Autor: alejandrofrango.com

  • L. WITT

    Wilcock, VolksWagen, Wolf, Weber, Wake,Weininger, Wittgenstein, Westerns,West End, y es por esta W tan escasa en la lengua española que estoy aquí, en este atardecer primaveral leyendo a Thomas Bernhard (1931-1988), pero no uno cualquiera de sus libros sino el que se titula “El Sobrino de Wittgenstein” y mientras me dejo envolver o arrobar por su escritura envolvente o arrobante y el envuelto o arrobado soy yo que quedo dentro del envoltorio o arrobatorio, que incluye además la lectura de la obra de Wittgenstein en los dos volúmenes de Gredos, en parte bilingüe y en parte unilingüe, la biografía de Ray Monk “Ludwig Wittgenstein” (El deber de un Genio) y la biografía novelada de Bruce Duffy que lleva por título “El Mundo tal cual lo Encontré” que reproduce en parte el aforismo 5.631 del “Tractatus Lógico-Philosophicus” que invito al lector a leer con la inocencia del virgen (no con la “inocencia del mal”, de lo que más adelante diré algo). Me he tomado el atrevimiento irreverente de nombrar a Ludwig Wittgenstein (1889-1951), como L. Witt, no porque ame las abreviaturas, sino como un respetuoso y sentido homenaje a su persona ya que me suena a nombre de cowboy que él tanto disfrutaba con los Westerns que solía ver con su amado pelirrojo David Pinsent en 1913 con quien llegó a ver tres veces “Bronco Billy y los Cowboys” y luego en compañía de su amante Francis Skinner en los cines del West End “in London of all places” y en el Tivoli, próximo al Trinity College en Cambridge en la década del 30 y luego con Ben Richards a partir de 1945 y hasta la muerte de L. Witt en 1951.

    Debo explicar que esta sucesión de WWWWWWWWW, es el resultado de la lectura de “La Sinagoga de los Iconoclastas” de Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) que un día se fue del país por consejo de Adolfo Bioy Casáres, como antes se había ido Julio Cortázar harto de que los bombos peronistas no lo dejaran escuchar a Bela Bartok, y entre otras razones de su vida privada a Wilcock tampoco le caía bien el peronismo al igual que a Borges y salvando las enormes distancias , a mí me cae tan mal como a todos ellos sumados, pero yo me voy y vuelvo, es decir viajo hasta que un día emprenda el así llamado “viaje”, que no es otra cosa más que la universal y archidemcrática desaparición por siempre jamás, que es algo que detesto aún más que al peronismo; ambos, la muerte y el peronismo me dan vergüenza.

    “La Sinagoga de los Iconoclastas” de editorial Anagrama viene precedida de una invocación de Ruggero Guarini que dice: “Otra persona sobria es mi amigo Juan Rodolfo Wilcock que lleva años viviendo en el campo, en una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros…………sus grandes lujos son un viejo VolksWagen, y una buena radio para escuchar un lied de Wolf o un cuarteto de Weber. Pero tampoco el trabaja; escribe poemas y cuentos…………y echado en un diván lee y relee a Joyce y a Wittgenstein”.

    Cuando el 16 de marzo de 1978 Wilcock muere de un infarto acababa la traducción de “Finnegans Wake”. Copio en mi bitácora el epígrafe con que Ray Monk comienza la biografía de L. Witt “La lógica y la ética son fundamentalmente la misma cosa:El deber hacia uno mismo” del libro “Sexo y Carácter” de Otto Weininger y me pongo a devorar a L. Witt.

    Dicen que los extremos se tocan. Cada vez aumenta mi convicción de que en un planeta que gira sobre su eje, mientras gira alrededor del sol es bastante posible (debo trabajar en hacerlo probable) que personas y acontecimientos naturales y culturales vuelvan a suceder casi idénticamente: veo en la vida y el pensamiento fragmentario de L. Witt, una similitud con la vida y los fragmentos de Heráclito, así como veo en la invasión de Putin a Ucrania una reiteración de la invasión de Hitler a Austria, y como el 3 de septiembre de 1939 se replica en el 24 de febrero de 2022 ante idéntico asombro y pasividad de Europa. Percibo una suerte de convicción generalizada de que algo equivalente al mítico Diluvio Universal está próximo a ocurrir.

    5.631 “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiera un libro, “El mundo tal como lo encontre”, debería informar en él también sobre mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etcétera; ciertamente esto es un método para aislar al sujeto o, más bien, para mostrar que en un sentido relevante no hay sujeto: de él sólo, en efecto, no cabría tratar en este libro”. Agrega luego que el sujeto no pertenece al mundo y los compara con el ojo y el campo visual, donde al ojo uno no lo ve realmente y nada en el campo visual permite inferir que es visto por un ojo. 5.634 “Todo lo que vemos podría ser también de otra manera”. (Darwin nunca llegó a estudiar los monos verdes de San Cristóbal y Nieves).

    “La hipócrita voluntad sólo culpa a la mano que culpa a la muerte que a su vez culpa al sexo, tonto pero no menos turgente” dice Bruce Duffy y es el cuerpo que necesita decir como el cerebro lógico de L. Witt y se masturba en el barco de guerra en el Vistula, y se masturba en Cambridge y en la cabaña en Noruega y cuando está con Francis Skinner y se siente sucio y pecador y necesita confesarse ante amigos y colegas y necesita desprenderse de la fortuna heredada y trabajar como maestro rural y es Heráclito a quien el cetro de basileus lo enferma y sube a la montaña a encontrarse consigo, como L. Witt en la soledad de su cabaña de Songe.

    La inocencia virginal es la del infante, la del que aún no ha sido fraguado por el lenguaje: la de todos nosotros cuando niños, todos nosotros cuando vimos el mar desconocido, el bosque misterioso y en él, el rugido. Los extremos se tocan: la inocencia virginal y la inocencia del mal. L. Witt repite en sus aforismos los fragmentos de Heráclito, y repite en su vida el despojamiento del griego. L.Wiit rechaza la segunda fortuna más grande del Imperio Austro-Húngaro para pelearse con Bertrand Russell sobre si los tres manchones de tinta que éste acaba de estampar con ira sobre una hoja en blanco ¿existen o no?

    Al pensar estas situaciones de cuerpos y mentes en conflictos y de egos en discordia percibo que todo parece un juego, escenas de una eterna tragicomedia que quiero ilustrar para dar un ejemplo de la inocencia del mal. Recurro como tantas otras veces a un texto de Borges, se titula “Lunes 22 de julio de 1985” donde nos narra su experiencia en un juicio oral (el de Victor Melchor Basterra 1944-2020) quien había estado en prisión cuatro años, azotado, vejado, torturado y cuando Borges esperaba las quejas del obrero metalúrgico, se sorprende cuando lejos de tal cosa, observa que “el réprobo había entrado enteramente en la rutina del infierno. De todo lo espantoso que oí esa tarde y que espero olvidar referiré lo que más me marcó para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre, llevaron a todos los presos a una sala y vieron una mesa tendida, vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (recito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturadods y no ignoraban que los torurarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese infierno y les desó Feliz Navidad. No era una burla, no era un remordimiento. Era como ya dije una suerte de inocencia del mal”.

    Se pregunta Borges “¿Qué pensar de todo esto? Yo personalmente descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos, si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente y antes de ser, ya son en esta Mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos”

    L. Witt en constante lucha con sus fantasmas: la tradición judía del Mayer de su bisabuelo oculta tras el principesco Wittgenstein, la inconmensurable fortuna familiar que desea purgar mediante la docencia con los hijos de toscos campesinos batiéndose contra el engolado y hueco lenguaje de la academia y los mohínes de los snobs de Cambridge. Explicando que el mundo consiste en hechos y no en cosas, (“La ciencia se mueve en el orden de lo real o de lo probable; la filosofía lo hace en el orden de lo posible, del lenguaje, de los conceptos”). Va cargando con el suicidio de tres hermanos, la rigurosa autoridad de su padre, las docenas de sirvientes, la obligada aceptación a pasar Navidad en Viena consu familia y Fraulein Ketteler, invitada con sus padres y ofrendada como pavo trufado a ser la esposa de L. Witt, que terminada la comida es invitada a pasar a la biblioteca donde en privacidad esperan, los mayores, que al salir L. Witt, anuncie su noviazgo. Cerradas las puertas corredizas de la grandiosa biblioteca, L. Witt tiembla y transpira y no entiende como la Fraulein no ve que él no es P sino -P, que P supera lo V o F, ya que para él es imposible y esos interminables minutos son como el casi eterno esplendor de los Habsburgo que estallará en mil pedazos en poco tiempo. Y así como un elefante no puede hacer lo que hace la golondrina, ni una lenteja comportarse con el café como lo hace el azúcar, L. Witt no puede hacer con la Fraulein, lo que su padre hace con su madre, ni la Argentina puede librarse del autoritarismo fascista, como tampoco pudo Austria con los nazis. Tendrá que llegar una nueva manera de pensar y ésta tendrá que ser tan contundente como la transformación que hizo que se pasase de la alquimia a la química, del Dios trino al “In God We Trust”, tirar por la borda la fe dogmática y entrar en la racionalidad y es otra vez Heráclito con su cuenco humeante y el olor de pan recién salido del horno, así como es L. Witt mirando a Billy Billoch montado en su caballo en la pantalla del cine Paris de Thistle Grove con Ben Richards sentado a su lado con la cabeza apoyada en su hombro..

    Escapar de su padre, de su judaísmo, de su fortuna, de Viena, de su lengua, de Cambridge, de la gente, porque el filósofo es un solitario, el filósofo es un ciudadano de ninguna comunidad de ideas; la cabaña de Songe en Noruega, la casa del granjero en Irlanda, “la política es lo que hace el hombre a fin de ocultar lo que es y lo que no sabe”. Escapar como Heráclito, como Nietzsche, no dejarse atrapar, escapar del sistema (de cualquiera) es buscarse, es tratar de decir con las palabras de siempre lo que éstas aun no han dicho. ¿Cómo hacerles decir algo diferente? ¿Qué cosa decimos cuando decimos algo? Tal vez la respuesta haya que buscarla en la poesía “la palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” escribió Alejandra Pizarnik, o quizás no haya nada que buscar pues “la vida no es más que la construcción de un cadaver” como lapidariamente dejó escrito Walter Benjamin.

  • 1873-2024

    Son los 150 años que separan a la Charville de Rimbaud (1854-1891), de la Rosario de un sicario, es la grieta entre “Una temporada en el Infierno” y la sentencia lapidaria “Me fascina el Mal”; como respuesta del sicario a la pregunta de un periodista. Es el abismo que distancia a quienes las expresan. Ambos tienen al momento de decirlas, 19 años. Los dos abandonados por sus padres a los 10 años. En Rimbaud hay opio, hay hachis: delirio poético. En el rosarino encapuchado hay narcotráfico, crimen, poder.

    El retoño de la provinciana ciudad de Charville -distante unos 200 y tantos kilómetros de París- está visceralmente enojado con el mundo, lo mismo le sucede, pero de manera bestial, al anónimo sicario, retoño de otra ciudad de provincia a unos 200 y tantos kilómetros de Buenos Aires.

    “La vida es una farsa que todos debemos representar”, sentencia Rimbaud. Todo es una simulación, un “como si”, “Todo” significa lo sucedido, lo que sucede, lo que sucederá. Expresé haber optado por la “epojé” ( ). Bartleby, huye (XXX), Wakefield (¿?) es una suspensión, Rimbaud ([{(¿?)]}) es la fuga de sí mismo, la experimentación sin límite. Me pregunto si el anónimo sicario estará satisfecho con el rol que le ha tocado en la opereta. Pienso en la isla salvadora: isla de Pascua, Cuba, Isla de San Andrés, Isle of Man, Channel Islands, Isle of Wight, Scilly Islands, Irlanda, Aran Islands, Isla Martín García, Isla de Creta, Gran Bretaña, Isla de Córcega, Staten Island, Isla de Corfú, Isla de Cerdeña, Islas Malvinas, Sicilia, Islandia, Isla de Lesbos, Islas del Tigre, Robben Island, Isla de Rodas, Isla de Mitilene, Sri Lanka, Islas Maldivas, Isla de Ibiza, Elephant Island de India, Isla Mujeres, Isla de Cozumel, Islas Galápagos, Isla de Tierra del Fuego, Isla Victoria, Isla de Manhattan, Isla Gorriti, Isla Santa Caterina, Isla de los Uros, Isla de Madeira, isla interior de cada uno. Uno. Yo.
    Rimbaud se da a la fuga, el sicario huye de la escena del crimen; Melville “Prefers not to”, Hawthorne engendra a Wakefield, Breece D’J Pancake se pega un tiro. Más allá de las diferencias económicas, culturales, sexuales, intelectuales, psicológicas y sociales a todos nos ha enfermado ese fantasma llamado Dios que es el germen de este hartazgo universal que ha tenido a la humanidad bajo su yugo y causado el sometimiento, las castas, los privilegios, la ignorancia, la opresión, el odio, las guerras, la codicia, la venganza, el Infierno de Rimbaud, el Deseo del Mal del sicario rosarino. Dios como el mal absoluto.

    “Esa monstruosa ilusión llamada cristiandad”, estalló Kierkegard,

    “Maldición sobre el cristianismo”, explotó Nietzsche.

    Al sicario le gusta el Mal, a mi el Infierno plagado de liturgia católica, expresado por un ciudadano de Francia, “hija primogénita de la Iglesia”

    La farsa es un continuado, el espectáculo comienza cuando usted llega. El sicario rosarino mata. Rimbaud escribe. Yo leo, anoto, viajo. No figura en mi lista la isla de Java que visitó Rimbaud; esa carencia me iguala al sicario; pero “¿hay violencia más triste que la palabra isla?” María Negroni dixit.

  • ROSARIO DE SANTA FÉ 2009

    Estoy en Rosario, la ciudad que pudo haber sido la capital del país, y no lo fue por el veto del Presidente Sarmiento. El diario La Capital, el más antiguo del país, fundado por Ovidio Lagos en1867, con el apoyo de Urquiza, no lleva ese nombre por accidente, sino que era la punta de lanza de un proyecto de nación que había comenzado en 1862, y que el diputado Manuel Quintana presenta en la Cámara Baja del Congreso Nacional; es aprobado, pero rechazado por el Senado. Vuelve el proyecto a ser tratado en 1868 y vetado por el Presidente Mitre. Presentado a la nueva administración, es aprobado pero vetado definitivamente por Sarmiento.

    Es 2009, camino por la costanera paralela al Paraná. Me sorprendo, le han erigido una estatua a Ramón Lull, el autor de “Ars Magna”, de textos alquímicos del siglo XIII, aquí compartiendo espacio con la batería operada por el General José María Francia contra la flota porteña en defensa del federalismo, y otra estatua que homenajea a un señor de túnica y turbante de aspecto semita. Le han arrancado la placa y alguien con aerosol estampó “el gordo está reloco”. Una señora, al pasar, me ilustra con amabilidad “es Averroes”. Sigo, hay un monumento a la diversidad, también lo han intervenido con aerosol “Puto”. Más adelante, otro monumento del que sólo queda el pedestal, ni placa ni héroe nacional, pero con la inscripción “Olivos por la paz, año 2000”, me veo rodeado por jacarandaes, no veo ningún olivo. Unos pasos más adelante, un cartel advierte “Peligro -arranca”.

    Faltan placas, faltan bustos, faltan letras, falta la red ferroviaria, falta la capital, falta el país. Me da la impresión que nuestra crisis no es económica, ni política, ni social, ni siquiera ética. Me viene dando la impresión que nuestra crisis es erótica: no amamos a nuestro país. No entendemos el coincepto “república” que significa “cosa pública”, es decir de todos, y no como a veces parece entenderse: de nadie, pero mucho menos para que alguien con poder se atreva a gritar “vamos por todo”. Rosas, el padre fundante sentó las bases sobre las que se consolidó la nación, en el siglo XIX ser propietario de la tierra ubicó en el poder a los ganaderos de la Provincia de Buenos Aires. Perón, su copia remozada para el siglo XX, genera la segunda casta con prebendas a los sindicalistas, “barones del conurbano” equivalentes a los jueces de paz del rosismo y eleva a universal el concepto de pueblo-obrero-trabajador. Kirchner, basa su concepto oligárquico en una alquimia de dólares robados presentados con envoltorio tercermundista de moda hace medio siglo con una iglesia jesuítica bendiciendo al rebaño de las pobres, únicos admitidos en el reino de Dios.

    La “res pública”, los sabios conceptos liberales de la Constitución Nacional reducidos a mera forma, se impone a ella la Comunidad Organizada: la oscura Edad Media.

    Viajo a San Lorenzo. La torre del convento vista desde lo que se llama “el Campo de la Gloria”, me remitió a tareas escolares con Nesquick, Patrulla del Camino, Billiken, goma de pegar, cartulina, San Martín (Santo de la Espada), Cabral soldado heroico: los hitos de la pertenencia nacional. Un monumento castrense honra a los Granaderos en austero formato: “Santiago del Estero le dio vida, San Lorenzo gloria, homenaje al soldado López”, así se suceden Salta, Jujuy, Tucumán, Córdoba, Montevideo, y hasta Francia.

    Viajo a Santa Fé, regreso a Rosario, enfilo hacia Serodino, me paseo por el frente de la casa de Juan José Saer. Trato de imaginar el momento de la decisión; su partida en colectivo a Rosario, tren a Retiro, vuelo Buenos Aires-París, su instalación en Rennes. Hombre de río con orillas, a pesar de su conocido ensayo.

    Regreso a Buenos Aires bordeando el Paraná hasta donde lo permite la carretera Vuelta de Obligado, San Pedro, Baradero, Zárate, Campana, Tigre, San Isidro. Estaciono, camino hacia la punta del muelle de Pacheco. Aquí llega el agua que vine siguiendo desde Rosario. Me llega un mensaje al celular, pienso en Lull, viajero incansable, pienso en su “Ars Magna” como uno de los precursores de la inteligencia artificial en el año 1300, sigo para atrás, Antikitera.

    Siempre vuelvo al lugar donde empecé a pensar, siempre vuelvo al río, a este muelle y al recuerdo de El Ombú, y a mi lugar secreto de entonces: el techo de la casa de mis padres.

    Los barcos, el tren, los viajes, los libros, la aventura.

    Creo que el aprendizaje de la lengua inglesa, me acostumbró de chico a pensar y sentir desde otro ángulo. El libro de geografía “A Voyage Around the World” de Longmans, en el capítulo “The Far East”, en la sección “India” traía un grabado en papel ilustración donde se veía a dos mujeres a la orilla del Ganges, una de ellas vestida con un sarín color azafrán y la otra con uno color de lavanda; eran de piel oscura y portaban cacharros sobre las cabezas; estaban bajando las escalinatas del río sagrado y sucedió que un día de abril de 1980 yo subía a un rickshaw en la estación Benarés y como poseído, apuraba la marcha hacia el Ganges y ahí me estaban aguardando las dos esbeltas mujeres, oscuras, misteriosas, con cacharros de cobre sobre sus cabezas.

    No sólo el tiempo, sino también el espacio, comenzaba a ser un gran impostor. Un texto de Borges “El 22 de agosto de 1983” de su libro “Atlas” dice:”Bradley creía que el momento presente es aquel en el que el porvenir fluye hacia nosotros, se desintegra en el pasado, es decir que el ser es un dejar de ser…”, yo caminaba por las atestadas calles de Benarés y estaba al mismo tiempo en un aula de una casa estilo Tudor de Olivos escuchando a la muy británica Miss Dolores Solares en una tarde desolada de invierno que se hizo noche y soportando más de 50 grados de temperatura en el nórdico estado de Uthar Pradesh, por más que la lógica asevere que no se puede estar al mismo tiempo en dos lugares.

  • GLOBOS

    Son las 5 am, es el desierto, es Abu Dabi. Subimos al globo, entrelazados el deseo de ser aves y el terror a caer. Hay fuego que sale de un compresor con un estrépito que inquieta. El globo se eleva, entregándose al viento. Corren gacelas por las ondulaciones del desierto. Los caseríos se empequeñecen. Nadie habla, el silencio sólo es interrumpido por el sonido de las bocanadas de fuego. Me distraigo mirando la estela que dejó el avión. Estamos a 1250 metros y nos acaricia una brisa fresca. La canastilla es grande, somos 23 pasajeros mudos.

    Allá abajo, acaba de dejar un islote de palmeras, una caravana de camellos. Tal vez alguno de los mercaderes haya mirado hacia arriba y nos ha visto. Pensé en un film que vi en el Museo del Espacio, en Washington D.C., es un documental narrado por Morgan Freeman, que comienza mostrando a unos chicos a orillas de un arroyo en una zona rural de Holanda o Bélgica. La cámara no deja de ascender y el arroyo y los chicos dejan de existir, al igual que la canastilla en la que estamos, que se vacía: quedo solo en el globo, dejo de ser el viajador que sobrevuela el desierto en el año 2014; estoy ahora dentro de la sonda Rosetta, soy el robot Philae, que la viene conduciendo, desde hace diez años y he llegado a 6400 millones de kilómetros. Acabo de posar la sonda sobre el cometa 67P con el objeto de conocer el origen del sistema solar, porque los cometas son como las cápsulas de tiempo que guardan información sobre el inicio. Un cometa sería como una neurona de un inmenso cerebro, custodio de nuestra memoria. El sistema solar como el sistema nervioso. ¿Y si toda la cultura fuera un cerebro dañado por un ACV, intentando calcular los pelos blancos y los pelos negros que tiene una cebra?

    Vuelvo a la canastilla, desde estos 1250 metros imagino a los viajeros de la caravana con turbantes y túnicas protegiéndose de la arena. A 6400 millones de kilómetros de la tierra ¿qué sentido tienen las guerras civiles argentinas entre unitarios y federales, qué sentido tiene el Imperio Romano, qué sentido tiene el mudo alarido de la pintura de Edward Munch, un día de 1893; qué sentido tengo?

    El golpe del canasto y el posterior carreteo por el lomado desierto, me sacan de mi intermitente ensoñación.

    Nos acaba de pasar la caravana de camellos, era un tour de The Desert Experience; el guía llevaba una gorra Nike y la camiseta de la selección argentina con el nombre Messi en la espalda.

  • BARCELONA

    No me fatiga caminar una ciudad, pero caminar Barcelona, además me encanta y esta vez (2016) lo hago cableado a mi teléfono escuchando a Monserrat Caballé y Freddie Mercury cantando “Barcelona” en la Sagrada Familia, en Las Ramblas, en La Boquería, en el Puerto, en las calles del Barrio Gótico, en Sarría, en Barceloneta, en las librerías, en la playa, en los restaurantes y en los bares de tapas, en la Catedral, en la Pedrera, en la casa Batló. ¡Barcelona! ¡Barcelona!

    Veo gente por todos lados, sin escucharlos, se los oye. Me harta la cantidad de personas, aplauden y ríen por igual ante un mimo, un malabarista, un cellista que toca a Bach, redoblan los aplausos a Messi gambeteando y a Hitler vociferando. Lo importante es aplaudir y que se oiga. Sin escucharlos, me fatigan.

    De pronto dejo a la gran masa del pueblo y me escabullo en pleno Barrio Gótico por una pequeña calle que me deja en un remanso de paz que es San Felipe Neri. Hay un bar, con mesas en el playón. Pido unas tapas y cerveza. El calor es casi tan agobiante como la gente. Sólo una mesa ocupada por un muchacho de no más de 20 ó 22 años, bebe cerveza, escribe, cableado, escuchando, me gusta pensar que “Barcelona”. Su parecido con Gustave Flaubert me impacta e imagino que escribe: “PARA VIVIR TRANQUILO HAY QUE VIVIR SOLO Y PONER BURLETES EN LAS VENTANAS POR MIEDO A QUE EL AIRE DEL MUNDO LLEGUE HASTA UNO”, como escribió el de Madame Bovary.

    La paz se interrumpe por un nutrido “free tour” con megáfono y nos vemos obligados a escuchar “Felipe Neri, 1721-1752, barroco, dependencias de filipones, balas en el frente, (sí claro se ven), guerra civil, gran batalla, tropas franquistas destrozaron techo, murieron 42 niños, varios curas y al resto los fusilaron” y ¡APLAUDIERON!

    El Flaubert de jeans, musculosa, Vans negras, se pone los Ray Ban, paga, se levanta, y con toda la fuerza de su garganta, de sus pulmones, de su alma y de los gases de la cerveza ERUCTA como para que lo escuchen en Timbuctú y entonces me pongo de pie y lo aplaudo, le grito “thank you man”, me manda un “like” con su pulgar y desparece por la callejuela.

  • BORDEAUX

    Es septiembre, es 1979, es Bordeaux. Estuve diez días trabajando en la vendimia en Saint Emilion. Estoy curtido, bronceado, me duele la espalda, mis dedos con apósitos por cortes con el “cicateur”. Estoy enamorado de Claire, compañera de trabajo, poetisa, estudiante de sociología. Claire era de Charente, la tierra donde se produce el Cognac. Allá nos vamos y entre cavas de piedra y telarañas colgando de techumbres que cobijan toneles y alambiques, laberintos de cobre y chimeneas de ladrillos; una noche helada y de luna llena, habíamos terminado de comer en la pequeña terraza del galpón de una granja reciclada que nos prestaron,

    ¿Viste al ángel, Alejo?

    Lo estoy abrazando.

    No en serio.

    Ahora lo estoy besando, es mi ángel de la guarda.

    Los ángeles son asexuados.

    Creo que tienen sexo, y al menos para mí, el ángel de la guarda es mujer.

    Luego algo pasó, seguimos hablando, riendo, bebiendo y nos fuimos a acostar.

    No duermo profundo los días de luna fuerte. Me desperté en la mitad de la noche y Claire estaba en la cornisa de la ventana, mirando a la luna; fumaba. Me acerqué a ella.

    Aquí en Charente, me cuenta, cada vez que termina la destilación, en el momento que el agua arde y se transforma en agua de vida, se produce la magia alquímica, ese instante lo conocemos como “la parte des anges”.

    Nos abrazamos y dormimos luego hasta media mañana.

    Nunca sé si alguna mujer me entiende cuando me refiero al aura femenina que todo hombre tiene. Detesto la palabra conquista, pero el machismo existe y la mujer desea ser conquistada. Me espanta la posesión, pero deseamos poseer y ser poseídos. La cultura nos marca un arquetipo masculino que requiere de otro femenino. Cuando el brujo de Viena dice no saber qué quiere una mujer ¿está dudando de los arquetipos o habla como un tanguero de los años 40?

    Pascal Quignard se pregunta ¿qué hace madurar la música, en el corazón del músico? ¿qué infla el sexo del hombre que mira a una mujer? Es una ilusión, eso es. Eso mendiga. Por eso los amantes tienden las manos, extienden las manos uno hacia el otro, porque mendigan.

    Cada vez que pienso en Francia, no se me presenta la torre Eiffel, el Louvre o un restaurante, sino el campo, Claire y yo cosechando racimos de uva y arrojándolos a una batea de plástico, un pastor arreando sus ovejas por un camino de tierra, a la vera del cual crece la “garrigue” y que se pierde en una loma que termina en una iglesia abandonada y un campesino, un jornalero, pobre, bajo, tosco y hosco, carpiendo encorvado los surcos de su quinta, solitario, vestido siempre con su ropa de trabajo azul, su boina y sus alpargatas raídas. Cuando lo recuerdo, siempre pienso en Heráclito, recostado en las terrazas de Éfesos, mirando hacia el mar, pero pensando en un río, tratando de entender.

  • RELACIONES INTERNACIONALES

    Es París, es la década del 30, es el 37 Avenue de l’Opera, es la papelería Brentano’s donde la Embajada de la República Argentina se surte de elementos para escritorio, papeles, tinta, cuadernos donde dejar constancia de las recepciones oficiales.

    Tengo el “Dinner Party Record Book”, donde se registraron, desde el 6 de enero de 1931 hasta el 28 de noviembre de 1934, los almuerzos y comidas que se celebraron en honor de distinguidos argentinos y extranjeros. El cuaderno de tapas de cuero y hojas con bordes en oro, está compuesto por folios dobles, el de la izquierda dice “Plan of the Table”, en el centro tiene trazado un rectángulo: “The Table”, donde se escribirán los nombres de anfitriones y agasajados, y un espacio a pie de página con “Remarks”, el de la derecha dice: “Where given, Date, Occasion”, en el encabezamiento y en la página dividida en dos, se lee en una columna “Guests Present”, y por debajo “Unable to attend”, en la otra “Menu”, seguido de “Wines” y a pie de página “Particulars of Table Decorations”.

    Me detengo en la hoja fechada el 15 de abril de 1933, hay ese día un almuerzo en honor del Presidente de la República francesa Monsieur Albert Lebrun y del Vicepresidente de la República Argentina Doctor Julio Roca hijo, a ser servido en el 39 Avenue Pierre 1er de Serbie. El menú consta de: Trucha Salmonada al Champagne y papas al vapor

    Costillas de cordero Maintenon con puré de alcauciles

    Poulardes Rose Marie con corazón de lechugas a la aurora y

    espárragos verdes en salsa de muselina

    Bombe Francillon y Couques

    Los vinos, Jerez Marqués del Mérito

    Chateau D’Yquem 1929

    Chateau Lafitte 1877

    Champagne Pommery Grenot

    Alrededo de la mesa, además de Lebrun y Roca (h), 20 invitados, son huéspedes del Embajador Tomás Le Breton y su esposa Estela Pereyra Iraola. Miguel Ángel Cárcano, Manuel Malbrán y varios funcionarios que han hecho una parada en París antes de dirigirse a su destino final: Londres, donde el 1 de mayo se firmará el Pacto Roca Runciman al que seguirá el Eden Malbrán. Pacto que consolidará, desde el punto de vista económico, la adscripción de la República Argentina al Imperio Británico, como corolario de la matriz que marcó para siempre desde el despótico y absolutista gobierno de Juan Manuel de Rosas, la preeminencia del Buenos Aires ganadero sobre el resto del país, y que provocó que el senador Matías Sánchez Sorondo dijera “aunque esto moleste a nuestro orgullo nacional, si queremos defender la vida del país, tenemos que colocarnos en la situación de colonia inglesa”.

    Otro hubiera sido el derrotero nacional y democrático de haberse seguido el camino emprendido por Francisco Hermógenes Ramos Mejía y Ross y de su mujer Antonia de Segurola que en 1811 cruzan el Salado, le compran las tierras a los aborígenes, fundan la estancia Miraflores donde se los educará y enseñarán las tareas de la agricultura, la administración y la vida democrática. Rumores de que Ramos Mejía impartía sacramentos entre los aborígenes, alertaron al celoso credo católico, que moviliza al gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez a escarmentar tamaño sacrilegio, quien apoyado por el omnipresente, vengativo y despótico Rosas, confina a Ramos Mejía a prisión domiciliaria en su estancia de Tapiales (hoy Mercado de Abasto) donde morirá a los 55 años y a cuyo hijo, Rosas hará decapitar mediante un carro que le pasa por el cuello en Córdoba.

    Rosas es el verdadero padre de la patria, creador de la grieta y militante de una manera de gobernar, que imitarán Perón y Kirchner. Si la casta rosista estuvo formada por estancieros amigos y al resto prisión y choclo en el culo, la casta peronista se consolidó con sindicalistas resentidos y empresarios amigos del poder y la casta K intentó afianzrse y quedarse con todo acompañados por montoneros decadentes, narcotraficantes, sindicalistas venales, jueces corruptos y políticos charlatanes y obsecuentes.

  • JUST DO IT

    El 2 de agosto de 1850 David Dudley Field invita a Herman Melville (1819-1891) a un pic nic en Stockbridge, Lenox a realizarse el 5 de agosto. En esa reunión campestre conoce a Nathaniel Hawthorne (1804-1864) de quien dirá, “el cerebro más grande junto con el corazón más grande de la literatura norteamericana”. Por su parte Nathaniel Hawthorne, el 7 de agosto le escribe una carta a un común amigo, Horatio Bridge: “Melville me cayó tan bien que le pedí que viniera a pasar unos cuantos días conmigo antes de dejar estas tierras”. A su vez Melville escribirá en Literary World los días 17 y 24 de agosto, “No digo que el Nathaniel de Salem sea más grande, ni tan grande como el William de Avon. Pero la diferencia entre ambos no es en modo alguno desmesurada. Con no mucho más, Nathaniel habría sido ciertamente William”.

    En el picnic, entre otras muchas cosas y un acercamiento espiritual a primera vista habían hablado sobre la posibilidad de que los Estados Unidos produjeran un escritor de la talla de William Shakespeare.

    Los Estados Unidos, hasta 1850 habían provocado la existencia de Washington Irving (1738-1859), James Fenimore Cooper (1789-1850), Thomas Waldo Emerson (1803-1882), Henry Wordsworth Longfellow (1807-1882), Edgar Alan Poe (1809-1849), Henry Thoreau (1817-1860), Walt Whitman (1819-1892), faltaba poco más de un año para que Harriet Beecher Stowe (1811-1896) publicara su primer libro “La Cabaña del tío Tom” y por supuesto los dos escritores que comenzaron su entrañable amistad en ese picnic.

    Con ese bagaje, que con el tiempo alcanzó la gloria, pero que hasta ese momento, salvo la consagración internacional de Longfellow, y la fama y éxitos de venta de Irving y Cooper, no era demasiado auspicioso, atreverse a competir con Shakespeare, es cuanto menos sorprendentemente audaz.

    Contemporáneos a aquellos escritores norteamericanos, aquí en las Provincias Unidas se había provocado la existencia de Esteban Echeverría (1805-1851), Florencio Varela (1807-1848), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), José Marmol (1817-1871), Vicente Fidel López (1815-1903). A ninguno de ellos se le ocurrió compartir un picnic, (cosa de mujeres), hablar elogiosamente del otro (a ver si piensan que la miro con cariño) y desafiar a Miguel de Cervantes Saavedra con una obra producida en el país.

    ¡Qué picnic! y ¡qué tertulia literaria!, ésta siempre ha sido tierra de machos, de cuchillos, de Juan Manueles y Juan Domingos, de mazorqueros y montoneros.

    De una manera vertiginosa desde 1820 y hasta 1852 la escena político cultural del país bailó al ritmo que le impuso el señor de Palermo que desde los 13 años con la primera invasión inglesa participó en hechos militares y su figura ascendente tanto bajo el mando de Liniers, de Dorrego, de Martín Rodriguez lo consolidó como el caudillo que podía al mismo tiempo encauzar la anarquía reinante, poner un freno al asedio constante de pampas y ranqueles y administrar con espíritu empresario sus enormes extensiones de campo. Su aporte a las letras argentinas fueron “Las Instrucciones a los Mayordomos de Estancias” que escribió en la década del 20, pero que fueron publicadas en 1856 cuando se encontraba exiliado en Southampton, Gran Bretaña.

    “Moby Dick comienza con los 80 epígrafes o extractos, que son colgajos o fragmentos de la aventura marinera del capitán Ahab al mando del Pequod, esa suerte de Arca de Noé de nacionalidades múltiples de la mamífera especie humana en obsesiva búsqueda del Sperm Whale o cachalote en el infinito mar que tanto me aterra. (El mar que me aterra: la esencia misma de mi ornitorrancia).

    Me detengo en sólo algunos de esos extractos:

    “Y Dios creo grandes ballenas”. (Génesis)

    “Leviatán hace que brille una senda tras sí; se diría que el profundo mar es cano”. (Job)

    “Con artificio se crea ese gran leviatán llamado Confederación o Estado (en latín Civitas) que no es sino un hombre artificial”. (Hobbes)

    “España:una gran ballena varada en las playas de Europa”. (Edmund Burke)

    ¿Cómo leo esto?

    Por un lado “Las Instrucciones a los Mayordomos de Estancias” de Rosas, se pueden leer como una introducción a lo que fue su tiranía de los más de 20 años fundantes del país, donde el “ojo” del Estado supervisaba todo de manera obsesiva y se metía hasta con una mazorca en el culo de quien no acatase lo establecido.

    Por otro lado leo “Moby Dick” como una alegoría del Estado (leviatán, es sinónimo de ballena) y de cómo cuando las ideas devienen ideología, requieren necesariamente de un caudillo, (el capitán Ahab) obsesivo, autoritario, fanático que en su locura lleva al Pequod a la destrucción y a su tripulación a la muerte, de la que sobrevive el narrador Ishmael aferrado al maderamen de un ataúd.

    Vendrá luego la devastadora Guerra Civil en los Estados Unidos que generará con el tiempo un grupo de intelectuales Oliver Holmes (1842-1935), William James (1842-1910), Charles Peirce (1839-1914) y John Dewey (1859-1952) entre otros que sostuvieron que las ideas no deben devenir ideología para justificar un estado de cosas considerado por el régimen como dogma y a su lider, o a su mera evocación, como indispensable al “destino trascendente de la nación”, tal como lo expresa Louis Menand en “El Club de los Metafísicos: historia de las ideas ven los Estados Unidos”.

  • LOS CIRUJAS

    Un hombre golpeado en un ojo, vestido con ropas sucias, tirado en la calle, cercano a las vías del tren, me transportó al primer ciruja que vi cuando era niño. Caminaba, entonces, aquel hombre barbado, ensangrentado en la cara, abrigado con un largo tapado gris y descalzo. Me quedé mirándolo por la ventanilla trasera del Chrysler negro que manejaba mi padre, hasta que una curva lo sacó de foco, pero no de mi impresión.

    Al rato, un hombre en una motoneta, con gorra con visera salía de la sede de la Unión de Estudiantes Secundarios, en Nuñez. Un vigilante detuvo el tránsito y le dio paso.

    “Es Perón”, dijo mi padre, “este tipo nos va a llevar a la ruina”. Me imaginé a los cuatro que íbamos en el auto, caminando como cirujas, esto pudo haber sido en 1953 ó 1954.

    Hubo también, durante años, un hombre muy viejo, que se sentaba en un banquito plegable, abría una gran valija de cuero y exhibía pulseras, aros, relojes y así quedaba casi inmóvil, hasta el atardecer, vendiendo sus productos. No era un ciruja, pero también me parecía extraño.

    Dos borrachos correntinos, que dormían en un hueco de un ombú, poblaron por un tiempo los días de futbol y escondidas. Al acostarme tenía la costumbre de rezar, en ese ritual había un ruego por ellos y otros “desamparados”.

    La “Loca María” deambulaba por la estación San Isidro, siempre portando un embarazo animal. También estaba, la señora plena de bolsas y ojos celestes sentada en los umbrales cercanos a la Catedral . Tenía una sonrisa que acentuaba aún más su tristeza. Comentabanque había estado casada con un médico notable. Un día como todos los que habitan la soledad de las calles y la noche, desapareció.

    Siguieron después, en los viajes de la adolescencia por los caminos de América Latina, los cientos, tal vez miles de parias callejeros que llevaban la muerte al descubierto, casi descaradamente, no así el ¿por qué? de su abandono, que muchos explicaban por la Standard Oil, la United Fruit Co., el Rock’n Roll, y yo siempre pensé que era, en gran parte por una prédica constante exhaltando la pobreza como camino hacia Dios.

    Hubo uno en Londres, a la vuelta de casa, siempre ebrio, sucio, casi loco, que un día vi que lo subían a una chirriante ambulancia, tal vez al hospital o la morgue. Vi muchos en París, bajo los puentes del Sena, son los que llaman “clochards”. Eran iguales a los de las películas en blanco y negro. Fueron (son) millones en India. Abundan en New York y en zonas elegantes de Los Ángeles y San Francisco, son los mismos que retrataron Velázquez y Goya. Salvo los de la India, que parecen obedecer a una búsqueda espiritual, para mí, incomprensible o a una aceptación de un destino merecido por lo hecho en vidas anteriores, forman parte de la Comedia Humana. Son como perros vagabundos, A veces me recuerdan a Macedonio Fernández, abogado, que tras la muerte de su gran amor se echó a andar los caminos, otras a Néstor Sánchez, escritor, abandonado, errando por las calles de New York, como buscando las palabras de nuestra condición efímera.

    Los cirujas tienen algo de Bartleby, de Wakefield, de Whitman. Dan la impresión de llevar sobre sus hombros todo el peso de la humanidad sin sentido. Hoy no intento comprenderlos; los acepto como la chatarra de hierro obsoleta que luego de fundida dará origen al pulido acero. Algo les produjo una herida que les impidió luchar y triunfó el abandono y después, como también les ocurre a los reyes, la tristeza y el solitario e inapenable final.

  • NEW YORK 2003

    Tenía, más bien debía, es más, es lo único que todos esperábamos de ella: grande, obesa, negra, con anteojos, uniforme y gorra del New Jersey Transit; me recordó a Toni Morrison, tal vez, porque además, yo había abordado el tren en Morristown, rumbo a Penn Station, New York. Cuando se esperaba de ella “tickets please”, dijo, mirándome a los ojos “what’s your secret?”, ahí entre Chatham y Summit, mientras mi vista iba desde los jardines poblados de robles, abedules y maples añosos en las casas linderas a las vías, hasta la patilla rota y adherida al marco con cinta transparente de los anteojos del señor de elegante traje azul, camisa blanca y corbatas a rayas celestes y beiges, que leyendo el New York Times, sin inmutarse y perfumado estaba sentado frente a mí.

    “Everybody has a secret”, repitió ya perdiéndose en el otro coche. Mi pensamiento iba desde los operarios latinos y sin documentación que se agolpaban en el playón de la estación de Morristown a esperar que llegaran los camiones que los llevarían a trabajar en la construcción y a la conversación durante el desayuno mantenida con Meg y su marido, demócratas y partidarios de la libre inmigración y a la que mantendría con Patricia, republicana, una “wasp” pura y orgullosa de serlo, durante el almuerzo al cual estaba yendo. Mi asombro fue tal como si al ir a ducharme, en vez de sentir el marmol, mi pie se hubiera apoyado en una superficie de plumas. Había estado pensando también, porque el pensamiento es como un racimo de uvas, mientras pasaban Convent Station, Madisoin, Chatham en el muelle de Pacheco, en la estación Anchorena, frente al río en la ciudad de San Isidro y en “El Ombú” de La Lucila, cuando intespestivamente, como una catástrofe, no del tipo caída de las torres gemelas, hundimiento del Titanic, Oscar López de Curuzú Cuatiá clavando su bayoneta en Peter Morris de Leeds y viendo como del pecho partido manaba un chorro de sangre en la batalla de Mount Longdon; sino de esos cataclismos verbales o gestuales: la mano enorme del portero de la funeraria, donde velaban a su padre, cubriendo el rostro infantil de Eva Duarte, impidiéndole la entrada porque ese era el velorio de la “familia de verdad”, o del tipo: “también murieron argentinos y no sólo judíos, en el atentado a la Amia”, como dijo un senador; o “negro de mierda” como se dice en el país, cuando se quiere agraviar a alguien. Así, de esa manera me golpeó el “everybody has a secret”.

    Caminé por Broadway hasta The Strand (18 millas de libros), encontré, como siempre, lo que buscaba y mientras me dirigía a Shakespeare and Co., sólo veía icebergs. El 90 por ciento de lo que a cada uno de nosotros nos conforma, está bajo la línea de flotación. Mientras recorría los estantes del subsuelo y volvía a encontrar lo que había ido a buscar, miré a mi alrededor, y la cara de la mujer de vestido violeta, cara de por lo menos 30 años de matrimonio, que me sonrió y dijo “Hi!”, como siempre hacen los estadounidenses cuando uno fija la mirada en ellos por unos segundos más de lo que consideran necesario en el pasaje de un objeto a otro y yo sonreí y contesté de la misma manera, sobrevoló el “everybody has a secret”.

    En la caja, la de violeta se encontró con la otra parte de los 30 años y otra vez Helen y Jim o Peggy y Malcolm o como carajo se llamaran y la cajera diciéndome “have a nice day” y todos los miles que caminaban por Broadway hasta Prince eran témpanos a la deriva, derritiéndose en el verano caluroso de New York. Esquivando picos nevados e imaginando que la señora que recién había pasado, guardaba escondido en el fondo de la bolsa de papel de la compra en el Farmer’s Market de Union Square, de la que sobresalían puerros y hojas de lechuga, un consolador, grueso, negro, rugoso, y que el gordo con la remera con la lengua de los Stones, caminaba “with a knife under the cloack”, con el que degollaría esa tarde, en el Bronx a su amante cubano, seguí adelante, ya sudando en ese glaciar de secretos: las ciudades como galpones de secretos, los edificios como containers de secretos, la historia universal como una enmarañada jungla de misterios.

    ¿Qué secretos se llevaron a la tumba mi madre y mi padre?

    *******

    Después de almorzar en Café Fanelli, en Mercer y Prince, Patricia me acompañó hasta Three Lives and Co.

    ¿Entonces vos crees que cerebros y corazones esconden otra realidad?

    Creo, Patricia, que más allá de lo que decimos hay algo más que motiva todo lo que hacemos, y ese es el secreto, aun para nosotros mismos, quiero decir que además de mis ganas de verte y de pasear por esta ciudad que amo, hay algo que me impulsa a venir que tiene que ver con eso que llamo secreto.

    Y el tuyo ¿cuál es?

    Patricia subió al taxi, y con la mano como si fuera una pistola, le apunté. Sonreímos. Entré en Three Lives. Volví a encontrar lo que buscaba y caminé luego por Broadway y la 5a Avenida hasta Central Park y me tiré en el pasto mirando hacia el Plaza. Ahí nomás, a pocos metros, en el 240 de Central Park South, yo había alquilado unos años atrás un departamento. Era 31 de diciembre entonces, estaba helado después de intensa nevada. Había sido mi primera vez en New York. Estaba fascinado. La recorrí siguiendo los pasos de Peter Stillman, es decir Paul Auster me guió, como Pessoa en Lisboa, como Joyce en Dublin, como siempre Borges en Buenos Aires.

    Siento a Central Park como el ombligo de New York. Tirado en el pasto, la cresta de los edificios parecen girar y me reducen a una pelusa en el pliegue de ese ombligo. Pensé en frío, en parque blanco, en noche ventosa, en soledad abyecta, en abandono, en pordioseros y en los 375 dólares que Néstor Sánchez (1935-2003), encontró en una billetera que le estaba destinada en algún lugar del parque. En ese tiempo, sólo había leído de Sánchez, “La Condición Efímera” y cuando mucho después leí “Hawthorne” que Sánchez había publicado en 1970, comprendí que “Wakefield” de Hawthorne, era Néstor Sánchez, pordiosero, cumpliendo con el deseo, que es parte del iceberg, que tras una sonrisa, los aplausos, el premio, la consagración, hace, sin embargo, que cuando menos uno se lo espera, ése, el consagrado se pega un tiro, huye al desierto, se hace vagabundo, se arroja al mar desde un acantilado, deambula por New York durante siete años, por la misma razón por la que “econtró”, Sánchez, los 375 dólares, o por similar razónpor la cual, me dedico a viajar, o el colibrí a quedarse suspendido frente a la flor de hibiscus, o el cóndor a planear dibujando un invisible laberinto en los Andes.