QUE MIEDO NOS DA LO NUEVO

El 15 de septiembre de 1830, el trayecto de 48 kilómetros entre Manchester y Liverpool no se hizo, en un coche tirado por excelentes caballos, que corrían a 15 kilómetros por hora, causando “escalofríos a los pasajeros”, como describe Thomas De Quincey (1785 – 1859), en “El Coche de Correo Inglés”, sino a 40 kilómetros por hora en algo que corría sobre rieles, que se llamaba ferrocarril y que aprendimos a llamar tren y que para mi, y me atrevo a decir que para muchos más es el medio de transporte más maravilloso que existe.

Para Charles Dickens (1812- 1870), el ferrocarril es “la muerte en marcha”. Para Gustave Flaubert (1821 -1880) el desplazamiento de un sitio a otro no beneficiaba el crecimiento intelectual o espiritual. Thomas Creevery (1768 – 1838), parlamentario inglés, aterrado por la novedad, después de un viaje de no más de 10 kilómetros afirmó que a cada instante pensaba en una muerte súbita.

El automóvil causó espanto en muchos que al verlo por primera vez, pensaron que el demonio movía un carruaje sin caballos. El avión fue un desafío a la casa de Dios. ¡Qué locura pensar que el mundo es redondo!, le decía Amparito a Doña Sol, en un poblado de España en 1510. Que Donald Trump tenga una esposa 25 años menor que él, lo hace un ganador, pero que Brigitte Trogneux sea 24 años mayor que Emmanuel Macron, ha generado insultos, cargadas,caricaturas y burlas. Hasta no hace tanto si a Juan lo veían besando a Bernardo lo mejor era cagarlos a trompadas para hacerlos machos y si persistían descubrirle una súbita vocación religiosa y meterlo a cura.

Sí, lo nuevo nos asusta, lo nuevo nos mueve el piso, nos descoloca, nos hace sentir amenazados. Lo diferente nos aterra. Creo que lo nuevo, tan sólo nos hace perder poder sobre lo que creíamos dominar. Estimo que todo este “rum rum” que hay sobre la IA, todo este pánico que uno escucha sobre que los robots nos dominarán y terminaremos siendo esclavos de nuestra creación, de aquí a 20 años nos hará reir, así como nos sorprende que brillantes mentes como las de los escritores que acabo de mencionar estuvieran tan asustados por un tren.

El miedo, ese instrumento del poder que tan bien han manejado los políticos de todos los tiempos y de todos los pueblos. Para eso hemos creado a los dioses protectores, a los pastores, a los guardianes y en esta latitud al eterno peronismo, que se prepara a volver, de la mano de Massa que como víbora ponsoñoza se desliza en silencio por los vericuetos de sus múltiples relaciones tejiendo la red del próximo eterno volver a empezar que encanta a las masas y a mi me aterra, como la buena educación, la moderación, la racionalidad y el acuerdo a Milei. A menos que todo haya sido un arreglo, entre ambos, por más que me tilden de creer en teorías conspirativas.

No voy a terminar con el clásico “no creo en brujas, pero que las hay, las hay.”

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *