Autor: alejandrofrango.com

  • FRAGMENTOS DE UN DISCURSO DIARIO

    Comenzó el día con el llamado de un querido amigo residente en Leipzig, ciudad que fue fundamental para el inicio de la madurez de Nietzsche, en tanto que ahí empezó a construir su identidad filosófica. Entre otras cosas, mi amigo me preguntó si había leído “Fragmentos de un Discurso Amoroso” de Roland Barthes (1915 – .1980). Mi respuesta afirmativa fue seguida de un comentario sobre sus temas, su vida privada (vivió con su madre hasta que ella murió) y su propia y peculiar muerte, atropellado por una furgoneta de una lavandería a la salida del College de France. Después mi amigo siguió con su “running” y yo salí a buscar a mi sobrina Camila que deseaba retirar unos instrumentos musicales de la casa de una colega (es musicóloga). Mientras esperaba abrí “El Discurso Amoroso” y subrayé dos notas, la primera una referencia a “La Carte du Tendre” de Magdeleine de Scudery (1607 – 1701) que a Barthes le servía para sostener un aspecto de su Discurso y a mi me fue útil para expresar la creación de la “mousse” juntamente con la obra “Las Preciosas Ridículas” de Moliere y el discurso cartesiano de Res cogitans y Res extensa (la mente y el cuerpo) cuando yo era titular de la cátedra de “Gastrosofía”. La segunda “El dis- cursus amoroso no es dialéctico; gira como un calendario perpetuo, como una enciclopedia de la cultura afectiva (en el enamorado hay algo de Bouvard y Pecuchet”).

    Las musicólogas se despidieron con un interminable abrazo. Mi periplo siguió hasta la gomeria, ya que el día anterior había tenido una pinchadura en una rueda y debía emparcharla para tener el auxilio en condiciones. Miré con atención el trabajo del gomero, que lo hacía silbando y cada tanto conversando con otro operario a su lado y mi cabeza estaba ya pensando en que al llegar a casa debía releer parte de Bouvard y Pecuchet, acompañado de “Vindicación de Bouvard y Pecuchet”, y “Flaubert y su destino ejemplar”, los dos ensayos de Borges que están en “Discusión” y re leer “El Loro de Flaubert” de Julian Barnes (1946) que tengo en inglés, muy anotado. Pasé luego por la verdulería a comprar lechuga, tomates y zanahorias para una ensalada para acompañar un filete de merluza espléndido, para mi almuerzo, observé con atención como uno de los empleados retiraba fruta pasada y la separaba para dársela a una señora y sus niños mendicantes, y como otro acomodaba las berenjenas en una pirámide violacea que nada tenía que envidiarle a la de Keops y volví, mientras observaba, a pensar en “El Discurso Amoroso” y en lo no dialéctico de los personajes de Flaubert. Fui luego hasta la panadería que hace unas facturas de manteca muy exquisitas y vi con que delicadeza la empleada acomodaba las seis pedidas, en una caja con tan buen criterio para que la crema pastelera de unas no tiñeran de amarillo al rojo membrillo de otras más pequeñas y mientras esto sucedía mi cabeza fue ordenándose: ni las musicólogas, ni los gomeros, ni los verduleros, ni la panadera tenían la menor idea de los señores Bouvard, Pecuchet, Barthes, Barnes, tal vez Flaubert y Borges y Barthes las musicólogas sí, y mucho menos que yo dedicase gran parte de la tarde a estudiar, pensar y escribir sobre ellos. En casa leí una nota sobre el estado de la economía nacional, que me dejó preocupado y me metí de lleno en la tarea. Leí con detenimiento el capítulo VIII de Bouvard y Pecuchet y pasé luego al inconcluso capítulo X con aquello de “Compran libros, lápices, goma de pegar, raspadores etc. Se ponen a copiar”. Me surgió la idea que el “Diccionario de las Ideas Recibidas” con que Flaubert da por terminada su carrera literaria, le pudo haber servido de inspiración a Roland Barthes para sus famosas “Figuras”, con su didáctica explicación al comienzo del libro “Lo que se lee a la cabeza de cada figura no es su definición, es su argumento. Argumentum: exposición, relato, sumario, pequeño drama, historia inventada; yo agrego: instrumento de distanciación, pancarta, a lo Brecht” y su brillante “Orden” y “Referencias”. A esta altura mi alegría era intensa y para festejarme, muy frío Chardonnay, filete de merluza, ensalada, aceite de oliva, mostaza de Dijon, limón. Ciruelas de postre. Café, Trabajo.

    Busqué “Flaubert’s Parrot “de Julian Barnes y después de volver a leer los dos primeros capítulos, recordé una entrevista en el suplemento “Ideas” de La Nación en función de su último libro “Despedida”, ya que dice que acaba de cumplir en enero pasado sus 80 años y con este libro termina su tarea: The End. Es curioso yo en dos días estoy cumpliendo mis primeros 78 y si bien es cierto que me da vértigo, estoy escribiendo para publicar mi primer libro “Ornitorrancia” (hay veces que me siento tan raro como un ornitorrinco, pero casi siempre he llegado tarde a casi todo, pero el “casi” es para el “siempre tarde”, no para el “llegar”, porque llegar, llego).

    Apunté en una hoja, las hiper subrayadas opiniones de Borges, que siempre (esta vez sin casi, llega en mi ayuda): “Flaubert fue el primer Adán de una especie nueva: la del hombre de letras como sacerdote, como asceta y casi como martir”. “Flaubert el primero en dedicarse a la creación de una obra puramente estética en prosa. La prosa ha nacido ayer, es posterior a la lírica. Las combinaciones de la métrica se han agotado, no así las de la prosa. La novela espera a su Homero”. Cita Borges a Emile Faguet que en 1899 dice “..dos protagonistas que no se complementan ni se oponen y cuya dualidad no para de ser un artificio verbal”. Borges, nuevamente “Swift para escarnecer los anhelos de la humanidad lo atribuyó a pigmeos y simios. Flaubert a dos sujetos grotescos. Si la historia universal es la historia de Bouvard y Pecuchet todo lo que la integra es ridículo y deleznable”. Deseo recordarles a quienes no han leído Bouvard y Pecuchet, que eran dos copistas que se hacen amigos, uno de ellos recibe una herencia, dejan su trabajo, se van al campo, durante 20 años prueban todo: ciencia, filosofía, artes, historia, religión, agronomía, jardinería, anatomía, literatura, gimnasia, pedagogía; hartos de fracasar vuelven a copiar.

    Concluyo por hoy: la política argentina tampoco tiene polos dialécticos: lo dicho por Faguet es aplicable a Cristina Fernández y a Javier Milei, son Bouvard y Pecuchet, les dejo a ellos la elección de elegir quien de los dos es cada uno, pero perdón a ambos los creo ignorantes de Flaubert, de Barnes, de Barthes y de Borges y a mí ni me leyeron.

  • TREN AL SUR (Cuento)

    Era una de esas lluvias parecidas a los matrimonios sin amor, estaba pero no se sentía. Las gotas caían lenta y espaciadamente: llegaban como si estuvieran sostenidas por hilos invisibles.

    El tren había partido de Constitución en punto, como corresponde a la estrategia de la empresa adjudicataria de la reciente privatización: puntualidad, limpieza, no se fuma, vigilancia, los pasajeros no son usuarios, son clientes. Mi destino era Temperley donde debía dar una charla sobre Cortázar. El tren se detuvo en Gerli, ahí las nubes habían dicho “aflojale que colea” y se descargó una lluvia pertinaz, insistente y urgente. Tuve la sensación que el tren permanecía detenido más de lo que correspondía, a lo que se sumó una conversación, un intercambio de palabras, un racimo de guardas, un pequeño batallón de guardias de seguridad , a lo que siguió una elevación del tono de voz de algunos pasajeros arremolinados en torno a los representantes de la autoridad empresaria y a un muchacho empapado, alto, flaco, con cara de niño, encorvado ante la bicicleta que trataba de desarmar con un par de pinzas que sacó de un bolso.

    • Este no es el lugar de las bicicletas.
    • Pero el furgón está lleno.
    • Puede usted lastimar a alguna persona.
    • Pero es que no hay lugar.
    • Está usted demorando un servicio público.
    • (Cortala botón)
    • Detenener un servicio público es delito.
    • (Quedaron muchos sin laburo para que vos puedas morfar, vigilante).
    • Se baja.
    • La bici ya está desarmada, ves.
    • No me tutee, se baja o llamo a la policía.
    • Ves, ya está, las ruedas las apoyo aquí.

    Yo , ya estaba llegando tarde a la charla.

    Siguió un rato la discusión entre los guardas, el muchacho y algunos pasajeros; pero como casi todo lo que nos pasa; el tren arrancó, el muchacho bajó en Banfield. Mientras aceleraba el paso: el horario, la vida, “el dentífrico comilfó, el dentífrico que no puede borrar el sueño sobre Paco”, y llegué sólo cinco minutos tarde y aún tuve que esperar.

    Durante el viaje de regreso, quise ya estar con Paula, contarle lo que había pasado, deseaba tenerla a mi lado, mirarla, tocarla. Al pasar por Banfield pensé en Cortázar, supuse que le hubiera encantado esa intervención popular frente a la privatización del tren que tantas veces debió haber tomado y cuyo reflejo en un cristal en el mondrianesco subte de París pudo haberle inspirado “Manuscrito hallado en un bolsillo”. El lado de acá reflejado en el lado de allá volvía en el tren al sur con el muchacho que a lo mejor nunca leería a Cortázar pero que tal vez buscaría a su Maga en alguna esquina empapada de Banfield que fuera uno a saber qué mandala o rayuela terminaría de cerrar.

    A la noche Paula se levantó. Sus movimientos me despertaron. La busqué; fumaba desnuda sentada en el piso, frente al balcón del living. Seguía lloviendo, Paula lloraba, la abracé, la acaricié, no quise preguntarle que le pasaba. La besé y se dejó besar y después nos besamos y nos quedamos abrazados tendidos en el piso. La volví a besar y le comenté que Cortázar se quejaba porque nunca había podido escribir la palabra “concha”. Hubo un largo silencio. Paula me abrazó y me besó y me dijo que me amaba, que pasara lo que pasase, ella siempre iba a estar a mi lado y que no importaba que uno en Berlín o Ushuaia, o a la vuelta de casa se acostase con otro u otra, que la fidelidad era algo más trascendente que una calentura momentánea y nos volvimos a besar y no sé por qué, dije,”life is something that happens, only once”.

    En el desayuno Paula me contó que había soñado con Ezequiel, que había sido su mejor amigo y que había muerto escalando el Aconcagua, y que a pesar que siempre se habían amado, nunca habían hecho el amor, pero que esa noche cuando se había despertado, sí, lo había sentido dentro de su cuerpo y se había excitado y lo amó y se entregó entera a él y que él la había amado en nuestra cama y yo supe que sí, que era verdad, que de alguna forma, ahí pero donde como, de una manera distinta a como estamos vivos nosotros, Cortázar y todos los que se bajaron en una estación anterior, también estaban vivos.

  • NO CREO

    Debe haber sido a los 14 ó 15 años cuando rezando El Credo en una misa a la que asistía por costumbre y donde me aburría, que me pregunté si yo creía lo que estaba diciendo; realmente “Creo en Dios Todopoderoso”, la verdad NO; “Creador del Cielo y de la Tierra” y NO y así con las consignas que como un mantra todos repetían a coro; sí en cambio creía que un tal Jesucristo “padeció bajo el poder de Poncio Pilatos y sí creía que “fue crucificado, muerto y sepultado”. Debo haber tardado un año en verbalizarlo y le dije a mi madre que no iría más a misa, que la verdad yo no creía que la religión fuera importante para mí, que la sentía como una tradición de Occidente, al que pertenezco con gusto, pero no como una vocación personal. No hubo problema y me encantó que no lo hubiera.

    Yo sin embargo creo en “Dios”, es verdad que es omnipresente, hay iglesias, capillas, catedrales, monasterios, sinagogas, templos, mezquitas por todas partes, los presidentes juran por Dios; el escudo de Gran Bretaña reza “Dieu et mon Droit”; las Constituciones de muchas naciones dicen Dios, fuente de toda razón y justicia y reservan el juicio sobre las acciones privadas de los ciudadanos a Dios y las mismas quedan exentas de la autoridad de los magistrados. La potencia económica número uno, deja en claro que en cada billete que emite se dice “IN GOD WE TRUST”, es obvio el que se reconoce ateo no entiende la realidad. Dicho esto definamos Dios: Concepto ordenador de la sociedad. Su majestad el Rey se arrodilla ante Dios, es la manera de indicar al conde y su chofer, al caballero y al caballerizo, al pescador y al ascensorista que así como su majestad se inclina, los súbditos harán lo mismo ante el Rey. En los 68 países que he visitado hasta ahora, hay Dios, cuya representación en India se parece a los hindúes, con los que uno se topa en las calles; en Oriente tiene ojos rasgados; es rubio y de ojos celestes entre los nórdicos; la imagen de Cristo se parece más a un ario europeo que a un semita de Jerusalén, entre los pueblos de raza de color negro es negro y entre los pieles rojas supongo que no sería parecido a un japonés.

    A los que no soporto es a los que te dicen “yo soy agnóstico”, son los peores, son NO pero SÍ, por las dudas, dejan la puerta abierta son híbridos, son hipócritas, me hacen acordar a los que llaman “yanquis” a los norteamericanos e Imperio a Estados Unidos, pero tienen su dinero en Wall Street o Suiza y casas de veraneo en Miami, son esos, individuos no de izquierda; con los que es interesante conversar; sino “zurdos”, progres y algunos coronan su confesión diciendo y peronista. En ese momento yo me hago romano y digo “Crucificalos”.

  • CROSS ROADS (cuento)

    Salimos al ruido de la avenida Corrientes y nos metimos en la pizzería. Después de pedir nos quedamos en silencio. Marina mira hacia la calle y hace que se distrae mirando pasar a la gente. Pero yo sé en qué está pensando, yo también estoy pensando lo mismo. Todo es por esta puta película que acabamos de ver.

    El tipo un degenerado: alcohólico mal, le daba a la maría y a la coca todo el tiempo, y la mina otra loca; se calentaba viéndolo a su marido cogiendo con otra. Y la hija flor de puta también; y aquí es donde yo me pongo a recordar a Susana y sé que Marina no ha dejado de pensar en ella todo el tiempo.

    Al final lo único que tiene de bueno la película es el camión. Un Mack. Yo con uno de esos soy Gardel: cabina tapizada en cuero, parlantes a mil, GPS, teléfono, heladera, cama doble con TV color: así cualquiera. Yo tiraba a la mierda ese Ratón Mickey que llevaba colgando en el espejo y ponía la foto del Mudo y los banderines de River que tengo en el 1114 y lo levantaba hasta 140 y le metía pata y llegaba en un tiro a Comodoro Rivadavia. El 1114 es un fierro, pero pobrecito ya no da más.

    Le acaricio las manos a Marina; las tiene húmedas. Cuando anda con la angustia se le ponen mojadas, como aquel día de la pelea en que Susana dejó la casa y no supimos más de ella. Fue por Basilio; si hasta tuvimos que dejar Dock Sud y mudarnos a La Boca. Basilio recién salía de la cárcel; yo le pedí a Susana que no se acercara a él, le advertí que era mal bicho, que andaba con otras minas, que había sido cana y que traficaba; por eso cuando la vi salir de la casa de él, no pude con mi genio y la eché.

    Desaparecieron los dos; al tiempo el volvió con otra mina y un chico de dos años que dijo que era suyo, y esta mujer dele insultarla a Marina porque decía que nuestra hija le había echado a perder a su Basilio y cada vez que se la cruzaba en el mercado o colgando la ropa en la azotea, dele decirle que la puta de tu hija esto y aquello y lo otro y por eso nos mudamos a la Boca, que no es lo mejor para una fana de River, pero la guita no dio para más.

    El yanqui, el que hace de esposo es camionero, viaja por los desiertos y montañas y para en bares y estaciones de servicio, que si tuviéramos de esas en la Patagonia, con duchas y piletas de natación con esos flamencos pintados en el fondo, nos quedamos a vivir allá. Me los imagino a Narice y al gordo Rodriguez en ese bar de luna rosa de la peli, claro pero ahí no toman mate.

    Estos yanquis, yo no sé que tienen en el alma. El se llama Mick y ella Sandra, debían andar por los cincuenta, y la hija, bueno uno no sabe que se trata de la hija hasta que pasa lo que pasa y la gorda Sandra se pone como loca y a Marina le empezaron a traspirar las manos.

    En el pueblo donde viven ;”Cross Roads”; hay una especie de prostíbulo cibernético. Hay meseras que te sirven con las tetas al aire, camareros putos, mucho fluo y hay salas privadas donde uno puede ver. Te muestran una donde hay una jaula con un tipo en bolas y hay otros tres con camperas negras y botas y gorras de policía que lo cagan a patadas y después se lo cogen. Hay otras salas en donde hay minas con látigos que azotan a hombres que les gusta que les peguen. En otra dos tortas juegan con un vibrador y en otra hay una mina que le da con un consolador a un tipo mientras éste se la está chupando a uno de esos vestidos de cuero negro y todo esto meta Rock an Roll y droga. Y bueno llegan Mick y Sandra bien borrachos y se ponen a tomar más y el tipo jala merca y le pasa el tubo a Sandra y como ella se calentaba viéndolo a el con otras, se meten en una de las cabinas, mejor dicho ella se mete en una que es como un cine en chiquito y él se mete por detrás de la pantalla. Entonces la cámara lo enfoca a él que camina por una pasarela en donde lo único que hay son culos; hermosos culos, para decir la verdad, metidos en ventanillas, entonces Mick, jala más polvo y le da a la botella y al llegar al culo de la ventanilla número 8; el mismo que yo hubiera elegido: rosado, macizo con un lunar en un cachete, aprieta el botón de la consola y en la sala en donde está Sandra se enciende la pantalla y ella lo ve a él y al culo ahí entero. El se agacha, lame los cachetes, deteniéndose en el lunar y luego se la mete. Sandra lo ve gozar, escucha los gemidos, pero a la mina sólo se le ve el culo. Sandra está por acabar al mismo tiempo que Mick y ella pone una cara que me hizo calentar. Él acaba y ella también y la mina del culo parado finge acabar y de pronto se enfoca la cara de la mina y aparece en la pantalla y es ahí donde Sandra se transforma y se pone como loca y empieza a hacer unas muecas y después llora y uno no entiende nada por qué está pasando eso, pero enseguida se muestran tomas como del pasado en las que se lo ve a Mick joven, jugando con una chiquita sobre un pony blanco con manchas negras y Sandra filma y después es él que filma y ella está con el pony y la chiquita ríe y corre y los tres se revuelcan en el pasto y entonces uno ve la cola de la chiquita que tiene un gracioso lunar en el cachete y fue ahí que a Marina se le pusieron las manos llenas de gotas como si las manos estuvieran llorando.

  • AR / DR

    En estos días nos han informado la televisión, las radios y las omnipresentes REDES que un estudiante de 15 años de un colegio de San Cristóbal, provincia de Santa Fé, entra en el establecimiento y camuflada entre los libros de geografía, idiomas, matemáticas, lleva una escopeta, la carga en el baño y mata a un chico de 13 y deja a muchos heridos. Después de la conmoción comienzan los comentarios periodísticos; obviamente se menciona la serie británica “Adolescencia”, de si hay una o dos víctimas (pero claro, uno está muerto, el otro cargará con su culpa de por vida ¿será así?); si la escuela esto, si los padres aquello, si el sistema ha cumplido bien su función, si las drogas, si el bullying, si la soledad de los chicos que hablan, sueñan, se sacan selfies y se masturban con la pantalla encerrados en sus cuartos.

    Comencé mi escolaridad a los 5 años en un jardín de infantes: “The Doll’s House”, donde también hice primero inferior y primero superior y tuve que rendir examen en la Educación Pública para revalidar, que ese jardín privado había cumplido con su función; y sí, lo había hecho muy bien, mi examen fue excelente y además jamás me hicieron leer que “Eva me ama y Perón me ama, es decir mamá ellos me aman”, como sucedía en la educación oficial: tal vez por eso nunca fui peronista. En 1956 colegio bilingüe en Olivos hasta 6to grado. Sólo uno de los chicos (Ives), en el último grado tenía a sus padres separados, era el hijo del Cónsul General de Suecia. El comentario de mi abuela: “Esas son cosas que pasan en Suecia”. Colegio secundario en Escuela Pública de excelente nivel entre 1961 y 1965; al menos en nuestra divisíon, alrededor de 30 chicos, nadie era hijo de padres separados. Entre los amigos del barrio sólo uno de nosotros tuvo padres separados, pero cuando nuestro amigo ya estaba en la facultad. Con el tiempo nos llegó Suecia. Es obvio que había problemas, tuve un compañero que se suicidó porque le calentaban los chicos y no las chicas, otro se fue a vivir su sexualidad a San Francisco (no en Córdoba, sino en California), alguno huyó de su casa y nada era “Hogar dulce Hogar”, pero eran otras las formas (¿contenidos, vigilados, reprimidos, castraditos?) si algo de eso había, pero había padres presentes y eran padres, no amigos. Le decíamos “boludo” a Juan cuando no hacía el gol, jamás a tu viejo.

    En mis cuatro años en Europa (1978 – 1982) no sonó ningún celular, y sólo se veían computadoras en compañías aéreas, bancos, gobiernos. Regresé en el Federico C desde Génova: no sonó ningún celular.

    En 1983 tuve mi primera computadora, ya tenía 35 años y mi primer celular lo compré en 1998 a los 50. El primero que oí sonar fue en 1987, creo que era un Motorola, gigante, con valija. Viajé por primera vez a Estados Unidos, estuve un mes, sin celular y no compré ninguno, eso fue el 31 de diciembre de 1998; quería despedir el último primer día del año del siglo XX en Times Sq.. Mi primer IPhone fue el IV, después el V, sigo usando el X que compré en 2019.

    El siglo XXI es el siglo de las REDES, es lo nuevo, hay que adaptarse, ya llegarán los super tours de lujo sin celular: “Two weeks in Patagonia without a single ring” (All included 10.000 U$S per day). El automóvil invadió todo pero sigue habiendo caballos, hay clubs de equitación, la Argentina goza del mejor Polo del planeta, he visitado Mongolia y anduve a caballo 10 días, y corren por su estepa 40 millones de equinos salvajes. En el conurbano, es decir aquí a la vuelta, hay carros con ruedas de gastados neumáticos tirados por explotados y famélicos caballitos cargados de cartones y miseria. Pero sí, el siglo XXI es el de las REDES.

    Mi modesta proposición como diría Jonathan Swift: Señores terminó una época que comenzó en el 525 debido a Dionisio el Exiguo, que después de mucho estudio dató el nacimiento de Jesucristo (con un margen de error de entre 4 y 5 años) y así pasamos a Anno Domine 600, 601, 1453, 2025) Esa datación se popularizó a partir de Beda el Venerable (672 – 735) y fue recién con el teólogo Denis Pétau (1583- 1652) que se tomó por costumbre esto de AC / DC (Antes y Después de Cristo) (Ver en este blog el artículo “Relatividad del Tiempo” subido el 16 /10/25. Entonces mi propuesta AR / DR, Antes y Después de las REDES (ALEJANDRO FRANGO DIXIT), después no me vengan con que lo inventó el Pofesor Philipe Poronguis de La Pinchila University. Pero tengan presente que las redes siempre han sido la tumba de los peces que los transformaron en pescados y yo cada día veo mas gente con escamas, aletas y espinas.

  • EL SILENCIO (cuento)

    Al día siguiente de los sucesos que luego relataré, ella revisó por enésima vez los portales de noticias con la esperanza de que algo de lo vivido hubiera quedado registrado, pero no, al igual que la televisión y la radio había una muda ceguera al respecto. Daba la impresión de que lo sucedido hubiera pasado en otro lugar, o peor aún en un no lugar. El hecho, por nimio que hubiera sido, fue insólito, pero al no quedar registro del mismo pasaba al orden de lo fantasmal o; y esto la aterraba; al de la alucinación.

    Salió hacia la estación del ferrocarril, como todos los días. Abrigaba la esperanza de encontrar a alguno de los pasajeros que por coincidencia de horarios se repiten en el andén y aún en los coches. Fue en vano, no pudo reconocer a nadie que pudiera haber estado el día anterior en el tren de las 9.03 en San Isidro llegando 9.42 a Retiro. Se paseó por la plataforma tratando de recuperar algún rostro de los tantos que el día anterior, al salir el tren de la estación Lisandro de la Torre, a la altura del hipódromo de Palermo hubieran podido participar de ese hecho extraño que ahora trataba de corroborar, pero al no asociar rostros con lo acontecido, bajó la vista hacia los zapatos y cada vez que veía a alguien, hombre o mujer con calzado nuevo, al igual que ella, levantaba la vista como interrogando, pero no se atrevía a preguntar; sentía algo entre temor, vergüenza y que la consideraran sospechosa, pero no sabía de qué. Subió al tren que no venía tan lleno como otras mañanas. En La Lucila se desocupó un asiento del mismo lado de la ventanilla, en el que el día anterior había estado como víctima y testigo de lo acontecido.

    Al pasar por la Quinta Presidencial miró hacia los jardines y tal vez el verde de la loma que imaginó mullido le hizo pensar que sacarse los zapatos producía siempre (al menos hasta el día anterior, así había sido) una sensación agradable: es algo que mucha gente hace al llegar a su casa; algunos incluso reservan en el hall de entrada o en el pasillo de acceso al departamento un lugar para dejarlos. Japoneses y chinos no entran en las casas calzados como para no acarrear contaminaciones extrañas al seno de la intimidad. Aviones, restaurantes, reuniones en oficinas y clases aburridas son algunas de los ámbitos aceptables como espacios a quitarese los zapatos.

    Pero el día anterior, y es esto lo que quería relatarles, cuando iba como todos los días hábiles a la compañía financiera donde trabajaba de secretaria ejecutiva, algo inusual había sucedido. Iba sentada, mirando distraída por la ventanilla, cada tanto recibía algún mensaje que contestaba apenas leído, cuando tuvo esa sensación – que ahora que el tren acababa de dejar Lisandro de la Torre, volvía a sentir- pero esta vez no en los pies como en la víspera, sino en las caras, en la suya y en la de los vecinos y recién en ese momento se daba cuenta; que no sólo ella estaba rígida y apretaba los dedos dentro de los zapatos como lo había hecho el día anterior, también el de traje azul frente a ella y la chica de las All Star negras a su lado y la señora de los zapatos con moño negro sentada en diagonal notaba que hacían lo mismo.

    El día anterior, sin embargo había sido arrollador cuando sintió que de pronto se le salían los zapatos, como si hubieran adquirido una vida independiente de la voluntad personal, a pesar de la fuerza con que pretendía retenerlos con sus dedos contraídos que los sintió como naúfragos aferrándose a una madera o como agarrándose de las paredes de la puerta del avión antes de lanzarse al vacío, como hacen los paracaidistas primerizos, pero el día anterior no había sido posible; primero fue el izquierdo y luego el otro y se fueron caminando por el pasillo. Se había parado enseguida, pero el hombre frente a ella se había interpuesto abalanzándose tras su par de abotinados de gamuza que se iban detrás de los de ella y de los dos pares de zapatillas de los chicos que ocupaban los asientos contiguos que también salieron a recuperar sus calzados. El insólito fenómeno los había superado. No eran sólo los pasajeros del coche en el que viajaban sino los de toda la formación. Un nutrido batallóin de zapatos de taco alto y bajo, zapatillas Nike, Vans, Topper, Converse, borcegos, un par de ojotas amarillas (¡y en pleno invierno!) y sus dueños entre absortos y consternados pugnaban por hacerse de los mismos ya que el tren había entrado en el cobertizo de la estación Retiro y tendrían que bajarse y caminar hacia las calles.

    Agolpados en las puertas, zapatos y despojados, ya conscientes, éstos últimos, de la gravedad de la situación aguardaban que estas se abrieran para ver como los zapatos salían caminando acéfalos por la plartaforma cada vez más veloces rumbo a los molinetes que fiscalizaban la salida.

    Ella había sentido el frío del cemento y un chicle se le había pegado a la planta del pie. Un colorido y dispar ejército de enanos de cuero, lona y plástico totalmente descontrolado rompía todos los códigos.

    Pasajeros a la espera de trenes en andenes vecinos habían sido testigos involuntarios de algo que al principio parecía increíble, como si no pudieran dar crédito a lo evidente; alguno esbozó una sonrisa que contuvo ante la consternación general y entonces ella y los otros se fueron agrupando, mudos, pero como protegiéndose ya que estaban desvalidos en un ámbito donde no era costumbre caminar descalzo y porque en segundos nomás deberían enfrentar la realidad de caminar hacia Alem, Puerto Madero o Plaza San Martín.

    ¿Cómo explicar en la oficina que uno ha llegado a trabajar descalzo?

    Nadie le dio mucha importancia a lo que ella relató, pero sí percibieron los zapatos recién comprados que mostraba como inútil prueba de lo acontecido. Nadie al parecer había tomado ese tren, ningún cliente hizo mención del hecho.

    Tampoco lo hubo en la pausa del mediodía. Le dio la impresión que sus comentarios molestaban. Por la vidriera del restaurante notaba que algunos parecían observarla.

    Trabajó intranquila.

    Al fin del día, el ascensorista la despidió con una sonrisa distinta a la usual y le miró los zapatos.

    También el portero se los miró, se levantó de su silla y se acodó en el mostrador para tener una mejor visión.

    En el tren de regreso nadie pareció haber registrado el hecho de la mañana.

    Los noticieros de los canales de aire y cable no informaron, tampoco las radios.

    ¿Y los zapatos? ¿Dónde habrían ido?

    ¿Es que nadie había visto nada?

  • FINDE LLUVIOSO, LECTURA, MORFI, “TRUST”

    Amo la lluvia, intensa, continua, con truenos. Leo el diario. Re leo “El Vestido Rosa” de César Aira. Re leo “Un Hombre sin Suerte” de Samanta Schweblin. Café.

    Salgo a caminar, a la lluvia hay que escucharla y también caminarla: eso es amar la lluvia, mero placer.

    Almuerzo: mientras cocino abro un Cabernet Franc salteño, impecable. Wok de pollo, langostinos, puerro, cebolla de verdeo, aceite de oliva, manteca, pimienta negra. Arroz,curry. Tarta de pera. Café.

    Salgo en auto a mirar el río, me encanta como golpea la lluvia el techo del auto. Regreso. Café. Re leo “Lottery” de Shirley Jackson (twice). Re leo “Mariposas” y “Pájaros en la Boca” de Samanta Schweblin.

    Alrededor de las 17.30, ha empezado a atardecer “Trust”, la serie de Disney sobre parte de la vida de Paul Getty (1892 – 1976) y el secuestro de su nieto Paul Getty III (el hippie de oro). Paul Getty cumple con el sueño norteamericano de empezar con 100 dólares y en menos de 40 años es el hombre más rico del mundo, o el segundo o el tercero, que da igual. Lo interpreta con maestría Donald Sutherland (1935 – 2024). Miré toda la serie. La actuación de éste Donald muy superior a la del Donald más conocido, y no me refiero al Pato. Algo me impresionó, además de su bellísima casa Sutton Place en Guilford, Gran Bretaña, es que (yo al menos) quería matar a Paul Getty, un “truly SOB Mother Fucker, Piece of Shit”. En una escena dice “Yo soy Plata”, y agrega “La plata es poder, cierta cantidad de plata es algo de poder, entonces querés más poder y después queres todo” Some, More, ALL. Me acordé del zorro de nuestro gallinero en Provence, y es así el zorro, la guerra, la plata, la cocaína, la vida es no PODER parar.

    Lamenté que Donal Sutherland se haya ido sin interpretar a Borges, en algunas escenas es un Borges NO no vidente. Terminé la jornada lluviosa con 1/4 de helado de Pistacho y Arándanos re leyendo “Las Ruinas Circulares”. Me tomé un whisky y me acosté y si George Clooney termina diciendo “What else?” por un café yo digo “La puta que es lindo estar vivo” y seguía lloviendo.

  • CAMBIA ¿TODO CAMBIA?

    Como hay guerra en Medio Oriente y yo tengo que llenar el tanque de nafta del auto con los mismos 50 litros de siempre, pero debo pagar más dinero porque un señor estadounidense octogenario decidió junto a un equipo, que lo más conveniente para fortalecer su poder es unir sus fuerzas a las de otro señor de 76 años, éste israelí y su equipo y entrar en guerra contra otros intereses representados por unos déspotas religiosos musulmanes que además de querer extender su concepción del mundo, quieren erradicar de la faz de la tierra al estado de Israel y para ello han engendrado a Hezbollah en el Líbano, a Hamas en la Franja de Gaza y a los Huties en Yemen. Esta situación que lleva, en cuanto a este estallido puntual, un mes; viene desde hace muchos años, tantos que me remontó a la primera vez en mi vida que escuché la palabra “Ayatolá” (señal de Alá), cuando yo era un señor de 31 años y vivía en el campo en Provence y encendí el televisor un frío atardecer del 16 de enero de 1979 en Antenne 2 y Patrick Poivre d’Arvor anunció que el Sha (Rey) de Persia, Reza Pahlavi (1919 – 1980) había sido derrocado poniendo fin a su reinado comenzado en 1941 y a la monarquía que tenía entonces 2500 años. Se hacía cargo del gobierno el Ayatolá Ruhollah Komeini (1902 -1989).

    Mis problemas en el campo francés eran entonces cómo evitar que el zorro, que merodeaba nuestro gallinero no atacara a las gallinas, porque se ceba y al matar a una no puede parar y termina con todas como en verdad sucedió una noche; a qué hora era la comida en lo de Mai Zetterling y Glenn Grapiné en Ardeche; si convenía ir al mercado de Úsez a hacer las compras o si era suficiente con ir al almacén de Lussan; cómo planear mi viaje a Sri Lanka, India y Nepal, y en qué momento regresaría a Argentina. Y mi sempiterna pregunta What the hell are we doing here?

    Vivo en San Isidro y ahora soy un señor que en 10 días tendré 78 años y hoy mis problemas son cómo hacer rentable mi producción de jarras de pingüino; cómo hacer para que mi blog tenga lectores; cómo cumplir mi proyecto de visitar tantos países como años tengo (lo cumplí a la perfección hasta los 68), quiero recorrer los 12 que me faltan al cumplir los 80 y llegar al 100 años / 100 países. Hay algo que me inquieta, cuando yo vivía en Provence había un hombre de 78 años y una mujer de 76 y me parecían dos ancianos respetables y cada tanto “dos viejos chotos”, jubilados, pasivos y la verdad que no hacían más que comer, dormir y hablar del pasado, si pienso en mi padre, ya tenía 10 años de muerto, mi madre se había jubilado y ya llevaba 13 años de lecturas, yoga, algunos viajes con amigas, teatro Colón, atención de sus nietas hasta que murió a los 85 (los últimos 4 con asistencia de compañía en su casa hasta su internación). Lo que me inquieta es eso, 78, 79, 80……109. Porque además me sigo preguntando What the hell am I doing here?

    También me parece que así como el zorro se ceba con la matanza de una gallina y no puede parar hasta el exterminio total, algo así sucede con la guerra entre nosotros, arrojado un misíl se arrojan todos. En fin para responder a la pregunta del título; creo que al menos en estos 6000 años de historia, lo que siempre ha sucedido es lo que mi amado filósofo Heráclito pensó “Pólemos, padre de todas las cosas”, es decir que nada en verdad cambia a menos que estemos por terminar un ciclo ya que hoy leí que un objeto al que los astrónomos llaman “31 Atlas”, es el tercero objeto conocido procedente de fuera del sistema solar, que no sé qué consecuencias tenga, pero algo que se metió en el sistema solar, viene de otro lado, que espero sea un poco mejor que lo que se ve todos los días, ya que a mí me bastaría con que yo pudiera ser una mejor persona, que pudiera poner en ganancia mi emprendimiento y retomar los viajes porque hace ya tres años que no salgo del país y eso es claustrofóbico y produce diarrea estival hasta en invierno.

  • DÍA LABORABLE (Cuento)

    La ciudad me resulta abominable, pero no puedo alejarme de ella. Es mi oasis; el mío y el de millones, que la gozamos padeciéndola.

    Ha sido mi cuna y la de mis antepasados por algunas generaciones. Mis padres han muerto en ciudades donde habían nacido mis abuelos, cuyos progenitores fueron dados a luz en burgos a los que habían llegado sus mayores huyendo de campos yermos y montañas plenas de emboscadas. Ciudades diversas entre sí, aunque metas del mismo deseo. Campesinos hambrientos, buhoneros, artesanos, deudores de alguna muerte; encontraron tras los muros de Ávila y de Avignon, en mercados de Tartús y Bagdad, y en talleres de Manchester y Milán, el oprobio al que tal vez estuvieran destinados; o no tanto; ya que por distintos caminos se asentaron en este recóndito puerto.

    La ciudad es parte de mi: es mi alfabeto.

    Me violento con facilidad en pueblos de provincia donde me expongo a tener que escuchar historias intrascendentes narradas por rústicos sobre otros que cambiaron el pueblo por la gran ciudad por afán de progreso y, que terminaron no sólo perdiendo el garbo y la frescura, sino el habla. Esos primitivos atestan hoy las ciudades, contaminándolas de sensiblería y nostalgia.

    A diario traspongo el umbral de mi vivienda y son los adoquines los que me comunican el pulso con que andaré. El ritmo suele repetirse – tampoco aquí las variaciones son infinitas-. Al dejar la cuadra del estrecho pasaje en donde está mi morada y penetrar en la avenida, el ruido voluptuoso de máquinas y luminarias es el mismo que los adoquines me anticiparon. Sé cual será el tono -aunque no siempre el tema- de la historia que contaré ese día. Lo sé por la humedad que despiden los adoquines, por lo que les impregnan a las palmas de mis manos, por los matices que les infunde la luz que cae sobre ellos. Cierto hálito que percibo, no en el aire, sino en la superficie pulida de esas piedras: gotas, manchas de aceite, polvo de óxido, leche derramada, innumerables y minúsculos objetos atrapados en los intersticios que las separan, pequeñas basuras, me van revelando si mi historia tendrá protagonista femenino o masculino. Si será una historia de viejos o de adolescentes; si habrá una violación o será la vida de un marinero o de un actor sin teatro, si la historia tendrá héroes nacionales, si habrá un crimen o el payaso se suicidará. Sé también donde ambientaré mi relato: la Ópera, el Banco Nacional, el Abasto, la Estación Central, los túneles, las dársenas del puerto, la barraca a la que llegará el cargamento de drogas o de armas.

    Llevo años de trabajo pulsando el palpitar de los adoquines. Puedo salir a cualquier hora: de mañana, como hoy, a la noche, a las dos de la tarde de un verano implacable o bajo una lluvia torrencial. Salgo a ensartar una historia. Camino. Tomo taxis, colectivos, el subterráneo. Entro en bares, voy al cine, miro vidrieras de casas de antigüedades, recorro ferias y parques. Merodeo los colegios a la hora de entrada y de salida, visito galerías. Deambulo por calles y barrios que detesto.

    Hoy, ya lo dije, salí temprano.

    El laúdano me ha tenido inactivo por varios días.

    Ya comienza a amanecer antes de las seis. Es la época del año en que los adoquines, no las flores -en donde vivo no hay flores- me trasmiten sexo: clandestino, abyecto, pago. Cierta figura que al principio no supe a qué atribuir, ya que es la hora en que la lámpara de alumbrado proyecta sombras difusas sobre el cemento, me inquietó. Un paracaídas de juguete enredado en los cables de electricidad se balanceaba suavemente. Su ocupante cautivo, demasiado grande con respecto al paracaídas colgaba decapitado y sin una pierna. Encontré la cabeza de plomo pintado, tirada al lado de un zapato rojo con el taco aguja quebrado. Una luz se apagó en el edificio que da al baldío. Una mujer en bombacha y corpiño con un niño en brazos, arrojó pañales descartables hechos una pelota, desde el tercer piso.

    El escenario de mi historia será en altura, de una mujer en las alturas en equilibrio inestable.

    A sorbos lentos bebí el café y las copas de ginebra en el bar de la esquina. Blanco y negro, el relato de hoy será en blanco y negro. La nota de color estará dada por el zapato. Y por la sangre, habrá sangre. Se hablará en francés, pocas palabras. Tendrá un dolor lejano.

    Volví por mis largavistas. Mi morada -nunca pude referirme a ella como mi casa- es una habitación larga y ancha (galpón del ferrocarril usurpado por dos pintores alcohólicos y un cantor de tangos ciego, a quienes les alquilo mi espacio). Tengo una nutrida biblioteca. Leo todo el tiempo en que no trabajo, y mi trabajo es literaturizar los adoquines, el suelo que piso.

    Al salir, hoy, vi la silueta de una mujer que se ocultaba detrás de la ochava del café de la esquina. Distinguí el faldón de su pollera, los tacos altos, supuse medias con costura. Es de Berlín, pero no es alemana, es francesa. Es rubia, tal vez lleve una orquídea en el ojal de la solapa de su tailleur. Esta mujer ya ha sido narrada, también filmada. Saqué el largavistas del estuche, acerqué y alejé los pasos de la mujer que giró en sentido contrario al río. Un carro dejó cajones en la puerta del almacén. Un montacargas depositaba bultos en la caja de un camión estacionado en el playón de la fábrica de colchones.

    Alguien apagó las luces de la ciudad. El reloj de la torre dejaba leer las siete. Seguí el vuelo de una paloma, me detuve luego en la cara gorda de un chofer que conducía un camión. El hombre iba fumando, parecía cansado, preferí pensarlo dolido, lo habían dejado por otro hombre (o por otra). Apunté en mi libreta de trabajo: CHOFER DE CAMIÓN, SU MUJER LO DEJÓ POR UNA MUJER MIENTRAS EL VIAJA POR LA LLANURA INTERMINABLE. Dirigí los binoculares al cielo. Un avión llegaba a destino. Viré hacia el río. Ya tenía la historia: una mujer llegaba a la ciudad, venía de lejos, se alojaba en un edificio vetusto. Buscaba ser otra, necesitaba olvidar. No hablaba el idioma del país. No importa su nombre, si había algo intrascendente era precisamente el nombre.

    Paré un taxi. Vi el escenario. Le indiqué al chofer la plaza, que es como un balcón elevado sobre esta ciudad tan chata, está cercada por árboles tupidos y extraños que ensombrecen una fuente ornada con nereidas herrumbrosas. En frente, cruzando el camino de salida de la ciudad hacia el aeropuerto, hay un edificio degradado que tiene ventanas ojivales que miran a la plaza. En ese edificio se alojará la mujer, que veré pasearse por el balcón, que ha venido para olvidar a un militar al que ella amó y traicionó.

    Tuve una erección.

    Desde el auto miraba por el largavistas a los ciudadanos yendo a sus trabajos. Me deleito siendo un transgresor y de que ellos me ignoren, un loco al que dejan suelto, un pulsador de la ciudad. Un ente sin horarios, irresponsable, sin sentido, ni propósito, un traidor, un infame. Comencé a masturbarme moviendo la pelvis lentamente.

    Cuando el taxista me preguntó que hacía -se refería, creo, a los largavistas- le contesté cortante: estoy trabajando. Hizo una mueca y me dejó tranquilo.

    Bajé. Caminé por calles angostas. Recorrí la zona de los bancos, vi cuadrillas de hombres cavando zanjas, chicos de delantal blanco, oficinistas. Alrededor de las nueve tomé un café. Leí los titulares de un diario. Volví a caminar muchas cuadras. Entré en otro café. Fui a la Biblioteca Nacional, inspeccioné documentos sobre la revolución. Anoté en mi libreta: LA NARIZ DE LA BIBLIOTECARIA.

    A la una decidí almorzar; fui a lo del húngaro, pedí gulash. Danika me hizo una seña. Deborah había regresado, estaba libre, pero cuando escribo no copulo.

    A las tres ya estaba en la plaza frente al edificio de ventanas ojivales, sabía que la mujer se asomaría. A las cinco ya había contado ocho aviones que aterrizaban. Varias personas salieron a distintos balcones, ella no. Detuve los largavistas en una pareja. Él, en musculosa, ella con vestido floreado, se pegaron.

    En otras de mis pasadas, los vi besándose.

    Más arriba, un chico arrojaba piedras, o tal vez fueran nueces, a los transeúntes y se escondía detrás de la balaustrada de mampostería mohosa.

    A las seis ella salió al balcón. Era rubia; vestía un deshabillé color rosa que supuse de satén, imaginé que calzaba unas chinelas de raso con pompón blanco, tendría los pies hinchados. Se paseaba fumando un cigarrillo tras otro. Se apoyó en la baranda, hizo un extraño mohín, lloró un rato largo, luego con decisión se arrojó al vacío.

    Escribí la historia con facilidad. Al fin acabé.

  • PEQUEÑA HISTORIA PERSONAL

    Hay gente (los argentinos) que tenemos la costumbre de servir “el vino de la casa” en una jarra en forma de pingüino. Hay otra gente (yo) que un día se preguntó por qué si Australia, Nueva Zelanda, República Sudafricana, Chile, Uruguay, Argentina que somos productores de vinos y compartimos territorio con pingüinos; sólo a nosotros se nos ocurrió servir el vino de esa manera. Aquí hay una historia; me dije,hay que contarla.

    Compré el 19 de marzo de 2004, en el mercado de la Estación Las Barrancas del Tren de la Costa, mi primer “pingüino”, Colonial Loza, marrón, de cerámica, diseñado como un caballero elegantemente vestido de frac, le coloqué una etiqueta en la base con el número 1 y decidí que acababa de iniciar una colección. Opté por darle el nombre, de Lord Brown (al que con el tiempo le agregué el “junior”, por razones que después explicaré). Pagué por él $ 50 con un dolar que ese día cerró en $ 2,90, con lo cual aboné el equivalente de U$S 17, que al cambio de hoy son $ 23.800. Acabo de entrar en Mercado Libre y uno exactamente igual se ofrece en $ 50.000 el más barato, que al cambio del dolar hoy, de comprarlo, estaría abonando U$S 35,70.

    En estos 22 años la colección pasó de 1 a 292 ejemplares.

    En estos 22 años el precio pasó de $ 50 a $ 50.000, o de U$S 17 a U$S 35,70.

    En estos 22 años me asocié con un amigo, inauguramos el MUSEO VIRTUAL DE LA JARRA DE PINGÜINO, publicamos un libro, participamos en múltiples exposiciones. Estamos en las redes Instagram y Tik Tok. Nos han entrevistado, radios y televisión. Hay un documental en producción. Pueden vernos en jarradepinguino.com y jarradepinguino.

    En estos 22 años hice 21 viajes al exterior, 47 al interior, cambié tres veces el auto, leí 100 libros por año, lo que hace un total de más de 2000, sucedieron amores, amigos, estudiantes, películas, restaurantes, encuentros y desencuentros, hubo bienvenidos nacimientos y dolorosas muertes de entrañables personas. Pasé de tener 56 vitales años a (en 15 días) 78 vitales años. Salvo los fallecimientos todo para arriba y para adelante.

    En estos 22 años ocuparon la Casa Rosada las siguientes fórmulas:

    Kirchner – Scioli

    Kirchner – Cobos

    Kirchner – Boudou

    Macri – Michetti

    Fernández – Kirchner

    Milei – Villaruel

    y sus respectivos ministros de economía y de todas las otras areas, los diputados y senadores, funcionarios, miembros del poder judicial que han hecho de nuestro país esto que al igual que nuestras jarras de pingüinos y la Selección Nacional de Futbol han ido para arriba y para adelante. ¿O estaré equivocado al considerar que con mi jubilación de $ 450.000, o U$S 321 al cambio de hoy, puedo comprar 9 jarras Lord Brown todo los meses?

    Al número 1, le agregué el junior, porque vino otro muy similar pero no igual, ya que es más grande, como ven todo más grande y para adelante, siempre para adelante hasta el abismo.