una rapidez inusual, le recuerdan que está en Paris, donde se toman decisiones, se tejen intrigas, se acumula oro y se asesina por una pieza de charcutería. Se levanta dolorido a orinar detrás de un árbol, ve que unos chiquillos corren con dos leños que le han robado, los persigue, los han dejado caer, la fatiga en el pecho le provoca dolor. Se siente gordo y viejo, 38 es una edad crítica. De alguna misteriosa manera, sabe que éste será su último viaje.

    Después de varias horas de andar ha conseguido, al fin, vender la leña. Ha entrado en una taberna. Bebe vino rústico y dulzón, come pan y carne hervida. En el mercado se surte de algunos productos: un gallo, unas piezas de didanderie, una maza; ya tendrá tiempo de comprar quesos por el camino de regreso.

    Sin embargo, la muerte lo encontrará a los pocos días. La fiebre es alta, ha vomitado sangre. Agonizante verá como se llevan su caballo, luego de haberle vaciado el carro. Un curita joven se apiada de él, le da agua y los santos óleos y hará que lo entierren en una zanja en un descampado.

    A los pocos meses mujer e hijos se habrán olvidado de él.

    Con el tiempo se olvidarán de tí, lector. También de mi, después de lo que contaré de mi encuentro con Funes, en el muelle de Pacheco.

  • EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Primera Parte)

    Estamos en el siglo XVII en la fría Alemania.

    Hay un hombre que es matemático, filósofo, teólogo, científico, bibliotecario, profesor; es un hombre con dudas y que según Diderot, es el hombre que más ha leído. Es el hombre que polemiza con Isaac Newton por la paternidad del cálculo infinitesimal. Es el hombre que ha sentado los cimientos del sistema binario, que es la base del edificio que hoy llamamos virtualidad.

    Es un habitante de esos dos mundos que se debaten entre la afirmación de una verdad, en tanto ella sea resultado de la experimentación y el dogma religioso de la fe. Es, y lo padece, un hombre de razón, pero de fe luterana. Es un hombre, como todos los de ese siglo, que aún le teme al poder de la iglesia; es un hombre que comparte el horizonte cultural en el que surge la modernidad, post Reforma y Contrarreforma; es un primus inter pares de Francis Bacon (1561 – 1626), Galileo Galilei (1564 – 1642), Johannes Kepler (1571 – 1630), William Harvey (1573 – 1657), Thomas Hobbes (1588 – 1679), René Descartes (1596 – 1650), Blas Pascal (1623 -1662), Baruch Spinoza (1632 – 1677), John Locke (1632 – 1704), Robert Boyle (1627 – 1691), Christian Huygens (1629 – 1695), Isaac Newton (1643 – 1727), “el siglo del genio”, como lo denominara Alfred North Whitehead, el glorioso siglo XVII; que tal vez haya sido la época que le dio al ser humano la conciencia de su mayoría de edad y la experiencia del vértigo que tal conciencia produce. El razonamiento, la experimentación, el análisis de los espasmos políticos, la economía, el sistema solar, la medicina, el alma, la teología, la religión serán redefinidos y de cuyo resultado surgirá una concepción del mundo y del universo que tendrá en la literatura y el teatro las sublimes palabras de Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616) de Alcalá de Henares y de William Shakespeare (1564 – 1616) de Stratford upon Avon. Me refiero a Gotfried Leibniz (1646 – 1719), nacido en el Sacro Imperio Romano Germánico, quien en su “Teodicea” , expresa que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. La razón para tal aseveracioón, es que dadas una cantidad infinita de mundos posibles, Dios escogió este que tenemos, por lo tanto ha de ser el mejor.

    No vivo por azarosas circunstancias del destino en el desafiante siglo XVII, ni en la fría Alemania, sino en la pasional, subtropical y reiterativa (calesita) Argentina y creo efectivamente en lo sostenido por Leibniz, pero no en sus fundamentos. Mi creencia no se sustenta en la elección divina simplemente porque me resulta demencial pensar en un concepto de caracter universal y además con el atributo de la omnipresencia, pero si además le atribuyen la posibilidad de elección, estaríamos frente a una flagrante contradicción, sólo comprensible y hasta cierto punto justificable, por el temor a lo que la vengativa y celosa Iglesia de Roma pudiera ocasionarle al hombre Leibniz. Dios (en esa concepción de lo divino) no opta, no baraja alternativas, su condición de creador “ex nihilo”, hace que todo fluya como si fuera un río; el primero, el único, la suprema fuente de toda razón y justicia. Ese torrente no opta por donde fluir, tan sólo fluye y al hacerlo, va creando el lecho. El curso. El caudal, los accidentes, las orillas, la flora, la fauna; todo lo que hay. Ese derrame, esa brutal eyaculación, es Dios. Es como si el río al que vengo a diario tuviera opciones; no las tiene, tan sólo fluye. Luego ocurre la historia, donde sí, lo único que hacemos los humanos es optar, ya que no creamos de la nada, no nos cabe no elegir, no gozamos de ese privilegio, no poseemos la condición divina de no tener que pensar, el privilegio divino de la irresponsabilidad. Fluimos por lechos dados, en los que muchos se dejan llevar por las aguas, otros, flotan indiferentes y los más osados nadan contra corriente como los salmónidos y ante el peligro del oso hambriento que acecha, algunos retroceden: Leibniz, Galileo, Kant. Otros avanzan y son masacrados: Bruno, Hus, entre nosotros Tupac Amaru o son perseguidos: Spinoza, Meisler.

    Algunos llegan a una isla paradisíaca y gozan. Hedonistas in extremis se zambullen en los que les tocó en suerte, sin culpa alguna. Son pródigos con los iguales, celosos custodios de su privacidad, de sus fiestas, de su culinaria, mecenas de artistas y científicos. Son conscientes de que pudieron haber tenido otra suerte, pudieron haber sido mosquitos, les tocó ser leones: pues a rugir.

    También están los hipócritas:llegan a la isla paradisíaca; es más hicieron lo imposible para llegar; participan de los privilegios con plena conciencia, pero sienten culpa; observan la miseria que los rodea. Saben que pudieron haber sido mosquitos, buscaron y consiguieron ser leones, pero en vez de rugir se “solidarizan” con los mosquitos. No rugen, no pican; peor aún rugen a escondidas, simulan picar. En Argentina son nacionales y populares: cambiaron la confesión por el psicoanálisis; tienen casas en Miami o José Ignacio y depósitos en Merryl Lynch, son los que declaman que “peronistas somos todos”. Hay versión francesa, “la gauche caviar”, versión británica “champagne socialist” y versión estadounidense “limousine liberals”. Ni en eso son originales.

    A cada instante optamos.

    He optado por el liberalismo, por ser un solitario, por viajar como forma de vida, por no formar una familia, (he querido ser Wakefield). El día que me sienta una carga, pues habrá llegado el momento de dejarme caer del trineo como el esquimal viejo. Esa es mi responsabilidad ante mi opción por el liberalismo. Detesto todo lo que sea control de pensamiento, palabra y obra. El estado es un mal necesario y pretendo que sea el mínimo tolerable en función de la convivencia.

    Ya escucho el griterio de los partidarios de optar por la pobreza, por la compasión, por los desplazados de un sistema sin corazón, encarnado en el Vaticano (populismo de sotana) y sucursales en todos los regímenes autocráticos de derecha (fascismos variopintos), o de izquierda (caudillismos latinoamericanos): populismo de látigo y billetera donde el líder nos llevará hacia la liberación.

    Escucho un enardecido abucheo, y ¿entonces cuál es la solución? ¿Donald Trump?. ¿el disciplinado capitalismo de estado de China?, ¿el zarismo sin corona de Putin?

    Bob Marley cantaba “Total destruction, the only solution”, y tenía razón, lo cual no es ninguna solución. No la hay. Sostener que vivimos en el mejor de los mundos posibles, es sobre todo una actitud ante la vida, donde prima lo erótico por sobre lo tanático. En una segunda instancia implica aceptar nuestras limitaciones. Somos tan sólo un mamífero bípedo cuya racionalidad está mezclada con prejuicios, esperanzas, fantasías, que muchas veces rayan la superstición, el delirio, cuando no la locura al imponer una supuesta e incomprobable trascendencia al final del tiempo vital. El promedio de vida humana hoy, es de 71 años y 4 meses, con pico de mayor expectativa en Andorra: 83 años y 5 meses y de menor en Zambia: 37 años y 5 meses. El record de longevidad lo tuvo en Francia una dama llamada Jeanne Calment que falleció en 1997 a los 122 años. Ese es el tiempo con el que contamos; por ahora no hay más.

    Si aceptamos esta realidad, veamos algunos ejemplos muy simples para fundamentar el mejor mundo posible en el que vivimos con respecto al pasadso. El evidente progreso material se debió al erotismo individual por sobre las estructuras de poder. Aquí van algunos ejemplos del orden personal y otros de caracter social: Entre los años 1953 – 1958, mi padre al volante de un Chrysler 1938, negro, inmenso, de cuatro puertas, manejaba los 404 kilómetros entre La Lucila y Mar del Plata en 8 horas. En Samborombón, ya habíamos preguntado varias veces ¿cuánto falta?

    En 1957, mis tíos partieron de Ezeiza a New York. El avión a hélices hacía escalas en Montevideo, San Pablo, Río, Caracas, Panamá y Miami: el vuelo duraba 28 horas y a los 15 días volvieron.

    En la década del 30, mi abuelo materno era un exitoso empresario hotelero marplatense que tenía una casa aquí en la capital, en Palermo. El abuelo despedía a mi abuela y a sus cuatro hijos que venían en tren a Buenos Aires, mientras tanto él, con el chofer, dos perros, varias escopetas, víveres, tambores de nafta, cargaba el Overland y abriendo tranqueras por un camino de tierra, se demoraba entre 8 y 10 días en reencontrarse con su familia. Además de gozar del viaje y de la cacería, sospecho que era una manera de soportar su matrimonio.

    Dejemos lo personal, veamos algunos ejemplos históricos: Es Viena, es 1770. María Antonieta Juana Josefa de Habsburgo Lorena, Archiduquesa de Austria, futura reina consorte de Francia, por su casamiento con el delfín, luego Luis XVI, es la hija número 15 y anteúltima de Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico y Gran Duque de Toscana y de María Teresa I, Archiduquesa de Austria, Reina de Hungría y Reina de Bohemia. María Teresa tiene 14 años, parte en carroza real con oropeles de oro, terciopelo y laca, asentados en toscos elásticos desde Viena a París a casarse con el futuro Rey francés. Son 1235 kilómetros, a razón de 50 kilómetros diarios, le debe haber llevado entre 25 y 30 días llegar a destino. Me inquieta saber cuántas veces habrá preguntado “¿cuánto falta?” y no para llegar al mar, sino a su matrimonio arreglado con un chico de 14 años que resultó impotente y que provocó que en 1793, a los 37 años, la guillotina cercenara su noble y peinada cabeza de su blanco y bien vestido torso.

    Retrocedamos unos años y crucemos el Canal de la Mancha. Estamos en la corte de Isabel I, de la que es activo “entreteneur”, un tal William Shakespeare que escribió toda su enormísima obra con pluma de ganso, embebida en tintas pringosas, en hojas de aún peor calidad, sin electricidad ni calefacción. Yo escribo mis bitácoras en estupendas hojas donde la Mont Blanc se desliza como el esquí en Saint Moritz y cuando tecleo, lo hago en una computadora de última generación. En el húmedo verano sanisidrense, en una pequeña pero acogedora casa de 70 metros cuadrados y 113 años de antigüedad, cerca del río que amo, rodeado de bellos libros, con aire acondicionado y en invierno, abrigado por calefacción a gas y chisporroteante chimenea alimentada con quebracho colorado de Santiago del Estero, buenos vinos, comida sana, y en el mejor de los casos, de poder las letras de mis bitácoras, llegar a libro, éste no podría ser más que una nota a pie de página del peor soneto (si es que lo hubiere) de ese tal William Shakespeare, quien dejó el planeta en 1616 y por lo tanto jamás cobró derechos de autor por el universo que creó ya que la primera ley de Copyright se sancionó en 1702, en la tierra que lo vio nacer. Ese mismo reino en 1603 era una potencia de segundo orden; se comía mal y no todos los días, la ropa era de cuero y los zuecos de madera; como así también los platos. Los utensilios, sólo cuchillo y cuchara, la mano era el tenedor y olvídense de la servilleta. La mayoría era analfabeta; hombres y mujeres eran obligados a ser miembros de la iglesia nacional; los herejes quemados en la pira, así como eran torturados los sospechosos de traición. En 1714, ese mismo reino era la potencia más fuerte del mundo. La ropa era de percal, hilo y seda; aparecen la porcelana y el vidrio para adecentar las mesas. Se come carne fresca en invierno gracias a la introducción de plantas de raíz; se bebe té, cholate, café, ginebra y oporto. La disidencia protestante es legalmente aceptada, la iglesia ya no puede quemar ni el estado torturar. En el Castillo de Chatsworth, los Cavendish, Duques de Devonshire, instalan el baño con agua corriente fría y caliente. Hasta aquí lo que nos dice el historiador Christopher Hill en su claro y contundente “El Siglo de la Revolución”. Deseo agregar que Thomas Hobbes va a ser tutor y luego secretario de los Cavendish, que solían agasajar a sus invitados con la “turtle soup”. El precio de cada tortuga que venía del Caribe, era de 20 libras, y se servía una por comensal; 20 libras era el sueldo anual de Hobbes. Hoy hay un XV Duque de Devonshire, los sueldos de los filósofos siguen siendo similares a la comparación mencionada (basta cotejar el ingreso de cualquier pateador de pelotas de cuero, con el sueldo de un científico). Hay hechos que se repiten.

    Lo que sí cambió las cosas en Gran Bretaña, fue la Gloriosa Revolución del más glorioso Siglo XVII, que es uno de los acontecimientos que me permite afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

  • LA INAGOTABLE PALABRA DEL RÍO

    Esa constante narración de los acontecimientos. Esa explicación de los hechos, esa necesidad de analizarlos y no sólo de registrarlos, (porque hay un misterio), algo que no puede ser dicho de la misma manera en que uno dice “está lloviendo” cuando llueve.

    Ahora llueve y estuve antes de esta lluvia; en el amanecer de cielo encapotado; como muchas veces; mirando el río, el mismo, cuya identidad consiste siempre en ser distinto.

    Estoy en un punto casi a mitad camino entre la ciudad y las islas. Entre la voracidad humana de Buenos Aires y el laberinto verde y también voraz del Delta del Paraná. Estoy sentado a la orilla del río (ahora que ha parado de llover) con una bitácora, dibujando el perfil de la urbe (que, debido a la negrura que viene desde el fondo de las islas y avanza hacia ella en lucha con el sol invisible que no consigue abrirse camino) y, la distingue (a la ciudad) hoy, más que otros días: amenazante. La negrura de las nubes exacerba el misterio que traspasa no sólo la ciudad, sino todo.

    Hay ciertos atardeceres de noviembre, donde aún el cielo está azul, cuando se pueden ver reflejos de color naranja en las superficies vidriadas de las oficinas, allá en la ciudad. A veces me imagino dentro de alguna de ellas y me veo entrecerrando los ojos (el sol me pega de lleno) para poder mirar la pantalla con los datos financieros, pues imagino que uno está dentro de esas oficinas encargado de alguna tarea relacionada con negocios bursátiles; el precio de la soja en Chicago, el valor del kilo en el Merecado de Hacienda, de cómo impactarán el Nikkei y el Dow Jones sobre el Merval, a cuánto está el dolar, y todas esas cosas, que estando aquí, a distancia casi equidistante entre el verde de las islas y el gris de la ciudad, imagino que podría estar haciendo en una de esas oficinas. Cada tanto giraría la vista hacia el río y vería tal vez a este mismo velero que estoy viendo, virando hacia uno u otro lado hasta encontrar la brisa que requiere para internarse raudo y vigilante en el misterio, y a medida que el cielo se va oscureciendo y la ciudad va encendiendo sus luces, imagino que por algún motivo de crisis global tendría que quedarme más de la cuenta en la oficina y que en esas horas en que (imagino) suelo bajar a la cochera para subir al auto y dirigirme a esta zona donde ese yo imaginario que está allá tiene su casa, (que bien podría ser la mía) y a esa hora inusual de estar ocupando un lugar que normalmente presumo vacío, y que me infunde una sensación de misterio; como era la de pasar por el colegio en verano y verlo igual pero silencioso y ajeno. Irían entrando las personas de la limpieza y vería a la señora boliviana que mientras pasa la aspiradora y vacía los cestos de papeles en una bolsa de color negro; me cuenta que vive en Virreyes y que el domingo va a ir a una isla y entonces me imagino que la señora boliviana a la que percibo ancha de caderas por el recuerdo que tengo de las mujeres que he visto en innumerables viajes por Bolivia, deambulando por La Paz; o sentadas frente a un. puesto de venta de yuyos, fetos de llama y semillas de guairuru; e imagino que mientras pasa la aspiradora está pensando en su madre y sus dos hijos pequeños que ha dejado con ella y ese yo que está allá (que no soy yo) sino que soy una empleada jerárquica que también tiene hijos y que cuando esa señora de la limpieza le dice lo de sus hijos dejados en Bolivia; esa empleada jerárquica piensa cómo sería que ella (que soy yo imaginándome siendo ella) dejase a dos de sus tres hijos en San Isidro (donde estoy) y ella partiera a Hong Kong.

    ¿Hace cuánto que está aquí Selva ?

    Cuatro años señora.

    Y a la ejecutiva (que soy yo) le correría un frío helado por la columna vertebral. Pero dejo de imaginarme en la oficina, entre otras cosas porque la luz ha cambiado (aunque sigo estando en el avanzado atardecer de noviembre y no en el tormentoso y gélido amanecer de agosto como realmente estoy) y porque he visto como un avión que viene del norte (tal vez Iguazú o Salta) ha dejado una estela y se dirige con sus luces encendidas hacia su aterrizaje en Aeroparque. Me imagino ahora en su interior (yo que estoy aquí en este punto casi equidistante entre la selva y la ciudad) y miro por la ventanilla y veo por primera vez la ciudad de Buenos Aires llegando desde Puerto Iguazú, donde imagino que vivo después de haber nacido en Apóstoles, y que soy un muchacho de 20 años, hijo de un tendero turco que llega por primera vez a la Capital y está nervioso ya que viene a tratar con un mayorista, tarea que le ha confiado su padre; e imagino que ese muchacho se llama Jorge Salim, y que tiene tatuado en un brazo la lengua de los Rolling Stones y un arito con pluma de tucán en una oreja y de paso viene a un recital de rock y a ver a River, y ahora, que ya ve el estadio acaricia los dos tickets que ha comprado como para asegurarse que están en la campera de jean que ha dejado arrugada en el asiento vacío a su lado. Deslumbrado por la anchura del río, ve la ciudad iluminada, e imagino la emoción que siente por su próximo encuentro con los primos que sabe que lo esperan al bajar; en cuyo departamento va a estar alojado; son los hijos de la hermana de su madre: Oscarcito, pero sobre todo Paula, que tanto le había gustado la última vez que se vieron en las Cataratas; se imagina liando un porro con ella en el recital y después en un boliche y luego durmiendo con ella y no en un sofá como aquella vez.

    El avión ya ha aterrizado, el olor a nafta le invade las narinas, las luces del lobby lo marean, en su mente compara al provinciano aeropuerto de Iguazú con éste; para él inmenso, mientras espera en la cinta ver circular su mochila, ata el cordón de sus All Star, en cuyo borde de goma aún quedan resabios de la tierra roja de Misiones.

    Paula está con Oscarcito y los tíos del otro lado del cristal. Después de los abrazos y besos, (más cercano a piquito que a beso fraterno con su prima), le dan ganas de fumar, y como ha venido con el propósito de sacarse las ganas de todo, se enciende un pucho,(y yo aquí me prendo otro), largo el humo que acabo de aspirar y esa masa eterea y azulada me nubla la vista, cierro los ojos para paliar el ardor y al abrirlos caigo súbitamente en la cuenta que la razón por la que me gusta tanto estar mirando New York desde el Brooklyn High Promenade es porque me recuerda a este lugar en donde estoy y que aquel es también equidistante de Wall Street y del centro de Brooklyn y entonces asocio la llegada de Jorge Salim a Buenos Aires con la de Holden Caulfield a New York y me dan ganas (ahora que vuelve a llover) de subirme al auto e irme a casa a escribir, y como vivo con la convicción de hacer todo lo que tenga ganas de hacer, apago el pucho, me subo al auto, dejo a Jorge Salim, a Oscarcito, Paula, los tíos, la ejecutiva y la señora boliviana y vuelvo a ser yo que acabo de sentarme al escritorio y tecleo:

    “¿Habrá el sistema planetario girado siempre en el mismo sentido? Y, me respondo (sin base científica alguna; sino guiado, por algo que a falta de mejor palabra, acepto llamar “intuicióin”) que por más que ello haya venido sucediendo por 300 millones de años, esa casi infinita cifra no es sinónimo de “siempre”. De ser ésta (mi pregunta) una loca fantasía, (a lo que doy una respuesta afirmativa), imagino, entonces, que por un motivo misterioso la tierra comienza a girar en sentido contrario y que después de leves cataclismos que devienen en tsunamis, terremotos, erupciones y tornados violentos; producto de la abrupta frenada del movimiento planetario la tierra comienza lentamente a girar en sentido contrario y de pronto estoy recién sentándome al escritorioi frente al ordenador, acabo de entrar en mi casa, estacioné el auto, me voy de la orilla del río, apagué el cigarrillo, encenddió el cigarrillo, le dio un pico a Paula, se ató el cordón de las All Star; en el Teatro The Globe un tal Shakespeare acaba de estrenar una obra que no fue bien recibida por el público bajo el título de “Hamlet”; la lava del Vesubio ascendió por la ladera y el muchacho virgen que intentaba dejar de serlo con su amada Cornelia dejó de sentir ese calor abrazador que le quemaba la planta de los pies y parecía darle a su cuerpo la consistencia de una piedra y siguió sin dificultad acabando con con su deseo; Alejandro, después de escuchar a Aristóteles, decide que si todo el mundo quiere venir a Grecia, él invadirá el Oriente y hará del mundo una Grecia Universal. El faraón Menkaura (Micerino), satisfecho, contempla al fin la terminación de la pirámide que lo albergará”.

    Llegado a este punto vuelvo al río, ahora en un helado anochecer de agosto. Ha dejado de llover, pero toda la vegetación se está aún escurriendo, los sauces sacuden su melena y me mojan; los juncos se agitan al compás del ritmo que las cansadas olas les imponen después de un día inestable. Hay una brillante luna pintada en un cielo negro; pasa un avión que ha despegado de Aeroparque, se ven las luces encendidas en el interior donde imagino que alguien que se ha quitado los zapatos, abre el libro “Fortuna” de Hernán Díaz, lee “Llevo más de una década presenciando una lamentable decadencia no sólo de la vida financiera de nuestro país, sino también del espíritu de su gente. Donde antes habitaban la perseverancia y el ingenio, ahora deambulan la apatía y la desesperación. Donde antes reinaba la autosuficiencia, ahora usurpa su lugar un sometimiento mendicante. El trabajador ha quedado reducido a la condición de pordiosero. Un círculo vicioso se ha adueñado de nuestros hombres físicamente capaces: cada vez dependen más del gobierno para mitigar la miseria que crea ese mismo gobierno, sin darse cuenta que esa dependencia sólo perpetúa lo lamentable de su situación”

    Pienso que hace 30 años en Manchester, Sarandí o Nimes la diferencia salarial entre un ejecutivo y un oficial o capataz de una misma empresa era de 14 sueldos, hoy esa diferencia es 60 ó 70 veces superior; aquel salario del operario era bajo, pero le permitía vivir con dignidad, y hasta hacer un mínimo ahorro; hoy ello es imposible y ese operario, está tentado a robar y dadas las circunstancias a vender droga para sostener a su familia al borde del precipicio, como me encuentro yo, sabiendo que nunca nadie leerá un libro escrito por mí.

  • VERBA VOLANT, SCRIPTA MANENT

    Imaginemos las suaves ondulaciones de las sierras de Éfesos que se zambullen sin estrépito en el Egeo, imaginemos que es invierno y que en la humilde choza, que desde la orilla se parece a un lugar destinado más a los dioses que al hombre que la habita en soledad,está el fuego encendido donde en un caldero que cuelga de un gancho, bulle una sopa de cordero y aromáticas hierbas salvajes que están por alimentar a Heráclito que no sabe que en 2500 años, lo que deje escrito ese día, será citado en otros escritos que se llamarán tesis doctorales en ámbitos de estudios serios en ciudades que llevan inimaginables nombres como Oxford, Buenos Aires, Lovaina.

    Imaginemos que Heráclito se ha servido en un cuenco de arcilla la sopa; que humeante; comparte la mesa de trabajo con unas delgadas tablillas de buena madera y con varios estilos (punzones)con los que dejará escrito de la manera mas sencilla posible ese concepto que el llamará “dialegestai” y que implica algo así como que en la parte está el todo que a su vez es nada y que en ese ir y venir de opuestos se encuentra la clave de lo que es el fundamento de lo que nos acontece, pero quiere hacerlo de una manera clara para que la puedan entender los pastores de cabras, así como le entendieron el concepto de “relatividad” cuando les demostró que el sol tiene el tamaño del dedo gordo de un pie humano cuando uno cierra un ojo y eleva el pie hacia el sol y entonces graba en la tablilla, después de meditar un buen rato:

    “El arco (byos), tiene nombre de vida pero efecto de muerte”, concepto que le permitirá con el tiempo a Prótagoras, complejizarlo un tanto, al sostener: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

    Imaginemos ahora que han pasado varios siglos y vemos llegar a Atenas, con gesto de cansancio, no sólo por el viaje, a un hombre que porta un nombre de tinte aristocrático, como corresponde a quien será preceptor del emperador Alejandro de Macedonia. Estoy diciendo Aristóteles, quien en un momento de zozobra espiritual desenrrolla un pergamino y escribe con un filo estilete embebido en la nueva tinta recién llegada de Egipto, que contiene una resina que fija mejor las letras que el típico hollin de las tintas locales. Con cierta molestia, no exenta de dolor escribe: “Pero queridos amigos, ¿es que en verdad hay amigos?”

    Pues sigamos caminando en el tiempo, digamos que hemos llegado a Ravena en el momento en que el poeta Dante (1265 – 1321) inmóvil, se deja retratar por Giotto; inmovilidad aparente ya que su mente inquieta no puede parar de pensar en la oración con que quiere iniciar el Infierno de su Comedia y en la enmarañada selva oscura lo acechan león, leopardo y loba y no puede, no sabe, lo intenta, retrocede, se enfada y entonces estornuda y es Virgilio quien lo guía y Dante hace a un lado al Giotto y escribe en un delicado papiro oriental provisto por un comerciante florentino, mojando su pluma en una burda tinta oscura de extraño nombre ‘atramentum’ algo así como “frente a la puerta con la terrible inscripción “¡Perded toda esperanza los que entrais!”, vuelve a estornudar, se sienta y le dice al Giotto ” Avanti maestro.

    Prosigamos, acabamos de dejar los blancos acantilados de Dover después de una tranquila travesía desde Calais, y luego en un chirriante carruaje hemos llegado a Londres, es 1595 y vemos que un tal William Shakespeare apura sus pasos por la Strand porque no quiere que se le escapen los versos que acaba de soñar y que serán con el tiempo uno de sus sonetos que recitarán millones de individuos en todas las lenguas y con desesperación embebe la pluma de ganso en una pringosa tinta que le manchará su ropa y el texto y apunta, veloz:

    “Cuando cuarenta inviernos pongan sitio a tu frente

    y excaven hondos surcos en tu bella pradera

    tu estampa vanidosa, admirada al presente

    será una vestimenta andrajosa y grosera…

    y de pronto una nube traidora que acecha constantemente al poeta, como la muerte a todos, le impide seguir escribiendo porque a ensayar lo llaman, pues la reina Isabel se aburre y la Corte le exige al cortesano Shakespeare, como al caballerizo, o al valet estar no donde quieren sino donde deben.

    Pues dejemos a Shakespeare entretener a su Majestad y volvamos al continente, a andar los polvorientos caminos hispanos y entremos en una sórdida, oscura, ruinosa celda donde paga con la prisión,el no haber pagado en tiempo y forma sus deudas un huesudo y fino hidalgo a quien vemos hundir en el tintero que ha pedido su improvisada pluma de gallina batarasa para que la humanidad lo escuche y anota para la eternidad estas palabras “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” que darán origen a las andanzas en busca de algo que le de sentido a su aburrida vida carcelaria que poblará de aventuras en compañia de su fiel servidor, porque hidalgo sin siervo y caballero sin caballo son lo mismo que esperanza sin tiempo por delante o cóndor sin los Andes donde anidar.

    Y pasó entonces el tiempo infatigable y de pronto lo manual se hizo mecánico con la invención de la imprenta que llenó de letras el mundo y la gente se puso a leer y quien lee no puede no escribir y lo hizo en máquinas, obviamente de escribir que evolucionaron a la máquina electrónica que un buen día se hizo computadora y permitió que hoy mientras viajaba en el tren dejara grabado en el celular, lo que ahora estoy volcando en la pantalla y entonces parodiando a Beaudelaire agradezco a Dios por no haberme hecho vivir en Éfesos en el 600 AC, ni en Atenas en el 300 AC, ni en los Estados Pointificios del siglo XII, ni en la Inglaterra ni la España del siglo XVI y me pone muy contento gozar de este hecho de tan sólo tener que acariciar el teclado suavemente y con limpieza y velozmente mis ideas quedan dibujadas en una pantalla que reproduce lo que intento decir y que cuando me equivoco con tan sólo volver a teclear transformo esta intrometida mayúscula acentuada (É) en la deseada (é) que erróneamente había eludido; o este error de escribir hepigrafía en vez del correcto epigrafía, o corregir el equivocado (¨) por el necesitado (´).

    Lo que si envidio a los que me precedieron es la sencillez con que podían explicar que las ideas aparecían plasmadas en una superficie por el hecho de haber tan solo dibujado las letras correctas; yo, en cambio, y muy a mi pesar no sé explicar el proceso por el cual la presión sobre una tecla da la “A” y pone la “Z”, ni por qué ante mi ansiedad alguien me dice seriamente “pará un poco que la máquina está pensando” y “si seguis siendo ignorante y queres saciar tu curiosidad no dudes y preguntale al Chat GPT por qué ocurren las cosas”. Y es aquí cuando me pregunto si cuando un griego le consultaba al oráculo de Delfos cuál sería el resultado de la batalla, o un florentino del siglo XII arrodillado frente a un altar hacía promesas si tal gracia le fuera concedida, o un inglés del XVI sintetizaba el balance entre dicha y pesares en “The question is to be or not to be”, o un español enloquecido arremetía convencido que la rueda del molino que giraba sin parar era fiero enemigo a derrotar.

    La pregunta que me hago es bien sencilla ¿avanzamos o tan sólo modificamos algunos elementos técnicos con los cuales queremos dejar por escrito para que a la idea no se la lleve el viento, la sempiterna y nunca respondida pregunta: What the hell are we all doing here?

  • TRES OMBÚES, LOS OMBÚES, LOS VEINTICINCO OMBÚES, UN OMBÚ

    Estoy volviendo de mirar el río. Veo el borde de la cornisa de la galería de la Quinta Los Ombúes que perteneciera a Mariquita Sánchez bde Thompson y Mandeville. La cornisa se ve manchada; su habitual blancura parece haber sido intervenida por Jackson Pollock, como si estuviera ploteada con lunares, son, sin embargo, las hojas de las tipas del jardín que han quedado adheridas al edificio después de la tormenta de ayer. Pasa una embarazada. ‘Esa mujer abriga una esperanza (inútil)’, es lo que siempre me surge. El día frío de otoño, de cielo celeste, me transporta a otro, casi idéntico en 1978, el primer día que salía de mi casa en el 78 de Onslow Gardens, en el Royal Borough of Chelsea and South Kensington. Ese día al abrir la puerta para recorrer el barrio donde viviría dos años había pensado que las primeras palabras que escuchara marcarían mi estancia en mi nuevo ámbito. Algo similar a lo que pasa por la cabeza de Simon, el personaje del cuento “Kew Gardens” de Virginia Woolf, que recordaba, mientras paseaba por el parque con su esposa Eleanor y los hijos, que 15 años antes, cuando se le declaró a Lily y esperaba su respuesta, había pensado, mirando la hebilla plateada de su zapato donde parecía estar concentrada toda Lily, que si el aguacil que revoloteaba sobre ella se posaba sobre la hoja; esa hoja ancha con la flor roja en el medio, la respuesta de Lily a su amor, a su deseo sería sí; pero el aguacil nunca se posó en ninguna hoja y se perdió en la tarde soleada del parque.

    “I could have been you”, le dijo el hombre a su mujer embarazada, mientras pasaban abrazados y yo trasponía hacia la calle los escalones de marmol de mi casa en Onslow Gardens. Aquella mañana era igual a esta de hoy en San Isidro.

    Asociación de ideas, monólogo interior, tren de pensamiento, John Locke. Sigo caminando hacia la Catedral, paso por el Hito de la Argentinidad número 2 en la Plaza Mitre que hace referencia a las invasiones inglesas, a Liniers, a Pueyrredón, cuya casa está a pocas cuadras, en Rivera Indarte y Roque Saénz Peña. Aquí en Los Ombúes se conservan cartas de Mariquita a Manuela Rosas. San Martín conversó con Pueyrredón en su quinta Bosque Alegre. Aquí a la vuelta residió Luis Vernet, primer gobernador de Malvinas. ¡Qué pequeña es nuestra historia que cabe en pocas manzanas de un suburbio del puerto!

    Paseo de los Tres Ombúes, Quinta Los Ombúes, hablemos del ombú. Leo el ensayo de Gilles Deleuze y Claire Parnet, bajo el título “Diálogos”. En él se compara la literatura francesa con la anglo norteamericana. Se le atribuye a esta última, superioridad sobre la primera. Lo francés sería un árbol, con sus raíces, arborescencia. Lo anglo, una hierba; más simple, más elemental. Es algo parecido a lo que sucedió en los tiempos que ambas sociedades eran monarquías: “…los reyes de Francia se oponen a los de Inglaterra; los primeros con su política de la tierra, de herencias, de matrimonios, de procesos, de astucias y de trampas; los segundos con su movimiento de desterritorialización, sus errancias y sus repudios, sus traiciones meteóricas. Los ingleses desencadenan con ellos el flujo del capitalismo, los franceses inventan el aparato de poder burgués capaz de bloquearlos, de contabilizarlos”. En suma lo francés es rígido, alambicado, burocrático. Lo inglés es estricto, flexible, pragmático. Leía estas páginas y mimetizado con la botánica dije “y nosotros somos ombú”.

    El ombú (Phytolacca dioica) es una hierba gigantesca con apariencia de árbol robusto, que a simple vista podría confundirse con un roble, su tronco arrugado y sus ramas abiertas, como brazos de amigos son quebradizos, inútiles para hacer fuego o para construir con solidez. Su fruto es no comestible, y de noche sus hojas dejan caer unas gotas que pueden provocar irritaciones en la piel. El ombú, que en lengua guaraní (umbu) significa sombra, parece ser lo que no es.

    Volvamos a las letras. William Henry Hudson, nace en 1841 en Los Veinticinco Ombúes. Escribe un cuento titulado “El Ombú”. Ezequiel Martínez Estrada, escribe un poema que lleva por título “El Ombú”, que dice:

    La soledad te ha hecho

    Luchador por el tronco

    Por las ramas artista

    Por la raíz filósofo

    El árbol más potente

    Es el que está más solo.

    Don Roberto Cunningham Graham, recoge un refrán popular del campo argentino: “Nunca prosperará la casa sobre cuyo techo caiga la sombra del ombú”, lo dice en “La Pampa”, uno de sus espléndidos relatos criollos.

  • VOLUNTARIA INTERRUPCIÓN

    Es Londres, es enero, es 2019, acabo de salir de la librería Foyles con varios libros: Philip Larkin, “Poems”; “Poems for a world gone to Sh*t” (selección de Editorial Quercus); “The Traveller’s Guide to Classical Philosophy” de John Gaskin; “Maps of Meaning” de Jordan B. Peterson; “To Room Nineteen” de Doris Lessing; “Descartes’ Error” de Antonio Damaso y “Notes on Suicide” de Simon Critchley. Este último lo compré porque me atrajeron, el título, saber que contenía el ensayo de David Hume sobre el suicidio, la edición de Fitzcarraldo que me gustó por su elegancia, sencilla, austera, espléndida y porque al hojearlo y ojearlo encontré en la portada aquel contundente poema Proteico, que reproduce el epitafio que años atrás había leído en una lápida del cementerio de Cunwallon en Cornwall, muy cerca de Helstone, que es un inapelable palíndrome que expresa

    SHALL WE ALL DIE?

    WE SHALL DIE ALL

    ALL SHALL DIE WE

    DIE ALL WE SHALL

    Aquí estaba, otra vez en Inglaterra, que en un tiempo fue mi deseo, mi futuro y hoy forma parte de mi trayectoria, de mi ADN viajero y que me llevó de inmediato al Castillo de Leeds en Maidstone, Kent cuando fui al concierto de Tchaicovsky, en 1978, con la psicolingüista polaca, con quien habíamos jugado con ese palíndrome. Tuve la misma sensación que había tenido con las huellas de los jabalíes en el bosque de Orlen en 2016, huellas primeras de aquel circuito jabalístico que terminaba en España, pero que yo encontraba en Saussine en 1980 y que me remontó a aquel sencillo y mágico texto de Borges, “El Cautivo” de 1970, donde se relata el encuentro entre pasado y presente, confundidos en el vértigo de recuperar el cuchillito de mango de asta que cuando niño y de ojos celestes, había dejado escondido en la ennegrecida campana de la cocina antes de ser raptado por un malón, que lo transformó por un azaroso vericueto del destino en el indio pampa que era ahora. Bien ese vértigo que filosóficamente está en Bradley, estaba en el palíndrome, y en las huellas de los jabalíes que a mí me lo enrostraba esta visita a Foyles.

    Leo de varias manera. Al inicio es como un precalentamiento antes de la práctica de cualquier deporte: índice, prólogo, epílogo, salteado; guardo el libro y como soy ansioso, voraz, desesperado por saber, por viajar y por otras cosas, más bien del orden universal que del privado y que siendo tan universales pasan a ser del orden privado, hago lo mismo con todos los otros libros recién comprados. Después leo el libro, los libros, cuando sé que es el momento. En esa lectura inicial de “zarpado” -no hay mejor palabra que ésta pára expresar esa primera invasión al libro que luego leeré en paz-, en el escritorio y subrayando y escribiendo en los márgenes. Del libro de Simon Critchley destaco la observación que hace, de carecer de la constitución para el suicidio. Me gustó la semejanza entre el acto de escribir y el de morir, en el sentido que uno se sustrae de todo y se pone a teclear.

    Me incitó a pensar en los escritores y artistas suicidados, una lista incompleta comienza tal vez por Empédocles que se arrojó al volcán Etna, dejando su gastada sandalia como prueba de su salto mortal (hay un poemna de Hólderlin, al respecto y una de las historias de “Vidas Imaginarias”de Marcel Schwob también trata el tema). Sócrates, para quien era menos doloroso dejar la vida que estar exiliado de la polis. Van Gogh que con su pincel golpeando la tela, anticipaba quizás ese golpe mortal que le arrebató una oreja y luego, de un tiro, el corazón, y la vida. David Foster Wallace, que a los 46 años se ahorca; Edouard Levé que al terminar su libro “Suicidio”, bueno lo hace. Mishima con su haraquiri ceremonial; Virginia Woolf en las heladas aguas del Ouse; Sylvia Plath con el gas del horno casero después de dejar preparado el desayuno para sus hijos; Walter Benjamin al confundir al guarda del tren con un oficial de la Gestapo; Sandor Marai porque a los 89 años decidió que ya era suficiente con esta opereta de mal gusto, peor escenografía y final espoileado; Jack london, encontrado muerto en su rancho de Glen Ellen, Sonoma Valley; Georg Trakl, por sobredosis de cocaína y tal vez por incesto con su hermana; lo que mortificó a Ludwig Wittgenstein porque llegó tan sólo unas pocas horas después de la muerte el 3 de noviembre de 1914; Hemingway con su escopeta de caza, tal vez porque sabía que ese tiro sería el último en dar en el blanco antes que su EGO suicidara a su YO; John Kennedy Toole porque no podía publicar su novela que una vez suicidado fue un éxito editorial; Alfonsina Storni, en el mar de Mar del Plata porque esa tarde divina de octubre quería ser alta soberbia perfecta como una romana para concordar con las altas cumbres y las rocas muertas que ciñen la orilla lejana del mar, y se sentía fea; Leopoldo Lugones por contradicciones y por la persecución del jefe de policía, a la sazón su hijo; Primo Levy, Jerzy Kozinski, Alejandra Pizarnik porque la vida es lo que fue para ellos; Arthur Koetzler y su mujer; Stephen Zweig con la suya, tal vez para eternizar el amor; dos hijos de Thomas Mann, quizás por haber tenido de padre a Thomasd Mann; dos hijas de Karkl Marx, tal vez por lo mismo; tres hermanos de Wittgenstein quizás por Austria, por exceso de dinero, por un padre estilo Herr Kafka; Judas Iscariote por lo que nos cuenta Mateo evangelista; Jesús ¿no fue acaso un suicidio?; los 963 judíos en el año 73 en Masada que en vez de rendirse ante Roma sitiadora de Jerusalén deciden terminar con sus vidas; imitados luego por los más de 1000 comechingones en Ongamira, Córdoba que se arrojaron al vacío en vez de rendirse en 1574 ante Blas de Rosales, encomendero español; las docenas que saltaron desde las Torres Gemelas al pavimento de New York City el día que comenzó el siglo XXI, porque era el fuego o el vacío o tal vez todos ellos se suicidaron porque nunca, nunca, NUNCA se suicidan los Hitler, los Stalin, los Franco, los Somoza, los Maduro, los Ortega, los Pinochet. Se suicidan los que sienten, los que piensan, los que escriben, no se suicidan los que matan, o muy pocos porque Nerón que obligó a Séneca, que obligó a Lucano, que conminó a Petronio a suicidarse, al poco tiempo se suicidó vaya uno a saber por qué, como nos cuenta David Markson en “La Soledad del Lector”, o tal vez algunos se suicidan porque todos nos hacemos la misma pregunta: What the hell are we doing here? Y esa pregunta latente pero oculta por funciones que hay que cumplir, matrimonios y paternidades que hay que honrar, obligaciones a ser ejecutadas, casas que hay que construir, obras que hay que publicar, guerras que hay que ganar, aviones que hay que aterrizar, un día, cualquier día porque sopló un viento fuerte y descorrió el telón y dejó ahí a la vista lo que estuvo enmascarado por años, rutinas y mentiras porque no pudimos decir “te amo” o “mamá” o “basta” o “andate a la remilputamadrequeterrecontramilparió”, les (nos) (me) hizo ver la estepa helada, vacía e infinita en la que hasta entonces habitaban (mos) (a) y…

  • LOCUTOR INTERIOR

    No todos escribimos, pero todos tenemos un “locutor interior”, como llama Marcelo Cohen, a esa voz que nos constituye más que las palabras y las acciones con las cuales nos presentamos y por las que los demás nos juzgan, nos aman nos desprecian, nos llaman o nos ignoran.

    Como en general no hay coincidencia plena entre lo que decimos y lo que callamos, entre lo que sentimos y lo quie expresamos, entre lo que pensamos y lo que argumentamos, no podemos ser más que personas: máscaras.

    ¿Qué va pensando la gente en los aviones, en los trenes, colectivos, cuando va manejando solo por un camino patagónico? ¿Qué piensa un niño de nuestro comportamiento?

    Se acaba de cortar la luz. También se cortaba en 1956, es decir siempre se ha cortado la luz, entonces he decidido que vivo en un tiempo donde es imposible que se corte la luz, he decidido que al salir en bicicleta, la calle ya no está empedrada, es ahora de tierra, el cruce de Libertador, es en cambio, atravesar un arroyo, mi bici es un caballo, mis Nike son botas, mi campera Gap acolchada es un abrigo de piel de oso, mi gorro de lana es un sombrero de fieltro, mis Levis una suerte de amplia bombacha de lana rústica y cuero. Desde la calle Rivera Indarte y Roque Saénz Peña ya se divisa el mar, es junio de 1421, por momentos es Francia y lo que veo es sólo el mar. Por momentos es Irlanda y estoy rodeado por mar; me doy cuenta que aún no se ha descubierto América, entonces desmonto, estoy caminando descalzo, soy un guaraní que certeramente acaba de cazar una liebre. Me toca bocina un amigo desde su Land Rover, bajo de la bici, charlamos, vuelvo a montar, es nuevamente la Edad Media, 1521, voy cabalgando senderos de España, huelo Mediterráneo, veo que zarpan carabelas, ya que el Tratado de Tordesillas del 4 de junio de 1494, ha calmado las tensiones entre los Reyes Católicos y Juan II de Portugal, está saliendo Macri de su casa de José C Paz, los custodios me distraen de mi ensoñación, bajo por la culebra de Vicente López, ya voy en un carruaje, he decidido que es 1621 y cambié de geografía, soy ahora Francisco de Borja y Aragón, décimo segundo Virrey del Perú y acabo de firmar una sentencia de muerte y me estoy yendo a casa de una de mis queridas, apuro la pedaleada porque mi I Phone me ha dicho que el sol sale 7.56 y quiero estar a esa hora en el muelle de Pacheco para darle la bienvenida. Estoy ahora en la senda costera pasando la calle Perú, ya es 1721 es Rosslyn Chapel, soy Sir James Sinclair, quiero instalar vidrieras en la capilla, estoy dando instrucciones a los operarios, es el momento en que Anselmo detiene el carruaje, es 1821, soy Juan Martín de Puyrredón, he llegado desde Buenos Aires a descansar unos dias en mi chacra Bosque Alegre. Entro por fin a caminar el muelle de Pacheco, sale el sol huevo frito, cuyo reflejo en las ventanas de las casas bajas del puerto de Buenos Aires parecen saludar a los inmigrantes que arriban en el Massilia en 1921. Puerto Madero parece teñido de naranja ¿cómo quedará la economía argentina, cuando este virus termine? Pienso en mi economía; se sabe, es un principio básico que el Patrimonio es el Pasado, el Consumo es el Presente y el Ahorro es el Futuro. Fiel al “carpe diem” vivo en un eterno presente, es mi costado inmaduro, hasta infantil de mi personalidad, en este aspecto soy muy argentino, demasiado. ¿De dónde nos viene? ¿De dónde nos viene ser una democracia autoritaria? Batista, Somoza, Stroessner, Perón, Pinochet, Castro, Chávez, Maduro, Ortega, Buquele, Correa, Kirchner, la senda histórica de América Latina, nos viene, no tengo dudas de la única potencia imperial que nos ha dominado y limado el cerebro, de la que se regocija con y bendice a la pobreza, la que despóticamente impuso la verdad, la suya, la del poder, el Imperio de la Iglesia Universal, la Católica. ¿Es que alguno cree que la institución más antigua de Europa hace algo porque si? Acaso la gran usina de las teorías conspirativas desde siempre, eligió un Papa, jesuita, argentino y peronista porque tiene voz de corderito y mirada de gavilán mixto, porque es devoto de los humildes y porque viene del fin del mundo? El poder no se maneja así “Autoritas non veritas facit legem” ha dicho Benedicto XVI.

    Julia Domna (170-217) casada con el Emperador Severo, gran conversadora al punto que pasaba gran parte de la jornada con los sofistas, al quedar viuda, cayó prendada de su hijastro (aunque todos decían que era su hijo Antonino Caracalla). Un día de intenso calor y perentorias necesidades de sexo, Julia , que era muy bella aparece decididamente semi desnuda en los aposentos de Antonino, quien exclama: -“Querría si fuera lícito” a lo que Julia respondió -“Si te gusta, es lícito; ¿acaso no eres el Emperador que promulgas las leyes, no que las acatas?”

    Vuelvo a 2021, ha vuelto la luz.