¿Cómo volvió San Martín, en estos días con tanta fuerza? Desde el punto de vista de lo estrictamente fáctico, resultó que ordenando la biblioteca, me topé con un libro de Henry Marie Brackenridge (1786 – 1871), Pittsburg que fue abogado, fiscal general en Nueva Orleans y que en 1817 formó parte como secretario de una misión estadounidense al Rio de la Plata, presidida por César Rodney, para informar al gobierno de su país sobre el estado de situación política en las Provincias Unidas del Sur. En tan sólo dos meses, lo que duró la misión, dio un informe tan detallado que publicó como “Viaje a América del Sur por Orden del Gobierno Americano en los años 1817/ 1818 en la fragata Congress”, que fue fundamental para el reconocimiento de la independencia argentina de parte de los Estados Unidos en 1822.
Al llegar al Capítulo IV me entero que el 12 de noviembre de 1812, el entonces Teniente Coronel San Martín de 34 años se casa con María de los Remedios de Escalada de 14 años y me pareció, para decirlo muy respetuosamente, una barbaridad rondando el abuso adolescente. Dejé de leer e interrogué a un variado grupo de personas sin decir de quién se trataba y el rechazo a una relación amorosa con 20 años de diferencia a esa edad fue total; dos señoras madres de adolescentes mujeres estallaron en insultos. Después mencioné los nombres de los involucrados y hubo una suerte de comprensión ya que “en la época era algo bastante usual, o culturalmente era lo que se aceptaba”. Investigando un poco más el asunto descubrí que la madre de Remedios se opuso con toda su fuerza pero terminó cediendo por obediencia a su autoritario marido, aunque jamás le dirigió la palabra a su yerno.
Bien ese acontecimiento hizo que acumulara sobre mi escritorio, todos los libros mencionados ayer y el comienzo de la relectura de los mismos. La verdad es que siempre me molestó que se llamase a alguien “Padre de la Patria”, habiendo ese “padre” estado en su vida adulta en la “patria” un total de 5 años y 11 meses, habiendo llegado al país desde Londres el 9 de marzo de 1812, en febrero de 1817 cruza los Andes hacia Chile, se reune con Bolivar en la famosa Entrevista “secreta”, o “reservada” en julio de 1822, regresa a Chile después de haber renunciado al cargo de Protector del Perú, con el objetivo de volver a Mendoza, en septiembre. El 3 de agosto de 1823, muere de tisis su esposa a los 25 años y a finales de noviembre viaja a Buenos Aires, donde llega el 4 de diciembre y el 10 de febrero de 1824 parte definitivamente en el navío francés “Le Bayonnais”. El año 1824 lo encuentra en Londres, ubicando a su hija Merceditas de 8 años (1816 -1875) en un colegio. Terminado el período en Inglaterra, pasa luego a Bruselas radicándose en Francia. Se embarcó en 1829 para el Río de la Plata, pero la situación política en el país era tan conflictiva y su figura tan repudiada que ni siquiera baja del barco, retorna a Francia hasta su muerte en 1850, ahora sí en Boulogne sur mer.
Más que “Padre de la Patria” suena más a Padre Ausente y es aquí donde quiero detenerme por unos instantes. La ausencia del padre reclama en lo individual la necesidad de uno que supla ese agujero. Me he preguntado si esa orfandad no es parte de una búsqueda infructuosa pero reiterada en la corta historia argentina, como si la sociedad necesitara de una figura fuerte y aglutinadora que termina siempre en una frustración. Por ahora lo dejo planteado; pero como para provocar en ustedes la lectura, voy a hacer mención a que es al menos curioso que San Martín haya llegado desde Londres y haya dejado el país hacia Londres, el estupendo libro de Rodolfo Terragno “Diario Íntimo de San Martín (Londres, 1824 Una Misión Secreta)” es claro, preciso, fundamentado en documentos sobre el General que desde el 9 de agosto de 1824 es ciudadano honorario de Banff, Escocia. Quiero terminar hoy con una cita de Juan Bautista Alberdi, que encabeza el otro estupendo libro mencionado ayer de Emilio Ocampo “La Independencia argentina (De la Fábula a la Historia)” que dice “Acostumbrado a la fábula, nuestro pueblo no quiere cambiarla por la historia. Toma la verdad como un insulto. No quiere que sus guerreros sean hombres, sino héroers y semidioses. No quiere que sus batallas y sus victorias sean hechos ordinarios de la guerra, sino prodigios, hechos sin igual, o que sólo tiene igual en la historia de César, de Anibal, de Napoleón…
Donde no hay historia veraz no puede haber política veraz. Equivocar los hechos de lo pasado es equivocar los puntos de dirección. No se sabe dónde se va, cuando no se sabe de dónde se viene. Atribuyendo a nuestros guerreros la independencia lo que nos han dado los acontecimientos de la Europa y del mundo, desconocemos los verdaderos sostenes y garantías de nuestra independencia.”
Lejos de querer hacer una exégesis de las obras, me voy a detener uno o dos días más sobre el tema, aunque yo seguiré leyendo y tratando de comprender el presente en función de lo que recibimos.

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