HIMALAYA, HISTORIA

Las imágenes dantescas que vi en las noticias sobre un desastre natural de un glaciar en el Himalaya, en la frontera entre Nepal y Tibet, que provocaron una inundación que arrasó la población de Rasuwa, derribando puentes y llevándose autos, enseres, la desparición de más de 1400 personas, entre ellos 800 extranjeros que hacían trekking y que dejó al menos 360 muertos; ver como el agua marrón invade la pequeña ciudad del bellísimo valle y en segundos se lleva todo puesto y se escuchan los gritos de chicos y grandes corriendo montaña arriba hacia un lugar seguro, contrasta con la paz que sentí cuando en 1980, caminé con Pierre, un amigo francés, durante dos semanas desde Katmandú a Pokara, Naudanda, Khare, Luhle, Charankot, Birethanti, Ulleri y Ghorapani a 2.900 metros custodiados por las increíbles columnas de nieve de la cadena del Himalaya. En verdad no hay otras palabras más que silencio, paz, el convencimiento de estar haciendo lo que deseas sin otro compromiso más que la aventura. Me sucede que en el fárrago de todos los días, el sólo hecho de pensar en esa caminata, me devuelve a la armonía dentro del caos de tránsito, sirenas, luces, miles de personas dando vueltas, de la ciudad de Buenos Aires.

También recuerdo la caída de un galés, que se quebró las dos piernas al caer en un cañadón y la manera en que fue subido y luego en camilla llevándolo hasta la sala de auxilios, en fin su recuerdo debe distar mucho de la sensación de paz que a mi me provoca el Himalaya.

Estuve en el simulador de vuelos que había en la cima de una de las torres del World Trade Center, tan sólo dos semanas antes del ataque terrorista a las mismas. La experiencia del simulacro de vuelo sobre New York resultó una maravilla, de haberlo hecho el 11 de septiembre, no podría contar ninguna experiencia.

Esto me ha hecho pensar en la historia. ¿Qué es en verdad la historia? ¿es realmente la disciplina que basada en documentos se acerca a la verdad de lo sucedido, o la historia es el relato (la narración) de como nos ha afectado un hecho. Francis Bacon (1581 – 1626)ha clasificado a los prejuicios, les ha dado el nombre de errores o ídolos; así destaca a)los idola tribus, que son los comunes a la condición humana, a nuestra especie; b)los idola specus o de la caverna, que son los propios de los individuos y están íntimamente relacionados con los hábitos y costumbres; c)los idola fori, que son los propios del lenguaje, la feria, el mercado, hoy diríamos, la televisión, la prensa, las redes; y d)los idola theatri, que provienen de las imposturas de los sistemas y teorías filosóficas que se suceden en la historia como fábulas teatrales, es decir representaciones ficticias y más o menos fantásticas de la realidad.

En esto andaba mi pensamiento y cuando comenzaba con la lectura de “Una vida de Pierre Menard” de Michel Lafon, el “Prefacio” firmado por Maurice Legrand en Montpellier, el 24 de agosto de 1957 (cumpleaños de Borges) dice: “la aparición de “Ficciones” de Borges, de estos cuentos revolucionarios que no dejan de disfrazar las invenciones más insólitas en posible realidad, y que constituirán, según mi más íntima convicción, su aporte más original a la literatura de nuestro siglo” y entonces estoy tentado de suscribir aquello de que quien mejor maneje el relato, de aquel que sea el mejor narrador, estará escribiendo la historia oficial y tal vez si uno se saluda con el accidental compañero de asiento en el avión y él te da la mano y dice “Pierre Menard, mucho gusto, yo respondería, encantado Jorge Luis Borges”.

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