Autor: alejandrofrango.com

  • OPINIÓN DE AXEL SELLARS SOBRE LAS IDEAS Y LOS HECHOS

    Los conceptos son al pensamiento como los planos al edificio. Los hechos son los ladrillos con los que se construye. Quedarse con el plano y creer que ya tenemos el edificio es construir castillos en el aire. Alfred North Whitehead (1861 – 1947) expuso una brutal, aunque interesante síntesis del pensamiento filosófico occidental: La filosofía no es más que una nota a pie de página a lo escrito por Platón y Aristóteles. Es decir Realismo y Nominalismo.

    La iglesia católica tomará de Platón la superioridad jerárquica de la idea por sobre los hechos. Los que se oponen a esta concepción recibirán el nombre de nominalistas. En el sentido filosófico medieval eran realistas todos aquellos para quienes la “idea” (el arquetipo platónico) es más verdadera que la realidad misma que supuestamente expresa. Para los nominalistas, la idea existe, pero como un instrumento que no tiene vida en sí misma, sino sólo en función utilitaria.

    Hago esta larga introducción -decía Axel- porque creo que la Argentina es un país platónico; la idea que tienen sobre ustedes mismos es superior a la realidad: país rico, condenado al éxito, europeos en el exilio, Buenos Aires, la París de Sudamérica, se impone sobre país con más de la mitad de la población pobre, inflación de tres dígitos anuales, conurbano porteño e interior del país poblado de villas miserias.

    Los sajones en general, pero en particular los británicos son Aristotélicos (les recuerdo que Axel Sellars es australiano), para ellos lo real no son los conceptos abstractos, sino los individuos. Les recomiendo la lectura de “El Ruiseñor de Keats”, Borges, of course.

    Creo en absoluta oposición a la Iglesia de Roma, a la Comunidad Organizada Peronista, que primero está el individuo, ese ser humano con nombre y apellido que tiene cerebro, corazón y genitales todos a ser desarrollados en la medida de lo posible con libertad, en armonía y respeto por los otros: luego viene la Constitución, las leyes, las obligaciones, derechos y garantías a los que el individuo acuerda someterse en función de la paz social y recién en último lugar los funcionarios, en quienes los individuos delegan tareas públicas, por eso son “public servants” es decir sirvientas y sirvientes públicos y no monarcas absolutos.

    En esa concepción fluida, pragmática, cambiante, están además de Aristóteles (“la única verdad es la realidad”), el Renacimiento, la Gloriosa Revolución inglesa, la Ilustración cuyo apotegma “Sapere Aude” (Atrévete a Pensar), no es más que la renovación del “cogito ergo sum” cartesiano, que ha permitido la Revolución Americana, la Revolución Francesa, el Liberalismo.

    Cuando Perón dice “la única verdad es la realidad”, no piensa en los nominalistas sino en los realistas, da por sentado que la realidad está enmarcada en las 20 verdades peronistas ¡¡¡¡¡20!!!!! y san se acabó. Ni Moises se atrevió a tanto. Por supuesto el mejor intérprete es el lider (Fuhrer, en alemán), como para que nos demos cuenta.

  • LA LUNA

    Es julio, es 1969, me encantó lo del astronauta Armstrong: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. Todavía me subía al techo a mirar las estrellas. ¿Cómo se vería la tierra desde allá? ¿Cómo seguiría la vida del primer caminante sobre la luna, al volver a su barrio e ir al supermercado? ¡Qué infinita distancia!, allá la luna, aquí el medieval Onganía. Pensé por entonces, que la única potencia imperial que habíamos tenido que soportar, había sido la Iglesia de Roma. Fue a partir de entonces que vi a la cruz, como el símbolo de ese imperio oscurantista, que por siglos venía dominando mentes y cuerpos de millones. La iglesia tenía la red de sucursales más vasta de la historia, desde las fastuosas, imponentes catedrales de Colonia, Notre Dame, Chartres, Burgos, Santiago de Compostela, Estrasburgo, hasta pequeños galpones en villas y asentamientos. El mismo mensaje en colegios y universidades: la constante prédica del pobrismo, la limosna, el asistencialismo, el pastor y el rebaño. Toda esa retórica de pueblo, masas, toda esa grey, ese rebaño -me dije- es la contrapartida de los individuos que leo, estudio y admiro hasta cuando discrepo: todos los filósofos, literatos, poetas, músicos, pintores, se aíslan, se encierran, se ponen a trabajar en silencio y ahí, en esa soledad se encuentran con su pueblo, se nutren de él, son parte del mismo, lo llevan en su torrente sanguíneo, en sus voces. El que se aísla para pensar, es el emergente de esa Sociedad Anónima: su aislamiento es social: hoy seguimos leyendo a Heráclito, nadie recuerda al monopolista de aceite de oliva de Éfesos; y mucho menos al comprado diputado que legisló a su favor.

    El tiempo más prolongado que pasé fuera del país, fueron cuatro años (1978 – 1982). Si bien las fechas del largo viaje, coinciden con la época de la dictadura militar, no obedeció el mismo, prima facie, a una situación personal. No soy un ex exiliado político. Las pasiones y luchas políticas nunca me cautivaron, no obstante, nunca me fueron indiferentes. Soy hombre de libros y de viajes, no de militancia. La palabra militancia, de cualquier tipo y en cualquier bando, me huele a obediencia, orden cerrado, escalafón jerárquico, supeditación de lo individual a lo colectivo: primero la patria, después el movimiento, luego los hombres. Los cuerpos militares, las órdenes religiosas, abundan en exaltar el espíritu de la colmena; mi relación con las abejas empieza y termina en mi gusto por la miel. El más contundente ejemplo que se me ocurre, para ilustrar tal punto, es ese oxímoron “Cristianismo y Revolución”, la revista que se publicó entre 1966 y 1971 dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio. No puede haber nada revolucionario asociado a la institución que por más siglos ha sido la expresión del PODER ABSOLUTO. La revista de gran predicamento entre gente muy joven, sensible, por lo general educada en colegios católicos, propiciaba un cristianismo comprometido con los humildes,, los desposeídos, los marginados. Veía al Che Guevara como una suerte de Cristo del siglo XX. Tal vez el padre Mujica fuera el mejor ejemplo de ese compromiso social. Compré, leí y subrayé varios ejemplares de esa revista. Pensé de Ernesto Guevara que cumplía con ese arquetipo con el que muchos se identificaban, pero siempre me pareció más Jesucristo que Pablo de Tarso y creo que si uno busca el poder, hay que ejercerlo cuando se accede a él y no sacrificarse para que te idolatren. Conversé dos veces con el padre Mujica. Escribí espantosos poemas en esa sintonía. Llegué incluso a ir a La Rioja, charlé con el Obispo Angelelli y pasé 15 días en Olta con mineros de la zona. Leía a Paulo Freyre, Franz Fanon, Herbert Read, Stanley Moore siempre en jardines al lado de la pileta en casas de La Lucila y San Isidro. Calzaba mocasines de Guido, James Smart traía trajes y sobretodos a casa. Estudiaba derecho, usaba traba de corbata, soñaba en inglés: el mamarracho, el esperpento era tal que mi padre solía llamarme Carlos Marx Mounbatten Windsor y prorrumpía en carcajadas que hasta hoy las escucho.

    Nunca fui a colegio religioso alguno, comulgué dos veces en mi vida, a los 15 le dije a mi madre que no iba más a misa y si bien ella continuó yendo todos los domingos hasta los 85 años, no hubo objeción a mi planteo. Mi padre no fue jamás. Mi educación primaria fue en un excelente colegio bilingüe de Olivos, que ya no existe, mi educación secundaria y universitaria fue en la educación pública.

    Cada vez que escucho una reivindicación a la militancia de los 70 en ámbitos Recoletos o Palermitanos que se definen hoy como pertenecientes a la clase media alta, se produce en mí una reacción que me hace abrir la ventana, salir al balcón, subirme a la canastilla del globo aerostático y me dejo ir a Capadocia o Abu Dabi y no escucho más nada y quedo ahí suspendido, hasta que regreso y digo que sí, que con mucho gusto acepto otra copa de Dom Perignon.

    Pero en una segunda instancia, no me sentía a gusto en un país que se preparaba para ser sede del mundial de football, y donde todo iba a estar pleno de colores patrios y nacionalismo exaltado y orquestado por una Junta Militar que festejaba, torturando y arrojando argentinos al mar desde aviones en defensa de la sociedad occidental y cristiana.

    Época dificil la de los 70; la peor que viví en el país: violencia, secuestros, cruzados fundamentalistas por doquier. Nunca entendí la teoría de los dos demonios: ambos bandos abrevaban en la misma fuente: el catolicismo inquisistorial con su tolerancia cero a quien osara poner en tela de juicio la verdad. El padre Mujica y el general Videla le rezaban al mismo Dios.

    “Religión o Muerte”, era una consigna de la montonera federal: liberales como Rivadavia, Echeverría, Alberdi, Sarmiento morirían en el exilio en España, Uruguay, Francia y Paraguay.. Tengo para mí, que la década del 70 fue una suerte de orgasmo orgiástico que terminó en un Woodstock no de sexo, barro, porro y rock n’ roll, sino de balas, sangre, torturas, cárcel, fusilamientos y secuestros como corresponde a cuerpos inmaculados que persiguen verdades absolutas.

    Pleno de contradicciones, partí a un recreo de cuatro años y comencé una etapa de liberación de lo argentino. Eventos gastronómicos, pequeñas empresas, estudio de Adam Smith, Jeremy Bentham, Thomas Hobbes, John Locke, David Hume, Michel de Montaigne, el Barón Holbach, Ludwig Wittgenstein, oficios varios, amores pasajeros, y y un largo viaje de seis meses por India.

    Vi al país como algo muy lejano, por momentos espantoso, infantil, quejoso, fundamentalista; por momentos entrañable. Comprendí que el espacio era un privilegio cuya carencia se siente en Europa. Me sorprendió descubrir que Gran Bretaña tiene la misma superficie que la provincia de Santa Cruz (243.000 km2). Allá hoy (2020) viven 66 millones de personas, en Santa Cruz, subsisten mal y dependientes del estado 320.000; un poco más que los que poblamos los 48 km2 de San Isidro. Pienso en Alberdi “No sean ciegos, no son dos partidos, son dos países, Buenos Aires y el resto”.

    Noté que ser argentino, podía ser una rareza, varias veces me dijeron que yo era el primer argentino que conocían; un médico en Asís, me preguntói si sabía lo que era una aspirina, que la tomara con confianza; un monje benedictino inglés, se expresó sin tapujos “me imagino lo que debe ser la iglesia católica en Argentina”; un estudiante de derecho en Francia, cuando le dije mi nacionalidad, me preguntó si yo era hijo de un diplomático, ya que hasta entonces, había supuesto que los argentinos eran de raza negra, (sumó dos prejuicios en una sola expresión).

    Me agradó haberme desterritorializado, y un día en 1982 regresé en barco, quería tener la experiencia de lo que podrían haber sentido tres de mis abuelos nacidos en Europa. Al final del verano austral, me levanté temprano, salí a cubierta, olí Río de la Plata.

    Recién instalado en un pequeño departamento en La Lucila, bajé una mañana de abril a comprar medialunas para el desayuno y el panadero gallego haciendo alarde de un ignorante desparpajo me comunicó que estábamos en guerra. Ante mi sorpresa, me dijo que habíamos tomado Las Malvinas, y que entonces sí, por fin nos habíamos puesto de pie. Lo más terrible fue que no sólo era el sentir del panadero, sino el de millones de ciudadanos. Uno de los informes del Embajador británico en Chile, sobre el entonces Canciller argentino Costa Méndez, decía: “logró realizar el acto imposible de ser nacionalista de derecha a la vez que anglófilo”. Hubo personas que hasta basaban el seguro triunfo argentino, en el excelente inglés que hablaba el Canciller del gobierno militar. Si bien esa excelencia era discutible, costaba entender el razonamiento, pero éste, tenía una larga tradición en el país. Recordé entonces, que la escritora Silvina Bullrich se jactaba de haber leído El Quijote, primero en francés y después en español. No pongo en duda que tal barbarismo hubiera sucedido, pero enorgullecerse por ello, da idea de la tilinguería que ello significa.

    Cuando un ciudadano se entera por el panadero, que su país está en guerra contra Gran Bretaña, el resultado de la misma, parece cantado. Esa superficialidad en atribuir destreza diplomática por “dominar el idioma del enemigo”, o pretender distinción por leer una obra clásica y genial en traducción, siendo el lector, parlante de la lengua en que fuera escrita, son algunos de los motivos por los que creo que nuestra crisis es erótica; esa falta de respeto por la racionalidad, es para mí, faltar a la dignidad humana, que termina siendo falta de amor y que engendra como contrapartida una suerte de nacionalismo patotero.

    La guerra pasó, como tantas otras cosas y la vida siguió, al menos para el General que la inspiró, el Canciller que la vociferó en “excelente” inglés y alrededor de 1000 jóvenes murieron. Sin duda había llegado a casa y nada había cambiado. La Argentina es la Calesita.

    Comencé a recorrer Buenos Aires, como había recorrido otras ciudades del mundo, como si fuera un extranjero que con tiempo libre se dedica a vagar por la ciudad tratando de entenderla. Había días que recorría Paternal y Chacarita, otras Parque Chas, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, a veces rumbeaba para Belgrano y Devoto. Visité San Nicolás, Montserrat, San Telmo, Barracas, La Boca, Balvanera, Almagro, Boedo, Flores, Caballito. Tenía la absurda ilusión que en otros barrios que no fueran el mío, podría encontrar la clave de nuestra manera de ser. Comprendí, sin embargo, que había historias para contar y fui diseñando circuitos, que a la larga resultaron una fuente de ingresos ya que comencé a dedicarme a guiar extranjeros por Buenos Aires.

    A diario voy a mi puesto de vigía, que es el muelle de Pacheco en San Isidro, que es el magnífico lugar en el que vivo. Observo desde el muelle, la carencia de puentes, y es lógico, 70 kilómetros nos separan del punto más cercano, Colonia; más de 200 en la desembocadura. Creo que si la ciudad se hubiera desarrollado a la vera de la cuenca Matanzas – Riachuelo, estaría surcada por innumerables puentes de una a otra orilla. Habría “Rive Gauche” y “Rive Droite”, ya que tanto nos ha gustado comparar a Buenos Aires con Paris. Los puentes son lazos que hermanan, los muelles son atracaderos, lugares para pescadores, poetas, enamorados. Amarraderos temporarios de barcos de pasajeros, lugares de carga y descarga. El muelle penetra en el agua, el puente es vinculación. El muelle es fálico, el puente fraterno. El muelle termina en el agua y el vacío, el puente une dos espacios que el agua separa. El muelle es final, el puente es un ida y vuelta. Buenos Aires está lleno de muelles en el Río de la Plata, pero está vacío de puentes. Algo de esto debe andar formando parte de nuestra manera de ser.

    En ciudades con puentes tengo siempre la sensación de estar caminando por una tela de araña, hay un tejido, a veces, laberíntico, pero sé que hay un centro. Sé que la araña está en ese centro, pero sé también que puedo eludirla, en los muelles, en cambio, no hay red, estamos la araña y yo. París, Londres, New York, no sólo permiten ese juego sino que son una invitación a jugarlo, pero donde se hace imperioso participar es en Venecia, ciudad en que la araña, el Minotauro, la memoria, el sin sentido, la conciencia que cada uno tenga de la historia se esconden en ochavas húmedas, o bajo la lona con parches que cubre una góndola que se mece sujetada a un pilote podrido que cruje. O pasa (la araña), cubierta por la niebla de las dos de la mañana y uno queda expuesto y se pierde entre puentes y sonidos que vienen de lejos y uno sabe que la araña está, sin embargo, hasta en Venecia, con mar, con monjes que caminan y con los antifaces y máscaras del carnaval sé que siempre la puedo eludir. En el muelle no.

    A Buenos Aires le falta un punto cardinal. El Este es el río, o la Banda Oriental. Sentimos esa carencia y abusamos -tal vez por compensación- del demostrativo ‘este’: este país, en este país, por este país, si en vez de este país. Me transformo en ‘este’ cuando ya no me aman.

    Punta del Este, es un refugio argentino. Quizás busque al río por el Este que nos falta. Quizás vengo al muelle de Pacheco a enfrentarme con la araña o con Funes, de tanta memoria.

  • HOMENAJE AL CINE

    Digo cine, digo magia, digo el cine York de Olivos, digo colegio primario, digo parte de mi historia personal, digo agradecimiento a quienes lo hacen posible, digo felicidad, digo Carlitos Chaplín y el Gordo y el Flaco. Habiendo dicho esto que sale del corazón, quiero decir algo que sale de los libros y algo que sale de la memoria de las películas que me impactaron.

    L. Witt, como me gusta llamar a ese gran filósofo (ver artículo subido el 11/10/25), amaba ir al cine a ver películas de cowboys (es decir westerns), me lo he imaginado mirando una película con alguno de sus novios y mientras transcurría una escena, estar pensando los apuntes que escribiría al llegar a su escritorio y que con el tiempo aparecerían en “Sobre la Certeza” ¿de qué cosa podemos decir que sé realmente? y subrayo el realmente, porque el cine es esa otra realidad sin sacarnos de nuestra realidad. Cuando viajo estoy en mi propia película pero para caminar por donde lo estoy haciendo; digamos el puente de Brooklyn o los senderos del Himalaya, tuve que hacer una cantidad enorme de movimientos: tener renovado el pasaporte, comprar un ticket, hacer una reserva en hotel, armar la valija, llegar al aeropuerto, hacer una fila, pasar por controles, soprtar al menos 10.000 kilómetros en el aire, decidir entre “chicken or pasta”, entre otras lindezas, en cambio, para experimentar el miedo que tengo de que ahí aparezca el que lo va a matar, sigo estando en mi butaca. En el viaje estoy en otra realidad, en el cine estoy en una realidad que no me es ajena (ya he venido a este cine muchas veces), pero ese sacudón inesperado del avión lo sentí como si hubiera estado en el asiento 18 E del vuelo 433 de tal compañía. Comenta Clément Rosset (1939 – 2018) en “Reflexiones sobre Cine”, que “El gran logro del mismo es ser el único arte en evocar lo real en persona y como “en directo”, sin jamás, no obstante confundirse con lo real. Si se confundiera con lo real, no sería sino una réplica indiscernible de lo real; pero si difiriera por completo de lo real no sería cine, sino un arte que se añadiría simplemente a las otras”. Iba por este camino que a veces algunos amigos me critican como enciclopédico y cargado de citas (tratándose de cine: Bergson, Benjamin, Deleuze, Lacan, Zizek, Chateau) y buscando entre mis libros sobre cine me topé con “Cine o Sardina” de Cabrera Infante y con “El Cine por Asalto” de J. P. Feinmann y me puse a releerlos, junto a otros dos, como a “salto de mata” como decía Paul Auster, el “Lacrimae Rerum” de Slavoj Zizek y el “Lynch por Lynch”.

    Quiero ahora hacer un rápido ejercicio de memoria y homenajear, porque de eso se trata, con mínimos comentarios y lo más espontáneamente posible, a las 20 películas que me surjan revolviendo en esa escritura mental que es el palimpsesto que me habita. Las presento ordenadas cronológicamente, esto sí con la ayuda de Google, aquí van:

    1. “The Servant”, de Joseph Losey, 1963, en blanco y negro con Dirk Bogarde, Sarah Miles, James Fox (recuerdo que la vi en el cine club “París” de Thistle Grove, South Ken en 1978), fue el York de Olivos en Londres.
    2. “2001, Odisea del Espacio”, de Stanley Kubrik, 1968, con muchos monos y el espíritu de Nietzsche sobrevolando.
    3. “Muerte en Venecia” de Luchino Visconti, 1971, con Dirk Bogarde nuevamente, Bjorn Andresen, Silvana Magnano.
    4. “Grupo de familia en un Interno” de Luchino Visconti, otra vez, 1974 con Burt Lancaster, Silvana Magnano, nuevamente y Helmut Berger.
    5. “El Padrino” de Francis Ford Coppola, la saga completa, 1972, 1974 y 1990 con Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Diane Keaton, Robert Duvall, para nombrar sólo a algunos.
    6. “Portero de Noche” de Liliana Cavani, 1974 con Dirk Bogarde (y es la tercera) y la inmensa actriz Charlotte Rampling.
    7. “Expreso de Medianoche”, de Allan Parker, 1978, con Brad Davis, John Hurt, que vi en Londres y que recordé llegando a Estambul en el Orient Express, y que antes de llegar decidimos con Fede tirar por la ventanilla hasta las aspirinas, por las dudas.
    8. “Apocalypse Now” de Francis Ford Coppola (y es la cuarta),1979 con Marlon Brando, otra vez, Martin Sheen, Dennis Hopper, Robert Duvall otra vez y que ví en París una tarde de lluvia contundente.
    9. “Draughtsman’s Contract”, de Peter Greenaway (todo un descubrimiento), 1982 con Anthony Higgins, Hugh Frazer, Suzan Crowley.
    10. “Bajo el Volcán”, de John Huston, 1984 con Albert Finney, grandioso actor, Jacqueline Bisset, Anthony Andrews.
    11. “Once Upon a Time in America”, de Sergio Leone, 1984 con Robert De Niro, James Wood, Joe Pesci, Elizabeth Mc Govern, entre muchos otros.
    12. “Brasil” de Terry Gillian, 1985 con Robert De Niro, otra vez, Jonathan Price, Bob Hoskins, entr otros.
    13. “El Extraño de Wetherby”, de David Hare, 1985 con Vanessa Redgrave, Ian Holm (ver artículo subido el 8/!0/25).
    14. “Blue Velvet”, de David Lynch, 1986 con Isabella Rossellini, Dennis Hopper nuevamente, Laura Dern entre otros, y la oreja.
    15. “Cinema Paradiso” de Giuseppe Tornatore, 1988 con Philippe Noiret y varios más. Y 15 bis “Shadowlands” de Richard Attenborough, 1993, con Anthony Hopkins, Debra Winger y las pongo a las dos juntas porque fueron las películas que mas me emocionaron y con ésta última rogaba que no encendieran las luces porque no podía parar de llorar.
    16. “El Cocinero, el Ladrón, su Mujer y su Amante” de Peter Greenaway, nuevamente, 1989 con Helen Mirren, Richard Bohringer, Michael Gambon entre otros.
    17. “Magnolia”, de Paul T. Anderson, 1999 con Tom Cruise, Julianne Moore, Phillip Seymore Hoffman, John Reilly, Jasson Robards, William Macy.
    18. “Fracture”, de Gregor Hoblit, 2007 con Anthony Hopkins nuevamente, Ryan Gosling estupendo actor, Rosamund Pike, bellísima mujer, Embeth Davidtz, también exquisita.
    19. “Ripley” de Steven Zailland, 2024 el mejor blanco y negro que he visto con Andrew Scott de increíble actuación, Dakota Fanning, John Flynn y la obra de Caravaggio presente y amenazante, brillante estética.
    20. “Black Bag” de Steven Soderbergh, 2025 con Cate Blanchette, divina, Marisa Abela, Michael Fassbender, Pierce Brossant el galán mas galanudo que he visto, las mujeres mueren por él, Tom Burke, Naomi Harris.

    NOTA: Soy injusto, más bien ingrato, esto fue lo que salió, me quedaron cientos de maravillosos momentos, tan sólo quiero recordar a los “olvidados”, los geniales creadores, Eisenstein, Hitchcock, Bergman,Fassbinder, Fellini, Buñuel, Godard, Tarantinto, Jarmush, Wenders y más, y por último como esto es u n homenaje de un ignoto espectador, quiero homenajear al cine argentino recordando el título de una película que no vi, ni veré, en la figura legendaria, casi centenaria, síntesis de esfuerzo, carácter, trabajo, perseverancia, identidad nacional que es la señora Mirtha Legrand en “Los Martes Orquídeas” 1941, su primera película a los 14 años, de Francisco Mugica, con Juan Carlos Thorry, Enrique Serrano, Zully Moreno, Nury Montsé y la INMENSA CHIQUI.

  • CODA FAMILIAR PARA COMPLETAR EL CUADRO

    Del abuelo portugués (de Goa, India), Miguel Santos da Fonseca y de la posible comechingona, Ángela Corvalán, nació mi padre Luis.

    Del abuelo catalán, Antonio Pallares, y de María Anette Podestá, de la isla de Córcega, nació mi madre Antonia.

    De mi padre aprendí que si uno quiere viajar, no hay más que hacerlo, como lo hizo él que un día salió de su casa de Olivos, para ir al colegio, pero, en cambio, se fue a Retiro, se tomó el tren a Córdoba para ir a la chacra de su abuelo en La Para, cerca de la Laguna de Mar Chiquita donde le encantaba jugar en el monte y cazar jabalíes. Luis tenía entonces 10 años. ¿Cómo podía negarse a firmar el permiso para que yo Alejo Santos a los 15 me fuera a Machu Picchu? Aprendí de él, el inglés que el tan bien hablaba, aprendí el amor al Río de la Plata donde el solía ir a pescar en su bicicleta. Me enseñó a jugar al tennis. Heredé sus libros sobre el campo argentino, los caballos y sobre, los caciques de la Pampa y la Patagonia. Fue el primero que me habló de Gato y Mancha, los caballos criollos con los que el suizo Tshiffely unió Buenos Aires y New York, de él escuché el nombre de la balsa Kontiki. Me enseñó a asar las carnes con el mínimo fuego. Me llevó a ver el primer partido de polo en Marcos Paz; me enseñó a manejar, pero nunca me prestó el auto, con lo cual me obligó a “robárselo” cuando él no estaba en casa. Ahora me doy cuenta que era mucho menos cabrón que yo, (que soy un salvaje unitario). Nos peleábamos, a veces mucho y duro (secretamente sentíamos admiración uno por el otro).

    De mi madre Antonia aprendí las primeras nociones de Filosofía, ella se había graduado en la UBA con una tesis sobre Santo Tomás (ya la perdoné) pero debo confesar que conservo los 23 tomos de la primera edición del Club de Lectores de la Summa Teológica que con su colaboración se publicó y que está, como corresponde a tanto catolicismo explícito: Virgen); aprendí de ella a subrayar los libros y a hacer anotaciones en ellos. Era la que mejor contaba los cuentos a la hora de dormir. Aprendí a hacer fideos caseros con un tuco especial y con peceto, pero a ella siempre le salieron mejor, nunca alcancé el sabor de la memoria. Aprendí cierta rebeldía; cuando obligada a guardar luto por la muerte de la señora Eva Perón, por ser docente en una escuela pública, mi madre entró en el aula a enseñar filosofía vestida de rojo punzó y una rosa amarilla en el ojal.

    Por una cuestión de herencia, partió a Mar del Plata en un tren que salió de Constitución. Fue a cobrar una suma importante y me dejó por el vil dinero cuando yo aún no caminaba. A los cinco años mientras jugaba en la playa de Chapadmalal con mi hermana de tres; a Antonia que era una excelente nadadora se la llevó el mar y después de cuatro horas de quedarse tras la rompiente haciendo la plancha, fue rescatada.

    A los dos les doy las gracias por haberme invitado al mundo; aunque yo no he querido imitarlos, invitando a otros.

    Para los lectores amantes de la psicología y para que saquen las conclusiones que ya tienen de antemano codificadas, aqui dejo expuestas las claves: nunca me importó el dinero (ella se fue a buscarlo y me dejó), amo el tren (¿lo amo porque se la llevó o lo amo porque la trajo de vuelta a mí, o lo amo porque en él se escapó mi padre de su casa a una edad casi infantil que interpreté como: libertad?), no me gusta el mar (¿porque la devolvió a la playa y no la hizo sufrir como castigo a haberme abandonado?) o ¿no me gusta porque casi la ahoga en sus aguas verdes? ¿Me inclino por el río que era el gusto de mi padre? ¿Estudié filosofía que fue la tarea de mi madre?¿Los viajes son la competencia silenciosa con mi padre?). Complete el lector su grilla, saque con libertad su conclusión a mi planteo que por sobre el matrimonio, la fama y el dinero siempre elijo la libertad. Yo me dispongo a entrar en Google para organizar mi viaje en el tren Transiberiano: Buenos Aires, Roma, Nápoles, Isla de Malta, San Petersburgo, Moscú,Vladivostok, Tokio, Hong Kong, Roma, Buenos Aires.

    Aún me sigo preguntando What the hell are we all doing here?

  • ALEJO SANTOS (mi alter ego) NARRA (“SU”) HISTORIA SOBRE EXILIOS Y MUERTES

    Mi abuelo paterno, Miguel Santos da Fonseca, nacido en Goa, colonia portuguesa en India, llegó al puerto de Santa María de los Buenos Aires, una fría y destemplada mañana de julio de 1894, a los 9 años de edad, como responsable de sus hermanos José de 7 y Kamala de 6, donde perdió parte de su apellido y de ahí en más fuimos y seremos Santos, mal que me pese, aunque agradezco el Alejo, que reivindica mi sentir.

    Previamente, Miguel Santos, había perdido a su padre, a su madre y a nueve hermanos mayores, en no sé que controversias políticas entre miembros independentistas hindués y los colonialistas portugueses entre los que se encontraba su familia. Los tres hermanitos Santos da Fonseca fueron embarcados rumbo a Lisboa donde deberían haber quedado bajo guarda del socio de mi bisabuelo, un tal Frango. Entre ambos habían fundado la Compañía Lisboense de Productos Orientales, encargada del negocio de importación de productos de la India: especias de Kerala, telas de Madrás, alfombras de Kashmere, maderas, metales y frutos. También hacían negocios de intermediación con Macao, Hong Kong y China. Este Frango, vio la posibilidad de quedarse con la totalidad del negocio y se sacó de encima a los tres niños enviándolos a unos parientes lejanos establecidos en Santos, Brasil. Con una carta de explicación y muy poco dinero, los embarcó hacia América.

    Los tres niños (supuestamente encargados a un oficial del barco, amigo de Frango), ignorantes, asustados, sin cabal comprensión de la situación, desembarcaron esa fría mañana de julio de 1894 en Buenos Aires, nunca me explicaron muy bien por qué, lo cierto es que el puerto de Santos los eludió, tal vez para que yo escribiera mis bitácoras. Los tres niños fueron ayudados por gallegos, judíos e irlandeses, sus familias adoptivas, se casaron, tuvieron sus hijos, progresaron y un buen día como suele suceder, fallecieron.

    Miguel Santos, partió en tren hacia el interior, compró un carro y recorrió campos de Córdoba y Santa Fé, comerciando cueros, lanas, alambres, torniquetes para alambrados, nueces, miel; hasta que dio con Ángela Ana Corvalán, una de los 16 vástagos de mi bisabuelo criollo y su mujer española. Siempre se comentó que la abuela Ángela fue el resultado de una relación extramatrimonial de su padre y una mujer comechingona. Algo de eso ha de ser verdad; pero si yo no sé que ando haciendo en el mundo, y como tampoco estoy seguro de no ser el resultado de un forro pinchado, mal puedo dar testimonio de lo que pasó en mi familia, nunca demasiado inclinada a dar explicaciones concernientes a los avatares de las alcobas.

    Estas noticias quieren dar cuenta de esas nueve muertes de mis desconocidos ancestros que provocaron el exilio forzoso de los Santos.

    En la rama materna, fue sólo una la muerte que justificó el exilio. María Anette, llegó con su madre y 6 hermanos desde su Córcega natal a Balcarce, donde vivían varios primos. Su padre (mi bisabuelo) murió en la cárcel, sentenciado por la confesión (falsa) que hiciera, por haber matado (cosa que no hizo) al violador de una de sus hijas. Hubo sí una violación, hubo el crimen del violador, pero fue ejecutado no por el padre de mi abuela, sino por un hermano de ella, un joven de 22 años. Mi bisabuelo confesó haber sido él el asesino para salvar a su hijo, fue encarcelado y murió en prisión. En Balcarce crecieron, tuvieron un buen pasar, hasta que María Anette conoció a mi futuro abuelo. El catalán Antonio Pallares, de madre escocesa; aquel que radicado en Mar del Plata enviaba a su familia en tren a Buenos Aires y él lo hacía lentamente viajando en coche por caminos de tierra en cacería de patos, copetonas y perdices. (ver artículo subido el 27/12/25 El Mejor de los Mundos Posibles Primera Parte). Algo en mi afán viajador debe estar en mi torrente sanguíneo familiar.

    Pero es de otras muertes de las que ahora quiero hablar. Son éstas menos personales, pero mucho más inquietantes, ya que nos atañen a todos.

    Desde Marcel Duchamp se viene hablando de la muerte del arte. Su “ready made” dio el primer paso y fue luego el crítico estadounidense Arthur Danto quien sin pelos en la lengua lo afirmó y sentenció. Se hablará de la muerte de la novela; luego Rolland Barthes decretará la muerte del autor. En “City of Glass”, el primer volumen de la Trilogía de New York de Paul Auster, éste se pregunta si podemos seguir llamando “paraguas” a un objeto que ya no tiene tela para cubrirnos de la lluvia, y que tan sólo se compone de un quebrado conjunto de pequeños fierros curvados y un mango. Fukuyama anuncia el fin de la historia; se diagnostica el fin de las ideologías; la tecnología pondrá fin a un mundo analógico de convivencia reemplazado por una invasiva virtualidad. Los ecologistas advierten cada vez con mayor fuerza que el aire, el agua, la tierra nos están padeciendo y el fuego transforma en cenizas bosques y selvas ancestrales, los glaciares retroceden, el continente antártico, al igual que el ártico se derriten. En 2009 se inaugura en Tierra del Fuego, la Bienal del Fin del Mundo, y las terrazas del Moma, en New York exhiben imágenes sugestivas del Teatro de la Desaparición en 2017. Consultado su creador, el rosarino Adrián Villar Rojas, sobre donde le gustaría trabajar, contesta con laconismo: en las Islas Malvinas.

    ¿Qué es hoy una democracia representativa?

    ¿Qué es hoy la justicia si quien te absuelve es la historia?

    ¿Qué es nuestro mundo que se desintegra a cada instante en miles de fragmentos y que al igual que a Humpty Dumpty ni toda la caballería real, ni toda la infantería real podrán volver a poner together again?

    Desde el 2013 y hasta 2025 fue jefe de la Iglesia Universal un Papa que en su primer discurso afirmó que venía (¿o iba ?)del (al) fin del mundo. Vengo escribiendo de viajes, de recorridos, de territorios, de geografías. Señalo un ritmo:

    Paso Letra

    Trecho Palabra

    Caminata Párrafo

    Recorrido Texto

    Viaje Libro

    Esta grafía dibuja un mapa, en el mapa hay nombres. Mi texto abunda en señalar espacio, sin embargo no ha eludido el tiempo. Los mojones no están expresados en kilómetros o en millas, salvo cuando lo creí insoslayable. Los mojones son de tiempo. Todo viajero se carga de espacio, que puebla su sueño. También de tiempo, se carga de historia. He señalado un tiempo cíclico de la naturaleza. He mencionado el tiempo lineal construido por el PODER. Sabemos que decir hoy, San Isidro 31 de diciembre de 2025 no expresa con verdad el día que transcurrimos. He citado a Nietzsche y su eterno retorno, he nombrado a Eusebio de Cesarea y su creación de tiempo lineal. Comenté que a partir de 1975 la comprensión del Ulises de Joyce, me introdujo en el fin de otra vez del despertar y del velorio. Dije haber viajado a Falkinas a repensar ciertas inquietudes. He ponderado en letras mayúsculas, que no es la historia la que se repite, sino la naturaleza. He reiterado que sólo hay una pregunta que me formulo: What the hell are we all doing here?

    Al viajar nos cargamos de narraciones, de imágenes y de tiempo. He hablado del YO, he denostado al EGO. He registrado exilios.

    Los Estados Unidos y la Argentina son los dos países que más tiempo han importado. Importamos millones de EGOS, voraces por triunfar. Allá en el norte hace 55 años, un paso una letra se ejecutó en la luna.

    JUST DO IT

    NO LIMITS

    IMPOSSIBLE IS NOTHING

    Aquí, en cambio sólo importamos pasado. Hemos repatriado a San Martín, Rivadavia, Alberdi, Sarmiento, Rosas, Eva Perón, al mismo Perón viejo, cansado, enfermo. He escrito que somos “Calesita”; una calesita que exalta el amor de madre. En un poema del libro “Ternura” de lectura obligatoria en la escuela primaria, escrito por Ana Tejada y Aurora Zubillaga se podía leer:

    AVE EVA

    Mamá

    Ama a mamá

    EVA

    Mamá

    Mi mamá ama a Eva

    Mi nena ama a Eva

    Papá ¿Eva me ama?; Eva ama a mi nena.

    Me aman

    Me ama Perón

    Me ama Eva Perón.

  • LA LITERATURA EN LOS BILLETES

    La impotencia ha de ser tal, que la desesperación por el poder es ya una adicción. La manifestación más evidente, más generalizada es la posesión del dinero, la más grosera: la ostentación del mismo. La más torpe y vil, haber ubicado a un medio en el lugar de un fin. Esa ha sido la historia humana y lo seguirá siendo, hasta que todo vuelva a sucumbir y todo vuelva a comenzar y reanudemos la insensata carrera por el PODER. Sísifo parece ser nuestro destino implacable.

    Me gusta pensar que el mundo se sostiene en esos 36 hombres sabios que no se conocen entre sí. No tengo ninguna prueba de ello, no formo parte de ninguna sociedad secreta, logia, grupo esotérico, ni iluminado, no me consta su existencia; tan sólo me gusta como idea literaria, ya que es de ahí de donde me viene el conocimiento de ellos. Escribe Borges en “Nuestro Pobre Individualismo”: “El argentino puede ignorar la fábula de que la humanidad siempre incluye treinta y seis hombres justos -los Lamed Wufniks- que no se conocen entre ellos pero que secretamente sostienen el universo”. Agregará en su “Libro de los Seres Imaginarios”, de 1967, que ellos son los secretos pilares donde el universo se apoya y que esta creencia de la mística judía fue expuesta por Max Brod y que su raíz está en el Capítulo XVIII del Génesis. También señala Borges que si un hombre llega a saber que es uno de los Lamed Wufniks, muere inmediatamente y es reemplazado por otro. Así como no morí a orillas del Beas (ver artículo subido el 8/10/25 en Viajar es Indispensable III Nota e) Google 2018), tampoco aspiro a creerme uno de ellos. Sigo viajando, sigo anotando en la bitácora, me sigo preguntando ¿Qué estoy haciendo aquí? aunque hoy el “aquí” está circunscripto a nuestro país.

    La representación, más corriente del poder, está escrita en las monedas que acuñamos, en los billetes que imprimimos. Los nuestros, cualquiera sea su denominación y cambiante diseño, tienen impreso el motto “En unión y libertad”, cuyo origen se remonta a la Asamblea del año 1813 la que manda acuñar en Potosí monedas con esa inscripción, emulando el espíritu libertario de Mayo y los ideales de la Revolución Norteamericana y de la Revolución Francesa. A partir de 1840 cae en desuso y retorna en la última década del siglo XX. La bandera de la Provincia de San Juan muestra el Escudo Nacional con las manos entrelazadas, simbolizando fraternidad y la leyenda debajo.

    Los billetes de los Estados Unidos, a partir de las impresiones de 1956, aparecen con el motto “In God we trust”, que es una ficción que subraya un concepto optimista, pragmático y racional. Los conceptos carecen de cuerpo, un Dios hecho hombre termina siendo un viejo barbado y un cuerpo en la cruz, motivo de pena. Ninguna casa de moneda de país de mayoritaria cultura católica es capaz de juntar a Dios con el dinero, se sabe, es más facil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. Es el motto norteamericano una optimista, eficiente y pragmática consigna protestante. En 1970 con su primer álbum como solista John Lennon lo explica magistralmente: “GOD” de John Lennon y Plastic Ono Band,

    God is a concept

    By which we measure our pain

    y luego la ennumeración de aquello en lo que no cree “I don’t believe in magic, I Ching, Bible, tarot, Hitler, Jesus, Kennedy, Budha, mantra, Gita, yoga, kings, Elvis, Zimmerman (es decir bob Dylan), Beatles, I just believe in me, Yoko and me and that’s reality. Si Lennon hubiera nacido aquí no tengo ninguna duda que habría agregado I don’t believe in Perón, Bergoglio and Kirchners. The dream is over.

    Los billetes de Gran Bretaña que aparecen en cuatro denominaciones. Los hay de 5, 10, 20 y 50 libras son de una exquisita literatura.

    Espero a un amigo en el Pub The Mitre en Edimburgo en una helada mañana de enero de 2019 y me entretengo leyendo los billetes (también han cambiado el diseño en los últimos 20 años).

    El de 5 libras lo tiene a Winston Churchill (1874 – 1965) y su famosa arenga “I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat”, es la Segunda Guerra Mundial y de un realismo, sinceridad y crudeza implacables. Siempre la escuché traducida al español como “sangre, sudor y lágrimas”, curiosa e irreal manera de traducir, se olvidaron de “toil” (esfuerzo) a menos que se haya querido entender que en “sudor” estaba implícito el esfuerzo, reduciendo éste al trabajo corporal. Es probable que el esfuerzo en pensar no produzca sudor (lo dudo), creo que pensar, que generar ideas demanda un trabajo denodado, pero bueno, tal vez en la traducción al castellano el esfuerzo en pensar se reduzca a la superficial corazonada, “se me ocurrió una idea”, y últimamente “una idea divertida”. Observo con tristeza que generar ideas en el país, se entiende más como “improvisación” que como esfuerzo, me respaldan los últimos 200 años de existencia como nación.

    Así como el billete de 20 libras de hace muchos años honraba a Shakespeare, el actual de 10 libras homenajea a otra escritora, Jane Austen (1775 – 1817) y una idea suya que en la representación papelera del PODER, reverencia por fin al PLACER: “I declare after all, there is no enjoyment like reading”: (no hay goce mayor que la lectura), que junto con aquella sentencia de Virgilio “Viajar es indispensable, vivir no lo es”, juntan esas dos modestas alegrías de mi vida.

    El billete de 20 libras que observo en el mostrador de The Mitre, lo tiene a Adam Smith (1723 – 1790) como uno de los pilares del sistema económico británico y su observación sobre la división del trabajo: “The division of labour in pin manufacturing and the great increase in the quantity of work that results”. Este billete homenajea al sistema capitalista que tan buenos resultados dio a Gran Bretaña y a una gran parte del mundo.

    Tengo ante mi dos billetes de 50 libras, digo que son también dos diseños, ambos circulando al mismo tiempo, así como nosotros tenemos como válidos a Roca, Eva Perón y la Taruca con valor de 100 pesos cada uno (0,06 dolar). El más antiguo de los dos tiene en su reverso a James Watt (1736 – 1819), ingeniero y científico y el dibujo de la Whitbread Machine y su dicho “I can’t think of nothing else than this machine” y a su colega Mathew Boulton (1728 – 1809), industrial y empresario y por detrás la Soho Manufacturing de Birmingham y su famosa respuesta a Boswell, cuando éste visitara las obras de Boulton y Watts en 1776: “I sell here, sir, what all the world desires to have: POWER” que expresa el pensamiento británico en el umbral de la Revolución Industrial a medida que el Poder en ambos sentidos de la palabra (horse power, es decir energía) y el otro, aquel por el que todo el mundo, menos los 36 hombres sabios hacen cualquier cosa por conseguir y mantener.

    El nuevo diseño del billete de 50 libras, lo muestra a Alan Turing (1912 – 1954), criptógrafo, que fue quien durante la Segunda Guerra Mundial descifró los códigos de inteligencia del nazismo con su amenazante y visionaria sentencia: “This is only a forestate of what is to come and only the shadow of what is going to be”, algo así como el umbral de lo que viene y tan sólo la sombra de lo que será. Hoy es.

    El anverso de todos los billetes, presenta la imagen de Su Majestad Queen Elizabeth II, la más sólida imagen del Reino Unido, que inmortaliza aquello de Lacan “Hagan cualquier cosa, pero no maten al Rey”.

  • BB (1934 – 2025)

    El 28 de diciembre es el día de los Santos Inocentes, me encanta que BB haya elegido como Diosa suprema de la sensualidad y el deseo, esta fecha, para dejar el planeta.

    Creo que fue a finales de los 60 o tal vez recién comenzada la década del 70 que fui con amigos a Cabo Frío y Búzios cuando aún no habían sido descubiertos por los turistas. Llegamos a una pequeña bahía, al anochecer, donde ya había una carpa. Instalamos la nuestra lo más apartada de la anterior y haciendo el menor ruido posible. Nos acostamos, dormimos.

    A la mañana nos despertó una conversación entre un hombre y una mujer, hablaban en francés alegremente. Al salir de nuestra carpa, no podíamos creer quienes eran nuestros vecinos, bueno en realidad ella, al verla tan bella, tan espléndida, tan vecina, tan BB; no pudimos más que aplaudir y seguir aplaudiendo. A la noche cuando nos acostamos, las manos no las usamos para aplaudir.

    Creo que el afortunado arcángel que dormía con la Diosa, pudo haber sido Roger Vadim, o tal vez fuera Jacques Charrier; poco nos importaba. Ayer en Saint Tropez, también a orillas del mar, la Diosa de la sensualidad nos dijo adiós. Creo haberla visto en dos películas “Viva María” de Louis Mallé y “Le Mépris” (El Desprecio) de Jean Luc Godard con Michel Piccoli y Fritz Lang acompañando a Brigitte Bardot.En sueños la vi infinitas veces.

    REST IN PEACE MADAME et MERCI.

  • PASEAR PERROS, PASEAR TURISTAS

    Mi amigo Horacio hace 8 años que pasea perros, yo durante 31 años pasee turistas de muchas partes del mundo. Horacio juntamente con mi hermana Stella y mi socio Joaquín son las tres personas que conozco que tienen devoción por los perros, los aman. En ese sentido debo decir que la única sentencia digna de respeto que le escuché a Perón fue “Toda persona que ama a los perros es una buena persona”, las tres personas que acabo de mencionar son excelentes; pero ahora que lo pienso, no será que para decir lo que dijo, Perón se inspiró en Hitler que amaba a su perro; bueno, tratándose de peronistas, todo es posible.

    Durante esos 31 años pasee a 10.513 pasajeros en 2.873 tours. Me encantó esa tarea, soy de las personas que cree que todo trabajo debe ser bien remunerado, pero también soy de los que creen que no es bueno hacer algo sólo por el dinero que genera y cuando sentí eso dejé de hacer ese agradable trabajo; de haber seguido, hubiera sido repetirme sin tener la actitud de estar haciendo lo que sentía que debía hacer y cuando uno continúa, digamos por inercia, uno se enferma y contamina el ambiente, contagia a los otros y entristece y colabora a la opacidad de la vida. Punto final y a generar algo diferente.

    Los perros y los turistas hacen las mismas cosas en sus paseos: mean, cagan, comen, beben, se pelean entre ellos, bostezan, se cansan, se duermen, se quieren montar a las hembras y también a los machos, huelen las partes íntimas de los otros. Hay, sin embargo algunas diferencias: ciertas cosas que hacen los perros, los turistas no las hacen en la vía pública; a los turistas no se los lleva con una correa, los turistas no ladran y no suelen montarte ni olerte íntimamente, suelen dejar buenas propinas y de ser estadounidenses, éstas son excelentes.

    Al hablar de viajes suelo repetir la sentencia de los griegos “viajar es indispensable, vivir no lo es”, deseo agregar una personal: trabajar es una maravilla en tanto potencie la creatividad, la empatía con los otros y con el ambiente y es así que se genera bienestar; trabajar es en cambio tóxico si se tiene que hacer sólo por dinero.

    Sospecho que es mayor el número de congéneres que “tienen” que trabajar, que el de aquellos que “aman” su trabajo.

    Estoy convencido que los sistemas económicos que hemos generado (capitalismo, socialismo, comunismo) en sus extremos se tocan; los tres huelen tus partes íntimas e intentan montarte, nos colocan correas y nos convierten en perras y perros y nosotros, vale tenerlo siempre presente: en este mundo somos turistas.

  • EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Segunda Parte)

    Vayamos ahora tan sólo un poco más atrás. Al Siglo XIII y hablemos de dos caminantes; uno de ellos es un místico alemán, Meister Eckhardt de Hochem nacido en 1260, por supuesto en el Sacro Imperio Romano Germánico. Monje dominico, teólogo, filósofo, filólogo, autor de “Tratados y Sermones”, “Opus Tripartium”, “Cuestiones Parisienses”, “El Fruto de la Nada”.

    Las que siguen son algunas ideas que aprendí al leerlo:

    “La naturaleza nunca destruye nada, a menos que dé algo mejor”

    “Un hombre rico es el que nada quiere, nada sabe y nada tiene”

    “Quien quiera ver a Dios, que sea ciego”.

    En la introducción a sus “Tratados y Sermones”, Vol.1 de la Editorial Watkins, Londres 1979, con firma de M.O.C. Welshe se nos informa: “Debe haber pasado también una enorme cantidad de tiempo, en los caminos. Viajando a pie como era la costumbre en su orden, de un lugar a otro; a Colonia, a París, a Estrasburgo, de Suiza a través de Alemania del norte, Holanda, Bohemia y finalmente cuando se aproximaba a los 70 años de edad hacia Avignon enfrentando todos los peligros e incomodidades de semejantes viajes a través de montañas y bosques llenos de ladrones del camino. La vida no era fácil ni confortable, ni segura en semejantes jornadas que el acometía cada tanto”.

    El otro caminante, también del Siglo XIII no es ni rey, ni monje, ni poeta, ni filósofo; es alguien de la Sociedad Anónima, digamos que su nombre es Pierre. Supongamos que son las 4 de la mañana a comienzos del otoño en algún poblado de Francia, digamos a unos 200 kilómetros de París. Pierre y tres de sus diez hijos, los mayores de 12, 11 y 10 años se levantan, beben del caldero ennegrecido que cuelga de la cchimenea, un resto de lo que ha quedado de la noche anterior: un guiso de legumbres, hojas de acedera y huesos de cordero. Pierre corta una hogaza de pan, otras tres para sus hijos. Ese pan, untado con el caldo será su almuerzo, su sopa del día. Regresarán después de una jornada de trabajo de 14 horas a comer de la misma olla el mismo caldo y dejar nuevamente embarazada a su mujer.

    Un tiempo después, Pierre ha cargado su carro con leña, ha tomado la decisión de viajar a París, sabe que le llevará dos semanas llegar a la capital. Sabe que los caminos están infestados de asaltantes. A los pocos días de marcha ha contraído la gripe. Siente la fatiga. Sabe que a los 38 años ya no es joven. Sus pies deformados por los toscos botines que calza, aumentan sus dolores. Le quedan tres dientes, su columna vertebral está encorvada. Un ojo le llora constantemente, producto de una esquirla en la fragua del herrero. Su cuerpo huele,tiene mal aliento, pequeños restos de materia fecal seca bordean su ano; sus axilas atraen moscas.

    Sabe que a su regreso es probable que alguno de sus hijos haya muerto de hambre.

    Por el olor fétido que le llega del valle, sabe que está cerca de París. Al caer la tarde ya está frente a Notre Dame, todavía en andamios. Lo asustan las imágenes de demonios, de gárgolas que parecen haber sido construídas ex profeso para él, se sabe pecador, se sabe condenado al fuego eterno. El Tribunal del Santo Oficio es implacable, hay soplones por todo el reino.

    Alrededor de la Catedral una numerosa caterva de mendigos, lisiados, ciegos, rameras y borrachos plenos de pulgas y garrapatas, con úlceras sangrantes se apretujan para darse calor. Varios perros ladran anunciando su llegada no esperada por nadie.

    Pasa el carruaje de algún cardenal y sus queridas, lo escoltan varios caballos entorchados, montados por jinetes de uniforme. Después de un rato de dar vueltas, lo vence el cansancio y se duerme sobre los leños cuya aspereza amortigua con mantas tejidas y pieles de oso. Tal vez sueñe con hogueras donde arde un sentenciado o con un ahorcado por quien clama inútilmente su familia o con el recuerdo de los lobos devorando un cadáver.

    Un Dios omnipresente y vigilante acecha en cada esquina.

    Al amanecer escucha un murmullo que va en aumento, se oyen carruajes, gritos, mujidos, ladridos. Le cuesta darse cuenta dónde está. La piedra rojiza de la iglesia y unas nubes negras que se mueven con una rapidez inusual, le recuerdan que está en Paris, donde se toman decisiones, se tejen intrigas, se acumula oro y se asesina por una pieza de charcutería. Se levanta dolorido a orinar detrás de un árbol, ve que unos chiquillos corren con dos leños que le han robado, los persigue, los han dejado caer, la fatiga en el pecho le provoca dolor. Se siente gordo y viejo, 38 es una edad crítica. De alguna misteriosa manera, sabe que éste será su último viaje.

    Después de varias horas de andar ha conseguido, al fin, vender la leña. Ha entrado en una taberna. Bebe vino rústico y dulzón, come pan y carne hervida. En el mercado se surte de algunos productos: un gallo, unas piezas de didanderie, una maza; ya tendrá tiempo de comprar quesos por el camino de regreso.

    Sin embargo, la muerte lo encontrará a los pocos días. La fiebre es alta, ha vomitado sangre. Agonizante verá como se llevan su caballo, luego de haberle vaciado el carro. Un curita joven se apiada de él, le da agua y los santos óleos y hará que lo entierren en una zanja en un descampado.

    A los pocos meses mujer e hijos se habrán olvidado de él.

    Con el tiempo se olvidarán de tí, lector. También de mi, después de lo que contaré de mi encuentro con Funes, en el muelle de Pacheco.

  • EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES (Primera Parte)

    Estamos en el siglo XVII en la fría Alemania.

    Hay un hombre que es matemático, filósofo, teólogo, científico, bibliotecario, profesor; es un hombre con dudas y que según Diderot, es el hombre que más ha leído. Es el hombre que polemiza con Isaac Newton por la paternidad del cálculo infinitesimal. Es el hombre que ha sentado los cimientos del sistema binario, que es la base del edificio que hoy llamamos virtualidad.

    Es un habitante de esos dos mundos que se debaten entre la afirmación de una verdad, en tanto ella sea resultado de la experimentación y el dogma religioso de la fe. Es, y lo padece, un hombre de razón, pero de fe luterana. Es un hombre, como todos los de ese siglo, que aún le teme al poder de la iglesia; es un hombre que comparte el horizonte cultural en el que surge la modernidad, post Reforma y Contrarreforma; es un primus inter pares de Francis Bacon (1561 – 1626), Galileo Galilei (1564 – 1642), Johannes Kepler (1571 – 1630), William Harvey (1573 – 1657), Thomas Hobbes (1588 – 1679), René Descartes (1596 – 1650), Blas Pascal (1623 -1662), Baruch Spinoza (1632 – 1677), John Locke (1632 – 1704), Robert Boyle (1627 – 1691), Christian Huygens (1629 – 1695), Isaac Newton (1643 – 1727), “el siglo del genio”, como lo denominara Alfred North Whitehead, el glorioso siglo XVII; que tal vez haya sido la época que le dio al ser humano la conciencia de su mayoría de edad y la experiencia del vértigo que tal conciencia produce. El razonamiento, la experimentación, el análisis de los espasmos políticos, la economía, el sistema solar, la medicina, el alma, la teología, la religión serán redefinidos y de cuyo resultado surgirá una concepción del mundo y del universo que tendrá en la literatura y el teatro las sublimes palabras de Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616) de Alcalá de Henares y de William Shakespeare (1564 – 1616) de Stratford upon Avon. Me refiero a Gotfried Leibniz (1646 – 1719), nacido en el Sacro Imperio Romano Germánico, quien en su “Teodicea” , expresa que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”. La razón para tal aseveracioón, es que dadas una cantidad infinita de mundos posibles, Dios escogió este que tenemos, por lo tanto ha de ser el mejor.

    No vivo por azarosas circunstancias del destino en el desafiante siglo XVII, ni en la fría Alemania, sino en la pasional, subtropical y reiterativa (calesita) Argentina y creo efectivamente en lo sostenido por Leibniz, pero no en sus fundamentos. Mi creencia no se sustenta en la elección divina simplemente porque me resulta demencial pensar en un concepto de caracter universal y además con el atributo de la omnipresencia, pero si además le atribuyen la posibilidad de elección, estaríamos frente a una flagrante contradicción, sólo comprensible y hasta cierto punto justificable, por el temor a lo que la vengativa y celosa Iglesia de Roma pudiera ocasionarle al hombre Leibniz. Dios (en esa concepción de lo divino) no opta, no baraja alternativas, su condición de creador “ex nihilo”, hace que todo fluya como si fuera un río; el primero, el único, la suprema fuente de toda razón y justicia. Ese torrente no opta por donde fluir, tan sólo fluye y al hacerlo, va creando el lecho. El curso. El caudal, los accidentes, las orillas, la flora, la fauna; todo lo que hay. Ese derrame, esa brutal eyaculación, es Dios. Es como si el río al que vengo a diario tuviera opciones; no las tiene, tan sólo fluye. Luego ocurre la historia, donde sí, lo único que hacemos los humanos es optar, ya que no creamos de la nada, no nos cabe no elegir, no gozamos de ese privilegio, no poseemos la condición divina de no tener que pensar, el privilegio divino de la irresponsabilidad. Fluimos por lechos dados, en los que muchos se dejan llevar por las aguas, otros, flotan indiferentes y los más osados nadan contra corriente como los salmónidos y ante el peligro del oso hambriento que acecha, algunos retroceden: Leibniz, Galileo, Kant. Otros avanzan y son masacrados: Bruno, Hus, entre nosotros Tupac Amaru o son perseguidos: Spinoza, Meisler.

    Algunos llegan a una isla paradisíaca y gozan. Hedonistas in extremis se zambullen en los que les tocó en suerte, sin culpa alguna. Son pródigos con los iguales, celosos custodios de su privacidad, de sus fiestas, de su culinaria, mecenas de artistas y científicos. Son conscientes de que pudieron haber tenido otra suerte, pudieron haber sido mosquitos, les tocó ser leones: pues a rugir.

    También están los hipócritas:llegan a la isla paradisíaca; es más hicieron lo imposible para llegar; participan de los privilegios con plena conciencia, pero sienten culpa; observan la miseria que los rodea. Saben que pudieron haber sido mosquitos, buscaron y consiguieron ser leones, pero en vez de rugir se “solidarizan” con los mosquitos. No rugen, no pican; peor aún rugen a escondidas, simulan picar. En Argentina son nacionales y populares: cambiaron la confesión por el psicoanálisis; tienen casas en Miami o José Ignacio y depósitos en Merryl Lynch, son los que declaman que “peronistas somos todos”. Hay versión francesa, “la gauche caviar”, versión británica “champagne socialist” y versión estadounidense “limousine liberals”. Ni en eso son originales.

    A cada instante optamos.

    He optado por el liberalismo, por ser un solitario, por viajar como forma de vida, por no formar una familia, (he querido ser Wakefield). El día que me sienta una carga, pues habrá llegado el momento de dejarme caer del trineo como el esquimal viejo. Esa es mi responsabilidad ante mi opción por el liberalismo. Detesto todo lo que sea control de pensamiento, palabra y obra. El estado es un mal necesario y pretendo que sea el mínimo tolerable en función de la convivencia.

    Ya escucho el griterio de los partidarios de optar por la pobreza, por la compasión, por los desplazados de un sistema sin corazón, encarnado en el Vaticano (populismo de sotana) y sucursales en todos los regímenes autocráticos de derecha (fascismos variopintos), o de izquierda (caudillismos latinoamericanos): populismo de látigo y billetera donde el líder nos llevará hacia la liberación.

    Escucho un enardecido abucheo, y ¿entonces cuál es la solución? ¿Donald Trump?. ¿el disciplinado capitalismo de estado de China?, ¿el zarismo sin corona de Putin?

    Bob Marley cantaba “Total destruction, the only solution”, y tenía razón, lo cual no es ninguna solución. No la hay. Sostener que vivimos en el mejor de los mundos posibles, es sobre todo una actitud ante la vida, donde prima lo erótico por sobre lo tanático. En una segunda instancia implica aceptar nuestras limitaciones. Somos tan sólo un mamífero bípedo cuya racionalidad está mezclada con prejuicios, esperanzas, fantasías, que muchas veces rayan la superstición, el delirio, cuando no la locura al imponer una supuesta e incomprobable trascendencia al final del tiempo vital. El promedio de vida humana hoy, es de 71 años y 4 meses, con pico de mayor expectativa en Andorra: 83 años y 5 meses y de menor en Zambia: 37 años y 5 meses. El record de longevidad lo tuvo en Francia una dama llamada Jeanne Calment que falleció en 1997 a los 122 años. Ese es el tiempo con el que contamos; por ahora no hay más.

    Si aceptamos esta realidad, veamos algunos ejemplos muy simples para fundamentar el mejor mundo posible en el que vivimos con respecto al pasadso. El evidente progreso material se debió al erotismo individual por sobre las estructuras de poder. Aquí van algunos ejemplos del orden personal y otros de caracter social: Entre los años 1953 – 1958, mi padre al volante de un Chrysler 1938, negro, inmenso, de cuatro puertas, manejaba los 404 kilómetros entre La Lucila y Mar del Plata en 8 horas. En Samborombón, ya habíamos preguntado varias veces ¿cuánto falta?

    En 1957, mis tíos partieron de Ezeiza a New York. El avión a hélices hacía escalas en Montevideo, San Pablo, Río, Caracas, Panamá y Miami: el vuelo duraba 28 horas y a los 15 días volvieron.

    En la década del 30, mi abuelo materno era un exitoso empresario hotelero marplatense que tenía una casa aquí en la capital, en Palermo. El abuelo despedía a mi abuela y a sus cuatro hijos que venían en tren a Buenos Aires, mientras tanto él, con el chofer, dos perros, varias escopetas, víveres, tambores de nafta, cargaba el Overland y abriendo tranqueras por un camino de tierra, se demoraba entre 8 y 10 días en reencontrarse con su familia. Además de gozar del viaje y de la cacería, sospecho que era una manera de soportar su matrimonio.

    Dejemos lo personal, veamos algunos ejemplos históricos: Es Viena, es 1770. María Antonieta Juana Josefa de Habsburgo Lorena, Archiduquesa de Austria, futura reina consorte de Francia, por su casamiento con el delfín, luego Luis XVI, es la hija número 15 y anteúltima de Francisco I del Sacro Imperio Romano Germánico y Gran Duque de Toscana y de María Teresa I, Archiduquesa de Austria, Reina de Hungría y Reina de Bohemia. María Teresa tiene 14 años, parte en carroza real con oropeles de oro, terciopelo y laca, asentados en toscos elásticos desde Viena a París a casarse con el futuro Rey francés. Son 1235 kilómetros, a razón de 50 kilómetros diarios, le debe haber llevado entre 25 y 30 días llegar a destino. Me inquieta saber cuántas veces habrá preguntado “¿cuánto falta?” y no para llegar al mar, sino a su matrimonio arreglado con un chico de 14 años que resultó impotente y que provocó que en 1793, a los 37 años, la guillotina cercenara su noble y peinada cabeza de su blanco y bien vestido torso.

    Retrocedamos unos años y crucemos el Canal de la Mancha. Estamos en la corte de Isabel I, de la que es activo “entreteneur”, un tal William Shakespeare que escribió toda su enormísima obra con pluma de ganso, embebida en tintas pringosas, en hojas de aún peor calidad, sin electricidad ni calefacción. Yo escribo mis bitácoras en estupendas hojas donde la Mont Blanc se desliza como el esquí en Saint Moritz y cuando tecleo, lo hago en una computadora de última generación. En el húmedo verano sanisidrense, en una pequeña pero acogedora casa de 70 metros cuadrados y 113 años de antigüedad, cerca del río que amo, rodeado de bellos libros, con aire acondicionado y en invierno, abrigado por calefacción a gas y chisporroteante chimenea alimentada con quebracho colorado de Santiago del Estero, buenos vinos, comida sana, y en el mejor de los casos, de poder las letras de mis bitácoras, llegar a libro, éste no podría ser más que una nota a pie de página del peor soneto (si es que lo hubiere) de ese tal William Shakespeare, quien dejó el planeta en 1616 y por lo tanto jamás cobró derechos de autor por el universo que creó ya que la primera ley de Copyright se sancionó en 1702, en la tierra que lo vio nacer. Ese mismo reino en 1603 era una potencia de segundo orden; se comía mal y no todos los días, la ropa era de cuero y los zuecos de madera; como así también los platos. Los utensilios, sólo cuchillo y cuchara, la mano era el tenedor y olvídense de la servilleta. La mayoría era analfabeta; hombres y mujeres eran obligados a ser miembros de la iglesia nacional; los herejes quemados en la pira, así como eran torturados los sospechosos de traición. En 1714, ese mismo reino era la potencia más fuerte del mundo. La ropa era de percal, hilo y seda; aparecen la porcelana y el vidrio para adecentar las mesas. Se come carne fresca en invierno gracias a la introducción de plantas de raíz; se bebe té, cholate, café, ginebra y oporto. La disidencia protestante es legalmente aceptada, la iglesia ya no puede quemar ni el estado torturar. En el Castillo de Chatsworth, los Cavendish, Duques de Devonshire, instalan el baño con agua corriente fría y caliente. Hasta aquí lo que nos dice el historiador Christopher Hill en su claro y contundente “El Siglo de la Revolución”. Deseo agregar que Thomas Hobbes va a ser tutor y luego secretario de los Cavendish, que solían agasajar a sus invitados con la “turtle soup”. El precio de cada tortuga que venía del Caribe, era de 20 libras, y se servía una por comensal; 20 libras era el sueldo anual de Hobbes. Hoy hay un XV Duque de Devonshire, los sueldos de los filósofos siguen siendo similares a la comparación mencionada (basta cotejar el ingreso de cualquier pateador de pelotas de cuero, con el sueldo de un científico). Hay hechos que se repiten.

    Lo que sí cambió las cosas en Gran Bretaña, fue la Gloriosa Revolución del más glorioso Siglo XVII, que es uno de los acontecimientos que me permite afirmar que vivimos en el mejor de los mundos posibles.