Autor: alejandrofrango.com

  • ENTRE MICHEL Y WALT

    Es septiembre, es 1979, es Bordeaux, he llegado a Saint Emilion, con el propósito de visitar el castillo de Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592).

    Algo así debo haber escrito, en la bitácora de entonces. Estoy pensando en ese tiempo, aquí en Brooklyn High Promenade, frente a Manhattan, ahora que es julio 2013. Acabo de caminar la zona, pasé por The Eagle Warehouse en la intersección de Old Fulton y Elizabeth Place. Hay una placa que recuerda a Walt Whitman (1819-1892) e informa que Walt trabajó como periodista en el Brooklyn Eagle Newspaper, en el número 28, donde hoy hay una espléndida y lujosa casa de apartamentos. Ante el rugir de motores de autos y camiones en la autopista que corre por debajo, siento con mayor intensidad el silencio de la Torre de Piedra del señor de la Montaña.

    Vuelvo a Saint Emilion. Alquilo un auto después de haber comido en el pequeño hotel aledaño a la Catedral, en cuya terraza comí una ensalada Nicoise, un estupendo Cassoulet y bebí una inolvidable botella de Chateau Ausone, según me dijo el sommeler “la joya de Costes”. Rodeado de piedras color ocre, salgo temprano hacia Castillon, me cuesta encontrar el camino a la torre. Lomados campos verdes, plenos de vides, pero como siempre ocurre, he llegado y entro en la torre, con aún mayor respeto que cuando hace unos días traspuse el puente del pequeño Chateau Olivier donde el Príncipe Negro, Eduardo, solía descansar, en alguna tregua de la Guerra de los Cien Años, junto a otros guerreros, cazando ciervos y jabalíes en la silenciosa oscuridad del 1300.

    Es curioso que aquí, en el primer barrio protegido de New York, en esta suerte de pequeño South Kensington, tenga tan presente algo tan distante y dispar. Sé, sin embargo, que la conexión viene por parte de la Sociedad Anónima, dos de cuyos miembros son el señor de Montaigne y el plebeyo de los muelles de New York. Uno se investigó a sí mismo, el otro decidió cantarse; como si ambos estuvieran conformados por la sentencia de Terencio, que Montaigne hizo grabar en una de las vigas del techo: “Hombre soy, nada humano me es indiferente”.

    Tres siglos los separan: uno es filósofo, pensador, político. Alcalde de Bordeaux en dos ocasiones, empedernido viajero, hacedor de la monarquía de Enrique IV, el de Navarra, el primer Borbón, después de la muerte de su primo en tercer grado, último de los Valois, un Medicis por parte de madre. Guerras de religión, 1572, noche de San Bartolomé. El otro de estas tierras, poeta, periodista, seductor de marineros y obreros portuarios. Únicos, irrepetibles, descubridores de sus respectivas individualidades encerraban un cosmos digno de ser escrito. Ambos amantes del silencio. Solitarios. Señores absolutos de sí mismos.

    Allá en Castillon, la verde y viñatera región del campo francés; aquí la torre de vigía urbana en el torbellino de New York.

    Los extremos se tocan: un noble francés, un hijo de granjeros. Un hombre del Renacimiento que mantuvo una amistad única y perfecta con Etienne de la Boetie (1530-1563). Un hombre de la era industrial, que invitó al bello irlandés Peter Doyle a compartir su lecho. Ambos amantes de la libertad: el francés de los viajes a caballo; el norteamericano de largas caminatas por los muelles. El francés desgarrado entre la Liga Católica del Duque de Guisa y los hugonotes. Walt comprometido con los colgajos humanos que deja la guerra de Secesión. Se toman a sí mismos como entes que resumen la condición humana, sin pretensión alguna de ser pastores de nadie, parecen decirnos ECCE HOMMO.

    No hay alma y cuerpo: hay hombre, pero éste deja de ser genérico, ha quedado vetusta la pregunta ¿Qué es el hombre?, ha sido reemplazada por ¿Qué soy yo? En sus respectivas bitácoras ya no hay lugar para Platón y su coro de imitadores: no hay mensaje, ni redención: hay carnadura.

  • RELATIVIDAD DEL TIEMPO

    Muchas veces me pregunto ¿qué habré hecho el 14 de mayo de 1997, o el 2 de agosto de 2001? Salvo que hubiese ocurrido algo trascendente, son fechas que significan nada, por más que en su momento hubieran tenido la fuerza que tiene esta pisada que acabo de dar. Es el espacio (la geografía) en donde se desarrolla la vida. El tiempo, su medición (la historia) es tan sólo uno más de los adjetivos del EGO: antes y después de Cristo, el Soviet, New Deal, Feliz Navidad, gobierno peronista, Happy Birthday to you.

    Evoco con claridad esa primera noche con Karen en Machu Picchu, recuerdo vivamente mis seis meses en India, mis dos años en Londres, mis dos años en la Provence, pero ese miercoles 5 de agosto, es como si no hubiese existido.

    En tiempos de Roma, se lo contaba “Ab Urbe Conditia”, es decir desde la fundación de la ciudad capital del Imperio. El Emperador Marco Aurelio (121-180), en el Libro II, 14 de sus “Meditaciones”, nos dice “Aunque debieras vivir tres mil años y otras tantas veces diez mil, no obstante recuerda que nadie pierde otra vida que la que vive, ni vive otra que la que pierde”. Lo único que poseemos es el presente, afirma sereno el Emperador. “Luego, ni el pasado ni el futuro se podrían perder, porque lo que no se tiene ¿cómo nos lo podría arrebatar alguien?”. Desde el siglo III, Eusebio de Cesarea, da por tierra con la concepción cíclica del tiempo: será desde entonces una línea recta, de supuesto progreso; desde un orígen primitivo y difuso que requiere de un creador ex nihilo, poderoso, inapelable y sobre todo invisible. A partir del año 525, Dionisio el Exiguo (475-544), monje, astrónomo y matemático recibe del Papa Juan I, el encargo de señalar la fecha del nacimiento de Cristo. La sitúa 283 años después de Diocleciano (244-311), quien fuera Emperador de Roma entre 284 y 305 y el mayor genocida de cristianos.

    En el siglo VIII (731) Beda, el Venerable (672-735) en su Eclesiastica Gentis Anglorum (Historia Eclesiástica del pueblo Inglés), con total convicción, marca los tiempos como AC-DC. Carlomagno en el 800 impone esta datación en su imperio. Desde 1582 nos rige el calendario Gregoriano (Papa Gregorio XII) que sustituyó al Juliano, que regía desde Julio César, quien había impuesto el 1 de enero como inicio de cada año haciéndolo coincidir con la asunción de los cónsules.

    La medición del tiempo es el monumento al EGO: el poder, es ponerle el sello personal a toda una época.

    Vislumbro como posible que a partir del 2050 tengamos un calendario chino rigiéndonos y pasemos a vivir en el año 4748; a menos que a partir del Corona Virus comencemos a reconocernos como viviendo AC-DC, siendo 2020, el año I, que también tiene cierto tufillo chinesco.

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE VIVIR NO LO ES (V)

    A) MAR Y RÍO.

    El mar no fluye.

    El mar es una vasta masa que se hamaca, se encrespa, enfurece y se calma, pero no fluye, no transita: el mar está. Es la imagen de la eternidad. El mar es Parménides: fijo, reiterado. Ocioso.

    El río es el tiempo. Transcurre desde el nacimiento a la desmbocadura; surge de un deshielo, brota de alguna grieta y se derrama hacia un valle; crea meandros, saltos, cursos. El río fertiliza, da de beber. Va desde y llega a. Como el individuo busca su camino.

    B) MARINOS, NAVEGANTES, MARINEROS.

    Hay en el bajo de San Isidro, cantidad de calles que honran a marinos, navegantes, marineros: Martín del Barco Centenera, Solís, El Cano, Magallanes, Gaboto, Mendoza, Rosales, Guerrico.

    El primer libro que leí, más allá de los cuentos considerados “clásicos”, quiero decir, el primer libro que decidí leer se titula “Magallanes y El Cano” (Conquista del Mar) por José Mallorquí Figuerola (1913-1972), terminado de imprimir en los talleres gráficos Editorial Molino, Migueletes 1023, Buenos Aires el día 29 de marzo de 1947; así lo dice el colofón del ejemplar que conservo. Luego vinieron todos los de Emilio Salgari, en la colección Robin Hood, “2000 Leguas de Viaje Submarino”, “El Faro del Fin del Mundo”, de Julio Verne, “Los Viajes de Marco Polo”, versiones abreviadas de la Odisea y Don Quijote, “Los Viajes de Gulliver”, El viaje de Livingstone por África y el descubrimiento de las cataratas que llamó Victoria, “Una Excursión a los Indios ranqueles” de Lucio V. Mansilla, los de los viajeros ingleses de los siglos XVIII y XIX: William MacCann, Darwin, Cunningham Graham, Burton; luego “Días de Ocio en Patagonia” y “The Purple Land that England Lost” ambos de William Henry Hudson, “In Patagonia” de Bruce Chatwin, mucho después el libro de Cortázar que invierte los términos del de Verne, reduciendo días y ampliando mundos; a partir de los 16 años comencé con Borges, nuestro Shakespeare a quien sigo estudiando, y su libro verde de 1974 que contiene sus Obras Completas (incompletas) da testimonio de ello, ya que se lo conoce como “el descabalado”, “On the Road” de Jack Kerrouac, “La Liebre” de César Aira y su calesita tren “El Vestido Rosa”, “Los Anillos de Saturno” de Sebald, “El Infinito Viajar” de Magris, la historia de la filosofía y todo lo que me produce placer leer. Algo así como la biblioteca es el viaje.

    Una letra, un paso.

    Una palabra, un trecho.

    Un párrafo, una caminata.

    Un texto, un recorrido.

    Un libro, un viaje.

    Muchos libros, el mundo.

    Viajo, pregunto, observo, anoto en libretas. Creo ser mejor leyendo y hablando que escribiendo: “Scripta Manent, Verba Volant” (lo escrito queda, la palabra vuela).

    Lo escrito es mar, lo oral es río.

    Lo escrito es calesita, lo oral es tren.

    Lo escrito se hace tren con un lector, sólo con un lector. Un país de lectores es un país rico. El lector multiplica el libro. Un millón de lectores de Borges, son un millón de Borges.

    La pobreza es enemiga de la lectura. No conozco ningún pobre, y he visto muchos en mis viajes que alabe o se sienta encantado por la misma: hacen cualquier cosa por salir de ella.

    Leer enriquece la realidad.

    Leer y viajar deberían ser sinónimos: corrijo a la Academia: lo son.

    El peronismo es La Calesita. No es tren, no es río. El peronismo es mar: es el Mar Muerto.

    El rótulo de hereje difundido por el catolicismo en la Edad Media, es el equivalente al de gorila con el que los peronistas suelen agredir ante la mínima crítica. El peronismo es la iglesia católica sin sotana. ¿No ha sido acaso, el famoso balcón de la Casa Rosada, el púlpito elegido por Perón y Eva Duarte para dar los lineamientos a su grey congregada en iglesia al aire libre? Púlpito sagrado al punto que los sucesivos gobiernos peronistas no se atrevieron a ocuparlo y montaron escenarios transitorios frente a Plaza de Mayo o utilizaron balcones internos que dan al Patio de las Palmeras de la Rosada. La oralidad, la arenga desde el púlpito, ha sido el ejemplo de la cultura medieval. Tiempos pre imprenta, cuando el acceso a los libros y su interpretación estaban a cargo de la iglesia. Cuando algún monje rebelde o un científico como Galileo, osaba criticar, cuestionar o interpretar libremente, era tildado de hereje y lo esperaba, el ostracismo, o la hoguera, antesala del infierno. La condena a Galileo es de 1663, su rehabilitación está fechada el 31 de octubre de 1992.

    Hereje huele a sotana, gorila, en cambio es laico.

    C) SONORO SILENCIO

    “Life is tedious as a Twice Told Tale” (The Life of King John, Act.III, Es.IV)

    Fue Horatio Bridge el que le propuso a Hawthorne el título de “Twice Told Tales”, para los cuentos que publicó de manera anónima en 1837. Fueron los lectores los que le dieron la espalda a Melville.”Moby Dick”, se publica en Londres en octubre de 1851, un mes después en New York. La crítica fue despiadada; copio algunas extraídas de “Cronología” de “Lejos de Tierra & Otros Poemas”, en la selección de Eric Schierloch:

    “Basura de la peor escuela de literatura chiflada”, critica el Atheneum de Londres. El Post de Boston: “Enfermiza mixtura de novelería y hechos”. El Southern Quarterly Review, después de hablar bien de la ballena “cuando desmpeña el papel principal, el trazado alcanza gran vigor e interés. En todo otro sentido, se trata de una triste mezcolanza tediosa y sombría, o ridícula. Sus delirios y los delirios de algunos personajes secundarios y los delirios del mismo Melville, destinados a la elocuente declamación, conforman un material que justificaría un mandamiento judicial de lunático contra todos los partícipes”

    Entonces se llama a silencio, porque había soñado con fama y dinero y prestigio y en consecuencia “I would prefer not to”, no voy a obedecer, no voy a ejecutar, no voy a escribir, seré un copista, un “scrivener”, no un “writer”, no voy a hablar más, me llamaré a silencio y Bartleby terminará sus días en la Oficina de lad Cartas Muertas, así como yo los acabaré en la Aduana.

    En mis palabras y más allá de todo lo que se ha escrito, escribe y escribirá, leo en el “Bartleby” de Melville, el sonoro “I would prefer not to”, que lejos de ser la actitud de un individuo dolido, es el mejor ejemplo de lo que un artista debe decir ante la crítica: Nada. El novelista no aclara, no explica, tan sólo escribe o no escribe, que a veces; dice mucho más que toda la escritura que ha escrito. Melville, como todo escritor que se precie de tal, sabe que escribió como quiso y de lo que quiso y sabe también que las palabras no son suficientes para decir lo que ha intentado decir. “Más no tengo, el resto has de completarlo tú”, le dice Melville al lector.

    Mi escritura soy YO. El escritor, tan sólo mi EGO.

    D) ESTAMBUL

    Nunca me gustaron los boliches nocturnos, me gusta más el día que bla noche. No cambio un mediodía en una terraza de una casa en Ibiza, tomando un Vega Sicilia, mientras una pierna de cordero gira en un espiedoÑ o en Copacabana, a orillas del lago Titicaca tomando una cerveza a la espera de un pescado frito con vegetales y un arroz siempre pasado y al clima, por estar metido en un local con música a todo volumen, gritos, porro y alcohol.

    Sin embargo estoy en Estambul, que antes fue Constantinopla y antes capital del Imperio Bizantino y estamos bailando en Hidromiel y la estamos pasando muy bien en la parte asiática del país. Es 1981 y hay toque de queda y a las 12 de la noche hay que estar a vresguardo porque quien tiene el poder de turno, ha decidido que así debe ser por la seguridad de la revolución que custodia los valores de la moralidad y las buenas costumbres y todo lo que se ha dicho, dice y se dirá para justificar cualquier cosa, verdaderamente cualquier cosa. Por esas cosas Tupac Amaru fue descuartizado en la plaza central del Cusco, Giordano Bruno y Juan Hus fueron quemados vivos, García Lorca fusilado, Cartago devastado, millones metidos en hornos y gasificados en el centro de Europa en el siglo XX. Así como el mapa no es el territorio; las palabras -se nos dice en el Gorgias- no son las cosas. Me inquieta la distancia que vamos poniendo entre la palabra y los hechos: “descuartizar” es inocua, no expresa la dimensión del horror. Si uno troza un pollo y quiebra las coyunturas que unen las alas y las patas y muslos a la pechuga, uno se acerca más a la comprensión, pero el pollo fue comprado en el supermercado y está congelado. La intención de quien lo troza está puesta en agradar, mediante el adobo con mostaza, miel, cognac, una rama de romero, una cocción lenta para que se deshaga en la boca, acompañado de hongos, grelos y papas a la importancia, para celebrar a personas queridas. Descuartizar a un ser humano, a quien le late el corazón con violencia, que sabe su valor de representación. Que traspira de miedo, que está viendo a sus hijos que lo miran impotentes, que es un rey, es un dios que representa a una cultura y que delante de su gente sometida, vejada en su orgullo, se lo ata por las muñecas y los tobillos a cuatro percherones, se baten tambores, se despliegan estandartes, suena un clarín, se fustiga a los caballos para que con fuerza tiren hasta el desgarro y la separación en cuartos a un hijo de dios, que a su vez es un dios, en nombre de Dios. No será hora de mandar a Dios al carajo. A todos.

    Borges escribe en “El Golem”: “Si como dice el griego en el Cratiloi, el nombre es arquetipo de la cosa, en el nombre de rosa, está la rosa y todo el Nilo, en la palabra Nilo”, sin embargo, descuartizar tiene contundencia sonora pero carece de horror. El lenguaje no alcanza. También dice con insuficiencia la noticia de que Giordano Bruno y Jan Hus ardieron vivos y poco dice “devastado”, de lo sucedido en Cartago, como tampoco “holocausto” habla del padecer de seis millones de individuos, ¿qué expresan “tortura”, “abuso”, sobre la vejación padecida?

    Nietzsche corrige a Platón: “Comes carne, tienes que ser capaz de matar la vaca”. El lenguaje ha envejecido, la civilización ya no dice nada con sus palabras agonizantes que engendran un discurso yermo.

    Alguien había decidido en Estambul que a las 12 de la noche, no se podía estar en Hidromiel y nos trepamos a un Impala color blanco descapotable, de tapizado rojo, conducido vaya uno a saber por quién, y a toda velocidad cruzamos el Bósforo, entramos en Europa y en el momento en que sonaba la sirena y bajaban de una tanqueta varios soldados armados con metralletas para hacer cumplir la orden, trepamos las escaleras del hotel y obedientes nos metimos en la cama.

  • AXEL SELLARS

    Mi relación con Axel Sellars, comenzó en San Isidro, en el Colegio Nacional, cuando durante dos años fue nuestro profesor de literatura; yo era entonces, un adolescente de 16 años, él un profesor australiano de 23, que hacía su tesis sobre literatura argentina.

    De entrada nos cayó bien a todos; era no sólo aire nuevo, sino que vino en jeans, con un blazer azul y se lo notaba incómodo con la corbata. Tenía un aire adolescente, que lo hacía una rara avis entre sus colegas, todos muy formales, cuando no anticuados. Estaba totalmente sorprendido por todas las veces que le preguntábamos ¿Por qué había venido a la Argentina? Nos parecía más lógico, que fuéramos nosotros los que teníamos que partir al exterior.

    Los que hablábamos inglés, comenzamos a practicar un juego que consistía en traducir literalmente expresiones de un idioma al otro. Esto lo hacíamos en juntadas en Pepino, donde nos reuníamos a comer hamburguesas y a charlar durante horas; así “La Concha de la Lora”, pasó a ser “The Parrot’s Cunt”, “Tirame el fideo” devino “Throw me the Noodle”, Perón, obviamente fue John Sunday Big Pear”; un día compramos entre todos un billete de lotería para ganarnos, cosa que no pasó el “Fat of Xmas”. Como contrapartida “Pay attention” fue “Pagá atención”, “Out of the Blue”, “Fuera del Azul”; “Fuck yourself” fue “Autogarchate”; “William Shakespeare” pasó a llamarse “Guille Sacudelanza”. Cuando llegaba la cuenta alguien comenzó a decir “Putting was the goose” y cuando a alguien lo agarraban in fraganti, se impuso el “Bad Milk”.

    Él fue quien despertó mi gusto por la literatura y quien nos alentó a escribir. Una vez nos propuso un concurso literario, que consistía en intentar superar el cuento más corto del mundo. Ante nuestra sorpresa, eufemismo por ignorancia, nos puso en antecedentes. Nos informó que hasta entonces, un tal Augusto Monterroso, figuraba en todas las antologías, como el autor de semejante logro, y que su cuento se llamaba “El Dinosaurio” y que dice; “Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Eso era todo, pero me deslumbró. Casi sin palabras nos mostraba un mundo: dos monstruos estudiándose. Aún no había terminado nuestro asombro, cuando Axel agregó que los triunfos son tan pasajeros como los fracasos, y que entonces, otro escritor, Luis Felipe Lomelí, lo desafió con “El Inmigrante”, que dice “¿Olvida usted algo? Ojalá”, lo que me volvió a sorprender y entonces Monterroso, nos dijo Axel, lo superó mejorando su cuento: “Dinosaurio, ¿todavía aquí?” Esto provocó a Lomelí que mejoró el suyo, y Axel nos leyó la nueva versión: “Olvido premeditadamente”, y entre risas y asombro nos leyó la última versión de “Dinosaurio”, “¿Rex?” y estallamos en carcajada.

    Axel hizo un largo silencio y alguien dijo que no podía haber algo más corto y que entonces era imposible superarlo. A lo que Axel, irónico, agregó que Lomelí, lejos de amedrentarse lo había superado y que esperaba que alguien de entre nosotros, dijera más con aún menos. Axel hizo silencio, nos escudriñó entre desafiante y sobrador, anunció que el título del cuento de Lomelí, era “Me dejaste sin palabras”, volvió a mirarnos, caminó hasta el pizarrón y escribió

    ” ”

    .

    A la edad que teníamos, un triunfo deportivo, la primera novia, la primera vez, provocan una conmoción y todos estábamos deseosos por competir y ganar.

    A la siguiente semana Axel entró en el aula, como siempre lo hacía, cargado de libros que acomodó sobre su escritorio. Apartó un paquete envuelto como regalo y de una carpeta sacó las hojas que le habíamos entregado. Con cara seria anunció que había un ganador indiscutible. Este cuento, nos dijo, cumple sobradamente con los requisitos de la consigna y supera al cuento de Lomelí, menos que esto sería la página en blanco.

    Nos mataba la ansiedad, ¿Quién sería? Los nombres de Inés, Eduardo, Tomás y Ana se barajaban como uno de los probables ganadores.

    “Este cuento, en su despoiamiento, cobija la totalidad, la forma es perfecta e ideológicamente, se acerca a lo que humildemente me atrevería a llamar “la verdad”, whatever that might be”; aseveró Axel. Ahí, me pareció, sospechar al ganador.

    Nombrar -continuó- siempre implica empobrecer,marcar un límite; las etiquetas ocultan. Dios (ya no tuve dudas, iba a ponerme de pie, sin embargo, bajé la vista) ha sido la invención ante la cual nos han hecho creer nuestra insignificancia, nuestra finitud, nuestra sumisión, nuestra imperfección, nuestra ignorancia, nuestra fealdad, nuestra vileza. Por todo ello, es que le hemos atribuido trascendencia, eternidad, perfección, bondad, sabiduría, belleza, justicia, invisibilidad. En nuestra cultura nos expulsó del Edén y nos condenó a fuego eterno en caso de persistir en rebeldía, y otra eternidad en caso de obsecuencia. Aquí Axel hizo una pausa y agregó:El solitario no tiene testigos. Carece de espejo.

    Homero, ciego, nos develó un mundo.

    Platón, libera a su filósofo de la ceguera de la caverna.

    Borges, ciego, nos guía por un laberinto de espejos: el infinito estuario, donde se refleja la infinita llanura.

    Axel se acercó al pizarrón y escribió

    ” DIOS “

    .

    And the winner is, y pasé al frente orgulloso y tímido, me entregó el premio que fue “Historia de la Eternidad” de Borges, hubo aplausos, gritos y abrazos y comencé a salir con Ana.

    Para mañana lean en el diario La Nación el arículo “Todo lenguaje es fascista”, es una crítica que escribí, sobre un texto de Rolland Barthes, lo discutimos, vayan pensando, nos despidió Axel.

    “Bad Milk”, profesor, mañana es”Little Tap’s Day”, es 7 de noviembre, no hay diarios.

    ¿Y eso?

    Vaya pensando magister.

  • VIAJAR ES INDISPENSABLE, VIVIR NO LO ES (IV)

    CRETA

    Es la isla de Creta, es la garganta de Samaria, es el día que cumplo 33 años, como ayer cumplí 32 en la Bahía de Bengala y antes de ayer 31 en Rye en South Sussex y un año antes 30 en la Mancha del Quijote y 30 más atrás nacía en Buenos Aires, en el porteño barrio de Recoleta; cuando la Argentina estaba poblada mpor 16 millones de habitantes, el mismo número que poblaba Francia, 400 años antes, en 1548.

    Me gusta eso de haber nacido cerca de un gran cementerio, es como para que tenga siempre presente “Memento, homo, quia pulvis es, et en pulverem reverteris”, después The End, That’s All Falks, pues a caminar la vida y a gozarla y dejar que cada uno la goce como quiera, sepa y pueda. Como al río, me es indiferente que el gavilán mixto acabe de decapitar a la cotorrita verde o que dos hombres copulen a la orilla del Ceze. Que cada uno atienda su juego.

    Estuve en Atenas, caminé el Partenón, me inquietó, en el Museo Arqueológico, el mecanismo de Antiquitera, una especie de computadora del sigloI AC. De la polis no queda nada. Las civilizaciones, como nosotros, tenemos un tiempo y un día, éste se agota y dejamos paso a otra concepción, a otro grado de ignorancia.

    Estoy en Creta, camino por senderos donde hace más de 4000 años pasaban individuos similares a estos que me saludan. En el museo me entero que en 1600 AC, Creta se expande a la Grecia continental y en 1400 AC, el legendario rey Minos construye el palacio de Knossos.

    Aquí ,en San Isidro, abro la bitácora del viaje, es 1981, los dibujos me dicen que en Lakki, donde habíamos llegado en omnibus desde Xania comenzamos a caminar. Lakki tiene una iglesia ortodoxa blanca como la harina, con cúpula celeste como el cielo de San Isidro en las tardes de abril. Hay naranjos, olivos, cabras, ovejas u ortodoxos que hasta donde sé, significa legítimos; fieles seguidores pero no de Roma, de la que se separaron en 1054.

    Caminamos, 4 alemanes, 2 norteamericanas y yo, 14 kilómetros hasta Omalos y luego por el rocoso sendero de la garganta de Samaria, son 18 kilómetros de piedras y árboles caídos que hay que saltar o pasar por debajo, hay que vadear varias veces el río hasta que exhaustos llegamos a Agia Roumelli.

    Al día siguiente festejamos en Loutro con pescados que llegan a tierra de manera poco ortodoxa. Los pescadores arrojan cartuchos de dinamita y luego recogen los restos del iccidio. Un acto contra natura. Festejamos mi cumpleaños con ouzo y pescados. Las chicas norteamericanas eran Pat, que era agrónoma y su novia Anne, que era bailarina, dos de los alemanes eran médicos y los otros dos estudiantes de ingeniería tecnológica, hoy diríamos algo así como IA de acuerdo a la larga explicación muy cargada de ouzo, que además hizo que Anne dijera que por lo que recordaba de la Biblia, siempre había imaginado que Samaria estaba en el desierto, lo que provocó la burla de Klauss y la defensa exagerada de Pat por su amiga y una serie de sandeces histórico religiosas que aumentaron la tensión de una manera ridícula, entonces Hans Peter, uno de los médicos, sacó un pequeño libro de poemas y leyó: “Twenty men crossing a bridge into a village, are twenty men crossing twenty bridges into twenty villages, or one man crossing a single bridge into a village”, de Wallace Stevens.

    En una pareja con 25 ó 30 años de convivencia, cuando uno dice ¡Te amo! ¿Qué entiende el otro? ¿Samaria o la casa de té de la luna de agosto en Chos Malal?

    POR LISBOA DE LA MANO DE PESSOA

    Camino por Lisboa dejándome llevar por la guía de turismo “Lo que el turista debe ver” de Fernando Pessoa.

    Pessoa (1888-1935) que es no sólo persona, sino máscara y nada (tal vez por eso haya sido tantos). Me alojo en el hotel Borges, que está en los altos del Café La Brasileira, que en una de sus mesas sobre la vereda, tiene sentado a un ferroso Pessoa de traje y sombrero, escribiendo. Vecino al hotel, está la librería más antigua del mundo, Bertrand de 1732.

    A la vuelta, sentado en un umbral, el “verruguete”, apodo que le pusieron a un mendigo a quien le chorrea una suerte de quiste sebáceo o verruga de al menos 20 centímetros que deja en el piso una aureola, como si quisiera él también erigir su propia estatua.

    Lobo Antúnez (1942), se pregunta si un hombre que nunca ha follado puede ser buen escritor (está hablando de Pessoa). No le gusta Pessoa, quien en el “Libro del Desasosiego” escribe sobre una muchacha de aspecto masculino: “Un ente humano vulgar dirá de ella: ‘esa muchacha parece un muchacho’, otra: ‘ese muchacho’, yo diré: ‘esa muchacho’. No habré hablado, habré dicho. Después de algunas consideraciones, agrega Pessoa, “Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente”.

    Abordo el tren en Lisboa con destino a Coimbra.

    Son las 6 am, me acaba de despertar el grito de un gallo en la medieval Coimbra. Estoy alojado en una posada en el tercer piso de una vieja y un tanto destartalada casa ubicada frente a la iglesia de ls Santa Cruz. El calor, durante la noche superó los 42 grados y entre los festejos que había en la plaza y luego la llegada de los limpiadores con sus máquinas barredoras y sus máquinas recolectoras de botellas de vidrio y sus máquinas compactadoras de envases de aluminio laminado, sus mangueras, sus gritos, más el continuo aletear de las palomas, hicieron imposible mi descanso.

    Tengo entre mis piernas trece crucifijos. Apoyé mis pies sobre el marco de bronce de la cama, tengo las piernas abiertas en V, y en esa figura han quedado enmarcadas las cruces, que adornan la fachada de la iglesia, pero tienen que haber sido más, ya que hay vestigios de otras (un resto de brazo horizontal que cuelga inclinado, próximo a un nicho, un resabio verdoso enmohecido, estampado como si fuera la aureola de un fantasma), dejan ver claramente la ausencia.

    El cuarto que habito da a la altura del coro que está adornado con escudos nobiliarios y ángeles con clarines. La iglesia es de 1131. Hace 900 años, cientos de hombres llegaban a este lugar a poner piedra sobre piedra ¿Habrá habido albañiles judíos trabajando? ¿Cuántas horas pasarían sobre los andamios? ¿Muertos por caídas, aplastados por un bloque de piedra? ¿Pararían para sacar de su morral una hogaza de pan embebida en aceite de oliva o algún caldo sobrante de la noche anterior? ¿Se pondrían en la boca un suplemento de azúcar?, que era lo que los soldados que partían en ese tiempo a la primera Cruzada, hacían para paliar la hambruna en el asalto de Acre.

    Mi inusual posición corporal, tan impúdica frente a la representación de lo sagrado, “V”, la novela de Thomas Pynchon, ese huidizo de los cenáculos literarios. He escrito Acre. Entre 1978 y 1979 trabajé en Long Acre Street, Covent Garden en el restaurant “Tango”, a corta distancia del Gran Templo de la Masonería. Hay un mural en Los Ángeles, donde esa mística norteamericana del destino manifiesto está señalada mostrando la trayectoria histórica de la masonería que tiene en Acre uno de los hitos, y California, está marcada como uno de los lugares de llegada. Fue en San Francisco, precisamente en Colombus Avenue 722-728 que es el lasndmark 408 como el “birthplace of Freemasonery in California” donde el 17 de octubre de 1849 se llevó a cabo el primer encuentro de libres y aceptados masones en el Golden State, celebrada por la Logia número 1.

    Masones, albañiles, hermanos construyendo el templo. Albañiles de Coimbra levantando la iglesia de la Santa Cruz en 1131. Coimbra, el nombre es musical como la lengua portuguesa. Primera vez que estoy aquí, pero el nombre me viene de lejos, ¿Cuándo? ¿Por qué?, ¿En que circunstancias lo escuché por primera vez? No lo sé. Universidad de larga data, fundada en 1290 en Lisboa y trasladada aquí en 1537, reinaba el español Felipe II y I de Portugal. Mi ignorancia es grande con respecto a la ciudad, pero me agrada y me gusta este halo de misterio; es uno de los placeres de los viajes: descubrir, abandonarse al instinto, lejos de guías, de referencia previas.

    Pensar lo que se siente sí, pero también sentir lo que se piensa.

  • EL CARTERO

    El cartero era cordobés, se llamaba Ángel, llegaba a diario a nuestra casa. Yo tenía entonces diez años y había comenzado a coleccionar estampillas.

    El cartero fue para mí un descubrimiento: me fascinó que un adulto se ganase la vida andando en bicicleta, repartiendo sobres, y si bien entendía que una carta escrita en Madrid, se introducía en un buzón, del que alguien la recogía y llegaba en avión a un correo central y de ahí a correos locales y luego hombres como Ángel, las distribuían en un circuito, me resultaba mágico que todo eso funcionara.

    Empezaba a comprender lo que era un sistema. Pensé que yo podía organizar algo parecido, para conseguir estampillas sin tener que comprarlas. Un día le pregunté a Ángel si podía acompañarlo en su recorrida.

    Había buzones donde él dejaba las cartas, pero había casas, como la nuestra, que no tenían buzón, y entonces Ángel tocaba el timbre y salía una señora o un señor y se entablaba una conversación entre cartero y vecino, ahí yo preguntaba, si me podían dar las estampillas. Les debió haber parecido curioso, tal vez hasta graciosa mi manera de abordarlos, ya que ese primer día, volví con docenas de estampillas. Así de esa manera tan simple, todos los sábados a la mañana, fui consolidando una red de gente, que no sólo ya me conocían (el chico de las estampillas), sino que algunos me llamaban por mi nombre y hasta me guardaban los sobres que recibían durante la semana, mientras yo estaba en el colegio. Empecé a llevar una bolsa, porque a veces, eran cientos de sellos. Me daba cuenta que a Ángel también le gustaba, porque pedía que me las guardasen hasta el sábado. La gente comenzó a traérmelas a casa. Solía venir un señor italiano de nombre Gagliardi, una señora inglesa de apellido Moffat y otra suiza Ute, una pareja, ella de Luxemburgo de nombre Myriam, él un alemán muy cuidadoso de nombre Frank. Lo cierto es que a los diez años, yo andaba saludando y haciendo relaciones públicas con gente que tenía la edad de mis padres, y algunos la de mis abuelos.

    Cuando jugaba a la pelota en la calle, mis amigos se sorprendían por la cantidad de personas mayores con las que charlaba. Al mismo tiempo yo sabía quien era médico, quien fabricaba tractores, quien era diplomático, que autos tenían, quienes jugaban al golf, quienes eran extranjeros. Todo era una gran telaraña, y al igual que el sistema de las cartas, también me parecía mágico que todo funcionara. Había casas importantes, casas más simples, casas con muchos chicos, otras sin ninguno. También tenía enamoramientos. Ellas querían darme las estampillas y esperaban que yo llegase y yo aguardaba ansioso el sábado para verlas. Nicole y Bernadette eran dos hermanas francesas que corrían trayéndome los sobres, sonreíamos, nos mirábamos y una vez les llevé flores, y era todo.

    Este hito, fue de una manera muy sutil, el mojón cero de mis recorridos por el mundo y al mismo tiempo, el mapa del lugar donde vivía. La vez que mi madre me dijo que Ángel quería decir mensajero, tuve la impresión de cierto orden.

    Creo que esa relación con Ángel, es lo que me hizo tener un profundo respeto por todos los que formamos parte de la Sociedad Anónima.

  • DOS GRADOS

    Enero 2019 – Julio 2019. La misma temperatura en Edimburgo y San Isidro. Me agrada que dos ciudades tan distintas compartan la misma temperatura: dos grados centígrados. No puedo decir lo mismo de otros guarismos, en grados de inflación, llevamos amplia ventaja, jamás seremos alcanzados por Escocia.

    Es enero, camino por George Street con el frío de julio, pero sin el cielo celeste de San Isidro, ni el sol plateando el inmenso río. He llegado a la Royal Mille, me detengo ante la estatua de Adam Smith (1723-1790). Who’s that granny? escucho al niño de 9 ó 10 años señalando desde su enfundada mano amarilla al pétreo pensador.

    Un hombre muy inteligente que le enseñó a la gente a usar su dinero con eficiencia.

    Sistema: ese chico estaba aprendiendo, lo que a su edad, yo aprendí de Ángel, el cartero. Me quedé pensando en una situación semejante: un niño le pregunta a la abuela ¿Y ese quién es? San Martín, Urquiza, Alvear, Roca, Mitre, Belgrano, Rosas, Dorrego, Garibaldi están a caballo, blandiendo la espada, alentando una avanzada, ¿Qué contestan las abuelas? ¿Qué sistema les podrían explicar a sus nietos con tantos militares en armas?

    Un día me salí del sistema, pero sin rompimiento, (el mundo es tan vasto, tan extraño, que hay lugar en él para que todos estemos equivocados). Fui Wakefield, me propuse serlo, nunca necesité ser Bartleby: nadie me hizo tanto daño como para decir “I would prefer not to”. Sigo viajando para tratar de entender, ¿para recordar?, nunca para olvidar.

    Edward Thomas Lawrence, nació en Gales, estudió en Oxford, sin embargo en Gran Bretaña, estaba pero sin ser. El día, que en el desierto, vistió árabe, comió árabe, pensó, sintió y balbuceó árabe, comenzó a ser y fue Lawrence de Arabia.

    William Henry Hudson, nació en Quilmes, de padres norteamericanos, pero encontró su ser en la lengua inglesa; ninguno de sus libros sobre nosotros, fue escrito en español.

    “En medio de la confusión aparente de nuestro misterioso mundo, los individuos están tan perfectamente ajustados a un sistema, y los sistemas entre sí y con un todo, que un hombre con sólo apartarse de su sistema un instante, se expone al temible riesgo de perder para siempre su lugar en el mundo. Al igual que Wakefield, puede convertirse, por así decirlo, en el desterrado del universo”, nos recuerda Hawthorne.

    Tal vez como sociedad, la Argentina viene siendo Bartleby, y desde 1930 está diciendo “I would prefer not to”. ¿Qué? Preferiría no crecer, preferiría seguir cantando “combatiendo al capital”, preferiría no hacerme cargo de mis torpezas, de mi desorden en el manejo de la cosa pública, ya que como nos recuerda Borges en el “Evaristo Carriego” (1930), la cosa pública no se entiende como de todos, sino como de nadie, por eso -agrega- robar dineros públicos, no es considerado un crimen en la patria. Preferiría culpar al Imperio Británico, al capitalismo Norteamericano, a los fondos buitres, preferiría que me juzgue la historia, cuya absolución doy por garantizada, preferiría la sumisión al Estado y la bendición del Papa peronista, preferiría por siempre ser Peter Pan.

    Historiadores, economistas, escritores, periodistas señalan mayoritariamente al 6 de septiembre de 1930 como el día del quiebre de la nación, con el golpe de Uriburu a Yrigoyen.

    Vale recordar que trepado al zócalo del auto del General iba el Capitán Juan Domingo Perón.

  • EL RÍO

    “VOLVER AL MAR ES VOLVER A LA MADRE, ES DECIR, MORIR” J.E.CIRLOT

    Como en un naufragio, nos aferramos a un madero para no perecer. El sexo, ineludible, omnipresente. Para la inmensa mayoría: el poder y su representación más común: el dinero y su costado perverso: la ostentación o la fingida humildad. Para muchos: madre, padre o la miríada de sucedáneos: alcohol, drogas, locura, crimen, religión, fanatismos políticos o deportivos; un hijo.

    Otra vez; para muchos el mar.

    Para otros: el río.

    Sin siquiera haberlo sospechado, ahí estaba desde siempre. No guardo el momento preciso de cuando lo vi por primera vez. Sé, sin embargo, que fue en la niñez. Nací a no más de mil metros del río y he vivido casi toda mi vida a similar distancia de su orilla. Mi padre nos solía contar historias del río: la vez que con sus amigos -no tendrían más de diez años- vieron un cuerpo flotando, carnoso, boca abajo; una vez que bañándose en calzoncillos, el río les robó las ropas y su regreso semidesnudos a su casa de Olivos; el día que vieron saltar un pez oscuro, enorme.

    El río, no pudo no haber sido sino la visión primera de la mayoría de los que llegaron al país desde otro lugar: la imagen líquida de la esperanza. El bíblico barro fundante.

    La esperanza presupone una desesperación.

    Se les debe haber impuesto inmenso como el espacio, tal vez eterno como el tiempo.

    Ante él, el mar carece de carácter. El mar pudo haber sido más inspirador para los recién venidos, su mar era el Mare Nostrum, el que ocupa el medio de sus tierras.

    El río de la Plata es único, ambiguo; al punto que hubo que beberlo para engendrar el surrealista oxímoron: Mar Dulce.

    Dijo del río, siempre igual a sí mismo y siempre diferente, Heráclito, el oscuro, que tal vez lo haya sospechado, meditando en su feraz Éfesos.”No te bañaras dos veces en el mismo río”. Habiendo vivido frente al mar, podría haber hecho la misma aseveración y tal vez con mayor contundencia empleando al mar como circunstancial de lugar en su fragmento más difundido. Tal vez no lo hizo, por ser el mar un lugar común, demasiado evidente para los griegos o quizás por su estirpe noble, acostumbrada a la ingesta de pescados de río y no a la pesca marina propia de tejedores de redes, timoneles, zurcidores de velas, picapedreros, navegantes del tempestuoso Egeo. Lo cierto es que escogió el río.

    Me agrada esta ligazón entre su meditar y mi vicio, mi destino ribereño. Ha sido frente al río y no a orillas del mar donde siempre me dirijo a pensar, a soñar, a planear viajes. Es a su orilla a la que me acerco a diario y no al mar. Es frente a estas aguas fangosas en donde la identidad dejó de ser idéntica a sí misma y en donde su pétreo enunciado “A es A”, naufragó. La identidad es la primera aproximación a la posesión. Río y ribereño no somos dos veces los mismos. El río es viajero. Viaja desde el nacimiento a la desmbocadura. Cuando viajo me siento río, soy río, no me detengo. Fluyo, y lo mismo ocurre con mi pensamiento, imita la corriente del río.

    Baudelaire: le ha faltado a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, el derecho a contradecirse y ¡cómo no!, le ha faltado a ese instituto de la modernidad, precisamente el río: no hay el mismo “yo” dos instantes seguidos. La identidad es una soberbia de petímetres, el festejo del cumpleaños, una infamia a la humildad, una convocatoria al sin sentido, una artera ficción. La identidad, umbral de la posesión, es una mala costumbre.

    El derecho de propiedad intelectual aparece por primera vez en la mercantil Inglaterra en 1702, su vate máximo jamás cobró derechos de autor, sí, en cambio, lo hicieron sus editores.

    Las orillas ven pasar las aguas. Las ciudades siguen ocupadas, atareadas en su negocio. El río es el ocio. La ciudad es la ley: el poder. El río es la libertad: el placer. La ciudad y sus negocios, y su ocio, que es negocio, desbordada en sus calles atestadas. El río está en su lecho. Ha sido la ciudad la que se define por el río y no a la inversa: Stratford upon Avon, Bagnols sur Ceze, Frankfurt am Maine, Benarés sobre el Ganges, Dublin on Liffey, Manhattan encircled by East and Hudson, Virreinato del Río de la Plata. Ha sido el río el que atrajo los asentamientos humanos, el río, el civilizador. Los puertos son las puertas. A los puertos se llega. Por ellos se entra: se parte de, se arriba a. Entrar, salir. Nacimiento. Desembocadura. Viajar, metáfora de la vida. Somos río, somos viaje.

    En la idiosincracia de los pueblos de la India, hay siempre el deseo de al menos una vez en esta vida, viajar hacia el Ganges; bañarse y beber de su agua sagrada. Ir por él hacia la muerte, hacia la desembocadura, al océano, a la madre, padre de todos los ríos, ¿Principio lógico de identidad? ¡Qué risa que me da! Flotar en sus aguas, yacer en su lecho, devenir ceniza, confundirse y ser al fin uno con el río. Por fin haber cumplido, ser polvo, ser olvido: just dust and oblivion.

    En los puertos se detiene el viaje. Para cque se detengan las aguas hay que construir el dique, el muelle, la rada, la represa. Para que al barco no se lo lleven las aguas hay que echar el ancla, hay que aferrarlo a mojones de hierro. Las aguas, como las palabras prosiguen su camino, inexorables como el tiempo. Envejece la ciudad, nunca el río. Se han muerto Charrúas y Guaraníes, se han muerto Solís, Mendoza, Schmidl, Garay, Sobremonte, Whitelocke, Liniers, San Martín, Rosas, Perón. Se han ido Mallea, Onetti, Juan L. (Ortíz), Cortázar, Borges, Saer; me iré también algún día;el Río de la Plata, ese barroso Ameleto, seguirá bañando, indiferente a Buenos Aires.

    Sólo muere lo que quiere echar raíz; permanece, lo que no quiere quedarse. Sólo vive, el que fluye. Tal vez sea por el río que me gusta tanto la lluvia. Cuando la calle se inunda de vereda a vereda; cuando no quedan cordones visibles, cuando la calle está viva, cuando se hace río, cuando se hace intransitable, salgo a caminar.

    Sólo amo al mar cuando llueve. Es cuando cae el rayo en el mar que éste me parece serio, como que adquiere dignidad, cuando compiten agua con agua, cuando cielo y tierra se unen.

  • L. WITT

    Wilcock, VolksWagen, Wolf, Weber, Wake,Weininger, Wittgenstein, Westerns,West End, y es por esta W tan escasa en la lengua española que estoy aquí, en este atardecer primaveral leyendo a Thomas Bernhard (1931-1988), pero no uno cualquiera de sus libros sino el que se titula “El Sobrino de Wittgenstein” y mientras me dejo envolver o arrobar por su escritura envolvente o arrobante y el envuelto o arrobado soy yo que quedo dentro del envoltorio o arrobatorio, que incluye además la lectura de la obra de Wittgenstein en los dos volúmenes de Gredos, en parte bilingüe y en parte unilingüe, la biografía de Ray Monk “Ludwig Wittgenstein” (El deber de un Genio) y la biografía novelada de Bruce Duffy que lleva por título “El Mundo tal cual lo Encontré” que reproduce en parte el aforismo 5.631 del “Tractatus Lógico-Philosophicus” que invito al lector a leer con la inocencia del virgen (no con la “inocencia del mal”, de lo que más adelante diré algo). Me he tomado el atrevimiento irreverente de nombrar a Ludwig Wittgenstein (1889-1951), como L. Witt, no porque ame las abreviaturas, sino como un respetuoso y sentido homenaje a su persona ya que me suena a nombre de cowboy que él tanto disfrutaba con los Westerns que solía ver con su amado pelirrojo David Pinsent en 1913 con quien llegó a ver tres veces “Bronco Billy y los Cowboys” y luego en compañía de su amante Francis Skinner en los cines del West End “in London of all places” y en el Tivoli, próximo al Trinity College en Cambridge en la década del 30 y luego con Ben Richards a partir de 1945 y hasta la muerte de L. Witt en 1951.

    Debo explicar que esta sucesión de WWWWWWWWW, es el resultado de la lectura de “La Sinagoga de los Iconoclastas” de Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) que un día se fue del país por consejo de Adolfo Bioy Casáres, como antes se había ido Julio Cortázar harto de que los bombos peronistas no lo dejaran escuchar a Bela Bartok, y entre otras razones de su vida privada a Wilcock tampoco le caía bien el peronismo al igual que a Borges y salvando las enormes distancias , a mí me cae tan mal como a todos ellos sumados, pero yo me voy y vuelvo, es decir viajo hasta que un día emprenda el así llamado “viaje”, que no es otra cosa más que la universal y archidemcrática desaparición por siempre jamás, que es algo que detesto aún más que al peronismo; ambos, la muerte y el peronismo me dan vergüenza.

    “La Sinagoga de los Iconoclastas” de editorial Anagrama viene precedida de una invocación de Ruggero Guarini que dice: “Otra persona sobria es mi amigo Juan Rodolfo Wilcock que lleva años viviendo en el campo, en una casita sencilla, con pocos muebles, escasos cacharros y un estante de libros…………sus grandes lujos son un viejo VolksWagen, y una buena radio para escuchar un lied de Wolf o un cuarteto de Weber. Pero tampoco el trabaja; escribe poemas y cuentos…………y echado en un diván lee y relee a Joyce y a Wittgenstein”.

    Cuando el 16 de marzo de 1978 Wilcock muere de un infarto acababa la traducción de “Finnegans Wake”. Copio en mi bitácora el epígrafe con que Ray Monk comienza la biografía de L. Witt “La lógica y la ética son fundamentalmente la misma cosa:El deber hacia uno mismo” del libro “Sexo y Carácter” de Otto Weininger y me pongo a devorar a L. Witt.

    Dicen que los extremos se tocan. Cada vez aumenta mi convicción de que en un planeta que gira sobre su eje, mientras gira alrededor del sol es bastante posible (debo trabajar en hacerlo probable) que personas y acontecimientos naturales y culturales vuelvan a suceder casi idénticamente: veo en la vida y el pensamiento fragmentario de L. Witt, una similitud con la vida y los fragmentos de Heráclito, así como veo en la invasión de Putin a Ucrania una reiteración de la invasión de Hitler a Austria, y como el 3 de septiembre de 1939 se replica en el 24 de febrero de 2022 ante idéntico asombro y pasividad de Europa. Percibo una suerte de convicción generalizada de que algo equivalente al mítico Diluvio Universal está próximo a ocurrir.

    5.631 “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiera un libro, “El mundo tal como lo encontre”, debería informar en él también sobre mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etcétera; ciertamente esto es un método para aislar al sujeto o, más bien, para mostrar que en un sentido relevante no hay sujeto: de él sólo, en efecto, no cabría tratar en este libro”. Agrega luego que el sujeto no pertenece al mundo y los compara con el ojo y el campo visual, donde al ojo uno no lo ve realmente y nada en el campo visual permite inferir que es visto por un ojo. 5.634 “Todo lo que vemos podría ser también de otra manera”. (Darwin nunca llegó a estudiar los monos verdes de San Cristóbal y Nieves).

    “La hipócrita voluntad sólo culpa a la mano que culpa a la muerte que a su vez culpa al sexo, tonto pero no menos turgente” dice Bruce Duffy y es el cuerpo que necesita decir como el cerebro lógico de L. Witt y se masturba en el barco de guerra en el Vistula, y se masturba en Cambridge y en la cabaña en Noruega y cuando está con Francis Skinner y se siente sucio y pecador y necesita confesarse ante amigos y colegas y necesita desprenderse de la fortuna heredada y trabajar como maestro rural y es Heráclito a quien el cetro de basileus lo enferma y sube a la montaña a encontrarse consigo, como L. Witt en la soledad de su cabaña de Songe.

    La inocencia virginal es la del infante, la del que aún no ha sido fraguado por el lenguaje: la de todos nosotros cuando niños, todos nosotros cuando vimos el mar desconocido, el bosque misterioso y en él, el rugido. Los extremos se tocan: la inocencia virginal y la inocencia del mal. L. Witt repite en sus aforismos los fragmentos de Heráclito, y repite en su vida el despojamiento del griego. L.Wiit rechaza la segunda fortuna más grande del Imperio Austro-Húngaro para pelearse con Bertrand Russell sobre si los tres manchones de tinta que éste acaba de estampar con ira sobre una hoja en blanco ¿existen o no?

    Al pensar estas situaciones de cuerpos y mentes en conflictos y de egos en discordia percibo que todo parece un juego, escenas de una eterna tragicomedia que quiero ilustrar para dar un ejemplo de la inocencia del mal. Recurro como tantas otras veces a un texto de Borges, se titula “Lunes 22 de julio de 1985” donde nos narra su experiencia en un juicio oral (el de Victor Melchor Basterra 1944-2020) quien había estado en prisión cuatro años, azotado, vejado, torturado y cuando Borges esperaba las quejas del obrero metalúrgico, se sorprende cuando lejos de tal cosa, observa que “el réprobo había entrado enteramente en la rutina del infierno. De todo lo espantoso que oí esa tarde y que espero olvidar referiré lo que más me marcó para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre, llevaron a todos los presos a una sala y vieron una mesa tendida, vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (recito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturadods y no ignoraban que los torurarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese infierno y les desó Feliz Navidad. No era una burla, no era un remordimiento. Era como ya dije una suerte de inocencia del mal”.

    Se pregunta Borges “¿Qué pensar de todo esto? Yo personalmente descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: Somos los anunciados, los previstos, si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente y antes de ser, ya son en esta Mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos”

    L. Witt en constante lucha con sus fantasmas: la tradición judía del Mayer de su bisabuelo oculta tras el principesco Wittgenstein, la inconmensurable fortuna familiar que desea purgar mediante la docencia con los hijos de toscos campesinos batiéndose contra el engolado y hueco lenguaje de la academia y los mohínes de los snobs de Cambridge. Explicando que el mundo consiste en hechos y no en cosas, (“La ciencia se mueve en el orden de lo real o de lo probable; la filosofía lo hace en el orden de lo posible, del lenguaje, de los conceptos”). Va cargando con el suicidio de tres hermanos, la rigurosa autoridad de su padre, las docenas de sirvientes, la obligada aceptación a pasar Navidad en Viena consu familia y Fraulein Ketteler, invitada con sus padres y ofrendada como pavo trufado a ser la esposa de L. Witt, que terminada la comida es invitada a pasar a la biblioteca donde en privacidad esperan, los mayores, que al salir L. Witt, anuncie su noviazgo. Cerradas las puertas corredizas de la grandiosa biblioteca, L. Witt tiembla y transpira y no entiende como la Fraulein no ve que él no es P sino -P, que P supera lo V o F, ya que para él es imposible y esos interminables minutos son como el casi eterno esplendor de los Habsburgo que estallará en mil pedazos en poco tiempo. Y así como un elefante no puede hacer lo que hace la golondrina, ni una lenteja comportarse con el café como lo hace el azúcar, L. Witt no puede hacer con la Fraulein, lo que su padre hace con su madre, ni la Argentina puede librarse del autoritarismo fascista, como tampoco pudo Austria con los nazis. Tendrá que llegar una nueva manera de pensar y ésta tendrá que ser tan contundente como la transformación que hizo que se pasase de la alquimia a la química, del Dios trino al “In God We Trust”, tirar por la borda la fe dogmática y entrar en la racionalidad y es otra vez Heráclito con su cuenco humeante y el olor de pan recién salido del horno, así como es L. Witt mirando a Billy Billoch montado en su caballo en la pantalla del cine Paris de Thistle Grove con Ben Richards sentado a su lado con la cabeza apoyada en su hombro..

    Escapar de su padre, de su judaísmo, de su fortuna, de Viena, de su lengua, de Cambridge, de la gente, porque el filósofo es un solitario, el filósofo es un ciudadano de ninguna comunidad de ideas; la cabaña de Songe en Noruega, la casa del granjero en Irlanda, “la política es lo que hace el hombre a fin de ocultar lo que es y lo que no sabe”. Escapar como Heráclito, como Nietzsche, no dejarse atrapar, escapar del sistema (de cualquiera) es buscarse, es tratar de decir con las palabras de siempre lo que éstas aun no han dicho. ¿Cómo hacerles decir algo diferente? ¿Qué cosa decimos cuando decimos algo? Tal vez la respuesta haya que buscarla en la poesía “la palabra dice lo que dice y además más y otra cosa” escribió Alejandra Pizarnik, o quizás no haya nada que buscar pues “la vida no es más que la construcción de un cadaver” como lapidariamente dejó escrito Walter Benjamin.

  • 1873-2024

    Son los 150 años que separan a la Charville de Rimbaud (1854-1891), de la Rosario de un sicario, es la grieta entre “Una temporada en el Infierno” y la sentencia lapidaria “Me fascina el Mal”; como respuesta del sicario a la pregunta de un periodista. Es el abismo que distancia a quienes las expresan. Ambos tienen al momento de decirlas, 19 años. Los dos abandonados por sus padres a los 10 años. En Rimbaud hay opio, hay hachis: delirio poético. En el rosarino encapuchado hay narcotráfico, crimen, poder.

    El retoño de la provinciana ciudad de Charville -distante unos 200 y tantos kilómetros de París- está visceralmente enojado con el mundo, lo mismo le sucede, pero de manera bestial, al anónimo sicario, retoño de otra ciudad de provincia a unos 200 y tantos kilómetros de Buenos Aires.

    “La vida es una farsa que todos debemos representar”, sentencia Rimbaud. Todo es una simulación, un “como si”, “Todo” significa lo sucedido, lo que sucede, lo que sucederá. Expresé haber optado por la “epojé” ( ). Bartleby, huye (XXX), Wakefield (¿?) es una suspensión, Rimbaud ([{(¿?)]}) es la fuga de sí mismo, la experimentación sin límite. Me pregunto si el anónimo sicario estará satisfecho con el rol que le ha tocado en la opereta. Pienso en la isla salvadora: isla de Pascua, Cuba, Isla de San Andrés, Isle of Man, Channel Islands, Isle of Wight, Scilly Islands, Irlanda, Aran Islands, Isla Martín García, Isla de Creta, Gran Bretaña, Isla de Córcega, Staten Island, Isla de Corfú, Isla de Cerdeña, Islas Malvinas, Sicilia, Islandia, Isla de Lesbos, Islas del Tigre, Robben Island, Isla de Rodas, Isla de Mitilene, Sri Lanka, Islas Maldivas, Isla de Ibiza, Elephant Island de India, Isla Mujeres, Isla de Cozumel, Islas Galápagos, Isla de Tierra del Fuego, Isla Victoria, Isla de Manhattan, Isla Gorriti, Isla Santa Caterina, Isla de los Uros, Isla de Madeira, isla interior de cada uno. Uno. Yo.
    Rimbaud se da a la fuga, el sicario huye de la escena del crimen; Melville “Prefers not to”, Hawthorne engendra a Wakefield, Breece D’J Pancake se pega un tiro. Más allá de las diferencias económicas, culturales, sexuales, intelectuales, psicológicas y sociales a todos nos ha enfermado ese fantasma llamado Dios que es el germen de este hartazgo universal que ha tenido a la humanidad bajo su yugo y causado el sometimiento, las castas, los privilegios, la ignorancia, la opresión, el odio, las guerras, la codicia, la venganza, el Infierno de Rimbaud, el Deseo del Mal del sicario rosarino. Dios como el mal absoluto.

    “Esa monstruosa ilusión llamada cristiandad”, estalló Kierkegard,

    “Maldición sobre el cristianismo”, explotó Nietzsche.

    Al sicario le gusta el Mal, a mi el Infierno plagado de liturgia católica, expresado por un ciudadano de Francia, “hija primogénita de la Iglesia”

    La farsa es un continuado, el espectáculo comienza cuando usted llega. El sicario rosarino mata. Rimbaud escribe. Yo leo, anoto, viajo. No figura en mi lista la isla de Java que visitó Rimbaud; esa carencia me iguala al sicario; pero “¿hay violencia más triste que la palabra isla?” María Negroni dixit.