Autor: alejandrofrango.com

  • TRES OMBÚES, LOS OMBÚES, LOS VEINTICINCO OMBÚES, UN OMBÚ

    Estoy volviendo de mirar el río. Veo el borde de la cornisa de la galería de la Quinta Los Ombúes que perteneciera a Mariquita Sánchez bde Thompson y Mandeville. La cornisa se ve manchada; su habitual blancura parece haber sido intervenida por Jackson Pollock, como si estuviera ploteada con lunares, son, sin embargo, las hojas de las tipas del jardín que han quedado adheridas al edificio después de la tormenta de ayer. Pasa una embarazada. ‘Esa mujer abriga una esperanza (inútil)’, es lo que siempre me surge. El día frío de otoño, de cielo celeste, me transporta a otro, casi idéntico en 1978, el primer día que salía de mi casa en el 78 de Onslow Gardens, en el Royal Borough of Chelsea and South Kensington. Ese día al abrir la puerta para recorrer el barrio donde viviría dos años había pensado que las primeras palabras que escuchara marcarían mi estancia en mi nuevo ámbito. Algo similar a lo que pasa por la cabeza de Simon, el personaje del cuento “Kew Gardens” de Virginia Woolf, que recordaba, mientras paseaba por el parque con su esposa Eleanor y los hijos, que 15 años antes, cuando se le declaró a Lily y esperaba su respuesta, había pensado, mirando la hebilla plateada de su zapato donde parecía estar concentrada toda Lily, que si el aguacil que revoloteaba sobre ella se posaba sobre la hoja; esa hoja ancha con la flor roja en el medio, la respuesta de Lily a su amor, a su deseo sería sí; pero el aguacil nunca se posó en ninguna hoja y se perdió en la tarde soleada del parque.

    “I could have been you”, le dijo el hombre a su mujer embarazada, mientras pasaban abrazados y yo trasponía hacia la calle los escalones de marmol de mi casa en Onslow Gardens. Aquella mañana era igual a esta de hoy en San Isidro.

    Asociación de ideas, monólogo interior, tren de pensamiento, John Locke. Sigo caminando hacia la Catedral, paso por el Hito de la Argentinidad número 2 en la Plaza Mitre que hace referencia a las invasiones inglesas, a Liniers, a Pueyrredón, cuya casa está a pocas cuadras, en Rivera Indarte y Roque Saénz Peña. Aquí en Los Ombúes se conservan cartas de Mariquita a Manuela Rosas. San Martín conversó con Pueyrredón en su quinta Bosque Alegre. Aquí a la vuelta residió Luis Vernet, primer gobernador de Malvinas. ¡Qué pequeña es nuestra historia que cabe en pocas manzanas de un suburbio del puerto!

    Paseo de los Tres Ombúes, Quinta Los Ombúes, hablemos del ombú. Leo el ensayo de Gilles Deleuze y Claire Parnet, bajo el título “Diálogos”. En él se compara la literatura francesa con la anglo norteamericana. Se le atribuye a esta última, superioridad sobre la primera. Lo francés sería un árbol, con sus raíces, arborescencia. Lo anglo, una hierba; más simple, más elemental. Es algo parecido a lo que sucedió en los tiempos que ambas sociedades eran monarquías: “…los reyes de Francia se oponen a los de Inglaterra; los primeros con su política de la tierra, de herencias, de matrimonios, de procesos, de astucias y de trampas; los segundos con su movimiento de desterritorialización, sus errancias y sus repudios, sus traiciones meteóricas. Los ingleses desencadenan con ellos el flujo del capitalismo, los franceses inventan el aparato de poder burgués capaz de bloquearlos, de contabilizarlos”. En suma lo francés es rígido, alambicado, burocrático. Lo inglés es estricto, flexible, pragmático. Leía estas páginas y mimetizado con la botánica dije “y nosotros somos ombú”.

    El ombú (Phytolacca dioica) es una hierba gigantesca con apariencia de árbol robusto, que a simple vista podría confundirse con un roble, su tronco arrugado y sus ramas abiertas, como brazos de amigos son quebradizos, inútiles para hacer fuego o para construir con solidez. Su fruto es no comestible, y de noche sus hojas dejan caer unas gotas que pueden provocar irritaciones en la piel. El ombú, que en lengua guaraní (umbu) significa sombra, parece ser lo que no es.

    Volvamos a las letras. William Henry Hudson, nace en 1841 en Los Veinticinco Ombúes. Escribe un cuento titulado “El Ombú”. Ezequiel Martínez Estrada, escribe un poema que lleva por título “El Ombú”, que dice:

    La soledad te ha hecho

    Luchador por el tronco

    Por las ramas artista

    Por la raíz filósofo

    El árbol más potente

    Es el que está más solo.

    Don Roberto Cunningham Graham, recoge un refrán popular del campo argentino: “Nunca prosperará la casa sobre cuyo techo caiga la sombra del ombú”, lo dice en “La Pampa”, uno de sus espléndidos relatos criollos.

  • EL OMBÚ: EL NO CLUB

    Escribir sobre “EL OMBÚ”, es escribir sobre la niñez y la adolescencia y en alguna medida sobre la historia argentina. “EL OMBÚ”, era desde el punto de vista físico, un amplio terreno baldío, remanente de un loteo, poblado por añosos ombúes. Desde el punto de vista institucional, era la anomia total. Era el club de barrio pero sin socios adherentes, sin Presidente, ni comisión directiva, sin estatutos, ni propósito, ni misión alguna. Sin “club house”, sin vestuarios, sin cuota de ingreso, ni mensualidad. Sin instalaciones de ningún tipo.

    Era el NO CLUB.

    Ni nuestras hermanas, ni nuestras madres, ni después nuestras novias pisaron jamás EL OMBÚ, como si hubiera sido un ultraconservador club inglés. Tampoco los mayores, que sólo se atrevían a mirarnos desde el borde del terreno cuando jugábamos al futbol. EL OMBÚ cumplió la función que cumplen las plazas en los pueblos de provincia o en ciertos barrios de la Capital Federal, la espontánea reunión de los chicos vecinos.

    En la niñez (digamos entre los 7 y 11 años), fue trepar a los ombúes, hacer chozas con ramas, hojas, tablas, lonas que podrían haber sido de los tehuelches, eran, sin embargo siempre de los cheyenes, los sioux o los pieles rojas que atacaban el fuerte donde con revólveres y rifles nos defendíamos; era hacer fogatas, ensuciarnos, rasparnos rodillas y codos, volver a casa traspirados, con picaduras de lo que llamábamos bichos colorados, llegar con el cuerpo ampollado por las ortigas, las gatas peludas (orugas verdes), traíamos adheridos a las ropas hormigas, bichos bolitas y tatadioses. Había zonas que eran la ‘tierra incógnita’:eran casas linderas a las que solíamos entrar o porque eran escondites inexpugnables para los indios o porque de pronto habíamos decidido dejar la guerra y jugar a las escondidas. Cuando llegaba diciembre y comenzaba el Gran Premio de Turismo de Carrtera, trazábamos unas inmensas autopistas con puentes y montículos que simulaban sierras, montañas, precipicios peligrosos donde hacíamos correr unos autos de plástico a los que preparábamos con plomo, masilla, ruedas delanteras más grandes que las traseras que sujetábamos con tapitas de frascos de penicilina que íbamos a pedirle al farmaceútico, padre de uno de los chicos habitués del no club EL OMBÚ.

    Cada tanto armábamos una cancha de bolitas y hacíamos un hoyo y nos quedábamos horas revolcados en la tierra donde minutos antes corrían veloces nuestros autos.

    A partir de nuestros doce años y durante todo el colegio secundario, EL OMBÚ fue futbol, sólo futbol y nada más que futbol. Ahí había algunas reglas. Por lo general, durante la mañana, era el turno de los más chicos, pero después del almuerzo y durante toda la tarde jugaban los de 18 ó 20 años, que eran hermanos mayores y algunos personajes cuyos apodos eran Lenteja, Tito y unos hermanos, Pedro y Matosas, que eran unos correntinos borrachos que aparecieron un día vaya uno a saber de dónde, y cómo, que se quedaron varios años durmiendo a la intemperie, acurrucados en los huecos de los enormes ombúes que a la mañana seguían siendo las chozas de los indios y cowboys que nos continuaron.

    Alguna vez un circo con león jubilado y payaso de geriátrico se instaló en EL OMBÚ por corto tiempo, cosa que por un lado nos fascinaba, pero que también vivimos como una expropiación; hecho corregido rápidamente por algún inspector municipal, que puso las cosas en orden. EL OMBÚ, éramos nosotros.

    Era tal la confianza que se le tenía, que si faltábamos de casa, sabían donde estábamos, era el ámbito que nos contenía, nuestro refugio, nuestra casa en común.

    EL OMBÚ quedaba en La Lucila, la más pequeña localidad del partido de Vicente López, en ese elegante y plácido sector que va desde las vías del Ferrocarril Mitre a la Avenida del Libertador, luego venía el sitio vacío del palacio, la barranca, el río al que le falta una orilla; el Mar Dulce, según Juan Díaz de Solís, Almirante de la flota española quien lo navega por primera y última vez en 1516, ya que fue apaleado y comido crudo por los aborígenes (“en que ayunó Juan Díaz, y los indios comieron”), nos narró Borges.

    La Lucila tiene nombre de estancia, de chacra o de quinta, y fue las tres cosas. ‘Suerte de Estancia’, otorgada en gracia por Juan de Garay, luego chacra en el paraje de Los Olivos, y por último quinta, donde se inaugura el Palacio encargado a Pablo Pater, oriundo de Dijon, llegado al país en 1907, quien trabaja en él entre 1911 y su inauguración oficial en 1916, hasta que desaparece bajo la picota en 1945. En 29 años, se hace escombros, polvo, nace un fantasma. Se sabe, nada tiene mayor presencia que lo que no se ve.

    Sin saberlo, entonces, ese predio de EL OMBÚ, era lo que restaba aún sin edificar de un propiedad, que sintetizaba en gran medida la historia de nuestro país, ya que las tierras habían pertenecido a Lucila Marcelina Anchorena de Urquiza, quien las había recibido como regalo de su hermano Nicolás Paulino Anchorena, fallecido sin herederos; una fracción de 13 hectáreas y 49 centiáreas, lindera con la parcela de Juan Nepomuceno Anchorena y Josefa Aguirre, padres de Lucila Marcelina. Esta parcela había sido herencia de Nicolás Anchorena casado con Estanislada Arana, la abuela que crió a Fabián Gómez y Anchorena Conde de El Castaño, (pero esa es una historia muy larga, los remito a “Cinco Dandys Porteños” de Pilar de Luzarreta, que les va a encantar). Lucila Marcelina se casa con el Coronel Alfredo Froilán de Urquiza, algo así como si una Lancaster se casara con un York; pero claro no siendo nuestra sociedad una monarquía, no dio origen a ningún Tudor; lo que nos privó de un Henry VIII.

    Lancaster, rosa roja; York, rosa blanca. Federales y Unitarios, para nosotros Rosas y Urquiza.

    El Palacio Paz. El Palacio Anchorena. El Palacio Ortiz Basualdo. El Palacio Álzaga Unzué. El Palacio Pereda. El Palacio Errázuriz Alvear. El Palacio Bosch Alvear. El Palacio Alvear Ortiz Basualdo. El Palacio Armstrong Alvear. El Palacio Madero Unzué. El Palacio Peña Unzué. El Palacio Fernández Anchorena. El Palacio Duhau.

    Mucho palacio no hace riqueza. Mucha agua no hace un mar. Mucho tronco rugoso no hace un árbol. Mucho territorio no hace grandeza. Mucha verborragia no hace literatura.

    Vida y muerte ocurren en espacios ínfimos o son provocados por agentes de difícil visualización cuando no invisibles al ojo humano. Vayan como ilustración los siguientes ejemplos:

    En arácnidos, la viuda negra mide 3,8 cm y tiene un diámetro de 0,64 cm. Al terminar el apareamiento, no besa agradecida al macho, sino que lo pica y lo mata. El Corona Virus, que es sólo visible con el microscopio electrónico tiene un tamaño de entre 0,06 a 0,14 micras. El estado soberano más pequeño del mundo es el Vaticano. Su superficie es de 0,44 Km 2, es decir 44 hectáreas. Una gota de agua en el interior de una nube, mide 20 micras, es decir 0,02 mm. Al caer en forma de lluvia ya aumenta su tamaño a 2000 micras, es decir 2 mm. Un espermatozoide mide 0,05 mm y sólo se ve a través del microscopio; en cambio, el óvulo mide 0,14 mm y es visible al ojo humano. La bodega Romanee-Conti, productora entre otros del Romanee Conti Gran Cru, Cotes de Nuit; sin duda el vino más caro del mundo (unos 14.000 dólares), aunque ciertas añadas han alcanzado los 90.000 dólares por botella, genera esa calidad insuperable en la mínima superficie 1 Ha, 80 a, 50 ca.

  • LA VISIBILIDAD DE LO INVISIBLE

    Roland Barthes (1915 – 1980)es quien decretó la ‘invisibilidad del autor’.Murió atropellado por la furgoneta de una tintorería a la salida del College de France, se cree que conducida por Copi (1939 – 1987). Thomas Pynchon (1937) se auto invisibilizó, al punto que de él sólo se conoce una fotografía de cuando estuvo en la Marina y poco más Salinger,J.D. (1919 – 2010) huye de las fotos, al igual que Carlos Castañeda (1925 -1998), Juan Rulfo (1917 – 1986) que a pesar de su entusiasmo por la fotografía escapaba de la prensa, Ambrose Bierce (1842 – ¿1914?) desaparecido en combate sin dejar rastros en fecha incierta, Jorge Luis Borges (1899 – 1986) que quería ser El Hombre Invisible de H.G. Wells (1866 – 1946). De todos ellos y de unos cuantos más, el único que aún está visible, es decir que tiene una casa donde lee y escribe, le hacen pagar impuestos y tal vez haya votado en las elecciones presidenciales de noviembre de 2024 y que el 8 de mayo de 2025 cumplió 88 años, habiendo así llegado a la trilogía infinita que es mi número mágico, y también lo es de los chinos, ya que la pronunciación del 8 es similar a la de la palabra fortuna y un 888 significa prosperidad, fortuna y éxito, es el escritor Thomas Pynchon, autor del inagotable “Gravity’s Rainbow” que vengo leyendo durante años en forma salteada y que tal vez sea la forma en que haya que leer hoy después de “El Susurro del Lenguaje” donde Barthes invisibiliza al autor y entroniza al lector, y desde que Edward Dujardin (1817 – 1889), James Joyce (1882 – 1941), Virginia Woolf (1882 – 1941), el Surrealismo, y más, al escribir como lo hicieron, nos indicaron una nueva manera de hacerlo y por ende de leer. “Gravity’s Rainbow” (1973) cuya primera edición de la Viking Press es la que leo, la de la tapa con el perfil de una ciudad y el resplandor de fuego naranja que es a un tiempo “El Grito” de Edward Munch, y el Rocket V2, con el aullido dantesco de “A screaming comes across the sky. It has happened before” (que leo como otra versión del circular Finnegans Wake), donde el Rainbow del Génesis nos recuerda la alianza entre Dios y Noé que se compensa con Gravity que nos baja a la tierra y luego bajo la misma hasta invisibilizarnos; al igual que nos lleva al inexistente índice y deplorable encuadernación ya que el ejemplar se ha partido debido a que el libro sólo fue encolado y no cosido y nuevamente me obligó a escribir el índice:

    1. BEYOND THE ZERO (Más allá del Cero) pags. 3 a 177.
    2. UN PERM’ AU CASINO HERMANN GÖERING (Un Cesanteado en el Casino H.G:) pags. 181 a 278.
    3. IN THE ZONE (En la Zona) pags. 281 a 616.
    4. THE COUNTERFORCE (La Contraofensiva) pags.619 a 760.

    (Roland Barthes sólo empoderó al lector en relación al autor, no al editor en relación al lector).

    Sorpresivamente, para el lector que soy, en el capítulo 2 de “Gravity’s Raynbow” me veo envuelto en un episodio “Nacional y Popular” con Borges y gauchos y Perón y nazis, con pampa y D’Arienzo, “¿Che no sos argentino vos?” y que el sur comienza en Rivadavia, que le viene a Pynchon de la lectura de “El Sur” y una archiborgeana Graciela Imago Portales que es parte de la huida junto a varios argentinos que escapan del Coronel Perón y sus compañeros, en un submarino robado en Mar del Plata y sólo le faltó una referencia a la “Concha de la Lora” que yo agrego, no como escribiente, sino como amo y señor lector del texto. Curioso por ver como se ha traducido este capítulo al español, voy a la librería de mi barrio, en San Isidro, pero no lo tienen en stock. Al retirarme golpeo levemente una mesa de saldos donde se exhiben libros por el irrisorio precio de 1000 pesos, es decir 75 centavos de dolar, uno de esos cayó al piso, lo levanto y resultó ser “Silas Marner” de George Eliot que es Mary Anne Evans (1819 – 1880) nacida en Warwichshire, en Nuneaton, cerca de Coventry, en la verde, bella y bucólica Inglaterra e invisibilizada en Chelsea después de una enfermedad de los riñones. Compro el libro caído editado por Wordsworth Classics, cuya tapa está ilustrada con la reproducción de “On Grandfather’s Knee” del pintor Edward Thompson Davis (1833 – 1867) . El libro me retrotrajo a la escuela primaria donde leímos pasajes de “The Mill on the Floss” y se mencionó “Silas Marner” que nunca leí y que junto a “Sin Novedad en el Frente” de Erich María Remarque (1898 – 1970) deben ser las dos novelas cuyos títulos más veces he visto escritos formando parte de catálogos editoriales y que jamás leí. Curioso que buscando a Pynchon, en momentos en que leo a Barthes y a Sloterdijk me haya encontrado con una escritura que es la antítesis en forma y contenido de la de estos. Aunque, por un lado no debería llamarme la atencióin ya que la realidad es dialéctica y hace que los extremos estén siempre próximos, y por otro “Sin Novedad en el Frente”, es la crónica autobiográfica de la Primera Guerra y “Gravity’s Rainbow” la de la Segunda, que convirtieron a la bucólica Inglaterra (cabe recordar, ya que mencioné Coventry, que 40 acres de esa ciudad fueron destruidos por bombas alemanas) y al perfil de Europa en un territorio industrializado y que confirma lo que dice Thomas Pynchon, en lo que llamo el episodio “Nac & Pop” :”La guerra ha estado reconfigurando tiempo y espacio dentro de su propia imagen”, nos cuenta Pynchon y agrega que Tyrone Slothrop teniente, trabajando para el servicio de inteligencia, llega a uno de los grandes cafés del mundo, el Odeón de Litmmatquai 2 en Zurich abierto en 1911 -que siempre asocio a Génesis y a Phil Collins, ya que la única vez que estuve en la ciudad fui a uno de sus conciertos y después a comer a ese café – ;Slothrop va a encontrarse con alguien a quien no conoce, pero después de varios minutos de espera, ve sentado a una mesa cercana a un individuo de pelo enrulado y traje verde que sostiene un diario en español donde Slothrop alcanza a leer “La Revolución” y resultó que el revolucionario de verde era el argentino Francisco Squalidozzi. (A mi me pasa que cada vez que en un texto de escritor extranjero leo algo sobre nosotros, no siendo el asunto escrito específicamente sobre tema argentino, tengo una sensación como de consolidación de la existencia, aunque generalmente compruebo que salvo deportes: mayormente futbol, Maradona y Messi en particular, tango, Borges, Marta Argerich, malbec, carne y alguna otra excepcionalidad, lo que se escribe sobre nosotros, me avergüenza).

    El mundo de George Elioit, es el de Jane Austen, el de Charles Dickens, que tuvo su mojón número 0 en Geoiffrey Chaucer (1343 – 1400) que con “The Canterbury Tales” es el inicio de la literatura inglesa con una peregrinación, donde los personajes van contándose historias desde Londres a Canterbury al santuario Thomas – a -Becket (1118 – 1170) y que por alguna razón nunca lo alcanzan ya que se detienen en el cercano poblado de Harbledown y cuya manera de narrar de acuerdo a D.H.Lawrence (1885 – 1930) concluye con Edward Morgan Forster (1879 – 1970) “To me, dear friend you are the last Englishman”, como le dice en una carta en 1910 después de la publicación de “Howards End”, que marca el fin de la Old Green England, la cima del Imperio y la muerte de Edward VII (1841 – 1910), el fin del mundo victoriano y el de la casa Saxe- Cobourg Gotha y el comienzo de la casa Windsor, y este convoy de libros que circula a mil por rieles que se pierden en el infinito donde las paralelas se encuentran, me hace pensar, hoy, en que los dos años que viví en Inglaterra (1978 – 1980) y que fueron años de extrema felicidad, ya que vibro a nivel del ritmo de esa sociedad, para mí, una de las más civilizadas del mundo, me suenan hoy a la prehistoria, ya que sólo las corporaciones, bancos, líneas aéreas y ferrocarriles usaban computadoras y no sonó un solo celular en los cuatro años que viví en Europa, así que soy uno de los muchos que vivió ese mundo que como la escritura de Forster ya no existe.

    Cambia, todo cambia, fue en 1983 que la venta de ordenadores pasó de 20.000 a 500-000 unidades anuales cuando la revista Time colocó en su tapa donde suele honrar a la personalidad del año a una PC y 10 años después, se escribe en el New York Times “El lugar de encuentro de moda en el mundo, es internet” y nuevamente Time, enfatiza “Internert es donde hay que estar”, como lo cita Mark Dery (1959) en su “Velocidad de Escape: la cibercultura en el final del Siglo” (1996). Siento que cualquier persona que hubiera nacido alrededor de la década del 50 del siglo XX, ha experimentado en estos 25 años del siglo XXI tantos o más cambios, como si un individuo nacido en Europa en el 1500, pudiera estar vivo en Buenos Aires en 1900; creo que en estos 25 años aconteció otro mundo; aunque es importante recordar el inicio de “Gravity’s Rainbow”: “A screaming comes across the sky. It has happened before, but there is nothing to compare to it now”.

  • TERROR POR LAS PERRAS NEGRAS

    Cada vez que en una película, aparece un personaje, generalmente solitario, que escribe, y cuyo comportamiento roza la locura o directamente es un loco de remate, siento una suerte de terror, es como si me viera haciendo equilibrio como Philipe Petite, por el cable tendido entre las Torres Gemelas. El personaje de Sean Penn, en “Entre la Razóin y la Locura”, la película de Sherman, en la que la obsesión por las palabras conduce a la autoflagelación. El personaje encarnado por Joaquim Phoenix cuya escritura es el reflejo de una vida de dolor, abuso, abandono en la película “Joker” de Todd Phillips, donde Happy, apunta a diario en un ajado cuaderno, su desordenada y atribulada existencia. Y aún, en la menos violenta “The Swan” de Asa Helga Hjorleisfsdottir, en la bucólica Islandia, donde Jon escribe su diario y éste resulta un delirio inconexo, o en la exquisita “Paterson” de Jim Jarmush, en la que el chofer de ómnibus, interpretado por Adam Driver, cuyo nombre es Paterson y que vive en Paterson, y que también escribe y el perro le come el cuaderno con sus notas, donde había copiado el poema de William Carlos Williams (1883 – 1963):

    Era un día helado

    Enterramos a la gata

    Después agarramos la caja

    Y le prendimos fuego

    En el patio de atrás.

    A esas pulgas que escaparon

    De la tierra y el fuego

    Las mató el frío.

    Y cuya mujer (la de Paterson) sueña con tener gemelos y todo es una duplicación especular; y mucho peor aún, cuando veo personas de aspecto normal, escribiendo como posesos, como el individuo en el tren a Retiro, que sentado a mi lado, garabateaba obedeciendo a un impulso, guardaba la libreta en una bolsa de hacer compras, la volvía a sacar, se soplaba los dedos y reiteraba la acción cada dos o tres minutos. O la señora que ofrece sus poemas e historias en un cuadernillo de elaboración propia, acercándose y explicando que como es jubilada, trata de incrementar sus ingresos “de esta manera noble, que es la poesía”. Cuando delirio y frustración superan al esfuerzo, la corrección, la autocrítica. Cuando el deseo de ser escritor se ve superado por la necesidad de mostrarse sin filtro, es cuando me pregunto por mis bitácoras y, sí, tengo el pánico, la vergüenza, el pudor, el miedo, el terror de estar siendo un impostor buscando distinción y no haber sido un artesano, un trabajador de las palabras. No quiero conocer a los escritores a los que leo. Encuentro placer; me interesan sus escrituras, su río de palabras, no me interesa un autógrafo ni lo que hablan ante un auditorio sordo que quiere una selfie y una firma. No me interesa el show literario, ni las entrevistas, ni los talleres, ni los coloquios, ni las ferias de libros, donde se acumulan textos como si fueran verduras, cortes de carne, variedad de yogures o nuevos modelos de consoladores. Toda esa obligación contractual de tener que tomar un avión para ser exhibido como el productor responsable de lo expuesto en las góndolas que tanto malestar le provoca a Vila Matas. Me atraen los escritores que huyen, lo que ha hecho que Quignard, o Lowry, o Bolaño, o Cossery, o Rimbaud, o Walser, o Quiroga, o Sandor Marai, o Mishima , o Salinger, o Pynchon huyan a la montaña, la botella, la playa de estacionamiento, la habitación del hotel La Luisianne, el tráfico de armas, la locura, el suicidio, el ocultamiento.

    Siento terrorr, el mismo que sentiría estando de noche en el mar después del naufragio.

    En el capítulo 5 de “Rayuela”, en el que Cortázar describe una noche en que Oliveira y La Maga se aman (“la hizo beber el semen que corre por la boca como el desafío al logos”). Semen y logos, la materia de la que estamos hechos.

    Hubo un tiempo en que decidí escribir desnudo para sentir con mayor intensidad que cuerpo y mente estaban unidos. Llegué inclusive a imaginar que cada vez que tecleaba punto, era el ombligo el que quedaba en la pantalla, una coma era el dedo más pequeño del pie, punto y coma era el apéndice. Los paréntesis eran las uñas. Las mayúsculas eran el pene, con lo cual después del ombligo siempre había una erección. Los guiones eran los ojos. En cuanto a las palabras: los verbos eran la lengua, los adverbios de modo el intestino grueso, las preposiciones y conjunciones los dientes, los adjetivos un dolor de estómago, los sustantivos eran a veces las orejas, otras los testículos, otras los pezones. Eso duró un tiempo hasta que me aburrió. Además me resfrié algunas veces. Cuerpo y letras se encontraron por fin, en un paso una letra, un trecho una palabra,una caminata un párrafo, un recorrido un texto, un viaje un libro.

    Sin embargo hay momentos que el oficio de escribir se parece a una internación, uno se guarda e interrumpe la cotidianeidad y la vida social por ocuparse en teclear una idea que se dibuja en palabra en una pantalla, pero uno sabe que afuera, la gente sigue tomando trenes y aviones, que un virus acecha en cualquier ámbito, que funcionarios públicos siguen hablando sin decir, que Rusia invade Ucrania, que los narcos “encarcelados” manejan las policías, que las autoridades miran para otro lado por el temor que les causa el ejercicio del poder que buscaron con voracidad ejercer.El oficio de escribir (voy descubriendo), es también una puesta entre paréntesis, (una epojé), una cancelación de siete años de doce horas de trabajo diario y borrar y romper hojas y de dudas y de cierto grado de locura. La tarea de escribir se parece a la del agricultor que siembra sin saber si la sequía, los incendios, las inundaciones, las políticas impositivas, la invasión militar de un territorio, los avatares del mercado, le permitirán recoger y gozar el fruto de su trabajo.

    La escritura (a medida que avanza) exige la exposición pública, quiere ser mostrada, transformarse en libro y es entonces donde uno (que se ha guardado) sabe que tendrá que entrar en territorioi desconocido donde lo esperan discusiones, acechanzas, controversias, rechazos, indiferencias, juegos de poder entre el EGO personal y el EGO editorial.

    Sí, escribir es morir un poico (lo viene siendo para mí durante estos siete añios) en que afuera apareció el Covid, las criptomonedas, los incendios forestales, el derretimiento de glaciares, el resurgir de controles de estados conducidos por bárbaros, y (también) la aparición de estrellas para que las descubran dos que se besan por primera vez en el muelle de Pacheco.

  • LAS IMPERTINENCIAS DE LA LECTURA

    El adjetivo ‘impertinente’ hace referencia a lo inadecuado o inoportuno de un hecho en un determinado momento u ocasión. También se dice de alguien que resulta molesto por su comportamiento, exigencias o actitudes. Como sustantivo hace referencia a un tipo de gafas que en vez de patillas tienen un pequeño mango con el que se sostienen ante los ojos.

    Suena casi a impertinencia que un libro de investigación “El Método Borges” de Daniel Balderston (cuyos trabajos son excelentes), comience diciendo: “Suele afirmarse que Jorge Luis Borges fue el mayor lector de toda la literatura mundial”. Más aún, reforzar la afirmación citando a Pablo Ruiz, quien declara “Tal vez no exista otra figura, en ninguna lengua, que pueda disputar el lugar de lector supremo”.

    Faltaría que algún cultor del humor negro afirmara que Borges vivió en un departamento de la calle Maipú en el ‘noveno B’.

    Como sustantivo, en cambio ‘los impertinentes’ (las gafas) han permitido que Vladimir Nabokov (1899 – 1977) expresara en “Speak Memory”, una observación próxima a la felicidad. Comenta allí que habiendo leído al escritor Mayne Reid (1818 – 1883), aventurero irlandés que vivió en Estados Unidos, que fue trampero en territorio indio y escribió sobre el Far West y que fue el creador de una heroina que usaba impertinentes, quedó impactado al punto de decir “esos impertinentes los encontré después en Madame Bovary; más tarde los tenía Anna Karenina, y luego pasaron a ser propiedad de la dama del perrito faldero, de Chejov, la cual los perdió en el muelle de Yalta”. Me provoca felicidad que un objeto ‘impertinente” pase de una novela del Far West, a los ojos de una burguesa francesa, luego a la corte rusa y termine perdido entre las multitudes que se agolpan en el aburrido muelle de Yalta por el sólo hecho de que un lector lo haya observado. Es verdad que no se trata de cualquier lector, sino que es alguien que ha hecho de la lectura y la escritura la razón de su vida. En “Opiniones Contundentes”, Nabokov afirma “curiosamente, uno no puede leer un libro: uno sólo puede re leerlo. Un buen lector, un gran lector, un lector activo y creativo es un relector”.

    Me precio de ser un lector activo. Escribo en los libros; los intervengo, subrayo oraciones, anoto en los márgenes, otras tan sólo vuelvo a escribir una idea o imagen que me llamó la atención, también dibujo y busco palabras que desconocía en el diccionario y últimamente en Google. Recorro el libro como lo hago con el mundo. Claro, hay excepciones, nada es tan perfecto como parece. Hay veces que me sorprendo: buscaba un título para un artículo sobre cómo se ha construido el poder en Argentina y habiendo esbozado un borrador con las ideas aún en estado de nubosidad, como me suele ocurrir, se me cruzó “Canto Castrato”, que estaba convencido que era una novela de Tununa Mercado. Para mi sorpresa y vergüenza, había confundido “Canon de Alcoba” de Mercado con “Canto Castrato” que es novela de César Aira. Curiosa e inquietante confusión. Curiosa porque soy asiduo lector de Aira, me gusta como escribe y soy de los que promueve su lectura; pero también porque tengo muy buena memoria, especialmente en materia de libros. Inquietante por la combinación de los títulos confundidos, he mezclado “castración” con “alcoba”, y si hay un ámbito donde la castración, en el más pedestre sentido del término, y más grave aún, en el simbólico, se unen en peligrosa asociación, es precisamente en la alcoba.

    A mi pesar, descubrí también que “Canto Castrato” de Aira, es uno de los pocos libros de mi poblada biblioteca que no sólo no había intervenido, sino que no había leído y supongo que ni siquiera había abierto, ya que al hacerlo hoy, noté que carece de índice, y si hay algo que me molesta es la ausencia del mismo. Recuerdo mi enojo la primera vez que leí “Respiración Artificial” de Ricardo Piglia, publicado por Editorial Pomaire. Anoté entonces “¿y el índice, hijos de una gran puta?” y me tomé el trabajo de escribir:

    ÍNDICE

    PRIMERA PARTE: “Si Yo Mismo Fuera El Invierno Sombrío”

    I (1,2,3,4)………………………………………pags. 13 a 48

    II (1,2,3,4)……………………………………..pags. 51 a 80

    III(1,2,3,4)……………………………………..pags. 83 a 126

    SEGUNDA PARTE: “Descartes”

    IV(1,2,3)………………………………………..pags. 131 a 276

    Además dejé varios insultos, por la deplorable encuadernación y anote ¡Editorial POMERDE!

    “Canto Castrato”, que no es de Mercado sino de Aira tampoco tiene índice, me encargué antes de comenzar la lectura, de intervenirlo. Al mismo tiempo el ejemplar estaba virgen, con lo cual a la “castración”, y a la “alcoba”, añadía ahora la “virginidad”.

    A todo esto, mi nubosa idea sobre la formación del poder en la Argentina, fue disipándose al punto de afirmar, que la crisis recurrente del país se debe a una castración de origen, que sitúo en los inicios del Estado Nacional, es decir los 22 años del omnímodo gobierno de Rosas con el acompañamiento de la Sacrosanta Iglesia Católica y súbitamente y por aquello que solemos tildar como error, podría muy bien darme una confirmación de que “castrado, alcoba y virginidad” forman parte de lo que estaba queriendo decir: una suerte de “Obediencia Debida”, correcta e indispensable en materia de fuerzas armadas, órdenes religiosas y movimientos como el peronismo; los tres verticalistas, pero nefastos para la sociedad civil que se conduce en el mundo democrático por partidos políticos donde se discrepa, discute y acuerda.

    Habiendo aclarado totalmente, sin nubes en el horizonte, me puse a teclear y pidiéndole prestado a Nabokov su impertinencia asocié el maíz, choclo, marlo o mazorca de “El Matadero” de Estéban Echeverría; aquel simulacro de falo con que la policía del régimen solía amenazar y al rato proceder a introducir en el culo de los que no se plegaran obedientes a los intereses del señor de Palermo; con otro choclo, en este caso “corn on the cob” con el que el nefasto e impotente Popeye viola a Temple Drake en la descarnada novela “Santuario” del ‘tremendo’ (Borges dixit) William Faulkner.

    Es curioso que tan noble y popular alimento americano haya servido tanto en el sur como en el norte de nuestro continente para paliar el hambre de generaciones, violar ano-vaginalmente a individuos y enriquecer la escritura.

  • PRIMUM VIVERE, DEINDE PHILOSOPHARI

    Filosofía, estudiar filosofía es hacerse preguntas. Filosofía es siempre ¿por qué? a veces un provisorio porque. Filosofía, estudiar filosofía es una decisión que implica una definición que determina tu vida. Filosofía, sí claro es asistir a clases, leer durante muchas horas, hacer trabajos prácticos, rendir exámenes, asistir a seminarios, escribir una tesis, dar prácticas de clases y graduarse como licenciado, como profesor y de seguir la carrera académica, doctorarse. Filosofía, estudiar filosofía es intentar comprender cómo otros se hicieron las mismas preguntas que te inquietan, en el mundo griego de hace 2500 años, en la Edad Media en Oxford, en las tranquilas calles de Koeninsberg en el XVIII, en el convulsionado y decadente Imperio Austro Húngaro a comienzos del XX: ¿Qué estoy haciendo aquí?

    Filosofar lleva implícito en mí otra pregunta ¿por qué todo termina? ¿por qué tener que morirse?, lo cual es una manera primitiva de preguntar ¿qué es el Tiempo? y por extensión ¿qué es el Espacio? ¿es ahí dónde todo termina, en ese parque con una lápida con mi nombre y dos fechas? o ¿será que hay un traslado a otro ámbito del universo infinito? o ¿es tal vez válido creer en la re encarnación como millones lo sostienen en Oriente?

    Filosofía, es haberse preguntado en la niñez ¿por qué tengo que obedecer algo a todas luces ridículo, insensato, estúpido, caprichoso (tomar distancia en el colegio y ponerse firmes; comer mandarina que tiene vitamina ‘C’; y lo digo rememorando al chico obediente que fui). Es haberse preguntado por qué alguien que es igual a uno pero mayor, maneja un auto, dirige, camina con seguridad y por qué otro, también mayor, barre la calle y al verte entrar en el colegio primario te mira con una sonrisa (que nunca he podido olvidar) y te dice”bien pibe, estudiá, yo nunca pude”. ¿Por qué? Estudiar filosofía es preguntarte cuando pateas la pelota ¿por qué rueda sobre la tierra y no vuela como los pájaros buscando el cielo cuando está en el aire y cae para que la sigas pateando? Estudiar filosofía es haberte preguntado ¿por qué el planeta que habitamos que está compuesto por 71% de agua y tan sólo por 29% de tierra, se llama Tierra? o tal vez sea porque hace millones de años lo que hoy es tierra era mar y lo que hoy es agua era tierra; aunque tal vez entonces el nombre de nuestro planeta era Agua para que alguien se preguntara ¿por qué?

    Sigo estudiando filosofía porque sigue habiendo más ¿por qué? que porque. No estudié filosofía para hacer una carrera como hacen los abogados, agrónomos, arquitectos, ingenieros, médicos, economistas, publicistas. No estudié filosofía para hacerme un bienestar económico. No estudié filosofía solamente para tener un conocimiento refinado de la cultura Occidental, aunque me satisface haberlo hecho. Mi vida universitaria comenzó en la Facultad de Derecho y cuando ya tenía entre 12 y 14 materias aprobadas, un día salí de clase de Contratos y sentado en las escalinatas que dan a la avenida Figueroa Alcorta, me di vuelta y leí el frontispicio que dice FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES y cobré conciencia de mi ingenuidad, no decía Facultad de Justicia y no volví a la clase donde el profesor había dicho, queriendo hacer una gracia “al inicio del ejercicio de la profesión, cuando entra un cliente en el estudio, uno percibe a una persona que busca justicia, con los años uno sólo ve entrar una parva de dólares a facturar”. Decidí no estudiar Derecho, me dije “no quiero ser abogado”; siempre asocio al abogado con el dinero, el poder, la política, jamás lo asocio con la justicia, aún cuando el abogado sea un juez. No es casual que la gran mayoría de los políticos en el mundo sean abogados; se sabe Grecia ha sido en Occidente, la cuna de la Filosofía, se privilegió el saber. Roma, en cambio, fue el Derecho, el asiento del poder. Tengo amigos abogados y amigos que son jueces a los que sé probos; con seguridad estoy siendo injusto, pero algo de eso ronda mi pensar.

    Haber estudiado Filosofía, me ha hecho vagar por el mundo y bueno, los que mel een, yo lo saben, prefiero el precepto griego “Viajar es indispensable, vivir no lo es”, que el latino título de esta nota.

  • GIRAR Y GIRAR

    Si como creo, es la naturaleza la que se repite, no sólo en volcanes que entran en erupción, mares que cse encrespan, ciclos de glaciación y fuegos devastadores, especies que desaparecen, transformación de dinosaurios en aves, ciclos estacionales, tiempos de bonanza y guerras, sino también tipologías humanas (meros EGOS) que se reiteran: nacerán Homeros y Alejandros, Jesuses y Constantinos, Montaignes y Richelieus. El mundo gira y nos hace girar. Los hechos suceden con independencia de nosotros. Me gusta pensar que es la naturaleza que pasa y nos encuentra en situación de ser por mero accidente Shakespeare o Boris Johnson.

    La cultura EGOlatra, mera proyección de nuestra insignificancia ha puesto el acento, precisamente en el EGO y así sostenemos que es Julio César quien ha llegado a Britannia, cuando en realidad es la naturaleza que requiere la evolución de Britannia para que devenga Inglaterra, para que se produzca la Guerra de los 100 Años, para que el Príncipe Negro combata en Poitiers, para que Shakespeare escriba Henry II, para que nazca Thomas Hobbes, para que Elizabeth I derrote a Felipe II, para que España catolice a América, para que Tupac Amaru sea descuartizado, para que haya guerras de independencia, para que surjan tiranos absolutos, para que yo sea un mero memorioso de acontecimientos insignificantes. La naturaleza requiere de la producción de nuestros EGOS, para cumplir sus fines, que no podemos vislumbrar con claridad cuáles sean pero que indefectiblemte no son los mezquinos intereses que nos hacen ser en el peor de los casos Heliogábalo, Hitler, Maduro y en el mejor Dante, Beethoven, Joyce, Borges. Y para que ello suceda, para generar esos EGOS es necesario que Hitler odie a Wittgenstein porque éste lo supera en inteligencia cuando compartían el mismo colegio; que Beethoven sea sordo, para no distraerlo de su tarea de seguir llenando de música el mundo; que Borges sea ciego para no ver a su patria envilecida; que Joyce tenga por padre a un alcoholico para querer huir de Irlanda, para que yo me cargue de una memoria enciclopédica que me impide pensar y me bata a duelo en el muelle de Pacheco en San Isidro y le aseste una herida mortal a Funes, el memorioso.

  • THINGS HAPPEN

    (COMENTARIOS SOBRE UN LIBRO LARGO DE 912 PÁGINAS DEL QUE SÓLO LEÍ UNA CARILLA Y MEDIA EN 20 AÑOS Y QUE SEGURAMENTE NO LEERÉ JAMÁS).

    Hoy es un día perfecto de abril de 2022, sol radiante de otoño, que no es el de la mentada insolencia del verano; no sopla el viento y el termómetro marca 22 grados centígrados. Habiendo hecho la bicicleteada diaria de 10 kilómetros, gozando del río y de los colores propios del otoño, me siento frente al escritorio, con una taza de café y el libro en cuestión, que fue escrito en 1935, en los Estados Unidos, en el estado de Carolina del Norte, por un hombre que escribió cuatro novelas, largas como esta, de la que sólo leí una carilla y media, también escribió cuentos, poesía y obras de teatro. El escritor nació en Ashville, en la calle Woodfin número 92, su padre fue un tallador de piedra y tenía un negocio de lápidas. Después de haber hecho una maestría en Artes y Ciencias se graduó en Harvard en 1922, enseñó inglés en la Universidad de New York y en 1926 viajó a Europa y decidió que Londres era la ciudad perfecta para escribir, ahí se instaló y en unos viejos libros de contrabilidad se puso a anotar cuanta minucia recordaba de su tierra natal. En su “Historia de una novela” escribió: “No puedo decir cómo llegué a ello, por qué lo hacía, ni por qué de esa manera. Nunca lo he sabido, pero supongo que había en mí una fuerza desconocida que ya desde largo tiempo me empujaba a escribir y que trataba de abrir su camino”.

    Lo que escribía en esos cuadernos eran pormenorizados detalles sobre el barrio de su niñez y adolescencia. Apuntaba lo que recordaba de sus vecinos; los gestos, la manera de caminar y conversar, los vestidos de las mujeres, las cintas de terciopelo con las que sujetaban sus cabelleras, el sonido del viento que se amplificaba al golpear los toldos de los negocios, el andar de los caballos y carros sobre el empedrado, el ruido de las hojas secas cuando él al caminar las aplastaba, las caras de la gente en los cafés, el sabor de las comidas, la descripción de los descendientes de los pueblos originarios de las tribus catawba y cheroquíes, las conversaciones escuchadas al pasar, los niños con la “la ñata contra el vidrio”.

    La carilla y media que leí menciona algo que no sólo comprendo, sino que me fascina como si yo hubiera estado allí.

    Es Carolina del Norte, es 1920 y cuatro personas se juntan en la plataforma de la pequña estación del ferrocarril de un pueblo en las sierras Catawba, población distante alrededor de una milla de una ciudad más grande llamada Altamont. Ese pequeño grupo se agolpa en el andén con otros pobladores y viajeros al sólo objeto de compartir la experiencia que siempre ha sido de gran interés en la vida de los habitantes de cualquier pueblo pequeño , no sólo en los Estados Unidos: ese hecho es la llegada del tren.

    Esa es laúnica oración que subrayé.

    Después vendrían las 911 páginas que no leeré. Me he preguntado durante años ¿por qué uno lee algunos libros y deja otros? ´Por qué no dedicarle a un autor que fue mencionado en 1930 por Sinclair Lewis en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura, como uno de los futuros grandes escriotores norteamericanos y fue considerado por William Faulkner, como el mejor de los escritores de su país? Y mi respuesta fue y sigue siendo la misma: me aburrí siempre, después de esa carilla y media. Detalles tan minuciosos sobre los gestos de la madre y sus dos hijos, una mujer y un varón y el marido de su hija ahí esperando en el andén de una pequeña estación de provincia en 1920 y el sólo hecho de tener que dedicarle un mes a una literatura que se mueve al ritmo de 1920 en este vertiginoso 2022 me resulta no placentero, más allá del respeto por ese hombre de 1,98 m de altura, sensible, bueno, culto, académico que murió en Baltimore unas pocas semanas antes de cumplir los 38 años de tuberculosis cerebral y cuyo nombre era Thomas Clayton Wolfe , y al que no se debe confundir con Tom Wolfe (1930-2018), autor de “La Hoguera de las Vanidades”.

    Things Happen, y una de las cosas que happens es Time, y otra de las cosas que transcurre es el Río y entonces mi homenaje a su novela es, como parece insinuármelo, el título del capítulo octavo de la misma: “Fausto y Helena”, donde Fausto opta por la belleza de Helena y deja todo lo demás por ella. Mi “On Time and The River” (tal el título del libro) es tomar la bicicleta, ir hasta el muelle de Pacheco, subir al tren en la estación Juan Anchorena y cuando éste llega a Catawba me bajo y veo a ese grupo de cuatro personas que comentan que acaba de llegar un extraño, vestido de manera inusual, que montó un a bicicletra de curioso diseño y enfiló en dirección a las sierras.

  • THE MERMAID INN (1420)

    Es mayo, es 1978, es East Sussex, es Rye, es The Mermaid Inn que exhibe orgullosa e impúdicamente su edad (rebuilt 1420), nos sentimos brutalmente agredidos por el dato (72 años antes de que Colón llegara a América y 400 años antes de la existencia de la Argentina como nación, ya había ingleses emborrachándose en esta taberna). Comemos cordero y acompañamos con hongos, zanahorias y espinacas, bebemos Guiness, ignorantes, fascinados.

    The Mermaid, guarida de contrabandistas, la banda de Hawkhurst que asolaba la región a mediados del siglo XVIII. Rye junto con Winchelsea, eran el respaldo de los cinco puertos: Hastings, New Romney, Hythe, Dover, Sandwich que protegían a Gran Bretaña de invasiones externas. Lugar de exilio de Henry James, que cuando pudo comprar Lamb House a metros de The Mermaid, se sintió por fin viviendo en su añorada Washington Sq. de su New York natal devorada por el progreso imparable, que tanto lo agredía y que tanto me fascina. He regresado a Rye incontables veces, en verano e invierno y nunca dejé de almorzar o comer en la taberna. Representa para mí el arquetipo platónico de lo que es un espacio público y recoleto, la esencia de un “public bar” británico que llega a la apoteosis si afuera llueve y la chimenea está encendida. Sitios como este son para el viajero el ámbito para la reflexión y si estoy comiendo con gente, son lugares de alegría fraterna. Si en cambio, estoy solo, veo llegar a Henry James (ese laberinto triste), se acerca luego William Henry Hudson (autor de uno de los pocos libros felices), ata su caballo criollo Don Roberto (uno de los tantos ingleses que supo percibir los matices criollos), asiste Joseph Conrad (quien corrigió el inglés a los británicos, como a nosotros el español, Paul Groussac) y se una a la mesa Jorge Luis Borges a quien pertenecen las observaciones entre paréntesis.

    Escribir, viajar, desterritorializarse: en el viaje estoy liberado de rutinas o si se quiere es la única rutina que no me fatiga. En el viaje estoy como en una película cuya escenografía está puesta por otros y el argumento se va consolidando a medida que el viaje transcurre. Me suele pasar que viajando en tren experimento la sensación de que es el exterior el que se mueve y va pasando como un caleidoscopio que va uniendo filigranas y figuras que a medida que lo giro aparece una cúpula de pizarra negra que vi en Brujas, que al estirarse se transforma en Huaino Picchju desde cuya cima diviso el glaciar Upsala en Santa Cruz, donde el vuelo de un cóndor, me remite a un halcón en Dubai que devora carne roja de mi mano enguantada y el repicar del ave deviene en el traqueteo de un tren de la New Jersey Transit en el momento que pasamos Orange y de pronto me siento en Holanda y pienso en Baruch Spinoza cuando la Mahamad decide castigarlo con la Herem y el rabino lo maldice y prohibe que se le hable y ni siquiera que se lo mire y me recuerda el rostro de la señora en Malvinas, que sabiendo que yo era argentino me dio vuelta la cara y en compensación se me aparece la sonrisa del lechero Smith y entro en Smithfield y súbitamente estoy en el Mercado de Hacienda de Liniers y entonces Niort, Francia donde el 25 de julio de 1753 nace quien va a ser con el tiempo Conde de Buenos Aires y ante quien se rendirá Beresford gobernador de Buenos Aires, derrotado por quien desembarcó en el Tigre y quien en 1810 después de la gloria será fusilado en Cabeza de Tigre, Córdoba y pienso en el tigre de Bengala y estoy en India y veo los dibujos que de niño hace Borges del tigre y estoy en el Tigre donde termina el delta del Paraná y me dejo arrastrar por las aguas abrazado a un tronco y paso flotando por el muelle de Pacheco en San Isidro cerca de donde está el Ombú, y es el cuento de Hudson y vuelvo a The Mermaid donde el improbable almuerzo de los escritores está llevándose a cabo porque la realidad no es sólo lo que vemos y decimos y sentimos, sino que es la invención más alucinante que el hombre ha creado como Mircea Cartarescu dice en “Solenoide” y llego entonces a una cama en cualquier hotel de cualquier ciudad de cualquier país, cansado y me duermo pensando que alguien se entretiene moviendo un caleidoscopio donde un personaje, un tal Alejo Santos cae desde la punta de un cristal color ciruela a un redondel amarillo y desaparece porque un conejo apura el tranco para que la tortuga de Aquiles no le gane la carrera que ganará porque el tiempo y el espacio y What the Hell are we all doing here?

  • WILLIAM CECIL, ISABEL TUDOR, JUAN PERÓN, MARY STUART, JORGE LUIS, BORGES, JAVIER MILEI ETC.

    William Cecil, Lord Burghley (1520-1598), jefe de ministros durante casi todo el reinado de Isabel Tudor y con mayor poder que la misma reina, responsable de la expropiación de vastos territorios de monasterios pertenecientes a la Iglesia de Roma, de quien era el mayor opositor, dueño de una habilidad política brillante, audaz, temeraria y como corresponde a la esencia del poder, plena de cinismo e hipocresía, al punto que la muy borgeana onceava edición de la Enciclopedia Británica dice “Desde 1558 y durante 40 años la biografía de Cecil es casi la biografía de Isabel I y la de la historia de Inglaterra”.

    La lucha entre la Corona Británica y el Papado, iniciada por Enrique VIII, padre de Isabel I, lo tuvo a Cecil como líder del partido protestante que entendía que la solución al problema escocés se dirimiría con la muerte de Mary Stuart. Cecil va a hacer uso de una ficción política que consistió en establecer el principio de que nadie sería perseguido por su religión, sino sólo por traición y a tal efecto bastaba identificar a un bando o partido (el protestante) con toda la nación y el apoyo a esa parcialidad con la lealtad a Inglaterra. La oposición, la resistencia, obviamente es la deslealtad, la traición, que se castigaba con tormentos y muerte. No me extenderé, esto es mero y puro Peronismo.

    La historia de Inglaterra por momentos me parece un espejo en el que nos miramos. 2024 como la época de la Reforma: Javier Milei es Isabel I, Karina Milei es William Cecil, vamos rumbo a una nueva “religión de estado”, el viejo régimen peronista debe caer, Cristina Kirchner es Mary Stuart; todo el reiterativo staff dirigencial de los últimos 40 años, monjes de abadías a ser arrasadas y sus moradores desterrados sin piedad. Más allá de mi metáfora, más apropiada al siglo XVI, que para los tiempos que corren, creo que es hora de mandar al peronismo al geriátrico y entrar de una vez por todas en el siglo XXI, del que ya nos perdimos el primer cuarto. La Corona quedó como representación de la Nación inglesa, las tierras abadengas y la riqueza que generaban pasaron a engrosar la fortuna de la clase que aún hoy gobierna, es decir se secularizaron los bienes y en menos de diez años se privatizaron. Haga el lector su propia traducción al escenario argentino y ubíquese en el tablero.

    Siguiendo con el simil especular británico, cuando Isabel I muere en 1603, hubo que transitar hasta 1688 cuando la “Glorious Revolution” instaló definitivamente el sistema, que en apretadísima síntesis nos indica que pasaron los reinados de James VI de Escocia, coronado luego en Westminster como James I, le sucedioó Charles I quien reinó entre 1625 y 1649, 11 de esos años sin el Parlamento, lo cual condujo a la Guerra Civil entre el monarca y el Parlamento de la cual salió triunfante éste último y el rey fue ejecutado (ahí no había prisión domiciliaria), esto condujo al gobierno de Oliver Cromwell durante 11 años, se repuso la monarquía con el ascenso de Charles II, su reinado fue corto y fue depuesto por católico y por el típico autoritarismo de los Stuart, culminando el largo proceso con la entronización de Guillermo de Orange (William III) y su esposa la reina Mary, hija de Charles I y consolidando el modelo de monarquía parlamentaria que es la forma que ha gobernado a Gran Bretaña con éxito por los últimos 337 años y con notable eficiencia a España que ayer 22 de noviembre celebró los 50 años de su monarquía parlamentaria con un excelente discurso de agradecimiento de Felipe González que recibió el Toison de Oro por parte del Rey Felipe VI.

    Estimo que con la velocidad de los tiempos actuales no habrá que esperar 50 años para consolidar el sistema de modernización y progreso, en el que estamos, pero sí creo que llevará su tiempo, supongo un segundo mandato de La Libertad Avanza (2027-2031), un siguiente mandato de otra fuerza que robustezca el sistema (2031-2035) y otro (2035-2039), con lo cual nos esperan según mi entender (que no pretende ser profecía ni verdad, tan sólo opinión) 15 años de esfuerzo, trabajo, constancia, debates democráticos de ideas, pero no ideología de uno u otro signo, ideas, pragmatismo y no dogmatismo.

    Para terminar, la palabra “PERSONA”, significa máscara, es la careta con que nos presentamos: ser inglés, ser ministro poderoso, ser rey o reina, argentino, peronista, liberal o estar muerto como William Cecil, Isabel Tudor, Mary Stuart, Juan Perón, Jorge Luis Borges, todos algún día y para siempre, desenmascarados. Así es la vida; las quejas al Altísimo.

    (Recomiendo para conocer bien el proceso de consolidación de la monarquía parlamentaria británica el excelente libro “EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN 1603-1714” de Christopher Hill, Edit. AYUSO,Madrid 1972)