INVIERNO

Amo el invierno, es decir me gusta el frío para abrigarme, para encender la chimenea, para dormir sin la necesidad de que mi cuerpo aletargado sea devorado por mosquitos para extraer sangre para alimentar a sus crías. Me gusta el ruido, silencioso del invierno. Me gustan los días de invierno con sol, con lluvia, con viento y con nieve, me gustan las mañanas, las tardes y las noches de invierno. Me gustan los días grises y lluviosos: más que suficiente para que sea Londres la ciudad que más me ha gustado hasta ahora. Me gusta hacer un viaje de 4000 km en tren y desde el abrigado coche restaurant ver pasar los campos verdes de una ignota aldea en la que no me hubiera gustado haber nacido, con una iglesia al fondo cubierta por nubes bajas y vacas subiendo por una colina hacia un bosque cercano. Me gusta tomar chocolate caliente y comer chocolate en invierno. Me gusta pasear por la costanera del río de la Plata a la altura de San Isidro, me gusta caminar por New York, cruzar el puente de Brooklyn y ver como cae la nieve sobre Wall Street desde la Brooklyn High Promenade, me gusta el mar sólo en invierno y cuando llueve mientras como langostinos y bebo espumante y charlo con un amigo en un restaurant casi vacío, me gusta caminar en La Cumbre y buscar una cafetería escondida en las sierras cordobesas. Es la época del año en que más gozo la lectura.

Hoy empieza un invierno y van muchos, y quiero que sean muchos más, pero observo que hay gente de mi edad que va desapareciendo y nunca me gustaron los finales; y el final de los finales, el inapelable, el fatal, el único que no falla jamás es el que más detesto. Estudié filosofía no para hacer una carrera académica sino para aprender a leer a los filósofos y ver si alguno tenía una teoría que me resultara satisfactoria para comprender la desaparición final y total. Nada encontré. Ya sé que es así la realidad, lo que pasa es que yo siempre he tenido un problema con la realidad. Nunca entendí el matrimonio, cómo se aceptan tantas cosas, por la compañía de un otro; me disgustan las personas que no pueden estar solas, jamás comprendí a los fanáticos de cualquier cosa pero me resultan despreciables los fanáticos ideológicos y primitivos los religiosos y si son argentinos peronistas y católicos o libertarios a ultranza o marxistas dogmáticos, el desprecio ya llega a la indiferencia. Es mi estación del año preferida, le siguen el otoño, la primavera y recién al final el verano; aunque me encanta que se cumpla el ciclo, creo que hasta el invierno me resultaría insoportable si fuera como es en la Antártida o el extremo Norte, obviamente que no soportaría un verano eterno.

Mi desprecio por la muerte no es tanto por ella en sí, sino por la eternidad de la misma, la eternidad del olvido, la nada.

En la eternidad no hay libertad.

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