Autor: alejandrofrango.com

  • ROBOT

    ROBOT, es palabra de origen checo “ROBATA” ,cuyo significado es trabajo forzado, siervo, servidor. La palabra fue usada por el escritor Karol Capek (1890 – 1938) para su obra teatral “RUR” (Robots Universales Rossum) de 1920 que trata de máquinas pensantes que se rebelan y matan a su creador. También escribió “La Fábrica de Absoluto” (1922) universo concebido según teorías panteístas de Baruch Spínoza. “La Guerra de las Salamandras” (1936) irónico manifiesto anti nazi.

    La palabra “ROBÓTICA” fue acuñada por Isaac Asimov (1920 – 1992), y definida como la ciencia que comprende el diseño, construcción y operaciones de robots, para la que colaboran la ingeniería, la informática, la electrónica y la mecánica a fin de crear máquinas automatizadas que puedan realizar tareas a menudo repetitivas con precisión; para usos industriales, transporte, salud, agricultura, logística. Tiene una rama humanoide para darle contextura humana a las máquinas y una rama inteligente que integra la IA para que los robots aprendan y se adapten a distintas situaciones. Asi mismo Asimov estableció las tres leyes de la robótica: 1. El robot debe ser inofensivo para los humanos. 2. Debe obedecer los mandatos. 3. Debe proteger su propia integridad sin faltar a 1 y 2. Veamos a Asimov como un Moises de nuestro tiempo donde no se debe dañar al otro, obediencia al creador y amar al prójimo como a uno mismo. Cabe esperar que los robots hagan con nosotros, lo que nosotros hemos hecho con los dioses: los superamos y nos liberamos de ellos.

    HISTORIA:

    Siglo IV AC, Arquetas de Talento creó la Paloma Automática Mecánica impulsada a vapor. Siglo III AC Mozi, en China creó un autómata en forma de carro de madera que se movía por sus propios medios sin tracción humana o animal. También en ese siglo el griego Ctesibio (285 – 225) de Alejandría, construyó un autómata que se movía por medios hidraúlicos y de aire comprimido operado por levas. Herón de Alejandría inventó el Sirviente Automático que vertía vino y agua a requerimiento ya fuera que las copas se acercaran a su brazo derecho o izquierdo respectivamente. El Mecanismo de Antiquitera o Anticitera, dispositivo astronómico, tal vez la primera computadora analógica del siglo I AC, que fue encontrada en el fondo del mar en 1900 cerca de la isla griega de Anticitera, que se utilizaba para predecir movimientos celestes. Impresiona la cantidad de mecanismos creados por Leonardo de Vinci (1452 – 1519) entre los siglos XV y XVI: concepción del aeroplano, paracaídas, helicóptero, armas para la guerra como catapultas móviles, tanques y hasta metralletas. Todos ellos basados en principios mecánicoa o hidraúlicos.

    Vengo presentando un panorama pleno de negatividad (ver artículo WWW, subido el 24/10/25), malestar y hastío, es más bien un resumen de la experiencia con mis contemporáneos, pero en lo personal creo que estamos ante un tiempo fascinante, similar al que deben haber experimentado los contemporáneos a la Revolución Norteaméricana de 1776, y a la Revolución Francesa de 1789. Creo que hemos quedado fascinados, aún lo estamos ante la Revolución Digital. Sigo a Pascal Quignard (“Uso fascinatio como la usaban los romanos, el “fascinus” latino es el “phalos” griego, el “fascinus” detiene la mirada hasta el punto de que ésta no puede apartarse de él”). Paul Virilo (1932 – 2018) afirma sobre esta tercera Revolución que “es inconmensurable en relación a las otras puesto que de aquí en adelante el Robot ya no es el doble del hombre que se encuentra a su lado, sino que penetra en el interior mismo de lo vivo: es el ser cibernético, que se acerca a “Dybbouk” o al “Golem”, dos entidades del folklore hebreo, el primero un maligno causante de muchos males, tal vez el alma errante de un muerto; el segundo aquel engendro creado mediante combinaciones cabalísticas erradas de Judá León,”que era rabino en Praga y que sólo sirvió para barrer mal la sinagoga” como nos ha narrado Borges.

    Agrega Vernon Vinge (1944 – 2024) ” el desarrollo cibernético dará lugar a una inteligencia mayor a la humana entre 2005 y 2030…aparecerá la post-humanidad super evolucionada y mejorada tecnológicamente”.

    Hubo intentos fallidos como el ordenador mecánico a vapor concebido por Charles Babbage (1791 – 1871), en 1833 y fue a partir de la Exposición Universal de 1939 – 1940 en New York donde Westinghouse presenta sus robots, que fueren desencadenando la invención del Colossus por el grupo Bletchley Park en 1943 considerado el primer ordenador electrónico que funcionó y que contó con la base teórica de Alan Turing (1912 – 1954) que permitió descifrar los mensajes codificados de Enigma de las fuerzas armadas alemanas; en 1946 aparece el primer ordenador electrónico programable del Electronic Numeral Integrator and Computer y todo avanza con rapidez: transistores, circuitos integrados, chips, Apple II, TRS-80, Commodore PET; en 1969 aparece Internet a partir de Arpanet, un desarrollo de la Universidad de California, 1981 IBM con el ordenador personal, en 1984 Macintosh de Apple y todo avanza como una bola de nieve que crece a medida que rueda y hace que Gilles Deleuze (1925 – 1995) exclame que la velocidad es intensidad liberadora, contrariamente a Paul Virilo quien asimila velocidad a poder y por ende velocidad absoluta es poder absoluto; aunque lúcidamente reconoce que la ingeniería genética al igual que la bomba atómica llegaron para quedarse y que es imposible que el hombre des-invente; lo nuestro es seguir indefectiblemente para adelante.

    El ciber espacio es un universo infinito de la mayor libertad de expresión, al punto que hace ya más de medio siglo que Marshall Mc Luhan (1911 – 1980) aseveró que el medio de comunicación que una sociedad utilice para sus relaciones es de mayor importancia que aquello que comunica, resumido en su ya clásico “el medio es el mensaje”; y remata con que en la cibercultura nos hemos ubicado en un mundo donde la información se vierte sobre nosotros instantánea y continuamente.

    En 2021 Elon Musk presenta en sociedad el concepto del robot Optimus y en 2022 su primera versión, ese torpe robot humanoide que caminaba como pisando huevos, mejorad con el Gran Tesla en 2023, donde camina con soltura, hace flexiones y coloca con gracia un huevo en un recipiente. El 16 de mayo de 2025 apareció su última versión:”pronto habrá más robots que humanos y podrían superar y reemplazar a los cirujanos”. Se espera para 2026 que la empresa Klein Vision de Eslovaquia lance al mercado el Air Car que puede desarrollar una velocidad de 200km por hora en tierra, remontar vuelo hasta 2500 metros con una autonomía de vuelo de 1000 km.

    Hay, como antes, como siempre una posición nihilista (la representé por Bartleby) y aquella otra, (la representada por Wakefield), la escéptica, que he llamado una “epojé”. Pensemos que la invención de la imprenta dejó a miles de copistas sin trabajo, que la fotografía liberó a la pintura del realismo, pensemos que en lo que en una época había sido magia, en la Edad de la Razón se transformó en maquinaria. Inventado el automóvil las ciudades dejaron de oir la música generada por las herraduras de bellos caballos golpeteando los adoquines, y los barrios dejaron de oler a bosta, a heno, a cuero, y la fragua del herrero se fue apagando y Virginia Woolf pensó que estaba delirando cuando vio el primer carro no tirado por ningún caballo y en otro aspecto de la Revolución Industrial un señor llamado Ned Ludd de Leicestershire organiza una banda de enmascarados que se dedican a entrar en fábricas textiles para destruir telares ya que eran una amenaza a la ancestral artesanía de tejer manualmente con agujas. Vamos hacia la post-humanidad como afirma Hans Moravec (1948) “Robots capaces de pensar y de reproducirse independientemente, que se desarrollarán hasta convertirse en entidades tan complejas como nosotros”.

    Queda por ver si la robótica nos permitirá a nosotros entrar en la etapa de superación de la humanidad (Nietzsche dixit), al dejar las tareas de servicio en manos de los robots y nosotros dedicados a superar aquellos valores y comprender que no hemos sido más que un intermediario entre el mono y el superhombre: “habeís recorrido el camino que lleva desde el gusano hasta el hombre y muchas cosas en vosotros continúan siendo gusanos. En otro tiempo fuisteis monos y también ahora es el hombre más mono que cualquier mono…¡Mirad yo os enseño el superhombre!” se lee en el Prólogo a “Así habló Zaratustra” y a continuación, en “De las Tres Transformaciones del Espíritu”, Zaratustra habla de cómo éste se convierte en camello, y el camello en león y éste por fin en niño.

    El espíritu es camello que se arrodilla en la arena para que lo carguen con los valores de la moral tradicional y con toda la carga pesada sobre su lomo corre al desierto y ahí se transformará en león ya que quiere luchar por su libertad y ser señor de su propio destino y entonces va en busca de su último señor para pelear contra él que es el dragón que no quiere llamar ni señor ni dios. El dragón se llama “tú debes”, pero el espíritu del león grita “yo quiero”. Tiempo atrás el espíritu no sólo aceptó, sino que amó y reverenció al “tú debes”, pero ya no, va en busca de la otra transformación: la de convertirse en niño que es inocencia, olvido y un nuevo comienzo, un juego, una rueda un decir sí a los nuevos valores. Hasta que Zaratustra se encuentra en la cuarta y última parte de la obra en un caminante que resulta ser el último Papa, el Papa jubilado, que sirvió al viejo Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo.

    Dejo la lectura, estoy cansado llevo varias horas leyendo y escribiendo, me sirvo un Middleton con tres gotas de agua destilada como me enseñaron en Dublin y pienso en la reciente asunción del Papa número 267, que pasó de ser Robert Prevost a ser León XIV y leo las razones de la elección del nombre que busca honrar a León XIII, conocido por mí sólo por una de las encíclicas, la Rerum Novarum (de las cosas nuevas), encíclica que inaugura la doctrina social de la iglesia recontra cacareada por cuanto gobierno peronista y por todos los gobiernos militares como emblema de su política social. Ante mi ignorancia me pongo a hurgar en quien fue León XIII y resultó ser Joaquín Vicente Rafael Luis Pecci nacido el 2 de marzo de 1810 y muerto el 20 de julio de 1903 y siendo hoy el 25 de mayo, me doy cuenta que León XIII nació dos meses antes que la Revolución de Mayo y que fue Papa durante 25 años y que era hijo del Conde Ludovico Pecci de la nobleza rural italiana y que había sido consagrado obispo en 1848 año de la revolución que termina definitivamente con la monarquía en Francia y se elige al primer presidente por sufragio universal masculino (ya sabemos las mujeres no pertenecían en ese entonces al universo), año cuando se publica el Manifiesto Comunista firmado por Karl Marx (1818 – 1883) y Friederich Engels (1820 – 1895) y año en que Richard Wagner escribió “La Obra de Arte del Futuro” que es el contrapunto estético de lo que el movimiento político del 48 no consiguió. El proyecto artístico de Wagner, al que llamó “Gesamtkunswerke”, algo así como “obra de arte total” fue un proyecto social y político, que criticaba con dureza al artista por ser un individuo egoísta, apartado del pueblo y cuyas obras son una vil mercancía para ser compradas pior los ricos y que el artista del futuro debería ser alguien que tuviera una actitud participativa y comunitaria. En 1852, Karl Marx publica “El 18 de Brumariio de Luis Bonaparte” que comienza con aquel famoso párrafo “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez coimo tragedia y otra vez como farsa”. Siempre me molestó ese vago “En alguna parte”. Fue escrito en el Capítulo II de “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal” donde se concibe la historia como un proceso dialéctico: su clásica fórmula tesis-antítesis-síntesis. En 1867 se publica el primer volumen de El Capital y ya muerto Marx el segundo y tercer volumen en 1885 y 1894 respectivamente bajo edición de Engels.

    ¿Será la Revolución Virtual tan sólo nun entretenimiento que usamos para creernos que estamos metidos en otro espacio distinto al físico y donde una vez en él nuestra imaginación nos lleva a cualquier combinación que querramos? ¿Entramos acaso, como algunos sostienen, en un territorio virgen que se nos ofrece para que lo violemos? ¿O ese espacio que “estamos creando” no nos es ajeno, sino que tan sólo es una prolongación de nuestra imaginación, es decir una novedosa versión de la ancestral masturbación?

    En noviembre de 2024 se estrena en Broiadway “Maybe a Happy Ending”, versión en inglés del musical sur coreano de Q Park , el youtuber Joyce Tnner (1979) y música de Will Aronson (1981) donde los robots Oliver y Claire se encuentran en Seul al final del siglo XXI y se enamoran y se angustian por la muerte como nos viene ocurriendo a nosotros. Cabe preguntarnos si todos estos movimientos contribuyen a conformar el “Übermensch”, anunciado por Nietzsche, ¿vemos acaso hoy, por las calles de las ciudades, o en las redes sociales a ese niño, símbolo de pureza e inocencia portador de nuevos valores o todo no ha sido más que un estertor impotente y seguiremos extendiendo el brazo aullando Heil seguido del nombre de cualquier Führer que se nos presente?

  • LA ANTORCHA

    Es el Imperio Austro Húngaro, es 1899, ya hay síntomas de decadencia, de cansancio, se presiente lo que vendrá, igual que hoy. Es el tiempo en que Karl Kraus (1874 – 1936) va a fundar el periódico La Antorcha, que en alemán es Die Fackel, que como su nombre lo indica hace referencia a una iluminación por más primitiva que ella sea (siempre los nombres son indicios) digamos “maduro” listo para ser cosechado, es tiempo de sacarlo de la planta, de lo contrario caerá solo, digamos, para poner una palabra en inglés “trump”, puede ser trompetista y también significa triunfo, ganador, digamos “dialegestai”, cambio entre contrarios, y sabemos los extremos se tocan y al tocarse nos quedamos sin dialéctica, sin polos opuestos.

    Karl Kraus, fue un pensador satírico, de familia judía, es crítico de Theodor Herzl (1860 – 1904) y del sionismo, protagonista de “Stands up” avant la lettre, sus unipersonales con textos de Brecht, Goethe y Shakespeare fueron grandes éxitos de público, nucleó en su periódico a lo mejor del pensamiento crítico, fueron columnistas Kokoschka, Loos, Strinberg, Canetti, Oscar Wilde, George Trakl, entre otros muchos.

    Karl Kraus abandona el judaismo y entra al catolicismo en 1899, para abandonarlo en 1923, previamente publica su libro “Los últimos días de la humanidad” (1922). Purista del lenguaje siempre expuso que “el mal uso del lenguaje revela el estado del mal en el mundo”.

    George Trakl (1887 – 1914) el poeta que se suicida por exceso de cocaína a los 27 años, gran amigo de Wittgenstein, escribe un poema que lleva como título “Karl Kraus” y dice:

    Cándido, alto sacerdote de la verdad

    voz cristalina donde habita el aliento gélido de Dios

    mago airado

    bajo tu abrigo llameante chirría la azul coraza del guerrero.

    Karl Kraus, ante Hitler enmudeció, no podía entender la barbarie; “Sobre Hitler no se me ocurre nada”. Dijo en cambio sobre la política “La política es lo que un hombre hace a fin de ocultar lo que es y lo que no sabe”.

    En 1655, Luis XIV, el Rey Sol exclamó, soberbio “L’etat?, L’etat c’est moi”, Hitler lo hubiera dicho así “Der Staat bin ich”, Donald Trump así “The state is me”, Nicolás Maduro así “El estado soy yo”.

  • ONE WAY TICKET TO THE SEA

    Este tiempo que va desde la Pandemia (marzo 2020), hasta hoy (mayo 2024), que es el tiempo en que reduzco mis viajes a uno de 8 días a New York y 3 de una semana cada uno a las sierras de Córdoba; en que Rusia invade a Ucrania; el terrorismo de Hamas despedazó con crueldad a la población israelí vecina a la franja de Gaza, que a su vez es atacada, también salvajemente por Israel; en este largo tiempo, leo, estudio, camino, pienso, intento apuntalar mi situación económica, escribo en mis bitácoras, dibujo, miro series, ando en bicicleta y tengo la sensación de estar viviendo un tiempo muerto, en que hoy 1 de mayo me entero a las 5.45 am que ha muerto en Brooklyn, Paul Auster (1947) a los 77 años. Muchas veces me pregunto cómo será mi muerte. Ciertamente, no como resultado de un ataque de un oso en Canadá, como pudo haber sido y obviamente no fue. Tampoco por el zarpaso de un mágico tigre de Bengala ante el que quedé paralizado, como pudo suceder, pero que el vuelo de un ave desconocida impidió. No en el fondo del Pacífico por el ataque sigiloso y artero de un tiburón martillo, ni siquiera por el misterioso, casi fantasmal pez gigante de la India que nos dio vuelta el bote en las costas de Goa, que ya les contaré próximamente. No veo mi muerte provocada por la picadura de una serpiente, una araña, un mosquito, un accidente aéreo, marítimo o terrestre, ni por una bala perdida, un asalto, incendio, epidemia, guerra, tortura o enfermedad. Me veo morir de viejo, de muy viejo, solo y en paz, haciendo “FUCK YOU” a quien corresponda.

    ¿De qué morimos? Creo que de tristeza o de cansancio: hartos de imitar a Sísifo. Tristeza que adquiere formas colectivas muy dispares: epidemias, guerras, desastres “naturales”. Siempre he creído que un avión se cae por la sumatoria de pesares del pasaje, pienso lo mismo del hundimiento del Titanic, más allá de lo que documentan las cajas negras o los obstáculos de icebergs enormes. Fusilamientos, silla eléctrica, guillotina, la horca, prisión perpetua son manifestaciones individuales de quienes no se han atrevido al suicidio, libertad suprema de todo individuo. Las guerras han sido una manifestación universal del exterminio masivo. Aquí va una lista de una mínima cantidad de ellas:

    1. El Reino Unido de la Gran Bretaña, muy a mi pesar, encabeza el ranking, con la conquista de la India. Google informa que entre 110 y 150 millones de nativos fueron aniquilados directa o indirectamente por sucesivos ejércitos de sus respectivas majestades “Dieu et Mon Droit”.
    2. La China de Mao se fagocitó 70.000.000.
    3. La Segunda Guerra Mundial consumió 63.000.000 millones de seres humanos.
    4. La Conquista Española de América, la de sus Católicas Majestades alrededor de 55.000.000 de naturales de estas tierras.
    5. Las guerras entre Japón y China 20.000.000 de orientales.
    6. La Primera Guerra Mundial 10.000.000.
    7. El germano Holocausto 8.000.000.
    8. El Imperio Romano 7.000.000.
    9. Las guerras napoleónicas 6.000.000.
    10. El Imperio Otomano 3.000.000.
    11. Vietnam 3.000.000.
    12. Stalin y Siberia 1.000.000.
    13. El Imperio Austro Húngaro 1.000.000
    14. Las bombas atómicas dejaron en Hiroshima 160.000 muertos y tan sólo 80.000 en Nagasaki.
    15. La cuarentena nacional y popular de Alberto Ángel Fernández y su vice 130.000.
    16. La Santa Inquisición oficializa la tortura en 1252, idea concretada por Inocencio IV quien sentencia al fuego a 60.000 hijos e hijas de Dios; tan sólo en España a 34.000 entre 1481 y 1788.
    17. Las guerras entre Atenas y Esparta, la exigua, casi insignificante desaparición de 40.000 helenos.
    18. En “La Guerra de los Judíos”, Flavio Josefo (37 – 100), nos habla de un impúdico acto de antisemitismo, en la Judea a cargo del Procurador romano Cumano. Resultó que el pueblo se había reunido en Jerusalén para la fiesta de los Ácimos, cuando uno de los soldados romanos se levantó la túnica en el pórtico del Templo, se agachó con indecencia enseñando el culo a los judíos y produjo un ruido anal. Esto desató la ira del pueblo que comenzó a tirar piedras, los soldados reaccionaron con violencia y en el tumulto murieron entre 20 y 30.000 personas (Libro II 223, 227)
    19. La Invasión Rusia a Ucrania, 30.000 muertos, aunquie esta última nación afirma haber matado a 300.000 soldados rusos.
    20. En Beziers, en 1209, en lo que se llamó la Cruzada Albigense, 20.000 cátaros fueron asesinados por oponerse al Papa de Roma.
    21. La Naturaleza acabó, acaba y acabará, con todos nosotros.

    Viajar es una de las tantas maneras que hemos inventado para gambetear la muerte. El viaje es también la narración del mismo; contamos y nos cuentan los viajes. Mientras uno viaja va construyendo el relato que presupone el regreso. A veces he pensado que he viajado tanto sólo para contarles a los otros, algo así como cuando mis padres o mi abuela nos contaban cuentos antes de dormir; es mi ridícula (si se quiere) manera de empatizar (¿amar?) al prójimo. También me parece que además de ingenuo, soy un pelotudo.

    Busco el libro de Rebecca Solnit “Wanderlust”, algo así como lujuria del caminante o mejor aún, del que vaga. Leo varios capítulos que me llevan a “Walking” de Thoreau, que me conduce a “Los Anillos de Saturno” de Sebald que me guía hasta “Afoot in England” de Hudson porque quería comprobar qué cambios habían ocurrido en el condado de Suffolk que Hudson caminó en 1909 y Sebald en 1922, cosa que no pude hacer porque Sebald se va por las ramas y Hudson se queda colgado, no de las de un ombú, sino de las de uno de los árboles de Troston Park, a los que el escritor Capel Loft dio los nombres de Homero, Sófocles, Virgilio, Milton, tratándose de álamos, olmos, fresnos o castaños respectivamente. Recorro libros de viajes, miro libros con mapas antiguos, cuando la tierra tenía otra figura, busco países que ya no existen, miro mis propios mapas, todos marcados con gruesos trazos de marcadores que señalan los caminos recorridos. Releo bitácoras donde he dejado descripciones, apuntes de comidas, dibujos, miedos, intimidades. Trato de imaginarme cual será el rostro de la tierra, cuando este ciclo termine y comience el próximo y todo se renueve después del hartazgo presente. Dejo un rato los libros y me distraigo mirando “Succession”, una serie donde todos parecen tener la mente retorcida, el corazón helado y los genitales calintes al punto que no paran de coger con quien se les cruce en el camino, ni de inhalar cualquier polvo, ni de masturbarse, ni de mear donde les pinte. New York City, vista desde las vidriadas oficinas, y más aún desde la terraza del edificio de la turbulenta firma Waystar Royco dirigida con brutal mano de hierro por el fundador y patriarca de la familia, Logan Roy; es para mí una de las imágenes más excitantes de la serie, la ciudad es en si misma EL PODER, es Grecia, es Roma, es Londres, es el Vaticano, es intriga, corrupción,drogas, sexo, miles de millones de dólares, lucha despiadada, voracidad, crimen, traición, obsecuencia, desparpajo, moda, lujo, derroche, capricho, mentira, miseria, hipocresía, la ficción más creíble que hoy se puede experimentar (no me refiero a la serie, sino a la ciudad). Cuando camino New York, camino siguiendo a Sócrates en Atenas el día que en 399 AC va a beber el veneno que lo inmortalizará como arquetipo de la ética. Voy detrás de César en Roma antes que su hijo lo bese, sigo al Papa Borgia en el Vaticano, tirando la tiara y arrojándose en brazos de su bello mancebo y lamiendo los pechos de su amante etíope, subo a la carroza de la Reina Victoria con la que cruzamos el puente de Brooklyn y le hacemos “Fuck You” a la muerte de Paul Auster y recupero la imagen de mi primera visita a New York en 1998 cuando alquilé un departamento en el 240 South Central Park, en la esquina de Columbus Circle, donde habían vivido sus abuelos desde 1941 y en el que el niño Paul Auster tuvo sus primeras impresiones de New York. Edificio impregnado de letras en el que Saint Exupery (1900 -1944), escribió “El Principito” y en el que vivieron Maurice Maeterlink (1862 – 1949), y la Condesa Consuelo Pauline O’Brien O’Connor Crespi (1928 – 2010) modelo y editora de “Vogue” quien recibía regularmente a Max Ernst (1891 – 1976), Andre Breton (1896 – 1976), Marcel Duchamp (1887 – 1968), Joan Miró (1893 – 1983), Ives Tanguy (1900 – 1955), Salvador Dalí (1904 – 1989), el surrealismo de pura sangre.

  • NORDKAPP

    En mis bitácoras hay constantes asociaciones y juegos con otros tiempos; es viable entonces mencionar a quien más ha trabajado el asunto, es decir John Locke (1632 – 1704), uno de los padres fundadores del liberalismo, factótum de que la experiencia es la fuente del conocimiento y responsable de que toda esa parafernalia de las ideas innatas con las que venimos al mundo, donde obviamente figura en primer término “Dios”, desaparecieran, al menos del mundo pensante en un intento de erradicar la superstición y reemplazarla por la racionalidad. Maestro en consecuencia de poner fin al problema, que ocupó toda la Edad Media, sobre los universales y experto en la asociación de ideas que abrió un mundo nuevo a la educación, el avance de la ciencia y el progreso, y liberó de prejuicios la mente de los creadores. No es ninguna sorpresa, que el gran innovador de la novela moderna, Lawrence Stern (1713 – 1768) lo invoque, y cite como uno de los puntales de su trabajo “Vida y Opiniones del Caballero Tristram Shandy”.

    Felisberto Hernández (1902 – 1964), excelente cuentista y pianista ambulante uruguayo, juega constantemente con las asociaciones libres, por momentos surrealistas, como en “Las Hortensias”, y en el inquietante “Historia de un Cigarrillo”, donde hay un juego entre la obsesión por la perfección, y en última instancia sobre el dilema de quien elige y quien es elegido.

    Pero volvamos al viaje por Escandinavia, es verano es 2013, es Noruega estoy llegando a Tromse, el puerto desde donde zarparé para acercarme a Nord Kapp. Tengo que esperar ocho horas para la salida del barco, me dejo entonces llevar por mis pasos: tose una vieja, llora un chico, otros estallan en carcajada, un hombre planta unas matas de lavanda, cruzo un puente. Todo me lleva al sur de Chile: Puerto Varas, Chiloé. Me digo, alguien en Ancud saca un bulbo de la tierra, un noruego debe estar llegando a Laguna Frías, y está a punto de embarcarse para cruzar a Chile. Anoto en la bitácora, “no sé por qué me digo estas cosas, tan sólo las digo. La vida responde a un movimiento que nos supera, que nos elude, que nos traspasa; independiente de nosotros como del extinguido mamut”.

    Pienso en Wittgenstein, en otro fiordo, que no es el de Tromse, lo pienso retirado en su cabaña de Songe, encerrado. Gente que se retira a pensar. Gente que hace turismo: compran souvenires cada vez más estridentes, estrafalarios e inútiles, sacan fotos, selfies, toman cruceros, cerveza, hamburguesas, helados. Dan asco. Europa en verano abruma, al igual que las playas en cualquier parte del mundo. Esa masa no puede más que adorar a cualquier payaso que le pongan delante. Muerto el relato de Dios; y opino que bien muerto está, volvieron los ídolos de barro. La ventaja del relato divino, era que no se lo veía. El relato actual promueve, en cambio, payasos que engordan, envejecen y tampoco saben qué están haciendo en el mundo.

    Zarpamos en el “Lofoten”, barco botado en 1964. Agradables salones. Excelente comida. Poca gente. Son las 12 de la noche, parecen las 6 de la tarde en Buenos Aires en enero.

    Apoyado en la baranda de popa de este pequeño barco de 2621 Tn., 87,4 metros de eslora y 13,1 metros de manga, de 151 camas en 87 camarotes, me quedo mirando la estela blanca que corta el azul del agua. Una bella mujer, alta y delgada vestida de blanco y de largo foulard rojo, me recuerda a Tilda Swinton. El viento suave hace que su vestido y el rojo echarpe me metan de lleno en la película “Tenemos que hablar de Kevin” de la escocesa Lynne Ramsay de 2011, interpretada por Tilda, madre de Kevin (Ezra Miller). Unas finas cortinas de voile se mecen suavemente en un cuarto que da a un deck, que al menos yo, suponía que daba a un parque y luego al mar. En el final de la película, se repite la escena y vemos entonces detrás del voile que baila con la brisa, el parque, que es el jardín de una casa elegante de las afueras de New York, donde hay dos cadáveres, el de una niña de 6 años, el de un señor de 50; son la hermana y el padre (John C. Reilly) de Kevin, son la hija y el esposo de Eva (Tilda). Será ella la que nos lo muestre. Antes, y seguidamente al movimiento de las telas, vemos a Eva, en la fiesta popular española llamada “la tomatada”, donde se ven miles de cuerpos semidesnudos, que se mecen como las cortinas de voile, y como este vestido y este largo echarpe rojo, aquí en este barco; en un magma líquido de toneladas de salsa de tomate. Esa masa filmada por un dron, casi flotando en un simulado y colectivo vientre social sanguinolento es el ADN, el abono donde siempre se asienta el poder. Ese es el baño de sangre al que el poder siempre ha conducido, esa sangre es el alimento de esa babosa espúrea y eterna que tiene encandilado al mundo, y que hoy, en su grado más desarrollado de perversión ha conseguido que después de haber creado instituciones por las que elegimos de manera democrática a los funcionarios que nos gobiernan, esos mismos corroan y vacíen de legitimidad las instituciones y se reinstalen las más abyectas tiranías. Yo también me asombro como mi tren de pensamiento me lleva a lugares tan dispares.

  • HAPARANDA

    Es el verano europeo, es 2013. Después de caminar por Estocolmo durante 4 días, decido cambiar de ambiente. Entro en la terminal ferroviaria. ¿cuál es la estación más al norte a la que van?

    Umea, y luego conexión con bus a Haparanda. Haparanda, Amaranta, Aracataca, Bucaramanga, ¿será Haparanda, Macondo? Con mi ticket a Haparanda para el tren en cuyo vagn 3, platz 48 que saldrá de Spar 7 a las 6.22 am, metido como señalador en el “Tratado sobre la Servidumbre” de Etienne de La Boetie, salgo de comer un sorprendente plato de pasta, pollo, jamón y rúcula, en una cremosa y equilibrada salsa pomodoro y camino rumbo al Lord Nelson Hotel.

    Estocolmo me recuerda a Estambul, en el agua; a Toledo, en las calles angostas; a Lyon, por las calles techadas; al poder de Roma, en los palacios; algo de Lisboa, en algunos empedrados; algo de pueblo de provincia francés, en algunos cafés. Un gran espacio público y un clima de bienestar sin lujo. Algo de burguesía, orgullosa de sus logros, pero sin ostentación. Eficiencia protestante, rigor protestante, cierta distancia: más razón que cuerpo: civilización.

    A las 6.21, los cuatro relojes de la Spar 7, dejan caer la aguja del 1 al 2 y arranca el tren. Me tocó un equipo de football de adolescentes en el coche; parecían jóvenes estudiantes de la Academia de Platón. ¿Por qué gritaremos tanto en Argentina, para no decir más que sandeces, y no cambiar nada?

    He llegado a Umea, estoy esperando el bus 100; algo así como estar en Campo Quijano, esperando el bus para ir a Tarija. Serán 400 kilómetros hasta Haparanda, entrando y parando en todos los pueblos. Me pasa que en una de las paradas, descubro a una mujer mirando por la ventana; veo a unos chicos jugando a la pelota; pasan dos adolescentes que imagino que acaban de hacerlo por primera vez; hay una jubilada en traje de baño en el borde de una triste, impoluta y social demócrata pileta municipal que tal vez esté pensando ¿cómo será Bolivia?, porque acaba de leer un artículo sobre los sapos gigantes del Lago Titicaca, y me sucede que me pongo en el lugar en que todas esas personas están y veo pasar el bus en el que estoy y desde la ventana, el grito de gol, los dos cuerpos recién bañados y una jubilación social demócrata, me dan unas ganas de poner un tren en la calle de ese pueblo por el que pasa mi bus, invitarlos a subir al tren, pitar y no parar hasta el muelle de Pacheco en San Isidro.

    A las 22.30 aún es de día y he llegado a orillas del río Tormio. El Hotel Haparanda es de 1897. Es como estar en el río Luján, frente a la isla del Naútico San Isidro, aquí, en la otra orilla está Finlandia. Parece que en 1621, uno de los tantos reyes suecos, llamado Gustavo Adolfo, funda la ciudad, considerada la urbe más al norte del planeta, es decir es el espejo boreal de Ushuaia. También parece que fue la ciudad más próspera del reino y que después hubo una guerra contra Rusia, y que se perdió, esto fue en 1809. Durante la Primera Guerra Mundial, Haparanda – Tormio fue casi el único pasaje entre los dos bloques. El primer operador turístico del mundo, Thomas Cook, expresó que un individuo puede llamarse un trotamundos, cuando ha pernoctado en Timbuctú, en la actual república de Mali, capital espiritual del Islam en África, o en Samarcanda, ciudad poblada desde hace 2700 años, hoy en Uzbekistán o en Haparanda. Es el comienzo de Laponia y parece que he aprobado el primer curso. El río es oscuro, parece un lago de tan inmóvil. En frente, en Finlandia, se ve un espeso bosque, del que asoma el techo de la torre de un castillo. A un costado un puente de hierro, por el que está pasando un tren carguero, lleva rodillos de acero laminado; dos por vagón. Son los 24 rollos que vi pasar en el tren carguero por la Boca, hacia el puerto de Buenos Aires, el día anterior a comenzar este viaje. Me gusta pensar que me han venido siguiendo. Hay un camping de casas rodantes, la mayoría con patentes alemanas. Se ven chicos jugando a la pelota, hay otro jugando con un dron. Apartado hay otro que por momentois escribe y por momentos lee.

    La Sociedad Anónima es la formada por todos nosotros, por todos estos que me encuentro en los viajes y a los que nunca más veré; por todos los que me ven pasar y a quien nunca más verán. También por pocos artistas. Estoy en una parada del bus. Es un alto en cualquier parte entre Haparanda (el corazón de Laponia), desde donde partí temprano en la mañana y que nos lleva a Kirina donde pernoctaré; vamos pasando Ruskola, Kopilombolo, Svanstein, Pello, Pajals. En algún lugar de este trayecto de 380 kilómetros, el bus para 20 minutos, para refrescarnos, para descansar, porque así ha sido acordado por el sindicato de choferes de una sociedad donde el socialismo y la monarquía parecen entenderse y esto es visible, se respira armonía Escandinava.

    Bajo, tomo un café. Camino mirando hacia una hondonada poblada de pinos y se escucha una sierra en el bosque. Charlo con una mujer, una señora mayor de una belleza rústica, elegante sencillez, pantalón de pana color beige, chaqueta leñadora de colores ocre y rosa pastel, botas de cuero, foulard colorido.

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Son las tres de la tarde del jueves 25 de julio de 2013, hemos pasado el círculo polar ártico, el sol brilla, la temperatura es de 25 grados centígrados, y así sin que mediara nada de mi parte,

    -Tengo 80 años, pero no los siento.

    Ha venido pensando durante el viaje, en su edad, como yo también lo hago, como lo hacemos todos. Supongo que el chofer del bus que aparenta tener entre 55 y 60 años, ha pensado que tal vez, en unos años se jubile y que entonces, hará ese viaje siempre postergado a Río de Janeiro o Patagonia; tal vez esté pensando que hay que manejar con cuidado, porque hay curvas peligrosas y él tiene muy presente lo que le pasó a Sorensen, que en su último viaje antes del retiro, el bus desbarrancó y hoy la señora Sorensen, cobra la pensión de viuda.Tener la edad que cada uno tiene es siempre un acontecimiento: un niño pregunta ¿cuántos tengo? y orgulloso muestra la mano extendida con los dedos bien abiertos y esta bella señora extendió 16 veces su mamo plena de motas y venas azules y me dijo 80. En esos primeros cinco hay un inconmensyrable misterio que implica “mostrame fotos de cuando eras chico”, “¿cuándo se murió tú mamá? “y ¿vos cuándo te vas a morir?” “Y cuando yo sea grande y tenga hijos”. Pero a los 80 el misterio es otro que tal vez se reduzca a What the hell I’m still doing here? Supongo que a los 80, hay algo así como un balance, un recordatorio, algo de sabiduría y espero que paz y también debe haber algo que me cuesta definir entre inquietud, aceptación y en mi caso particular indignación: el mismo final que una rata, el mismo final que Hitler ¿eso merecemos? ¿a eso se llama justicia divina? porque lo próximo a acabarse no es el colegio secundario, la universidad, la exitosa carrera, el matrimonio de más de 50 años con Sorensen; sino que lo que se acaba para siempre, para siempre, para siempre es la vida de uno, que es lo único que uno ha tenido – o tal vez habría que decir: la vida lo ha tenido a uno como huésped temporario, como inquilino por un contrato a punto de expirar. Al rato la bella señora vuelve a sus cavilaciones, el chofer a su volante, yo a mi asiento y van pasando Mukkakkangas, Junossuando, Vittagi y ya estoy alojado en un agradable hotel con vista a las montañas, y como es mi costumbre salgo a explorar, a ver gente, a comer algo.

    Entro en “The Bishop’s Arms”, un acogedor pub, con librería, mucha madera, chimenea encendida, sillones de cuero y espantosa comida. En el salón tres lugareños de vientres abultados y risas chillonas, toman cerveza y juegan con sus celulares: se envían mensajes y se ríen. ¿Harán esto todos los días” ¿Cómo será vivir en Kiruna? ¿Será como vivir en Cachi, Chos Malal, Santa Coloma?

    Salgo a caminar: un señor pasea a su perro, dos señoras, una con bastón, entran en un negocio. Pasa un Cadillac 1957 color fucsia sin capota. James Dean al volante con Marilyn a su lado y los tres tipos del bar atrás.

    Mañana 7.05 am sale bus a Narvik, en Noruega, luego Tromse, voy rumbo a Nordkapp. Cansado, con un eterno atardecer, me duermo pensando que tal vez un día en Chaltén, me cruzo con una turista sueca o con la Ulrica de Borges y así porque sí, le diga “tengo 100, pero no los siento”. He dejado el “heart of Lapland”, de acuerdo a lo que dice el capuchón de la lapicera del Hotel Haparanda. Me es imposible no asociar esa mínima leyenda con, verano tórrido, La Lucila, hora de la siesta,”Laponia helados”, gritaba el hombre de blanco en su triciclo y ahí bajábamos a comprar un palito de vainilla bañado en chocolate o uno de frutilla.

  • NOLA

    Es marzo, es 2012, es Estados Unidos, es la Lousiana, es Nueva Orleans, es el Mississipi que corre al ritmo del jazz, al igual que cualquiera de nosotros, no bien aterrizados en el aeropuerto internacional Louis Armstrong. Mientras espero mi valija se me ocurre pensar, que el Aeroparque de la Ciudad de Buenos Aires, podría llamarse Carlos Gardel, como para entrar en la ciudad con el ritmo del tango. Camino hacia la salida y veo escrito el nombre “Nola”, con que se llama familiarmente a la ciudad. Nola me traslada a Nápoles, Italia, lugar de nacimiento de Giordano Bruno en 1548, que será quemado vivo en Campo de Fiori en 1600; (adivinen por quien) al igual que muchos esclavos en este territorio.

    Me instalo en el Omni Royal Hotel y bajo luego a comer ostras y beber una copas de Pinot Griglio en el Royal Oyster Bar y luego a perderme por el laberinto de Bourbon Street que se llamó en otro tiempo Calle de Borbón y por Royal Street que fuera la calle Real, en el período hispánico, entre 1762 y 1808, como nos informan las mayólicas de Talavera de la Reina, firmadas por D. Ruiz de Luna. Fue luego francés hasta 1822 e ingresa a la Unión como el estado norteamericano número 13 en 1828, habiendo sido (la ciudad) fundada en 1717 por Jean Baptiste le Moyne de Brainville.

    El sincretismo se percibe por todas partes: pueblos originarios, africanos, españoles, franceses, ingleses, norteamericanos transitan las calles donde en cada esquina hay una banda de jazz, un músico negro sale al balcón y toca la trompeta, le responde un celo desde un ático vecino, un grupo baila en las calles al son de un piano invisible mientras cuentas de todos los colores son arrojadas desde los ventanales del barrio francés.

    El ritmo del jazz a toda hora, en cada esquina y el fluir de este nuevo río que incorporo a mi memoria hace que todo se suceda al compás del mismo: Cajun Food, Mardigras, el pirata Lafitte, la casa de Napoleón de 1797 acondicionada por el alcalde Giroud y ofrecida al Emperador para que se instalara en América, el matrimonio Le Parc y su propiedad, “Laura Plantation” de 24.000 acres, algodón, caña de azúcar, esclavos, guerras civiles, Marie Laveau y el voodoo, el Café du Monde, las beignetes, las mufuletas.

    El impetuoso Mississipi me recuerda al Paraná, Haroldo Conti y Juan José Saer, Mark Twain y William Faulkner ven pasar las aguas desde una misma orilla. Escriben, no pueden dejar de hacerlo, como el río no puede no fluir y después está lo otro, las tareas de la gente que no escribe ni ha pensado en escribir y la gente que como yo, que escribo a ratos, que anoto en libretas y salgo a caminar pensando que tengo que aprender el oficio de la escritura. Con esto en la cabeza llego al cementerio más antiguo, que es de 1789, que está en el barrio de Terme. La guía nos dice que el cementerio tiene una hectárea, es estilo Pere Lachaisse de París y Recoleta de Venezuela y nos señala el mausoleo de Marie Leveau y luego el que se hizo construir Nicholas Cage y acota que en el predio, Jack Nicholson, Dennis Hopper y Peter Fonda filmaron escenas de la película “Easy Rider” en 1969 con dirección de Hopper y que yo vi en un cine de Recoleta, que como todo el mundo sabe menos los guías de turismo de Nola, está en Argentina, con el título de “Busco mi Destino” con una amiga que se llamaba Alicia y que un día se murió y que volví a ver en Londres en 1978 en el cine París, en la calle Thistle Grove con otra amiga que también se llamaba Alicia y que también se murió porque todas las personas llamadas Alicia se van a morir (no se olviden que estoy en un cementerio).

    Camino y sigo pensando que tengo que escribir, que la lectura como la escritura no son un pasatiempo sino una pasión y que los que escriben lo hacen todos los días en jornadas extenuantes. Cuando Cortázar manifiesta que todo escritor es un onanista está diciendo que el obrero palea arena desde un camión a una carretilla y traspira y se golpea, y el que lo está mirando desde su ventana escribe “en el desierto al prisionero engrillado le mostraban en una pantalla una playa en las Maldives y una voz en off decía “gozala , para vos es gratis”.

    Estoy escribiendo ahora, desde el 2018 hasta hoy enero 2026, pero vuelvo a la bitácora de 2012 y leo que anoté:” por las calles no me encuentro con Faulkners o Tennesee Williams (¿cómo lo sé?), sino con turbamultas gritando, bebiendo, bailando y arrojando cuentas de collares de colores desde los balcones del French Quarter. Estoy tentado a preguntar “How is water?”, pero no puedo más que esperar que me respondan “What is water?”. Durante una semana no soy nadie, no le importo a nadie, más que como consumidor. Viajar así, en soledad, es un descanso hasta de uno mismo; es no formar parte de ninguna tribui. ¿Por qué tanto miedo a ser un individuo? Haber sido Kafka es ser algo distinto a ser germano, judío, tener una familia. Ser Kafka es atreverse a no serlo; por eso le exige a Max Brod que queme sus escritos. Tal vez David Foster Wallace se suicida por haber llegado a un límite de sus posibilidades (literarias) o porque siempre los que le preguntan “What is water?” son los peces.

    Veo en Bourbon Street a un chico haciendo malabares con una escalera, tres cuchillos, tres bolos, una tabla, un cilindro y sus palabras. Así se gana la vida. Lo vuelvo a ver al día siguiente, repite el mismo libreto, dijo similares palabras que provocaron idénticas risas y seguramente la redituaron la misma suma. Al cuarto día ya era como ser cajero de un banco.

    Cuando mañana aterrice en Ezeiza y vaya entrando en el conurbano, la tasa de inflación, las noticias locales, el supermercado, el barrio harán que yo haga los mismos malabares.

    El fracaso no está en no ser escritor, sino en no tener el coraje de dejar todo y ponerme a escribir.

    Camino por la costanera, como mañana lo estaré haciendo por el muelle de Pacheco. El río fluye. Decatur St, “No Lottering Allowed” (Prohibido Arrojar Basura), “No literature Allowed”. French Market, Tabasco Shop, Jackson Park, 624 Pirates Alley “Faulkner House of Books”, donde Faulkner escribió “Soldier’s Pay” en 1925. A Mr. Faulkner nunca le importó lo que la literatura había sido antes que él, “he just Niked it”, lo mismo que pasó con Wittgenstein y la historia de la filosofía, la ignoró. Los críticos coinciden en que Faulkner comenzó a escribir porque Sherwood Anderson lo había hecho, leyó, le gustó, lo hizo. También coinciden en que escribió como nadie antes lo había hecho en el idioma inglés. Hay influencias, sin embargo, Joyce, Virginia Woolf, Joseph Conrad, el Sur y el fluir del Mississipi. La dueña de la librería, se parece mucho, tal vez demasiado a Katty Bates, al punto que la veo como Annie Wilken, en “Misery” y me alegra de no ser Paul Sheldon. Salgo con “Tortilla Flat” de Steinbeck, “Breves Entrevistas con Hombres Malvados” de David Foster Wallace y un pequeño libro de fotos de M. Thomas Inge que se llama “William Faulkner”, cuya cubierta trasera (casi) reproduce la imagen de mi padre, que se le parecía mucho y que fue quien me recomendó la lectura de “Palmeras Salvajes”

    Acaba de despegar el avión rumbo a Buenos Aires. Voy pensando en Martin Luther King (asesinado), en John Fitzgerald Kennedy (asesinado), en Malcolm X (asesinado), en el Ku Klux Klan quemando personas vivas. Todo huele a Shame Old Shit. Me voy quedando dormido recordando a Beaudelaire “Gracias Dios mío por no haberme hecho negro, mujer, judio, homosexual”.

  • LAS PALABRAS

    Las palabras nos construyen, las palabras no son las cosas; ambas, sin embargo, son efímeras. Cuando confundimos la narración con los hechos, las palabras son un espejismo. Entonces nos engañamos. La construcción comienza con el primer llanto: brutal y contundente anticipo de lo que vendrá: mamá, papá, los ojitos azules del abuelo,DNI, nacionalidad, sexo, abuela, nonna, granny, bove comenzaron los cimientos orales sobre los que se asentarán las Babeles incomprensibles donde irremediablemente quedaremos encerrados y seremos a un tiempo el banquete de manjares deliciosos y la posterior mierda, que a toda ingesta sigue. Nos dirán y terminaremos aceptando: ASI ES LA VIDA. ¿y si no me gusta?

    También formaba parte del staff del restaurante: Roger. Él era el mozo portugués, el mudo, el misterioso, tan inmerso en sus palabras no dichas, que lo único que permitía es que cualquiera construyera con las propias, lo que las suyas no decían y así cada uno le atribuía su argumento a esa suerte de página en blanco que permitía el ensayo, la novela de terror, la poesía épica, el texto surrealista, la letra de un tango, el cuento, el discurso político, la homilía.

    Roger, en su ser nada, era todas las posibilidades.

    Roger, era a la vez Bartleby, James Duffy, Gustav Aschenbach, Gregorio Samsa, Funes el memorioso, Isabel Martínez de Perón, yo, cualquiera. Roger era la nada; invisible, imperceptible, inaudible, casi como Dios, pero no tanto, ya que iba al baño a fumar y a masturbarse, no paraba de fumar ni de hacerse la paja. En su caústico silencio de momia humeante y eyaculante, las palabras jamás dichas; salvo con los comensales; seguramente lo esclavizaban a un pasado, que sólo él conocía y nos obligaba a fantasear. ¿Dónde vivía? ¿Con quién? ¿Era el amante del gerente, otro portugués? ¿Por qué vivía en un Londres que detestaba y no en la Lisboa que decía añorar según las pocas palabras que intercambiaba con los clientes? “How do you like your steak?”, “The Dover sole on or off the bone?”, “The house wine, is an Italian light wine, sort of Valpolicella, you know” y entonces, cada tanto les largaba con la melancolía del fado una frase sobre Lisboa. ¿Tenía mujer? ¿Hijos?

    A mí, que estoy invadido por literatura, me gustaba pensarlo, a veces como un Pessoa profundo y laberíntico, silencioso y mordaz; otras como a Enrique Banchs, que después de un desamor aniquiló las palabras y enmudeció. Por momentos era Arlt, tan ajeno al mundo de las letras argentinas de su tiempo, otras lo veía como un espejo en el que me aterraba que pudiera algún día verme reflejado, de suceder que mis bitácoras quedasen en eso: garabatos personales sobre mis viajes.

    Pasó, que un día fui a un boliche “under”. Cantaba Romina Liz: medias de red negras, tanga verde fluor, top dorado, estiletos violeta, peluca rubia y escuché la verdadera voz de Roger. Creo que no me vio, hice lo imposible para que no me viera, jamás le dije nada, ni lo comenté con nadie. Me puso feliz por “él “, comprendí que las palabras no alcanzan para decir. Me inquietó.

    Es Venecia, Gustav von Aschenbach morirá por la peste. Es Dublin, James Duffy morirá como vivió, irremediablemente solo. Es el muelle de Pacheco, es cualquier noche de luna llena, donde todavía pasan las barcazas areneras y el traqueteo de las mismas enmudece por la vos de Romina Liz, que lo colma todo y a mí me invade una tristeza del tamaño del estuario.

    ¿Cómo habría llegado Roger a semejante arreglo con su vida? Imposible saberlo. ¿Por qué le daba yo tanta trascendencia? ¿Por qué lo que era objeto de burla en muchos, provocaba en mí inquietud? ¿Por qué daba tamaña importancia a las palabras y a los gestos? ¿Por qué mi memoria grababa con punzante intensidad, hechos que otros olvidaban al instante?

    Es octubre 2022, es primavera, pero con temperaturas de invierno, sé que ha nevado en la Patagonia. Acabo de llegar de New York, es el retorno del viaje, después de tres años de sedentarismo nacional. Vi a la gran manzana espléndida. Recorrí los circuitos conocidos, desde Time Square a Brooklyn, crucé a Williamsburg, subí los 102 pisos del One World Observatory para sentir el vértigo horizontal que se expande al infinito, comí en Fanelli Cafe. Me encanta espiar desde la High Line los edificios aledaños y dejarme llevar por historias que me invento sobre los habitantes de esas ventanas iluminadas. Tomo el tren a Filadelfia. Tomo el avión. Regreso desde BA a BA y vengo caminando al muelle de Pacheco, es noche de luna llena, allá al final del estuario Buenos Aires iluminada, aquí el traqueteo de una barcaza arenera, vaya yo a saber por qué me recuerda la voz de Romina Liz. Pienso en James Duffy dejando que la grasitud del repollo de su frugal cena congele la imagen de Emily Sinico, pienso en Gustav von Aschenbach, una caricatura de sí mismo, con la tintura chorreándole por el rostro demacrado agudizando su soledad ante la pérdida definitiva de Tadzio, pienso en el espanto de Gregorio Samsa al despertar y darse cuenta, pienso en el bochorno de Ireneo Funes al caer del redomón que lo dejará tullido y solamente acompañado por su implacable memoria, pienso en el horror del Coronel Kurtz al comprender que los cortes que parten al buey son el anticipo de lo que pronto le ocurrirá; recuerdo haberme dirigido al 104 de la calle 26 East y haber imaginado el momento en que ahí Melville escribió aquello de “y si los niños, no son niños en su infancia entonces huirán y explorarán por ellos mismos”. En fin, este silencio en la negrura del estuario insondable sólo interrumpido por la voz de Roger transexuado en Romina Liz; sí, esto es real, es lo único real.

  • LA FIESTA INOLVIDABLE

    La cita era en 53 Cadoggan Gardens, Flat7, Knightsbridge y ahí fuimos llegando todos los que formábamos parte de una suerte de colonia latinoamericana, donde nos mezclábamos argentinos, ecuatorianos, chilenos, colombianos. Había de todo, estudiantes de postgrado, viajeros sin más propósito que viajar, algún exiliado político, aventureros. La fiesta era en la casa de una pareja formada por el galés Ian Burton y el argentino Hugo Palombo de “Slaughter Houses”, como Hugo solía referirse al porteño barrio de Mataderos donde había crecido.

    Es fácil decir que uno acepta las diferencias, es lo propio de la madurez, y la democracia es el sistema de la edad adulta; lo dificil de digerir es (en todo caso lo era, entonces, para nosotros, los latinoamericanos) que esa diferencia puede llegar a ser en extremo ajena a uno, al punto de provocar rechazo. Creo ver en ello (hoy), que el protestantismo tiene al juicio privado como el valor supremo (esa es la base del derecho liberal) en total oposición al intervencionismo propio de los países de raíz católica que desde cualquier ángulo señalan como se deben hacer las cosas. La versión militar de esa intervención han sido los golpes de estado, cada vez que ese juicio privado no “comulgaba” con los valores “verdaderos”. Para nosotros, Londres era (en 1978) una sociedad liberal a ultranza en cuanto a sexualidad se refiere. Los gay se besaban en público con una libertad que jamás había visto en Buenos Aires; hablaban de sus levantes en baños públicos y de sus orgías de la misma manera e idéntica pasión con la que entre nosotros se decía “Si Evita viviera sería Montonera” y el retruque “Si Evita viviera sería una ramera”.

    La pareja formada por Ian y Hugo era una relación sado masoquista, donde Ian era el amo dominante y Hugo el esclavo sometido y se los veía felices y ahí en esa fiesta comprendí los moretones y rasguños con que tantas veces lo había visto.

    Hugo nos abrió la puerta vestido de cuero y con collar de perro en el cuello y una correa de la que Ian lo sujetaba; el pantalón gastado tenía el cierre cremallera en el trasero. Si bien la fiesta fue “very hot”, fue civilizadamente “hot”, había ámbitos de privacidad. En un momento de la fiesta, Hugo anunció, que iba a recitar un poema de su autoría. La música de fondo fue “The End”, Jim Morrison decía:

    “Father, yes son, I

    Want to kill you

    Mother…I…want to…wa…

    Kill, kill, kill, kill

    This is the end

    Beautiful friend

    This is the end

    my only friend, the end”

    Hugo miró a Ian, se hizo un silencio y éste anunció, now, “RAINBOW COWS” by Hugo. Ian se sentó frente a la batería, otro inglés tocaba el bajo y Hugo cantó

    Vengo de América católica

    Vengo de América apostólica

    Vengo de América romana

    Born in Slaughter Houses

    Rainbow Cow Market

    Vengo de reseros y corrales

    Vengo de barrio porteño

    Barrio de futbol y tango

    Barrio de machos y chongos

    Rainbow Cows, Rainbow Bulls

    Rainbow Dicks, Rainbow Arses

    Mazorca en el Culo

    Came to England to live my

    Rainbowhood

    Mataderos, matarifes, La Matanza

    Asado a la cruz

    Cristo a la cruz

    Pueblo a la cruz

    Decir la verdad: nunca

    Toda la verdad: jamás

    Y nada más que la verdad: imposible

    Rainbow Cows, Rainbow Bulls

    Simular, Ocultar, Tapar

    Soportar, Aguantar, Resignarse

    No decir, No mostrar

    No mirar, No escuchar

    No acusar, No denunciar

    Antifaz, Careta, Máscara

    Slaughter Houses, Kill the cow

    Kill the truth

    Slaught reality

    Slaught the evidence

    Slaught rainbow cows

    Kill, kill, kill,kill.

    Terminamos todos dormidos en el piso y nos despertaron, creo que alrededor de las tres de la tarde del día siguiente los gemidos de placer (creo) de Hugo, amarrado a la cama de pies y manos y el dominante Ian procediendo con un “fist fucking”.

    Me fui caminando a casa, era una tarde fría y a las cuatro ya había oscurecido, me di una ducha. Salí a comprar The Guardian y a desayunar en Sloane Street.

    Pasaron los días y una noche me encontré en un bar en Notting Hill con Hugo que tomaba una cerveza en la barra, me senté a su lado y me comentó que con Ian habían terminado y que ahora estaba saliendo con una catalana.

    – Sí Alejo, para mí la vida es sexual, no creo en la hetero u homosexualidad, somos tan sólo sexuales y si nos circunscribimos a uno u otro apetito, pues ese no es mi problema, peor para ustedes no saben lo que se pierden, “Whenever you are ready, just call me”. Nos reímos. Caminamos por Notting Hill, bajamos por Holland Park, cruzamos South Ken, Chelsea y nos quedamos charlando horas apoyados en la baranda del Prince Albert Bridge; aunque la noche era fresca ya se sentía la primavera cercana.

    – La Argentina, Alejo, es como yo, es la pareja masoquista de un amo sádico, el problema, es que tiene vergüenza o culpa por serlo y aparenta ser una sociedad “straight” y hace unos esfuerzos denodados para mostrarse de esa manera. La Argentina no se concibe a sí misma sin la existencia de ese amo, lo requiere, goza con el maltrato, queda como paralizada, encandilada ante el amo, pero no lo va a admitir nunca. Quiero decir, sé que había varios en la fiesta que hubieran querido ser el perro del amo como yo de Ian, o el amo del perro como Ian de mí; algo así como el neurótico que en público rechaza lo que hace el psicótico, pero que calladamente le encantaría poder hacerlo.

    -Bueno Hugo, no sé si son tan fácilmente trasladables a una entidad tan vasta y compleja como una nación, los deseos sexuales de los individuos.

    -Sí, claro no es tan fácil, pero pensá que siempre el poder se asienta en la Argentina suponiendo un imperio opresor; hasta principios del XIX fue España, los siguientes 100 años, fue el Imperio Británico, y desde Braden o Perón, los Estados Unidos. Siempre hay una sinarquía, o logias masónicas, o las finanzas sin corazón que se confabulan secretamente contra el pueblo. Ello es el caldo de cultivo que requiere de un salvador. Rosas en el XIX, Perón en el XX y vaya a saber que nos espera para el XXI. Si bien entiendo que la lógica del poder requiere de un “cuco”, es decir de un enemigo real o potencial, de una amenaza latente, para justificar la existencia misma de ese poder, en Argentina, siempre me pareció que formaba parte del inconsciente colectivo la convicción de que sin ese “cuco” la vida es insoportable. Algo así nos enseñaban en el colegio salesiano donde había un cura que siempre decía, “bendita culpa que nos ha dado un redentor”. Mirá, pensá en la pasión y muerte de Jesucristo como un “stand up” masoquista. Apenas entrás en una iglesia, lo primero que ves es la imagen de un individuo sangrante en una cruz, que no es otra cosa que una mesa de torturas, a la que ha llegado después de una traición, donde hubo una cometa de 30 monedas de plata, un apresamiento, interrogatorios de militares romanos, azotes, latigazos, la carga de la cruz por un sendero de polvo y piedras caminando descalzo, corona de espinas, clavos en muñecas y tobillos. Se parece bastante a un ritual masoca ¿no?

    -Y sí, se parece mucho.

    -Y la confesión, la posición del misionero, el muchacho arrodillado frente al cura en un cubículo y el tipo con las piernas abiertas.

    Carajo, ya me hacés pensar en Ian. Dale Alejo, atrevete, yo me confieso y vos me castigas a que te mame la verga.

    Bien entrada la noche, nos despedimos en la puerta de casa. Hugo a confesarse con un amigo con el que se cruzó cuando llegábamos a Onslow Gardens, me lo presentó y se fueron abrazados.

  • OPINIÓN DE AXEL SELLARS SOBRE LAS IDEAS Y LOS HECHOS

    Los conceptos son al pensamiento como los planos al edificio. Los hechos son los ladrillos con los que se construye. Quedarse con el plano y creer que ya tenemos el edificio es construir castillos en el aire. Alfred North Whitehead (1861 – 1947) expuso una brutal, aunque interesante síntesis del pensamiento filosófico occidental: La filosofía no es más que una nota a pie de página a lo escrito por Platón y Aristóteles. Es decir Realismo y Nominalismo.

    La iglesia católica tomará de Platón la superioridad jerárquica de la idea por sobre los hechos. Los que se oponen a esta concepción recibirán el nombre de nominalistas. En el sentido filosófico medieval eran realistas todos aquellos para quienes la “idea” (el arquetipo platónico) es más verdadera que la realidad misma que supuestamente expresa. Para los nominalistas, la idea existe, pero como un instrumento que no tiene vida en sí misma, sino sólo en función utilitaria.

    Hago esta larga introducción -decía Axel- porque creo que la Argentina es un país platónico; la idea que tienen sobre ustedes mismos es superior a la realidad: país rico, condenado al éxito, europeos en el exilio, Buenos Aires, la París de Sudamérica, se impone sobre país con más de la mitad de la población pobre, inflación de tres dígitos anuales, conurbano porteño e interior del país poblado de villas miserias.

    Los sajones en general, pero en particular los británicos son Aristotélicos (les recuerdo que Axel Sellars es australiano), para ellos lo real no son los conceptos abstractos, sino los individuos. Les recomiendo la lectura de “El Ruiseñor de Keats”, Borges, of course.

    Creo en absoluta oposición a la Iglesia de Roma, a la Comunidad Organizada Peronista, que primero está el individuo, ese ser humano con nombre y apellido que tiene cerebro, corazón y genitales todos a ser desarrollados en la medida de lo posible con libertad, en armonía y respeto por los otros: luego viene la Constitución, las leyes, las obligaciones, derechos y garantías a los que el individuo acuerda someterse en función de la paz social y recién en último lugar los funcionarios, en quienes los individuos delegan tareas públicas, por eso son “public servants” es decir sirvientas y sirvientes públicos y no monarcas absolutos.

    En esa concepción fluida, pragmática, cambiante, están además de Aristóteles (“la única verdad es la realidad”), el Renacimiento, la Gloriosa Revolución inglesa, la Ilustración cuyo apotegma “Sapere Aude” (Atrévete a Pensar), no es más que la renovación del “cogito ergo sum” cartesiano, que ha permitido la Revolución Americana, la Revolución Francesa, el Liberalismo.

    Cuando Perón dice “la única verdad es la realidad”, no piensa en los nominalistas sino en los realistas, da por sentado que la realidad está enmarcada en las 20 verdades peronistas ¡¡¡¡¡20!!!!! y san se acabó. Ni Moises se atrevió a tanto. Por supuesto el mejor intérprete es el lider (Fuhrer, en alemán), como para que nos demos cuenta.

  • LA LUNA

    Es julio, es 1969, me encantó lo del astronauta Armstrong: “Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad”. Todavía me subía al techo a mirar las estrellas. ¿Cómo se vería la tierra desde allá? ¿Cómo seguiría la vida del primer caminante sobre la luna, al volver a su barrio e ir al supermercado? ¡Qué infinita distancia!, allá la luna, aquí el medieval Onganía. Pensé por entonces, que la única potencia imperial que habíamos tenido que soportar, había sido la Iglesia de Roma. Fue a partir de entonces que vi a la cruz, como el símbolo de ese imperio oscurantista, que por siglos venía dominando mentes y cuerpos de millones. La iglesia tenía la red de sucursales más vasta de la historia, desde las fastuosas, imponentes catedrales de Colonia, Notre Dame, Chartres, Burgos, Santiago de Compostela, Estrasburgo, hasta pequeños galpones en villas y asentamientos. El mismo mensaje en colegios y universidades: la constante prédica del pobrismo, la limosna, el asistencialismo, el pastor y el rebaño. Toda esa retórica de pueblo, masas, toda esa grey, ese rebaño -me dije- es la contrapartida de los individuos que leo, estudio y admiro hasta cuando discrepo: todos los filósofos, literatos, poetas, músicos, pintores, se aíslan, se encierran, se ponen a trabajar en silencio y ahí, en esa soledad se encuentran con su pueblo, se nutren de él, son parte del mismo, lo llevan en su torrente sanguíneo, en sus voces. El que se aísla para pensar, es el emergente de esa Sociedad Anónima: su aislamiento es social: hoy seguimos leyendo a Heráclito, nadie recuerda al monopolista de aceite de oliva de Éfesos; y mucho menos al comprado diputado que legisló a su favor.

    El tiempo más prolongado que pasé fuera del país, fueron cuatro años (1978 – 1982). Si bien las fechas del largo viaje, coinciden con la época de la dictadura militar, no obedeció el mismo, prima facie, a una situación personal. No soy un ex exiliado político. Las pasiones y luchas políticas nunca me cautivaron, no obstante, nunca me fueron indiferentes. Soy hombre de libros y de viajes, no de militancia. La palabra militancia, de cualquier tipo y en cualquier bando, me huele a obediencia, orden cerrado, escalafón jerárquico, supeditación de lo individual a lo colectivo: primero la patria, después el movimiento, luego los hombres. Los cuerpos militares, las órdenes religiosas, abundan en exaltar el espíritu de la colmena; mi relación con las abejas empieza y termina en mi gusto por la miel. El más contundente ejemplo que se me ocurre, para ilustrar tal punto, es ese oxímoron “Cristianismo y Revolución”, la revista que se publicó entre 1966 y 1971 dirigida por el ex seminarista Juan García Elorrio. No puede haber nada revolucionario asociado a la institución que por más siglos ha sido la expresión del PODER ABSOLUTO. La revista de gran predicamento entre gente muy joven, sensible, por lo general educada en colegios católicos, propiciaba un cristianismo comprometido con los humildes,, los desposeídos, los marginados. Veía al Che Guevara como una suerte de Cristo del siglo XX. Tal vez el padre Mujica fuera el mejor ejemplo de ese compromiso social. Compré, leí y subrayé varios ejemplares de esa revista. Pensé de Ernesto Guevara que cumplía con ese arquetipo con el que muchos se identificaban, pero siempre me pareció más Jesucristo que Pablo de Tarso y creo que si uno busca el poder, hay que ejercerlo cuando se accede a él y no sacrificarse para que te idolatren. Conversé dos veces con el padre Mujica. Escribí espantosos poemas en esa sintonía. Llegué incluso a ir a La Rioja, charlé con el Obispo Angelelli y pasé 15 días en Olta con mineros de la zona. Leía a Paulo Freyre, Franz Fanon, Herbert Read, Stanley Moore siempre en jardines al lado de la pileta en casas de La Lucila y San Isidro. Calzaba mocasines de Guido, James Smart traía trajes y sobretodos a casa. Estudiaba derecho, usaba traba de corbata, soñaba en inglés: el mamarracho, el esperpento era tal que mi padre solía llamarme Carlos Marx Mounbatten Windsor y prorrumpía en carcajadas que hasta hoy las escucho.

    Nunca fui a colegio religioso alguno, comulgué dos veces en mi vida, a los 15 le dije a mi madre que no iba más a misa y si bien ella continuó yendo todos los domingos hasta los 85 años, no hubo objeción a mi planteo. Mi padre no fue jamás. Mi educación primaria fue en un excelente colegio bilingüe de Olivos, que ya no existe, mi educación secundaria y universitaria fue en la educación pública.

    Cada vez que escucho una reivindicación a la militancia de los 70 en ámbitos Recoletos o Palermitanos que se definen hoy como pertenecientes a la clase media alta, se produce en mí una reacción que me hace abrir la ventana, salir al balcón, subirme a la canastilla del globo aerostático y me dejo ir a Capadocia o Abu Dabi y no escucho más nada y quedo ahí suspendido, hasta que regreso y digo que sí, que con mucho gusto acepto otra copa de Dom Perignon.

    Pero en una segunda instancia, no me sentía a gusto en un país que se preparaba para ser sede del mundial de football, y donde todo iba a estar pleno de colores patrios y nacionalismo exaltado y orquestado por una Junta Militar que festejaba, torturando y arrojando argentinos al mar desde aviones en defensa de la sociedad occidental y cristiana.

    Época dificil la de los 70; la peor que viví en el país: violencia, secuestros, cruzados fundamentalistas por doquier. Nunca entendí la teoría de los dos demonios: ambos bandos abrevaban en la misma fuente: el catolicismo inquisistorial con su tolerancia cero a quien osara poner en tela de juicio la verdad. El padre Mujica y el general Videla le rezaban al mismo Dios.

    “Religión o Muerte”, era una consigna de la montonera federal: liberales como Rivadavia, Echeverría, Alberdi, Sarmiento morirían en el exilio en España, Uruguay, Francia y Paraguay.. Tengo para mí, que la década del 70 fue una suerte de orgasmo orgiástico que terminó en un Woodstock no de sexo, barro, porro y rock n’ roll, sino de balas, sangre, torturas, cárcel, fusilamientos y secuestros como corresponde a cuerpos inmaculados que persiguen verdades absolutas.

    Pleno de contradicciones, partí a un recreo de cuatro años y comencé una etapa de liberación de lo argentino. Eventos gastronómicos, pequeñas empresas, estudio de Adam Smith, Jeremy Bentham, Thomas Hobbes, John Locke, David Hume, Michel de Montaigne, el Barón Holbach, Ludwig Wittgenstein, oficios varios, amores pasajeros, y y un largo viaje de seis meses por India.

    Vi al país como algo muy lejano, por momentos espantoso, infantil, quejoso, fundamentalista; por momentos entrañable. Comprendí que el espacio era un privilegio cuya carencia se siente en Europa. Me sorprendió descubrir que Gran Bretaña tiene la misma superficie que la provincia de Santa Cruz (243.000 km2). Allá hoy (2020) viven 66 millones de personas, en Santa Cruz, subsisten mal y dependientes del estado 320.000; un poco más que los que poblamos los 48 km2 de San Isidro. Pienso en Alberdi “No sean ciegos, no son dos partidos, son dos países, Buenos Aires y el resto”.

    Noté que ser argentino, podía ser una rareza, varias veces me dijeron que yo era el primer argentino que conocían; un médico en Asís, me preguntói si sabía lo que era una aspirina, que la tomara con confianza; un monje benedictino inglés, se expresó sin tapujos “me imagino lo que debe ser la iglesia católica en Argentina”; un estudiante de derecho en Francia, cuando le dije mi nacionalidad, me preguntó si yo era hijo de un diplomático, ya que hasta entonces, había supuesto que los argentinos eran de raza negra, (sumó dos prejuicios en una sola expresión).

    Me agradó haberme desterritorializado, y un día en 1982 regresé en barco, quería tener la experiencia de lo que podrían haber sentido tres de mis abuelos nacidos en Europa. Al final del verano austral, me levanté temprano, salí a cubierta, olí Río de la Plata.

    Recién instalado en un pequeño departamento en La Lucila, bajé una mañana de abril a comprar medialunas para el desayuno y el panadero gallego haciendo alarde de un ignorante desparpajo me comunicó que estábamos en guerra. Ante mi sorpresa, me dijo que habíamos tomado Las Malvinas, y que entonces sí, por fin nos habíamos puesto de pie. Lo más terrible fue que no sólo era el sentir del panadero, sino el de millones de ciudadanos. Uno de los informes del Embajador británico en Chile, sobre el entonces Canciller argentino Costa Méndez, decía: “logró realizar el acto imposible de ser nacionalista de derecha a la vez que anglófilo”. Hubo personas que hasta basaban el seguro triunfo argentino, en el excelente inglés que hablaba el Canciller del gobierno militar. Si bien esa excelencia era discutible, costaba entender el razonamiento, pero éste, tenía una larga tradición en el país. Recordé entonces, que la escritora Silvina Bullrich se jactaba de haber leído El Quijote, primero en francés y después en español. No pongo en duda que tal barbarismo hubiera sucedido, pero enorgullecerse por ello, da idea de la tilinguería que ello significa.

    Cuando un ciudadano se entera por el panadero, que su país está en guerra contra Gran Bretaña, el resultado de la misma, parece cantado. Esa superficialidad en atribuir destreza diplomática por “dominar el idioma del enemigo”, o pretender distinción por leer una obra clásica y genial en traducción, siendo el lector, parlante de la lengua en que fuera escrita, son algunos de los motivos por los que creo que nuestra crisis es erótica; esa falta de respeto por la racionalidad, es para mí, faltar a la dignidad humana, que termina siendo falta de amor y que engendra como contrapartida una suerte de nacionalismo patotero.

    La guerra pasó, como tantas otras cosas y la vida siguió, al menos para el General que la inspiró, el Canciller que la vociferó en “excelente” inglés y alrededor de 1000 jóvenes murieron. Sin duda había llegado a casa y nada había cambiado. La Argentina es la Calesita.

    Comencé a recorrer Buenos Aires, como había recorrido otras ciudades del mundo, como si fuera un extranjero que con tiempo libre se dedica a vagar por la ciudad tratando de entenderla. Había días que recorría Paternal y Chacarita, otras Parque Chas, Villa Urquiza, Villa Pueyrredón, a veces rumbeaba para Belgrano y Devoto. Visité San Nicolás, Montserrat, San Telmo, Barracas, La Boca, Balvanera, Almagro, Boedo, Flores, Caballito. Tenía la absurda ilusión que en otros barrios que no fueran el mío, podría encontrar la clave de nuestra manera de ser. Comprendí, sin embargo, que había historias para contar y fui diseñando circuitos, que a la larga resultaron una fuente de ingresos ya que comencé a dedicarme a guiar extranjeros por Buenos Aires.

    A diario voy a mi puesto de vigía, que es el muelle de Pacheco en San Isidro, que es el magnífico lugar en el que vivo. Observo desde el muelle, la carencia de puentes, y es lógico, 70 kilómetros nos separan del punto más cercano, Colonia; más de 200 en la desembocadura. Creo que si la ciudad se hubiera desarrollado a la vera de la cuenca Matanzas – Riachuelo, estaría surcada por innumerables puentes de una a otra orilla. Habría “Rive Gauche” y “Rive Droite”, ya que tanto nos ha gustado comparar a Buenos Aires con Paris. Los puentes son lazos que hermanan, los muelles son atracaderos, lugares para pescadores, poetas, enamorados. Amarraderos temporarios de barcos de pasajeros, lugares de carga y descarga. El muelle penetra en el agua, el puente es vinculación. El muelle es fálico, el puente fraterno. El muelle termina en el agua y el vacío, el puente une dos espacios que el agua separa. El muelle es final, el puente es un ida y vuelta. Buenos Aires está lleno de muelles en el Río de la Plata, pero está vacío de puentes. Algo de esto debe andar formando parte de nuestra manera de ser.

    En ciudades con puentes tengo siempre la sensación de estar caminando por una tela de araña, hay un tejido, a veces, laberíntico, pero sé que hay un centro. Sé que la araña está en ese centro, pero sé también que puedo eludirla, en los muelles, en cambio, no hay red, estamos la araña y yo. París, Londres, New York, no sólo permiten ese juego sino que son una invitación a jugarlo, pero donde se hace imperioso participar es en Venecia, ciudad en que la araña, el Minotauro, la memoria, el sin sentido, la conciencia que cada uno tenga de la historia se esconden en ochavas húmedas, o bajo la lona con parches que cubre una góndola que se mece sujetada a un pilote podrido que cruje. O pasa (la araña), cubierta por la niebla de las dos de la mañana y uno queda expuesto y se pierde entre puentes y sonidos que vienen de lejos y uno sabe que la araña está, sin embargo, hasta en Venecia, con mar, con monjes que caminan y con los antifaces y máscaras del carnaval sé que siempre la puedo eludir. En el muelle no.

    A Buenos Aires le falta un punto cardinal. El Este es el río, o la Banda Oriental. Sentimos esa carencia y abusamos -tal vez por compensación- del demostrativo ‘este’: este país, en este país, por este país, si en vez de este país. Me transformo en ‘este’ cuando ya no me aman.

    Punta del Este, es un refugio argentino. Quizás busque al río por el Este que nos falta. Quizás vengo al muelle de Pacheco a enfrentarme con la araña o con Funes, de tanta memoria.