Es Buenos Aires, es digamos 1835, digamos también que ha llovido intensamente, y que las aguas del Río de la Plata han entrado en la ciudad debido a la sudestada. Todo es un barreal, todo está como pegoteado. Las paredes blancas del barrio del Alto quedan maculadas por gotones marrones, una suerte de tela de Jackson Pollock pero de lodo y mierda pintada por carruajes y cabalgaduras. Barro mezclado con sangre en las cercanías del Matadero de la Convalescencia.
Digamos que es Cuaresma y que “la iglesia ha ordenado vigilia y abstinencia”, ¿por qué?, porque “la iglesia tiene por delegación directa de Dios, el imperio material sobre conciencias y estómagos, que en manera alguna pertenecen al individuo”. Digamos que “las campanas, comienzan a tocar rogativas, por orden del muy católico Restaurador”. Digamos ahora que es una mañana de mayo de 1993, y que me paseo por pasillos atestados de libros que Ricardo Rodriguez con dedicación ejemplar desempolva todos los días, mientras su mujer Etelvina Furt le alcanza unos mates. Estoy en “Los Talas”, entre Luján y Navarro, estancia que fue de Mariano Biaus desde 1824 y que es parte de la primera merced otorgada a Juan de Vergara en 1635 por el Gobernador Pedro Esteban Dávila y donde Esteban Echeverría, esbozó las líneas entrecomilladas, que con el tiempo puliría para escribir “El Matadero” en su exilio en Montevideo en 1840, pero que recién se publicaría en 1871, 20 años después de su muerte por Juan María Gutierrez.
Echeverría, perseguido por Rosas, se guarece en Los Talas, donde escribe “La insurrección del Sur”, parte de “La Cautiva “y se cree que la “Apología del Matambre”. La dictadura de Rosas, expropia Los Talas y queda bajo administración del estado entre octubre de 1840 y mayo de 1850.
“Los abastecedores, buenos federales y por lo tanto buenos católicos”. “La casilla donde se ubica el recaudador de impuestos y se asienta el juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña república por delegación del Restaurador”. “Viva el Restaurador y la heroica Doña Encarnación Ezcurra, patrona muy querida de los carniceros”, escribirá Echeverría y describirá el degüello de un niño con un lazo, una pelea por menudencias, la vejación de un unitario”.
Dirá David Viñas que la literatura argentina comienza con Rosas y con una violación. Una mazorca anal, o estará más próximo al encuentro de las palabras y las cosas, decir “le metieron un choclo por el culo”; al menos esa fue la intención pero el pobre sujeto reventó antes debido a los apremios ilegales a los que fuera sometido. La violación de derechos no tuvo límites.
Rosas , el padre fundante gobernó con mano de hierro, con la suma del poder público, como condición para aceptar el cargo de Gobernador. La aprobación de la Legislatura y la permisibilidad de “el pueblo de Buenos Aires (que) atesora una docilidad singular para someterse a toda especie de mandamiento”, nos recuerda Echeverría.
Errar entre libros (he leído algunos miles), errar por el mundo (he visitado hasta ahora 68 países). El viajero, el gitano, el nómade, el que quiere ver desde la cima el curso del río, pero que bajando al valle quiere trepar a lo más alto de la montaña. No pertenecer a ningún lugar o querer estar en todas partes. Desterritorializarse. El judío errante, el lector insaciable; no tener nada para ser todo; algo de eso hay en el que vaga. ¿Irresponsabilidad? ¿Eternización de la adolescencia? Me han hecho estas observaciones; las escucho atentamente, pero hay algo que repiquetea en mi cerebro, son las palabras de Aristóteles en La Política:”El hombre es un animal social, el que vive solo es una bestia, o un sabio” Tal vez sea una bestia como el visón, el jaguar, la marta, el hurón, Pascal Quignard. Creo, sin embargo que hay algo más profundo en esta errancia que tiene que ver con una respuesta a mi eterna pregunta ¿Qué estoy haciendo aquí? pero ya más enfocado a lo cultural nacional y no a lo filosófico: ¿Qué significa ser argentino? ¿Qué significa ser miembro de una sociedad que intentó crecer como liberal, habiendo copiado nuestra Constitución de la Constitución de los Estados Unidos, de corte liberal y protestante después de interminables guerras civiles y una dictadura de 22 años de un monarca absoluto y despiadado que representó al absolutismo como en los mejores tiempos del mismo, cuando el monarca era el representante terrenal de una jerarquía celestial.
El cónsul inglés en Buenos Aires, Woodbine Parish dice de Rosas, que no hay monarca en Europa que tenga semejante poder soibre vida y propiedades de sus ciudadanos. Nos recuerda Shumway que Nicolás Anchorena, el poder detrás del trono, sostenía que había que volver a la instauración del Pontífice Católico, como un rey universal. Bien eso fue Rosas a nivel local y gobernó con la suma del poder público durante los años fundantes del país. Tan así fue que ese absolutismo marcó a fuego a sus sucesores, para quienes parlamentar ha sido siempre sinónimo de debilidad. Su vencedor en Caseros, fue descripto por Borges “Llegó a Palermo con galera y poncho colorado, Urquiza, el otro Rosas”. Alberdi describe a Mitre como a un Rosas con Frac. La calesita como metáfora de la historia del país, del mío, del tuyo, del nuestro.
Es agosto de 2019, 31 de agosto, acabo de dejar a un matrimonio de norteamericanos en un hotel de Recoleta. Pasamos el día en un campo en San Antonio de Areco. Acaban de suceder unas elecciones, llamadas Paso, que han dejado en una suerte de limbo al gobierno que las perdió ampliamente y al potencial futuro Presidente del principal partido opositor “Frente por todos”, que es básicamente la unidad del partido peronista.
Tomo el tren en Retiro.
El público del tren del sábado al atardecer, no es el mismo al de cualquier día hábil en ese horario. El del sábado a la tarde es un conjunto heterogéneo de gente que viene de trabajos informales (changas) o free lance, como es mi caso, estudiantes universitarios, parejas de jubilados que vienen de alguna recreación dde la tercera edad, guardias de seguridad que vuelven a sus casas y otros que van a ocupar sus lugares, parejas de jóvenes de clase media baja, algún venezolano exiliado que trata de hacerse de algún peso tocando la guitarra, gente mayor, muchos solos. Sube en Nuñez una pareja y sus dos hijas, estimo de 2 y de 4 años. La más pequeña va dormida en un cochecito, la otra mira los dibujos de un libro que le alcanzó su padre. Bellos, muy sonrientes, se los nota muy bien, con ropas gastadas, y en el caso del padre , andrajosa. Ambos chequean sus celulares y, ella comenta un mensaje recién recibido que les provoca una carcajada. Se los ve muy pobres, me da la impresión que habitan una villa o barrio carenciado de Virreyes. Son exponentes de un conglomerado suburbano que subsiste desde hace años como puede, son parte de los que han votado al candidato de la oposición ganadora que, curiosamente también fue votada por gente de clase media alta de Palermo y Recoleta. Con todo esto en mi cabeza, llego a casa y voy a mi bitácora del año 2017 que registra mi viaje a Marruecos, algo de ese bello, aparentemente feliz grupo familiar me remonta a una imagen en la Kasbah de Imlil al pie de las montañas Atlas a unos 1800 metros de altura, al inicio del desierto a unos 100kilómetros de Marrakesh, donde me alojé unos días. Anoté entonces:”Es Imlil, es Marruecos, es marzo 2017; desde la ventana de mi cuarto veo a un grupo de mujeres, rodeadas de niños que juegan y gritan. Las mujeres acaban de venir del río donde han lavado la ropa, la tienden, sale humo por la chimenea de la casa pobre en la que viven. Al atardecer las mujeres recogen la ropa que se ha secado, llegan los hombres, son pastores. Se hace silencio, la luna resalta el perfil de la casa con la chimenea humeante. Años haciendo lo mismo. La vida campesina de los súbditos de un monarca que cuando viaja por el mundo es recibido por reyes, presidentes y primeros ministros. Planos, visiones, concepciones dispares de la vida: pastores, niños, reyes, turistas”. Tengo anotado en la bitácora un pensamiento de Virginia Woolf, “Estoy sola en un mundo hostil. El rostro humano es atroz”.
El rostro de aquellos pastores, los rostros de la familia del tren, no tenían nada de atroz, eran rostros bellos, es gente que no trasunta angustia. Sin embargo lo de la atrocidad del rostro humano me queda grabado en algun lugar de mi cerebro. Cuando pienso en los 73 millones de seres humanos que se tragaron las dos guerras mundiales, para tan sólo citar dos eventos entre los miles que documenta la historia, las palabras de Virginia Woolf cobran contundencia.
Es curioso, ya que mencioné las elecciones en el país, que ayer estaban en las columnas de los diarios: los rostros de los políticos, las palabras de los mismos son atroces, plenas de huecas promesas para lois pastores de Imlil, para la familia del tren.