Es el tren que más he usado en mi vida, aún sin saberlo, siendo un niño de meses me llevaban desde Lisandro de la Torre hasta Olivos a la casa de mis abuelos paternos. Durante el colegio secundario, La Lucila – San Isidro y luego en la época de la Facultad La Lucila Retiro, era el vínculo relacionado con el estudio y el deporte, el lugar del encuentro mañanero con compañeros de colegio y con desconocidos habituales; también el lugar de huída del guarda, cuando nos atraía viajar sin boleto y desde el segundo vagón hacia atrás, el espacio donde nos gustaba fumar; estaba prohibido hacerlo en el primero y el último: Los coches tenían primera clase con asientos de cuero y apoyabrazos de madera, los de segunda, bancos de madera, sin apoyabrazos, había un furgón por el medio del convoy y los abonos eran azules los de primera y verdes los de segunda. Muchos años después en Sri Lanka, viajé en los mismos trenes ingleses, que allí también tenían tercera clase, estimo que para los sin casta.
En India, la estación terminal en Calcuta, la Calcuta Howrah, que estaba destinada originalmente a ser embarcada en Plymouth con destino a India, debido a demoras en el trazado de los rieles fue enviada a Buenos Aires y es hoy la terminal de Retiro, con sus columnas de hierro con la firma Francis P. Morton, Liverpool, que se repiten como un sello de los tiempos tanto en India como aquí. La de Calcuta era la destinada a Buenos Aires, así que al menos para mi, cada vez que llego a Retiro imagino que camino por Calcuta y me sorprende no ver ningún rickshaw en la Avenida Ramos Mejía con un hindú enturbantado al manubrio, gritándome “Baba, Baba, very cheap two rupees Baba”.
El tren Retiro Tigre fue inaugurado el 7 de diciembre de 1862 con el nombre de Ferrocarril del Norte, perteneciente a una compañía de capitales británicos fundada en Londres en Octubre de ese año que respondía al nombre de Buenos Aires Northern Railway. La primitiva traza salía de Recoleta, en lo que hoy es Figueroa Alcorta y Pueyrredón con primera parada en Valentín Alsina; hoy estación Belgrano C y se extendía hasta Rivadavia, en lo que hoy es el límite de CABA. Al año siguiente, llega a San Isidro, se puede ver la placa en la estación, fue el 10 de noviembre de 1863, con previas paradas en Vicente López y Olivos. En 1864 se inauguran San Fernando y Carupá y en 1865 llega a Tigre completando los 27,9 kilómetros del recorrido. En 1871 se inaugura la estación Martínez y en 1873, Nuñez. En 1889 el ramal es comprado por la Central Argentine Railway Co. (Ferrocarril Central Argentino). En 1891 se inaugura la estación Victoria con ramal que llegaba a Pergamino, hoy reducido hasta Capilla del Señor en el Partido de Exaltación de la Cruz (se comprende por qué la católica Lilita Carrió vive en ese distrito). En 1915 se inaugura la estación terminal de Retiro con pompa, banda y autoridades nacionales. En 1916 se habilita la estación Golf, que desde 1936 se llama Lisandro de la Torre. En 1933 La Lucila, Acassuso y Beccar aparecen en el recorrido que queda completado con la inauguración el 15 de abril de 1938 de la estación Virreyes. En 1949 con todo el folklore Nacional y Popular, banderines, gritos de “combatiendo al Kapital” y el pago de una millonaria suma en libras esterlinas que hizo exclamar a los directores de la empresa en Londres “We did it”, cuando el contrato estaba a punto de expirar sin pago alguno; pero se sabe, el General necesitaba recaudar plata para el pueblo o ¿sería para pagar los vestidos y joyas de la primera dama? (¡Qué tipo mal pensado soy!).
En 1929 un adolescente de nombre Manuel Mujica Laínez (1910 – 1984) toma el tren en Retiro (estimo que en primera clase) hasta Tigre y escribe “Retiro – Tigre: apuntes de un viajero desocupado”). En 1976, Jorge Asís (1946), hace el recorrido inverso y cuando publica “Fe de Ratas” incorpora el cuento “Nuestro Tren”, Asís estimo que hubiera viajado en segunda, pero el mundo se había hecho un poco más democrático y los coches ya eran japoneses de clase única y todos los tapizados verdes, como hoy son chinos, también de clase única y quizás en poco tiempo sean conducidos por IA, dejando sin trabajo a los eternos gremialistas siempre ocupados en la defensa de los trabajadores. En 2010, Bernardo Beccar Varela (1974) publica la novela “Retiro – Tigre, El tren de la Conjura”, que parte de Beccar (localidad en donde viven escritor y narrador) hacia Retiro. Como ven nuestro ramal nos transporta y nos hace pensar. (Modestamente, también he hecho mi aporte al tema, pueden ver mis artículos en este blog “Retiro” del 4 de octubre de 2025 y “Avatares del Tren” del 13 de diciembre del mismo año y los artículos titulados “Viajar es indispensable, vivir no lo es” que tienen varios capítulos.
El relato de Mujica Laínez, sólo nombra a Retiro en el título, aunque hace una referencia a que “al salir de Buenos Aires, los horribles avisos, parecen estampillas enormes pegadas en el centro de una barrosa tarjeta postal”. Tres observaciones hace el adolescente: una sobre el “penetrante olor a naftalina que hay en los vagones al comenzar el invierno”, dos; hace referencia al primer coche “Prohibido Fumar, se celebra concurso de pieles apolilladas”, “en el segundo (Para Fumar), concurso de cigarrillos malos” y tres, se pregunta “¿Por qué será que los extranjeros se creen con el derecho de hablar mal de nosotros, impunemente, en su lengua nativa?” (Notable popurrí de cierto asquete pobretón y nacionalismo). La estación Golf “con su hipódromo de juguete y sus pulcros tennis – courts” le parece de una ciudad de cartón y cinematógrafo. Observa que “suben cinco chicas con olor a campo, todas rubias, con raquetas verdes, todas iguales con sonrisas de aviso de un dentífrico, iguales las ideas que bullen dentro de sus cabecitas”. Belgrano le recuerda una brumosa estación de los suburbios de Londres, “con sus ruidosos school boys, su institutriz agria y resfriada y un gran señor campesino, seguido por su perro de caza”. A Nuñez no le da ni cinco de pelota y llega veloz a Rivadavia, observando que su vecino de asiento “joven dependiente de tienda que blanquea sus uñas con ayuda de un palito de dientes” ve también dos manos blancas que “se han dormido sobre un abierto figurín de Vanity Fair”. Vicente López le parece una burda imitación del Parque Japonés, y nos cuenta que cerca de la estación se ven “cottages estrafalarios”, Olivos es obviado, La Lucila aún no existe como estación, todavía es la Quinta Los Olivos de Lucila Marcelina Anchorena de Urquiza, en Martínez un potencial abusador de menores desaparece ante un “muchachón fuerte y coloradote” que se pone a charlar con una chica de 14 años, posible víctima del abusador potencial. Acassuso tampoco existe y San Isidro con “sus chalets normandos y casitas españolas ” y su iglesia con aguja que parece gorro de bruja tampoco parece agradarle demasiado, al fín llega a “¡El Tigre!” obviando todas las intermedias recordando que Beccar y Virreyes aun no están. Yo que amo la zona donde he vivido toda mi vida en La Lucila y San Isidro (salvo mis cuatro años en Europa y Asia), no quedé muy entusiasmado con su periplo ferroviario, si bien soy consciente que tampoco me agradan mis escritos de los 19 años de edad.
“Nuestro Tren” de Jorge Asís, escrito por un adulto de 30 años en primera persona cuyo narrador, que dice vivir en Tigre lo que lo pone muy contento ya que siempre va sentado y acompañado por los “nuestros” que son el pueblo laburante de Carupá, San Fernando y Virreyes que suben con bolsos de trabajo con logos de Air France y Alitalia, zapatos embarrados de nuestro color (me imagino que el narrador ha de haber oscurecido la blanca piel del turco escritor, que siempre mal imita un lenguaje engolado, no propio de “nosotros”, que para mí, según él, serían “ellos”) En Victoria hay trasbordo de (nuevamente) individuos como “nosotros” que vienen de Garín o Maquinista Savio; después de Victoria ya “hay de los nuestros que tienen que viajar parados”, Beccar es la siguiente a la que llama “estación al cohete, indefinida o traicionera, ya que es una estación que no es de ellos ni nuestra. Es muy poco de todos, más bien de ellos, algo menos de nosotros que pactan con ellos” En San Isidro donde vivo desde hace 45 años empieza a subir “gente blanca” (es decir ellos, donde estoy yo) y los nuestros mezclados con ellos,”ya todos de pie, aunque ellos con anteojos grandes de colores y mujeres con carteritas tipo libro, hombres con portafolios y chalecos”. Observa que en lo que resta del trayecto, ya no quedan asientos libres y ellos “leen La Nación, no Crónica, como nosotros”. Luego viene Acassuso, La Lucila. Martínez lo intriga, los pasajeros suben con “La Opinión” y agrega (como para que nos quede claro) que “el verdadero pic nic sigue en Olivos, Vicente López donde suben blancos cogotudos con portafolios, anteojos, jeans y viajan parados, nosotros, en cambio sentados, nos miran, los miramos y como nosotros nos bajamos en Retiro, ellos llegarán parados, nos miramos nos reimos” Bueno creo que al personaje le faltó hacer el Fuck you blanquitos de la oligarquía vacuna. Muy panfletario, muy peroncho viejo. Años después Eduardo Fidanza escribió un artículo aparecido en La Nación el 13 de noviembre de 2016 titulado “Los cabecitas blancas de Trump”, parangonando los “nosotros” del norte y los de aquí.
El trabajo de Beccar Varela es del 2010, novela donde tres personajes, un abogado, casado con dos hijos pequeños; el Tuerto, un lumpen y Guido se confabulan para matar a los boleteros corruptos de la estación Beccar, donde residen. La novela tiene lo suyo,bien vale leerla, pero me interesan sus opiniones sobre las estaciones, ya que el autor es un habitante de la zona (“Beccar, mi estación”, nos dice), Mujica Laínez y Asís no han vivido aquí. “Yo creo que la más linda, sacando Retiro y Tigre que son terminales, es La Lucila, tiene un aire especial” ese aire es para él “de amores viejos y tardes apacibles”, para mi de niñez y adolescencia, juegos y amigos. De Carupá, San Fernando y Virreyes afirma que “no están bien mantenidas, no tienen construcciones agradables, ni tampoco una flora que llame la atención”, Victoria en cambio le gusta por su casona antigua y bien conservada, Beccar “mi estación” brilla por las estupendas casuarinas de la calle Rivadavia. San Isidro, donde vivo, con lo cual es “mi estación” no lo entusiasma aunque reconoce “que su frente a la calle Rivadavia lucía remozado y prolijo”. Debo elogiar la modestia de Beccar Varela, pero el frente del que habla da a la calle Cosme Beccar, Rivadavia es la paralela a la misma para el lado del río, doy plena fe de ello ya que vivo en el número 53 de esa arteria. Acassuso le gusta por las tipas de Eduardo Costa; Martínez está entre la preferidas, vuelve a mencionar con elogios a La Lucila. Olivos y Vicente López “no sobresalen”. Rivadavia, Nuñez y Belgrano carecen de toda virtud, aunque rescata las barrancas de ésta última. Lisandro de la Torre de largo nombre pero minimalista.
Es curioso ni Asís, ni Beccar Varela hacen referencia a la Villa 31, hoy Barrio Padre Mujica. El otro Mujica, sin sotana pero con Laínez, es lógico que no dijese nada, ya que en 1929, el peronismo se estaba incubando. Cuando yo estudiaba Derecho en la misma Facultad que Beccar Varela, mientras esperaba rendir examen en “capilla” miraba la incipiente villa que en los 70 contaba con unos 5000 habitantes, hoy tiene 50.000. No quise ser abogado, me gradué en Filosofía, pero sigo viajando en tren: el Retiro La Quiaca con conexión Villazón – La Paz, el Trochita de Ingeniero Jacobacci a Esquel, el Tren de las nubes en Salta, el zigzageante Cusco – Machu Picchu, el Siligury -Darjeeling en Happy Valley, India; el Orient Express, Zurich – Estambul; el Curitiba – Paranaguá, el Viarail Vancouver- Toronto , entre otros son trenes que disfruté y en el futuro proyecto el Transiberiano, que la pandemia del 2020 y la guerra Rusia Ucrania lo postergaron sine die, por el momento San Isidro -Tigre tiene el maravilloso traqueteo de la memoria.

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