FRESCOBALDI

Como todas las mañanas pasadas las 6 salgo a hacer el recorrido en bicicleta bordeando el Río de la Plata desde casa hasta Olivos y regreso. Veo la salida del sol que aparece desde el Uruguay antes de nacionalizarse argentino a la altura de la calle Paraná donde se concentra la mayor cantidad de pescadores, con alguno de los cuales cambiamos saludos. Hoy uno de ellos frotándose las manos me dijo “frescobaldi amigo”. Cada vez que digo o me dicen “frescobaldi”, me voy mentalmente a Palermo, Sicilia a comienzos del invierno 1981, 12 del mediodía, gris y fresco. Tengo un viaje en bus de varios kilómetros: Palermo, Messina, Catania, Siracusa y Noto, son 428 kilómetros, voy a visitar a una amiga inglesa, que es cocinera con la que luego recorreremos todas esas ciudades comiendo y bebiendo. Vengo de Roma con el recuerdo muy fresco de la Fontana dei quattro Fiumi (de los cuatro ríos) en Piazza Navona que homenajea al Nilo, al Ganges, al Danubio y al Río de la Plata, del genial Lorenzo Bernini en 1651 y del Campo di Fiori donde uno de mis ídolos, Giordano Bruno (1548 – 1600) fuera quemado vivo por la Santa (¿?) Inquisición. Luego visité Nápoles donde Bruno había nacido.

Como digo son las 12 del mediodía, tengo hambre, pero no tanto como para almorzar, pero como sé que me esperan casi 4 horas de viaje y sé que llegaré muerto de hambre ¿qué hacer?. Paso frente a pequeña verdulería, me atraen dos cajones con etiquetas de “Moño Azul”, manzanas de Río Negro. Entro, no hablo italiano pero nos entendemos, saludo, pido medio kilo de esas manzanas redondas, rojas, lustrosas, tentadoras. Las pesa y me dice “duemilacinquecento lire”. ¿Cómo? El kilo quattro mile y el medio 2500, “miracolo amici”, le digo. Me sonríe y vuelve a pesarlas “E’Vero, il signore inglese”, no argentino. “Mamma un argentino, la mia mamma conoce”, me pregunta a qué me dedico, le contesta que a la filosofía y a viajar y me felicita por haber amalgamado los valores espirituales y la viveza comercial y me invita a pasar a la trastienda y le grita con entusiasmo a su madre “Mamma, pastasciutta para un argentino”. Una gorda rosagante Mamma me sirve un plato de pasta casera al pomodoro, me dan abrazos y me regala las manzanas. Fue en ese momento que digo “Oggi, frescobaldi” y la buena señora me dice ¿Conoce a Girolamo?, que me transporto a una clase de música en el colegio secundario donde escuché ese nombre por primera vez y me contó que era un músico barroco (1583 – 1643) organista en San Pedro en Roma y luego en la corte de los Medici en Florencia. Dormí en parte del viaje, me sentía muy feliz y con la conciencia que todo había sido una situación muy argentina: avivada, simpatía, afecto, trampitas, la mamma, la pasta; en fin eso me recuerda siempre “frescobaldi”.

Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *