Leer, volver a leer, cotejar, entretejer: la lectura enlaza el tejido social. Además de entretenernos, informarnos, enseñarnos, la lectura nos permite crear puentes, nos permite entender que pertenecemos a una tradición que no es otra cosa más que entregar lo que hemos recibido a quienes nos siguen. Quiero exponer los conceptos de tres escritores sobre “la cosa pública argentina”, es decir la “casa” que compartimos, pero que no sabemos gozar porque cada uno cree ser el único habitante de la misma, y entonces como dueño absoluto del espacio cada uno elabora sus propias reglas, es decir: “la ley soy YO”.
En 1930, un joven Jorge Luis Borges (1899 – 1986) decía en “Evaristo Carriego” “El gaucho y el compadre son imaginados como rebeldes: el argentino a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse al hecho general de que el Estado es una incocebible abstracción: lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. El estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho, no lo justifico o disculpo”.
En 1990, Carlos Nino (1943 – 1993) en “Un País al Margen de la Ley” afirma: “Las normas hacen posible la integridad y la subsistencia de las sociedades” y a continuación cita a Max Weber “… el moderno capitalismo industrial racional necesita tanto de los medios técnicos de cálculo de trabajo, como de un derecho previsible y una administración guiada por reglas formales: sin esto es posible el capitalismo aventurero, comercial, especulador, y toda suerte de capitalismo político, pero es imposible la industria comercial privada con capital fijo y cálculo seguro”.
Esto, expuesto por Nino es de vieja data, él mismo nos recuerda el episodio protagonizado por Hernán Cortés al recibir una Real Cédula contraria a sus intereses, en donde el “conquistador” “alzó sobre su cabeza la Real Cédula en signo de acatamiento, anunciando “Se acata, pero no se cumple”. En el Epílogo a su libro, Carlos Nino concluye “El lema argentino debería pasar a ser el opuesto al de los corregidores coloniales: “Aquí la ley se discute, pero se cumple”.
En 2014, Andrés Neuman (1977) en “Una vez Argentina”, narra como su padre, Victor Neuman, se salvó del Servicio Militar Obligatorio en 1969, cuenta que estaba esperando el turno para la revisación médica, con la esperanza de que sus pies planos le permitiesen “safar”. Mientras aguardaba, “alguien preguntó si podía fumar. El cabo levantó la vista, exhaló una bocanada de humo y contestó señalando la pared. Obvio que no, colimba ¿No ve el cartelito? ¿O no sabe leer?” Cabe agregar que Victor Neuman safó de la colimba por el hecho de que el cabo le preguntó si era pariente del Tanque Neuman delantero de Chacarita a quien el cabo tenía por ídolo. Victor que no tenía ni idea, contestó es mi hermano y entonces entre salutaciones, deseos, gusto por codearse con famosos ,el cabo le dice “Acá tiene su libreta, Victor, Vaya tranquilo nomás y salúdeme calurosamente a su hermano”, sellándole la libreta de enrolamiento con el membrete “NO APTO”.
En el siglo que va entre 1930 y 2026, estos tres argentinos cada uno a su manera, con su estilo, nos muestran que seguimos diciendo exactamente lo mismo que Rosas refiriéndose a la Constitución “ese cuadernito” o Manuel Adorni a sus obligaciones como sirviente público : “Aca la ley ni se acata ni se discute; me la paso por las pelotas. Fin”.

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