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Es el número de una ley, que se conoce como “ley del arrepentido” que peremite reducir la pena a personas que participaron de un delito, siempre que proporcionen información que ayude en la investigación de crímenes como el tráfico, la trata de personas, corrupción de menores, pornografía infantil, secuestro extorsivo, privación de la libertad, contrabando, asociación ilícita, sobornos, dádivas, dar a fondos públicos un destino distinto al indicado, enriquecimiento ilícito, prevaricato. Queda expresamente aclarado que esta ley no se aplicará a delitos de lesa humanidad.

No soy abogado; y en mi caso particular; debo decir que tampoco lo quise ser, ya que al terminar el colegio secundario hice el ingreso a Derecho y luego en el tercer año de la carrera cambié por Filosofía. Derecho no me gustó, me aburría con ganas. Ni códigos, ni leyes, ni la jurisprudencia eran lo mío. Tampoco, lo formal de los abogados me gustaba; exceso de “Doctor” por aquí, “Doctor” por allá. Tenía la impresión que los profesores, y hasta los estudiantes no tenían dudas, o que aplicaban el rigor de la ley en el trato de todos los temas, aun hablando de rugby, futbol o chicas, dictaminaban, cada aseveración me parecía una sentencia inapelable. Seguramente esto no es así, pero ya entonces me parecía que el mundo es nuestra representación, leía a Schopenhauer y a Nietzsche y me dije, por qué no estudiar cómo hemos pensado, más que como debemos legalmente comportarnos. Hubo un hecho que terminó de decidirme: recuerdo que en una clase de Civil III (Contratos), el profesor, un “Doctor” importante, comentó que cuando uno se recibe y se enfrenta a su primer cliente, piensa en hacer justicia; con los años cada vez que que un cliente se contacta con uno; decía el “Doctor”; se piensa de inmediato en el fajo de dólares que nos aportará. Fue muy festejado por los estudiantes. Salí a fumar un cigarrillo, me quedé sentado en las escalinatas de acceso al edificio de Figueroa Alcorta, mirando pasar los autos. Al rato me volví para ingresar y leí el frontispicio del regio edificio “Facultad de Derecho y Ciencias Sociales”. En mi representación siempre había leído “Facultad de Justicia”, asi´de “idealista” era yo a los 20, 21 años.

Me inscribí en Filosofía y me gradué dos semanas antes del golpe militar que mañana se recuerda como para mantener viva la memoria de que algo semejante no vuelva a suceder nunca más.

La Facultad de Filosofía no tenía entonces el edificio de la de Derecho. Su ubicación en la ciudad estaba repartida en tres vetustos edificios en Independencia y Rioja, 25 de Mayo 217 y el viejo Hospital de Clínicas respectivamente, no se escuchaba “Doctor” como una muletilla de presentación aunque un alto porcentaje de los profesores lo era y muchos de ellos en prestigiosas Universidades de Alemania, Francia, España, Italia y Estados Unidos. Las clases me parecieron una maravilla, dictadas por profesores, no por abogados dando clases. Me devoré “La República” y “El Fedón” de Platón en pocos días y ya le entraba a la “Ética Nicomaquea” de Aristóteles; estaba feliz, eso era lo que me gustaba; entendí también que con ese giro académico quedaba explícito que jamás tendría una casa en San Isidro con jardín y pileta mirando al río de la Plata que tanto amo. Vivo, sí en San Isidro en una sencilla casa centenaria con chimenea, gran biblioteca,profundo silencio a pesar de su centralidad en la ciudad y rodeado de tres centenares de bellas jarras de pingüino donde soy feliz. Supe también que nadie me llamaría “Doctor”.

Todo esto venía a cuento de esa ley del arrepentido debido a una entrevista radial que le hicieron a Ernesto Clarens, financista de Néstor Kirchner que “lavaba unos 300.000 dólares por semana”. En la entrevista se lo notaba tranquilo al delicuente arrepentido colaborador, daba la sensación de un sabio oriental narrando los hechos casi como si fuera una película. Este arrepentido, es abogado, es decir “Doctor”.

Yo, en cambio, no me arrepentí de la decisión tomada en 1971, cuando dejé derecho para estudiar Filosofía, que sigo leyendo a diario con el mismo entusiasmo de aquellas primeras lecturas.

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