“AL FILO DE LA NAVAJA”
Cada vez que me afeito,- y esto acontece una vez por semana-, tampoco tengo mucho pelo en el resto del cuerpo; es a mi padre a quien veo. Son sus gestos. Escucho su voz:”Cuando seas un hombre te vas a afeitar así; vas a trabajar duro, te acostarás con todas las pendejas que anden por ahí, vas a tomar whisky como lo hago yo, tendrás un hijo que cuidará de su mamá, mientras vos te vas de joda como yo ahora”.
Luego, sin despedirse, salía.
Yo dormía con mamá; le acariciaba los moretones que tenía en los brazos y en la cara.
Una noche, recuerdo que llovía, las gotas golpeaban contra los vidrios con sonido de tambor, lo oí gritar: “Puta, puta, mil veces puta”. Supe, por la manera como golpeó la puerta de calle que no lo vería más.
Acabo de afeitarme, hice el nudo de mi corbata negra, cepillé las solapas del traje oscuro. Mi padre va a ser enterrado en el cementerio local, me lo comunicó una vecina, vino a avisarme hoy temprano. No voy a despertar a Tomás, mejor dejarlo dormir, si lo despierto probablemente quiera golpearme, no quiero que se enoje y arruinar así la noche que tuvimos, ha sido toda una semana sin violencia, aunque hay veces que la necesito, para sentir que estoy vivo.
“MARA”
La empleada de la farmacia; una mujer amable; un poco excedida de peso, un tanto dejada, en su arreglo personal, de abundante pelo crespo; estaba esta tarde de mal humor. Por mi laringitis necesité aspirinas y caramelos antibióticos. La mujer me alcanzó las aspirinas, caramelos no quedaban.
-Sí hay, se oyó la voz imperativa del gerente, que le señaló unas cajas de plástico color azul apiladas en una esquina del local,- acaban de llegar.
Estuve a punto de decirle que buscara en la última, en la que tocaba el suelo, pero eso hubiese bastado para que Murphy los hubiera destinado a la caja que más a mano tenía. Callé.
Con creciente y no disimulada irritación, la empleada abrió y revolvió cada una de las cajas azules hasta sacar los caramelos de la última. Nos miramos.
-En la India aprendí; le dije; que la avispa siempre le pica al chico que está llorando. Sus ojos me dejaron ver una tristeza a punto del llanto. Al entregarme las aspirinas y los caramelos detuve mi mano sobre la de ella, un instante más de lo habitual en este tipo de transacciones. Se dio cuenta.
En el trayecto a casa los adoquines se hicieron arena caliente de Goa, los plátanos fueron anónimos árboles tropicales.
Desde mi escritorio las palmeras del jardín del vecino se curvaban hacia el Índico, las cotorras se hicieron monos, y a mi lado Mara me besaba, me abrazaba y uno de los cocos vaciados con que los chirriantes monos jugaban, cayó sobre mi pierna lastimada. Mara dijo lo de las avispas y me ayudó a caminar hacia la cabaña. El calor era insoportable. Ella preparó un té helado y nos amamos y nos metimos bajo la ducha y volvimos a amarnos. Mara, tan presente entonces. Inseparable. Necesaria.
Me dejé invadir por una tristeza lejana. Descansé un par de horas: España y las clases de Historia; tapas, vino rojo, el primere hotel. Y si hubiera muerto. Habíamos terminado mal. La vez que me buscó en Londres, partí para Francia, creo que con el orgulloso propósito de no verla. En el Canal de la Mancha vi ponerse el sol. Llueve en Boulogne sur Mer, tengo laringitis. Un cognac, un té, la casona en la que murió San Martín, cierto regusto amargo a estar huyendo, a no poder volver, a querer regresar pero tener que estar allá, lejano, dolido, en el medio de la nada, en una suerte de puente colgante entre Goa, Londres, Madrid, Avignon, Boulogne y eran cocos y monos y clases de Historia y Mara. Y si ahora ese cuerpo lleno de vida y de sexo, hoy no fuera más que polvo y las arenas calientes de Goa ya eran (ya son) los adoquines de la calle por la que camino, chupando otro caramelo antibiótico hacia la estación y en ella el kiosco de revistas y en la semipenumbra de un banco alejado de la techumbre, la empleada de la farmacia fuma y se seca las lágrimas. El ímpetu del tren que se detiene e ilumina el andén y por distintas puertas subimos al mismo coche que arranca y nos miramos y a las pocas estaciones ella se levanta y camina hacia la puerta cercana a mí y es Mara que ahora baja y el tren arranca y deja el andén y ella se queda mirando el farol rojo del último coche que se aleja llevándome lejos.

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