Categoría: Literatura

  • TREN AL SUR (Cuento)

    Era una de esas lluvias parecidas a los matrimonios sin amor, estaba pero no se sentía. Las gotas caían lenta y espaciadamente: llegaban como si estuvieran sostenidas por hilos invisibles.

    El tren había partido de Constitución en punto, como corresponde a la estrategia de la empresa adjudicataria de la reciente privatización: puntualidad, limpieza, no se fuma, vigilancia, los pasajeros no son usuarios, son clientes. Mi destino era Temperley donde debía dar una charla sobre Cortázar. El tren se detuvo en Gerli, ahí las nubes habían dicho “aflojale que colea” y se descargó una lluvia pertinaz, insistente y urgente. Tuve la sensación que el tren permanecía detenido más de lo que correspondía, a lo que se sumó una conversación, un intercambio de palabras, un racimo de guardas, un pequeño batallón de guardias de seguridad , a lo que siguió una elevación del tono de voz de algunos pasajeros arremolinados en torno a los representantes de la autoridad empresaria y a un muchacho empapado, alto, flaco, con cara de niño, encorvado ante la bicicleta que trataba de desarmar con un par de pinzas que sacó de un bolso.

    • Este no es el lugar de las bicicletas.
    • Pero el furgón está lleno.
    • Puede usted lastimar a alguna persona.
    • Pero es que no hay lugar.
    • Está usted demorando un servicio público.
    • (Cortala botón)
    • Detenener un servicio público es delito.
    • (Quedaron muchos sin laburo para que vos puedas morfar, vigilante).
    • Se baja.
    • La bici ya está desarmada, ves.
    • No me tutee, se baja o llamo a la policía.
    • Ves, ya está, las ruedas las apoyo aquí.

    Yo , ya estaba llegando tarde a la charla.

    Siguió un rato la discusión entre los guardas, el muchacho y algunos pasajeros; pero como casi todo lo que nos pasa; el tren arrancó, el muchacho bajó en Banfield. Mientras aceleraba el paso: el horario, la vida, “el dentífrico comilfó, el dentífrico que no puede borrar el sueño sobre Paco”, y llegué sólo cinco minutos tarde y aún tuve que esperar.

    Durante el viaje de regreso, quise ya estar con Paula, contarle lo que había pasado, deseaba tenerla a mi lado, mirarla, tocarla. Al pasar por Banfield pensé en Cortázar, supuse que le hubiera encantado esa intervención popular frente a la privatización del tren que tantas veces debió haber tomado y cuyo reflejo en un cristal en el mondrianesco subte de París pudo haberle inspirado “Manuscrito hallado en un bolsillo”. El lado de acá reflejado en el lado de allá volvía en el tren al sur con el muchacho que a lo mejor nunca leería a Cortázar pero que tal vez buscaría a su Maga en alguna esquina empapada de Banfield que fuera uno a saber qué mandala o rayuela terminaría de cerrar.

    A la noche Paula se levantó. Sus movimientos me despertaron. La busqué; fumaba desnuda sentada en el piso, frente al balcón del living. Seguía lloviendo, Paula lloraba, la abracé, la acaricié, no quise preguntarle que le pasaba. La besé y se dejó besar y después nos besamos y nos quedamos abrazados tendidos en el piso. La volví a besar y le comenté que Cortázar se quejaba porque nunca había podido escribir la palabra “concha”. Hubo un largo silencio. Paula me abrazó y me besó y me dijo que me amaba, que pasara lo que pasase, ella siempre iba a estar a mi lado y que no importaba que uno en Berlín o Ushuaia, o a la vuelta de casa se acostase con otro u otra, que la fidelidad era algo más trascendente que una calentura momentánea y nos volvimos a besar y no sé por qué, dije,”life is something that happens, only once”.

    En el desayuno Paula me contó que había soñado con Ezequiel, que había sido su mejor amigo y que había muerto escalando el Aconcagua, y que a pesar que siempre se habían amado, nunca habían hecho el amor, pero que esa noche cuando se había despertado, sí, lo había sentido dentro de su cuerpo y se había excitado y lo amó y se entregó entera a él y que él la había amado en nuestra cama y yo supe que sí, que era verdad, que de alguna forma, ahí pero donde como, de una manera distinta a como estamos vivos nosotros, Cortázar y todos los que se bajaron en una estación anterior, también estaban vivos.

  • CROSS ROADS (cuento)

    Salimos al ruido de la avenida Corrientes y nos metimos en la pizzería. Después de pedir nos quedamos en silencio. Marina mira hacia la calle y hace que se distrae mirando pasar a la gente. Pero yo sé en qué está pensando, yo también estoy pensando lo mismo. Todo es por esta puta película que acabamos de ver.

    El tipo un degenerado: alcohólico mal, le daba a la maría y a la coca todo el tiempo, y la mina otra loca; se calentaba viéndolo a su marido cogiendo con otra. Y la hija flor de puta también; y aquí es donde yo me pongo a recordar a Susana y sé que Marina no ha dejado de pensar en ella todo el tiempo.

    Al final lo único que tiene de bueno la película es el camión. Un Mack. Yo con uno de esos soy Gardel: cabina tapizada en cuero, parlantes a mil, GPS, teléfono, heladera, cama doble con TV color: así cualquiera. Yo tiraba a la mierda ese Ratón Mickey que llevaba colgando en el espejo y ponía la foto del Mudo y los banderines de River que tengo en el 1114 y lo levantaba hasta 140 y le metía pata y llegaba en un tiro a Comodoro Rivadavia. El 1114 es un fierro, pero pobrecito ya no da más.

    Le acaricio las manos a Marina; las tiene húmedas. Cuando anda con la angustia se le ponen mojadas, como aquel día de la pelea en que Susana dejó la casa y no supimos más de ella. Fue por Basilio; si hasta tuvimos que dejar Dock Sud y mudarnos a La Boca. Basilio recién salía de la cárcel; yo le pedí a Susana que no se acercara a él, le advertí que era mal bicho, que andaba con otras minas, que había sido cana y que traficaba; por eso cuando la vi salir de la casa de él, no pude con mi genio y la eché.

    Desaparecieron los dos; al tiempo el volvió con otra mina y un chico de dos años que dijo que era suyo, y esta mujer dele insultarla a Marina porque decía que nuestra hija le había echado a perder a su Basilio y cada vez que se la cruzaba en el mercado o colgando la ropa en la azotea, dele decirle que la puta de tu hija esto y aquello y lo otro y por eso nos mudamos a la Boca, que no es lo mejor para una fana de River, pero la guita no dio para más.

    El yanqui, el que hace de esposo es camionero, viaja por los desiertos y montañas y para en bares y estaciones de servicio, que si tuviéramos de esas en la Patagonia, con duchas y piletas de natación con esos flamencos pintados en el fondo, nos quedamos a vivir allá. Me los imagino a Narice y al gordo Rodriguez en ese bar de luna rosa de la peli, claro pero ahí no toman mate.

    Estos yanquis, yo no sé que tienen en el alma. El se llama Mick y ella Sandra, debían andar por los cincuenta, y la hija, bueno uno no sabe que se trata de la hija hasta que pasa lo que pasa y la gorda Sandra se pone como loca y a Marina le empezaron a traspirar las manos.

    En el pueblo donde viven ;”Cross Roads”; hay una especie de prostíbulo cibernético. Hay meseras que te sirven con las tetas al aire, camareros putos, mucho fluo y hay salas privadas donde uno puede ver. Te muestran una donde hay una jaula con un tipo en bolas y hay otros tres con camperas negras y botas y gorras de policía que lo cagan a patadas y después se lo cogen. Hay otras salas en donde hay minas con látigos que azotan a hombres que les gusta que les peguen. En otra dos tortas juegan con un vibrador y en otra hay una mina que le da con un consolador a un tipo mientras éste se la está chupando a uno de esos vestidos de cuero negro y todo esto meta Rock an Roll y droga. Y bueno llegan Mick y Sandra bien borrachos y se ponen a tomar más y el tipo jala merca y le pasa el tubo a Sandra y como ella se calentaba viéndolo a el con otras, se meten en una de las cabinas, mejor dicho ella se mete en una que es como un cine en chiquito y él se mete por detrás de la pantalla. Entonces la cámara lo enfoca a él que camina por una pasarela en donde lo único que hay son culos; hermosos culos, para decir la verdad, metidos en ventanillas, entonces Mick, jala más polvo y le da a la botella y al llegar al culo de la ventanilla número 8; el mismo que yo hubiera elegido: rosado, macizo con un lunar en un cachete, aprieta el botón de la consola y en la sala en donde está Sandra se enciende la pantalla y ella lo ve a él y al culo ahí entero. El se agacha, lame los cachetes, deteniéndose en el lunar y luego se la mete. Sandra lo ve gozar, escucha los gemidos, pero a la mina sólo se le ve el culo. Sandra está por acabar al mismo tiempo que Mick y ella pone una cara que me hizo calentar. Él acaba y ella también y la mina del culo parado finge acabar y de pronto se enfoca la cara de la mina y aparece en la pantalla y es ahí donde Sandra se transforma y se pone como loca y empieza a hacer unas muecas y después llora y uno no entiende nada por qué está pasando eso, pero enseguida se muestran tomas como del pasado en las que se lo ve a Mick joven, jugando con una chiquita sobre un pony blanco con manchas negras y Sandra filma y después es él que filma y ella está con el pony y la chiquita ríe y corre y los tres se revuelcan en el pasto y entonces uno ve la cola de la chiquita que tiene un gracioso lunar en el cachete y fue ahí que a Marina se le pusieron las manos llenas de gotas como si las manos estuvieran llorando.

  • EL SILENCIO (cuento)

    Al día siguiente de los sucesos que luego relataré, ella revisó por enésima vez los portales de noticias con la esperanza de que algo de lo vivido hubiera quedado registrado, pero no, al igual que la televisión y la radio había una muda ceguera al respecto. Daba la impresión de que lo sucedido hubiera pasado en otro lugar, o peor aún en un no lugar. El hecho, por nimio que hubiera sido, fue insólito, pero al no quedar registro del mismo pasaba al orden de lo fantasmal o; y esto la aterraba; al de la alucinación.

    Salió hacia la estación del ferrocarril, como todos los días. Abrigaba la esperanza de encontrar a alguno de los pasajeros que por coincidencia de horarios se repiten en el andén y aún en los coches. Fue en vano, no pudo reconocer a nadie que pudiera haber estado el día anterior en el tren de las 9.03 en San Isidro llegando 9.42 a Retiro. Se paseó por la plataforma tratando de recuperar algún rostro de los tantos que el día anterior, al salir el tren de la estación Lisandro de la Torre, a la altura del hipódromo de Palermo hubieran podido participar de ese hecho extraño que ahora trataba de corroborar, pero al no asociar rostros con lo acontecido, bajó la vista hacia los zapatos y cada vez que veía a alguien, hombre o mujer con calzado nuevo, al igual que ella, levantaba la vista como interrogando, pero no se atrevía a preguntar; sentía algo entre temor, vergüenza y que la consideraran sospechosa, pero no sabía de qué. Subió al tren que no venía tan lleno como otras mañanas. En La Lucila se desocupó un asiento del mismo lado de la ventanilla, en el que el día anterior había estado como víctima y testigo de lo acontecido.

    Al pasar por la Quinta Presidencial miró hacia los jardines y tal vez el verde de la loma que imaginó mullido le hizo pensar que sacarse los zapatos producía siempre (al menos hasta el día anterior, así había sido) una sensación agradable: es algo que mucha gente hace al llegar a su casa; algunos incluso reservan en el hall de entrada o en el pasillo de acceso al departamento un lugar para dejarlos. Japoneses y chinos no entran en las casas calzados como para no acarrear contaminaciones extrañas al seno de la intimidad. Aviones, restaurantes, reuniones en oficinas y clases aburridas son algunas de los ámbitos aceptables como espacios a quitarese los zapatos.

    Pero el día anterior, y es esto lo que quería relatarles, cuando iba como todos los días hábiles a la compañía financiera donde trabajaba de secretaria ejecutiva, algo inusual había sucedido. Iba sentada, mirando distraída por la ventanilla, cada tanto recibía algún mensaje que contestaba apenas leído, cuando tuvo esa sensación – que ahora que el tren acababa de dejar Lisandro de la Torre, volvía a sentir- pero esta vez no en los pies como en la víspera, sino en las caras, en la suya y en la de los vecinos y recién en ese momento se daba cuenta; que no sólo ella estaba rígida y apretaba los dedos dentro de los zapatos como lo había hecho el día anterior, también el de traje azul frente a ella y la chica de las All Star negras a su lado y la señora de los zapatos con moño negro sentada en diagonal notaba que hacían lo mismo.

    El día anterior, sin embargo había sido arrollador cuando sintió que de pronto se le salían los zapatos, como si hubieran adquirido una vida independiente de la voluntad personal, a pesar de la fuerza con que pretendía retenerlos con sus dedos contraídos que los sintió como naúfragos aferrándose a una madera o como agarrándose de las paredes de la puerta del avión antes de lanzarse al vacío, como hacen los paracaidistas primerizos, pero el día anterior no había sido posible; primero fue el izquierdo y luego el otro y se fueron caminando por el pasillo. Se había parado enseguida, pero el hombre frente a ella se había interpuesto abalanzándose tras su par de abotinados de gamuza que se iban detrás de los de ella y de los dos pares de zapatillas de los chicos que ocupaban los asientos contiguos que también salieron a recuperar sus calzados. El insólito fenómeno los había superado. No eran sólo los pasajeros del coche en el que viajaban sino los de toda la formación. Un nutrido batallóin de zapatos de taco alto y bajo, zapatillas Nike, Vans, Topper, Converse, borcegos, un par de ojotas amarillas (¡y en pleno invierno!) y sus dueños entre absortos y consternados pugnaban por hacerse de los mismos ya que el tren había entrado en el cobertizo de la estación Retiro y tendrían que bajarse y caminar hacia las calles.

    Agolpados en las puertas, zapatos y despojados, ya conscientes, éstos últimos, de la gravedad de la situación aguardaban que estas se abrieran para ver como los zapatos salían caminando acéfalos por la plartaforma cada vez más veloces rumbo a los molinetes que fiscalizaban la salida.

    Ella había sentido el frío del cemento y un chicle se le había pegado a la planta del pie. Un colorido y dispar ejército de enanos de cuero, lona y plástico totalmente descontrolado rompía todos los códigos.

    Pasajeros a la espera de trenes en andenes vecinos habían sido testigos involuntarios de algo que al principio parecía increíble, como si no pudieran dar crédito a lo evidente; alguno esbozó una sonrisa que contuvo ante la consternación general y entonces ella y los otros se fueron agrupando, mudos, pero como protegiéndose ya que estaban desvalidos en un ámbito donde no era costumbre caminar descalzo y porque en segundos nomás deberían enfrentar la realidad de caminar hacia Alem, Puerto Madero o Plaza San Martín.

    ¿Cómo explicar en la oficina que uno ha llegado a trabajar descalzo?

    Nadie le dio mucha importancia a lo que ella relató, pero sí percibieron los zapatos recién comprados que mostraba como inútil prueba de lo acontecido. Nadie al parecer había tomado ese tren, ningún cliente hizo mención del hecho.

    Tampoco lo hubo en la pausa del mediodía. Le dio la impresión que sus comentarios molestaban. Por la vidriera del restaurante notaba que algunos parecían observarla.

    Trabajó intranquila.

    Al fin del día, el ascensorista la despidió con una sonrisa distinta a la usual y le miró los zapatos.

    También el portero se los miró, se levantó de su silla y se acodó en el mostrador para tener una mejor visión.

    En el tren de regreso nadie pareció haber registrado el hecho de la mañana.

    Los noticieros de los canales de aire y cable no informaron, tampoco las radios.

    ¿Y los zapatos? ¿Dónde habrían ido?

    ¿Es que nadie había visto nada?

  • DÍA LABORABLE (Cuento)

    La ciudad me resulta abominable, pero no puedo alejarme de ella. Es mi oasis; el mío y el de millones, que la gozamos padeciéndola.

    Ha sido mi cuna y la de mis antepasados por algunas generaciones. Mis padres han muerto en ciudades donde habían nacido mis abuelos, cuyos progenitores fueron dados a luz en burgos a los que habían llegado sus mayores huyendo de campos yermos y montañas plenas de emboscadas. Ciudades diversas entre sí, aunque metas del mismo deseo. Campesinos hambrientos, buhoneros, artesanos, deudores de alguna muerte; encontraron tras los muros de Ávila y de Avignon, en mercados de Tartús y Bagdad, y en talleres de Manchester y Milán, el oprobio al que tal vez estuvieran destinados; o no tanto; ya que por distintos caminos se asentaron en este recóndito puerto.

    La ciudad es parte de mi: es mi alfabeto.

    Me violento con facilidad en pueblos de provincia donde me expongo a tener que escuchar historias intrascendentes narradas por rústicos sobre otros que cambiaron el pueblo por la gran ciudad por afán de progreso y, que terminaron no sólo perdiendo el garbo y la frescura, sino el habla. Esos primitivos atestan hoy las ciudades, contaminándolas de sensiblería y nostalgia.

    A diario traspongo el umbral de mi vivienda y son los adoquines los que me comunican el pulso con que andaré. El ritmo suele repetirse – tampoco aquí las variaciones son infinitas-. Al dejar la cuadra del estrecho pasaje en donde está mi morada y penetrar en la avenida, el ruido voluptuoso de máquinas y luminarias es el mismo que los adoquines me anticiparon. Sé cual será el tono -aunque no siempre el tema- de la historia que contaré ese día. Lo sé por la humedad que despiden los adoquines, por lo que les impregnan a las palmas de mis manos, por los matices que les infunde la luz que cae sobre ellos. Cierto hálito que percibo, no en el aire, sino en la superficie pulida de esas piedras: gotas, manchas de aceite, polvo de óxido, leche derramada, innumerables y minúsculos objetos atrapados en los intersticios que las separan, pequeñas basuras, me van revelando si mi historia tendrá protagonista femenino o masculino. Si será una historia de viejos o de adolescentes; si habrá una violación o será la vida de un marinero o de un actor sin teatro, si la historia tendrá héroes nacionales, si habrá un crimen o el payaso se suicidará. Sé también donde ambientaré mi relato: la Ópera, el Banco Nacional, el Abasto, la Estación Central, los túneles, las dársenas del puerto, la barraca a la que llegará el cargamento de drogas o de armas.

    Llevo años de trabajo pulsando el palpitar de los adoquines. Puedo salir a cualquier hora: de mañana, como hoy, a la noche, a las dos de la tarde de un verano implacable o bajo una lluvia torrencial. Salgo a ensartar una historia. Camino. Tomo taxis, colectivos, el subterráneo. Entro en bares, voy al cine, miro vidrieras de casas de antigüedades, recorro ferias y parques. Merodeo los colegios a la hora de entrada y de salida, visito galerías. Deambulo por calles y barrios que detesto.

    Hoy, ya lo dije, salí temprano.

    El laúdano me ha tenido inactivo por varios días.

    Ya comienza a amanecer antes de las seis. Es la época del año en que los adoquines, no las flores -en donde vivo no hay flores- me trasmiten sexo: clandestino, abyecto, pago. Cierta figura que al principio no supe a qué atribuir, ya que es la hora en que la lámpara de alumbrado proyecta sombras difusas sobre el cemento, me inquietó. Un paracaídas de juguete enredado en los cables de electricidad se balanceaba suavemente. Su ocupante cautivo, demasiado grande con respecto al paracaídas colgaba decapitado y sin una pierna. Encontré la cabeza de plomo pintado, tirada al lado de un zapato rojo con el taco aguja quebrado. Una luz se apagó en el edificio que da al baldío. Una mujer en bombacha y corpiño con un niño en brazos, arrojó pañales descartables hechos una pelota, desde el tercer piso.

    El escenario de mi historia será en altura, de una mujer en las alturas en equilibrio inestable.

    A sorbos lentos bebí el café y las copas de ginebra en el bar de la esquina. Blanco y negro, el relato de hoy será en blanco y negro. La nota de color estará dada por el zapato. Y por la sangre, habrá sangre. Se hablará en francés, pocas palabras. Tendrá un dolor lejano.

    Volví por mis largavistas. Mi morada -nunca pude referirme a ella como mi casa- es una habitación larga y ancha (galpón del ferrocarril usurpado por dos pintores alcohólicos y un cantor de tangos ciego, a quienes les alquilo mi espacio). Tengo una nutrida biblioteca. Leo todo el tiempo en que no trabajo, y mi trabajo es literaturizar los adoquines, el suelo que piso.

    Al salir, hoy, vi la silueta de una mujer que se ocultaba detrás de la ochava del café de la esquina. Distinguí el faldón de su pollera, los tacos altos, supuse medias con costura. Es de Berlín, pero no es alemana, es francesa. Es rubia, tal vez lleve una orquídea en el ojal de la solapa de su tailleur. Esta mujer ya ha sido narrada, también filmada. Saqué el largavistas del estuche, acerqué y alejé los pasos de la mujer que giró en sentido contrario al río. Un carro dejó cajones en la puerta del almacén. Un montacargas depositaba bultos en la caja de un camión estacionado en el playón de la fábrica de colchones.

    Alguien apagó las luces de la ciudad. El reloj de la torre dejaba leer las siete. Seguí el vuelo de una paloma, me detuve luego en la cara gorda de un chofer que conducía un camión. El hombre iba fumando, parecía cansado, preferí pensarlo dolido, lo habían dejado por otro hombre (o por otra). Apunté en mi libreta de trabajo: CHOFER DE CAMIÓN, SU MUJER LO DEJÓ POR UNA MUJER MIENTRAS EL VIAJA POR LA LLANURA INTERMINABLE. Dirigí los binoculares al cielo. Un avión llegaba a destino. Viré hacia el río. Ya tenía la historia: una mujer llegaba a la ciudad, venía de lejos, se alojaba en un edificio vetusto. Buscaba ser otra, necesitaba olvidar. No hablaba el idioma del país. No importa su nombre, si había algo intrascendente era precisamente el nombre.

    Paré un taxi. Vi el escenario. Le indiqué al chofer la plaza, que es como un balcón elevado sobre esta ciudad tan chata, está cercada por árboles tupidos y extraños que ensombrecen una fuente ornada con nereidas herrumbrosas. En frente, cruzando el camino de salida de la ciudad hacia el aeropuerto, hay un edificio degradado que tiene ventanas ojivales que miran a la plaza. En ese edificio se alojará la mujer, que veré pasearse por el balcón, que ha venido para olvidar a un militar al que ella amó y traicionó.

    Tuve una erección.

    Desde el auto miraba por el largavistas a los ciudadanos yendo a sus trabajos. Me deleito siendo un transgresor y de que ellos me ignoren, un loco al que dejan suelto, un pulsador de la ciudad. Un ente sin horarios, irresponsable, sin sentido, ni propósito, un traidor, un infame. Comencé a masturbarme moviendo la pelvis lentamente.

    Cuando el taxista me preguntó que hacía -se refería, creo, a los largavistas- le contesté cortante: estoy trabajando. Hizo una mueca y me dejó tranquilo.

    Bajé. Caminé por calles angostas. Recorrí la zona de los bancos, vi cuadrillas de hombres cavando zanjas, chicos de delantal blanco, oficinistas. Alrededor de las nueve tomé un café. Leí los titulares de un diario. Volví a caminar muchas cuadras. Entré en otro café. Fui a la Biblioteca Nacional, inspeccioné documentos sobre la revolución. Anoté en mi libreta: LA NARIZ DE LA BIBLIOTECARIA.

    A la una decidí almorzar; fui a lo del húngaro, pedí gulash. Danika me hizo una seña. Deborah había regresado, estaba libre, pero cuando escribo no copulo.

    A las tres ya estaba en la plaza frente al edificio de ventanas ojivales, sabía que la mujer se asomaría. A las cinco ya había contado ocho aviones que aterrizaban. Varias personas salieron a distintos balcones, ella no. Detuve los largavistas en una pareja. Él, en musculosa, ella con vestido floreado, se pegaron.

    En otras de mis pasadas, los vi besándose.

    Más arriba, un chico arrojaba piedras, o tal vez fueran nueces, a los transeúntes y se escondía detrás de la balaustrada de mampostería mohosa.

    A las seis ella salió al balcón. Era rubia; vestía un deshabillé color rosa que supuse de satén, imaginé que calzaba unas chinelas de raso con pompón blanco, tendría los pies hinchados. Se paseaba fumando un cigarrillo tras otro. Se apoyó en la baranda, hizo un extraño mohín, lloró un rato largo, luego con decisión se arrojó al vacío.

    Escribí la historia con facilidad. Al fin acabé.

  • NUBE DE PALABRAS (II)

    Las palabras que en mi opinión definen a César Aira son INVENCIÓN CONSTANTE, NO PARAR JAMÁS, IMAGINACIÓN, PASIÓN POR LA ESCRITURA, CREACIÓN DE LA MÁS LÚCIDA METÁFORA DE LA HISTORIA ARGENTINA: EL VESTIDO ROSA,la llanura, los indios y un largo etcétera creativo.

    Afirmar que por el sólo hecho de que alguien haya nacido en un paraje llamado El Pensamiento, está condenado a pensar con lógica, con pasión y a tener la destreza de comunicarlo con claridad, es ridículo, salvo que se trate de César Aira nacido precisamente en El Pensamiento, localidad de Coronel Pringles en 1949.

    Afirmar que por el mero hecho de que la palabra “argentino”, sea anagrama de “ignorante” eso nos hace a los 47.000.000 de argentinos ignorantes de las riquezas naturales del país, nos hace ignorantes para transformar esas riquezas en desarrollo cultural para incrementarlas, gozarlas, distribuirlas con equidad, nos hace ignorantes para transformarlas en ganancias para invertirlas en educación, desarrollo industrial, red caminera, trenes de altísima velocidad es un absurdo como lo muestra la realidad que supimos alcanzar en estos 200 años de historia nacional.

    César Aira es una literatura en sí mismo. Ha publicado más de 100 obras de las que hasta ahora leí 65, lo releo, lo recomiendo. Me fascina su compromiso con la escritura, no con el “show literario”. Me gusta su enlace con la tradición que comienza, hasta donde sé con “Las Ovejas” 1970, “Moreira” 1972, “Ema, la Cautiva” 1978, “Cecil Taylor”, 1981, “El Vestido Rosa” 1982, “La Liebre” 1987 que podríamos llamarlo el lazo con la llanura, los indios, el malón, los gauchos y el eterno girar, girar, girar, girar, girar, girar y volver a girar sin movernos un centímetro de donde estamos porque así funciona la ETERNA CALESITA ARGENTINA. ” Las Ovejas”, esa genial obra de Aira termina re escribiendo con mínimas actualizaciones temporales y guiños personales, la exposición sobre el Idealismo de “Nueva Refutación del Tiempo” de Jorge Luis Borges, pero con humor irreverente, porque así ha de ser el humor donde Berkeley es la oveja Moussy, Cathy es Schopenhauer, Kitty es David Hume y Dorothy es Spiller; “Principles of Human Knowledge” es El Pensamiento y otras beldades similares. Pero además, y no es menor con respecto a las disyuntivas que cada tanto se presentan en literatura ¿cómo escribir después de Borges?, ¿cómo escribir después de lo que se conoce como la vanguardia Libertella, Gusmán, Lamborghini? En el primer problema Aira tiende un puente con Borges con ese final a toda orquesta de “Las Ovejas”, Manuel Puig, en cambio, lo ignora. En el segundo dilema, Saer y Piglia retornan al relato clásico de ficción, Aira , en cambio,se va para la invención en otro guiño, esta vez hacia Arlt.

  • COCK, BULL & LITTLE HORSE

    Un querido amigo que nació en Londres pero vive en Rye, porque necesitaba un lugar más tranquilo para vivir, que adora a la Argentina y está fascinado con Buenos Aires y con quien hablamos todas las semanas me comentó que le parecía extraño que uno de los 48 barrios porteños se llame “Little Horse”. Me preguntó si sabía por qué, y esta fue mi respuesta.

    Dear Thomas, es mucho más extraño que ustedes llamen a un tipo de narración “A Cock and Bull Story”, pero empecemos por Caballito (Little Horse), que es el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. Un país de vacas, tiene en el centro “centro” de su capital a un caballo. La historia es la siguiente y tiene que ver con las pulperías, que de alguna manera han cumplido la función de los “pubs” en tu país. Centro de reunión, de charlas, de crítica política, de literatura o como bien dice León Bouché (1902 -1970) “las pulperías han sido un mojón civilizador”, es en Bouché en quien me baso para responderte. Nos cuenta que en 1820 desde lo que hoy es la Plaza de Mayo, hacia el oeste, que era el campo se salía en interminables viajes hacia el interior del país, era lo que se conocía como Camino Real, luego re bautizado por Rosas Camino de la Federación (todos los autócratas tienden a re bautizar con sus nombres calles, plazas, avenidas y centros culturales, a mí que me encanta meterles el dedo en el culito siempre pensé que a la cloaca central de Buenos Aires, habría que llamarla “KK”). Hoy ese camino al oeste es la Avenida Rivadavia (la más larga del mundo). Parece que entonces una ballenera se estrelló contra las rocas del fondo del Río de la Plata, la desguazaron y un individuo de nombre Galiano que tenía un negocio de compra y venta se llevó gran parte de los restos y al tiempo un italiano Nicola Villa compró maderas , hierros y sogas y con eso construyó una pulperia bien en el campo, y usó el mástil al que deseaba colocarle algo que atrajera la atención de los viajeros. Regresa a Buenos Aires y en la herrería de Monteagudo compra una veleta con un caballo de latón. La coloca en el mástil y de ahí en más cuenta Bouché se la conoció como Pulpería del Caballito, después Almacén del Caballito y así como sin quererlo fundo el barrio de Little Horse. En lo que hoy es la esquina de Rivadavia y Emilio Mitre estaba la pulpería y el “caballito de latón” se exhibe en el Museo de Luján. Como ves amigo, nos encandilan los “grandes hechos de la historia” pero a veces sin quererlo fundás un barrio y otras veces lo más pequeño un caballito de lata, es una pieza de museo. Tanto EGO acumulado y terminamos devorados por bacterias y de ahí polvo y olvido, es decir “We are just Dust and Oblivion”.

    En relación a Cock & Bull Story, expresión que se usa para designar una historia absurda e improbable, como si fuera una verdad, está también emparentada con caminos, diligencias y postas, ya no entre Buenos Aires y el interior sino entre Londres y Birmingham, donde los carruajes solían hacer una parada en Stony Stratford, ahí había dos postas (coaching inns) hoy son dos hoteles uno llamado The Cock y el de en frente The Bull, donde los pasajeros bajaban, comían y of course bebían y entonces se les soltaba la lengua e inventaban historias, como hace todo ilustre viajador, de ahí la expresión que los parroquianos, ávidos de noticias, siempre le agregaban un capítulo. Ya que estamos hay una película de Michael Winterbottom del año 2006, que es un homenaje a la estupenda novela de Laurence Sterne (1713 – 1768) “Vida y Opiniones de Tristram Shandy”, que inaugura la novela moderna, precisamente llamada “A Cock and Bull Story”.

  • SEGROB

    A pesar de “El Otro” de 1964 y del otro “El Otro” de 1975.

    A pesar de “Borges (el otro) y yo”.

    A pesar de los otros: los Borges, los Acevedo, madre, padre, Norah, Bioy Casáres, Silvina Ocampo.

    A pesar “de que no hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quien es, con certidumbre” (y de que) “nadie sabe que ha venido a hacer a este mundo”.

    A pesar “de ser más raro ser el hombre que entrelaza palabras en el cuarto de una casa” y de confesar “ser el que es nadie, el que no fue la espada en la guerra y de ser olvido y nada”.

    A pesar que vos “de niño temías que el espejo te mostrara otra cara y que ahora de viejo temés mostrar el verdadero rostro, el que ve Dios y acaso ven los otros”.

    A pesar de quejarte de que “el espejo multiplica el mundo incierto” y de que “en una esquina de la calle Perú, Julio César Dabove te dijo que el peor pecado que puede cometer un hombre es engendrar un hijo y sentenciarlo a esta vida espantosa”.

    A pesar “de que en su cenáculo de la calle Victoria, el escritor -llamémosle así- Alberto Hidalgo señaló mi costumbre de escribir la misma página dos veces, con variaciones mínimas. Lamento haberle contestado que él era no menos binario, salvo que en su caso particular la versión primera era de otro…. La observación de Hidalgo era justa”.

    A pesar “de empuñar con firmeza el cuchillo, que con seguridad no sabés manejar, pero igual salís a la llanura”.

    A pesar de que vemos todas las cosas al revés.

    A pesar de tu fingido “temor de que te declaremos un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos”.

    A pesar de que digas “yo lamentablemente soy Borges”, dejate de mirar en el espejo, asomate a la ventana y te vas a sorprender “con el descubrimiento de que una emoción colectiva puede no ser innoble” ya que el mundo no para de aplaudirte.

  • BORGES Y ÉL

    Estaba leyendo el ensayo de Pablo Maurette (1979) “Borges y la Bestia de Bengala” de su estupendo trabajo “En Carne Viva” y me encantó su afirmación :”Aunque expresando reparos de modestia, la obra de Borges es un incesante cantarse y contarse a sí mismo”; a continuación Maurette pone como ejemplos “El Sur” (la historia de la convalescencia después de una herida cortante con el marco de una ventana que le provoca una septicemia, que remeda lo que en verdad le sucedió a Borges, y que casi nos priva de él, en 1938); comento ahora yo, de haber sucedido eso el mundo sería otro y la literatura argentina no hubiera sido engalanada con su enormísima obra. Menciona Maurette “El Aleph” y se pregunta si el mismo no es la historia de sus desamores y finalmente nombra a “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y vuelve a preguntarse si no es acaso la historia de las muchas veladas con su gran amigo Adolfo Bioy Casáres.

    Es totalmente cierto que todo lo que uno escribe es autobiográfico, así uno este hablando de los tiburones martillo o del arresto de Andrew Mountbatten-Windsor. Maurette me dio pie a que hiciera una lectura del índice de la Obra Completa y uno concluye que lo que Maurette dice de Georgie, es extensivo a toda la familia de Borges; la omnipresente Leonor Acevedo, su madre, su padre Jorge Guillermo, su hermana Norah, Fanny Haslam, su abuela inglesa y su esposo el Coronel Borges, así como el Coronel Suarez, los Borges, los Acevedo,su tío bisabuelo Juan Crisóstomo Lafinur, su primo Enrique Amorím, propietario de las estancia Las Nubes.

    Abocado al seguimiento de su parentela, tomé “ese mamotreto verde que la gente usa para apoyar lámparas o ceniceros” como Mujica Laínez, solía referirse a las un tanto apuradas Obras Completas que Emecé publicó en 1974 y que apenas enterado salí a comprar a la calle Corrientes una luminosa tarde de invierno por el precio de 30 pesos ley 18.188 que tuvieron curso legal entre 1970 y 1983, cuando fueron reemplazados por el Austral y después, y después y después y tal vez próximamente, como sucede siempre en la Calesita Argentina por otra unidad monetaria. En 1974 comprar 1 U$S dolar costaba $ ley 1,41 con lo cual por U$S 21,70 me hice dueño del “mamotreto” sobre el que no apoyé lámpara alguna, sino que lo gocé, lo leí y releí infinitas veces y de tanto anotarlo el ejemplar pasó a ser conocido entre mis amigos como “el ejemplar descabalado”, imitando la expresión de Juan Dahlmann quien “había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una Noches de Weil”, que provocaría, debido a lo que el hallazgo causó en él, la distracción que produjo la herida, que es la ficcionalización de “El Sur”, de lo que en verdad le sucediera a Jorge Luis Borges.

    La Obra Completa (incompleta en 1974) comienza con una sentida dedicatoria a su querida madre y termina con un Epílogo que ocupa las páginas 1143/1145 donde imagina una Enciclopedia Sudamericana a ser publicada en Santiago de Chile en 2074 donde se podría llegar a leer “Borges, José Francisco Isidoro Luis: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires…”.

    Ya en “Cuaderno San Martín” (1929), en su poema “Fundación Mítica de Buenos Aires”, Borges que descendía de Juan de Garay, el segundo fundador de Buenos Aires, hace que la ciudad haya sido fundada no en la orilla del Riachuelo, sino en “La manzana pareja que persiste en mi barrio; Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”. En “Curso de los Recuerdos” del mismo libro incorpora el jardín de la casa de su niñez de Serrano 2135 y así susesivamente van apareciendo Isidoro Acevedo, un personaje de nombre Borges en “Hombre de la Esquina Rosada “que volverá 35 años después en “Historia de Rosendo Juárez”, y un larguísimo etcétera donde no sólo personas allegadas a él sino hasta fechas que se reiteran y que hacen referencia a la de su nacimiento que como la Historia de la Literatura Universal ya conoce fue el 24 de agosto de 1899. En 1952 en “Otras Inquisiciones”, escribe en el relato “Anotación al 23 de agosto de 1944” un día antes de cumplir 45 años donde da cuenta de “tres heterogéneos asombros”, 1. La felicidad física por la liberación de París. 2. El descubrir que la emoción colectiva puede no ser innoble y 3. El enigmático y notorio entusiasmo de muchos partidarios de Hitler.

    Muchas años después, en 1980 publica “Veinticinco de agosto, 1983” donde hay un juego interesante con otra fecha 24 de agosto de 1934 cuando se encuentran Borges y Borges en el Hotel Las Delicias de Adrogué, que termina con el magnífico “Afuera me esperaban otros sueños” después de habernos dicho “somos dos y somos el mismo”, donde sin nombrarlo aparece la figura de el “espejo” del que hablaré en próximas notas; pero antes de dejarlos, vayamos a “Atlas” de 1983 donde hay un trabajo que lleva por título “El 22 de agosto de 1983” donde va a jugar con el tiempo y nos dirá que “las vísperas y la larga memoria son más reales que el presente intangible”.

    Me he permitido corregir el título de “Borges y Yo” que forma parte de “El Hacedor” de 1960 por “Borges y Él”. Invito al lector a buscar más referencias, pero si la invitación es rechazada, en los próximos días esta historia continuará.

  • DE W. SHAKE A L. WITT

    ¿Qué problema tenes conmigo man? O debería llamarte God como cuando Keynes se encontró con vos en el tren Londres Cambridge y le escribió una carta a Lidia Lopokova el 18 de enero de 1929 donde le decía “Bueno Dios ha llegado. Le encontré en el tren de las 5.15”.

    Me guío por lo que decís en “Cultura y Valor” donde has tenido la deferencia de dedicarme varios párrafos. Comenzás a hablar de mí en el último que anotaste en el año 1949, y ahora que lo escribo me da cierto vértigo, ya que hace 410 años que dejé de estar en mi querida Londres, cuando la ciudad tenía alrededor de 300.000 habitantes y toda la nación unos 3.000.000; pero vamos al grano; gracias por decir en tan pocas líneas que soy “grande”, aunque no lo decís demasiado convencido ya que escribiste “Y si Shakespeare es grande, como se dice de él” o que de serlo ello sólo es válido en tanto soy creador de dramas que generan su propio lenguaje, que es el de lo irreal, el lenguaje de los sueños. Esto en el párrafo numerado como 479. ¡Dios cómo ha cambiado el idioma inglés en estos años!

    Al año siguiente (1950) sigo siendo motivo de tú atención, ya que en el parágrafo 481, decís que soy único e incomparable con cualquier otro escritor, pero insistís en que más que escritor soy un creador de lenguaje. Mis creaciones de personajes gozan de tú aprecio, decís que los retrato bien y en ese sentido son verdaderos, pero no verdaderos según la naturaleza. Me adjudicás una mano diestra pero un pobre corazón, no me acerco ni ahí al gran corazón de Beethoven; tan diestra es mi mano, que he sido “capaz de crear nuevas formas naturales del lenguaje” al punto que podría decir de mí mismo, “que canto como los pájaros”. En el parágrafo 483 me considerás incapaz de reflexionar sobre la suerte del poeta y pensás que no podría considerarme un profeta o un maestro de la humanidad. Te aclaro que nunca pretendí ni trabajé para semejante cosa; ahora comprendo mejor a Keynes cuando dijo que Dios había regresado a Cambridge. Concluís diciendo que lo que los otros admiran de mí es el hecho de haberse encontrado con un fenómeno y no con un gran hombre. Me desilusionás cuando decís que para gozar de un escritor es necesario gustar de la cultura a la que el escritor pertenece. Desde aquí he podido enterarme de la literatura de Tolstoi, a quien me parece que también admirás y mismo de la de Dostoievsky y yo no amo, ni me agrada la cultura rusa y me parece que vos tampoco. También desde aquí me acerqué a Borges, que supo amarme y la cultura argentina tan de caudillos y capangas, tristes tangos y populismos no me termina de convencer como británico que soy. En el párrafo 486 decís no poder entenderme ya que que querés encontrar la simetría en la asimetría total y mis obras te parecen esbozos y no pinturas, como si las hubiera borroneado. Comprendés, sin embargo, que a mi arte se lo llame supremo, pero no te gusta; lo cual es muy respetable, pero que haya individuos que me admiren de la manera que se admira a Beethoven, eso te resulta inmcomprensible.

    Nada decís en las entradas del año 1951 y al rato te moriste como yo en 1616. Te voy a comentar L. Witt que yo tuve algo íntimo con el Conde de Southampton, como también lo tuve con varias mujeres, pero eso no fue un problema para mí, creo que vos te hubieras enamorado de mi querido Henry Wriothesly (1573 – 1624), yo le dediqué “Venus y Adonis” en 1593 y “El rapto de Lucrecia” al año siguiente, y si lees con atención el soneto número 20, vas a poder entender. Sé que te gustaba ir al cine a ver westerns, esas historias de vaqueros de nuestras colonias del nuevo mundo, esos solitarios pioneros que el teatro en movimiento (the movies) transformó en mensajeros del puritanismo donde el héroe es el bueno y el otro el malo y donde siempre triunfa el bien; y es tal vez eso lo que te gustaba, porque creo que siempre fuiste un moralista como bien dice Clement Rosset de vos. Yo en cambio, más bien creo que a la larga siempre triunfa el mal, creo que cada uno de nosotros lleva dentro de sí el infierno y eso es lo que he tratado de mostrar con la creación de mis tipos, con mi invención de un lenguaje, ahora el que no me veas como escritor, bueno de qué otra manera llamar a un individuo que con tintas pringosas y una pluma de ganso (no con tus estilográficas y menos aún máquinas de escribir) ha escrito los casi 4000 versos que componen Hamlet, o cómo llamar a quien escribió “Rey Lear”, “Macbeth” y “Marco Antonio y Cleopatra” en tan sólo 14 meses (1606/07), en fin 27 obras de teatro entre 1592 y 1602 y en una época en que había que trabajar con sumo cuidado para no andar ofendiendo a uno u otro ya que te jugabas la vida, acordate de la muerte de Christopher Marlowe, las torturas que padeció Thomas Kyd, la cárcel que tuvo que soportar Ben Johnson. En cuanto a que mis trabajos sean esbozos o elementos borroneados, qué decir, entonces de tu “Sobre la Certeza”, que sé que nunca pudiste corregir, y qué de tus “Zettel”, que según mis pobres conocimientos de alemán sería algo así como “Papeletas”. Recuerdo haber leído en tus “Movimientos del Pensar”: “Mis escritos son con frecuencia un balbuceo”, es el aforismo número 100 y son tus palabras. Por último querido L. Witt, te vuelvo a citar, del mismo trabajo aforismo 79 “Lo que fue volverá a ser” y debo confesarte que a veces me veo en vos.

    Hay un argentino, Jorge Luis Borges, se llama (1899 – 1986) al que un tal Alejo Santos llama el “Shakespeare argentino”, el ya mencionado Rosset y Harold Bloom que me defienden sin peros. Ese Borges, que fue además de muy agudo, muy irónico sostuvo que además de muchas cosas Hamlet fue siempre un sueño mio. Termino y me despido con unas bellas palabras del escritor norteamericano James Salter (1925 – 2015) “THERE COMES A TIME WHEN YOU REALIZE THAT EVERYTHING IS A DREAM AND ONLY THOSE THINGS PRESERVED IN WRITING HAVE ANY POSSIBILITY OF BEING REAL”. Entonces WTF?

  • LAS PALABRAS

    Las palabras nos construyen, las palabras no son las cosas; ambas, sin embargo, son efímeras. Cuando confundimos la narración con los hechos, las palabras son un espejismo. Entonces nos engañamos. La construcción comienza con el primer llanto: brutal y contundente anticipo de lo que vendrá: mamá, papá, los ojitos azules del abuelo,DNI, nacionalidad, sexo, abuela, nonna, granny, bove comenzaron los cimientos orales sobre los que se asentarán las Babeles incomprensibles donde irremediablemente quedaremos encerrados y seremos a un tiempo el banquete de manjares deliciosos y la posterior mierda, que a toda ingesta sigue. Nos dirán y terminaremos aceptando: ASI ES LA VIDA. ¿y si no me gusta?

    También formaba parte del staff del restaurante: Roger. Él era el mozo portugués, el mudo, el misterioso, tan inmerso en sus palabras no dichas, que lo único que permitía es que cualquiera construyera con las propias, lo que las suyas no decían y así cada uno le atribuía su argumento a esa suerte de página en blanco que permitía el ensayo, la novela de terror, la poesía épica, el texto surrealista, la letra de un tango, el cuento, el discurso político, la homilía.

    Roger, en su ser nada, era todas las posibilidades.

    Roger, era a la vez Bartleby, James Duffy, Gustav Aschenbach, Gregorio Samsa, Funes el memorioso, Isabel Martínez de Perón, yo, cualquiera. Roger era la nada; invisible, imperceptible, inaudible, casi como Dios, pero no tanto, ya que iba al baño a fumar y a masturbarse, no paraba de fumar ni de hacerse la paja. En su caústico silencio de momia humeante y eyaculante, las palabras jamás dichas; salvo con los comensales; seguramente lo esclavizaban a un pasado, que sólo él conocía y nos obligaba a fantasear. ¿Dónde vivía? ¿Con quién? ¿Era el amante del gerente, otro portugués? ¿Por qué vivía en un Londres que detestaba y no en la Lisboa que decía añorar según las pocas palabras que intercambiaba con los clientes? “How do you like your steak?”, “The Dover sole on or off the bone?”, “The house wine, is an Italian light wine, sort of Valpolicella, you know” y entonces, cada tanto les largaba con la melancolía del fado una frase sobre Lisboa. ¿Tenía mujer? ¿Hijos?

    A mí, que estoy invadido por literatura, me gustaba pensarlo, a veces como un Pessoa profundo y laberíntico, silencioso y mordaz; otras como a Enrique Banchs, que después de un desamor aniquiló las palabras y enmudeció. Por momentos era Arlt, tan ajeno al mundo de las letras argentinas de su tiempo, otras lo veía como un espejo en el que me aterraba que pudiera algún día verme reflejado, de suceder que mis bitácoras quedasen en eso: garabatos personales sobre mis viajes.

    Pasó, que un día fui a un boliche “under”. Cantaba Romina Liz: medias de red negras, tanga verde fluor, top dorado, estiletos violeta, peluca rubia y escuché la verdadera voz de Roger. Creo que no me vio, hice lo imposible para que no me viera, jamás le dije nada, ni lo comenté con nadie. Me puso feliz por “él “, comprendí que las palabras no alcanzan para decir. Me inquietó.

    Es Venecia, Gustav von Aschenbach morirá por la peste. Es Dublin, James Duffy morirá como vivió, irremediablemente solo. Es el muelle de Pacheco, es cualquier noche de luna llena, donde todavía pasan las barcazas areneras y el traqueteo de las mismas enmudece por la vos de Romina Liz, que lo colma todo y a mí me invade una tristeza del tamaño del estuario.

    ¿Cómo habría llegado Roger a semejante arreglo con su vida? Imposible saberlo. ¿Por qué le daba yo tanta trascendencia? ¿Por qué lo que era objeto de burla en muchos, provocaba en mí inquietud? ¿Por qué daba tamaña importancia a las palabras y a los gestos? ¿Por qué mi memoria grababa con punzante intensidad, hechos que otros olvidaban al instante?

    Es octubre 2022, es primavera, pero con temperaturas de invierno, sé que ha nevado en la Patagonia. Acabo de llegar de New York, es el retorno del viaje, después de tres años de sedentarismo nacional. Vi a la gran manzana espléndida. Recorrí los circuitos conocidos, desde Time Square a Brooklyn, crucé a Williamsburg, subí los 102 pisos del One World Observatory para sentir el vértigo horizontal que se expande al infinito, comí en Fanelli Cafe. Me encanta espiar desde la High Line los edificios aledaños y dejarme llevar por historias que me invento sobre los habitantes de esas ventanas iluminadas. Tomo el tren a Filadelfia. Tomo el avión. Regreso desde BA a BA y vengo caminando al muelle de Pacheco, es noche de luna llena, allá al final del estuario Buenos Aires iluminada, aquí el traqueteo de una barcaza arenera, vaya yo a saber por qué me recuerda la voz de Romina Liz. Pienso en James Duffy dejando que la grasitud del repollo de su frugal cena congele la imagen de Emily Sinico, pienso en Gustav von Aschenbach, una caricatura de sí mismo, con la tintura chorreándole por el rostro demacrado agudizando su soledad ante la pérdida definitiva de Tadzio, pienso en el espanto de Gregorio Samsa al despertar y darse cuenta, pienso en el bochorno de Ireneo Funes al caer del redomón que lo dejará tullido y solamente acompañado por su implacable memoria, pienso en el horror del Coronel Kurtz al comprender que los cortes que parten al buey son el anticipo de lo que pronto le ocurrirá; recuerdo haberme dirigido al 104 de la calle 26 East y haber imaginado el momento en que ahí Melville escribió aquello de “y si los niños, no son niños en su infancia entonces huirán y explorarán por ellos mismos”. En fin, este silencio en la negrura del estuario insondable sólo interrumpido por la voz de Roger transexuado en Romina Liz; sí, esto es real, es lo único real.