LO QUE ESTÁ PASANDO MIENTRAS PASA LA GENTE

Me detengo ante la luz roja del semáforo. El rojo es indicador de peligro: el banderín en la playa, las serpientes venenosas, los matafuegos, las luces intermitentes en los cruces ferroviarios, el paño rojo del torero que se llama “muleta”. En fin la sangre.

La luz roja es indicadora para los conductores: “Si usted continúa puede poner en peligro la vida de un transeúnte” o “Señor conductor le estamos avisando que cualquiera de esos peatones puede ser un loco asesino y en un momento puede sacar un arma y dispararle”. Este semáforo tiene una duración explícita de 72 segundos; es lento y da para pensar. Cruzan viejos, jóvenes, de ambos sexos, chicos de colegio privado, señora con bastón y cojeando, gordito corriendo, señor pelado y panzón, matrimonio, abuela de 80, hija de 60, nieta de 30 charlando, más escolares, estos de escuela pública primaria, un hombre disfrazado de payaso, chica con casco y bicicleta, un chico “Rapi”. AMARILLO, suena en la radio “No More I Love You’s”, canta Annie Lennox, que tanto cantábamos, enamorados, rumbo a Rye, rumbo a Cornwall, rumbo a Oxford con Pam Steel; pongo primera, “somos mucha gente”, pero no es sólo esta cantidad que cruza esta calle o cualquier otra de la ciudad, es todo lo que sucede, la cantidad de acontecimientos: los hechos, VERDE, los juegos, los trabajos, los estudios, las familias, la Navidad, las vacaciones, las universidades, lo leído, la memoria. Lo que sucede visible, audible y palpable y los mundos invisibles que también cruzan la calle.

Llego a destino y descargo las cajas que fui a buscar, guardo el auto en la cochera y me encuentro con gente y charlo con uno y saludo con la mano a otro y entro en casa y me pongo a leer a Samanta Schweblin que me gusta mucho y que acaba de ganar 1.000.000 de Euros, ¡Bastante!, por su libro de cuentos “El Buen Mal” y me encantó uno de ellos “El Ojo en la Garganta” y mientras lo leo me acuerdo de aquella perdida estación de YPF ACA en Confluencia, en la Patagonia, los seis que viajábamos y que acurrucados esa fría noche a la espera de algún vehículo que nos llevara hasta Bariloche ya que íbamos a una casa en el Lago Moreno chico, detrás del Llao – Llao.

“El silencio que lo llama cada noche se le queda pegado a lo largo del día, y no puede dejar de pensar en Morris. En él y en las tres islas de surtidores de la estación de servicio de General Acha, las mangueras colgadas de los soportes, las luces nocturnas de esa YPF de la interminable ruta pampeana”. A medida que transcurre el relato, en un momento se mencionan unos carteles que señalan frente a hierros y chapas retorcidos “El apellido de las familias que los conducían, figura abajo, en blanco sobre una chapa azul, con el número de víctimas fatales en rojo y una advertencia: NO SE QUEDE DORMIDO”. Todo fluye en el cuento y van pasando los años; pasan 15 y luego otros 20 y otros 17 después y acontece la vida y vuelvo a pensar en la cantidad de gente que cruza las calles y en todos los pensamientos que van cruzando junto a ellos. Y de pronto me imagino que un señor que cruza en un sentido y una señora en sentido contrario, y en ese cruce los pensamientos de él se van a la cabeza de ella y viceversa y cuando cada uno llega a sus respectivas casas, la esposa que lo recibe, piensa que tal vez su querido marido se está poniendo viejo y tal vez esté por contraer Alzheimer porque está dele hablar del gato enfermo que dejó en la veterinaria y lo cierto es que nunca en su vida tuvieron gatos porque él es alérgico a todo pelo felino y en la otra casa, el marido piensa que su mujer algo raro ha fumado ya que protesta porque Tito, el mecánico, no le colocó los amortiguadores y el auto no va a estar listo para ir el sábado a la quinta en Pilar, cuando ya hizo casi dos años que lo vendieron para economizar gastos.

Mientras mi cabeza va remixando estas experiencias, me acuerdo de una serie que vi hace mucho “A Murder at the End of the World”, dirigida por Brit Marling que comienza con esa maravillosa escena en New York lloviendo y una persona con buzo rojo con capucha y auriculares escuchando “This is the End” por Jim Morrison. El personaje encapuchado entra en un local donde en letras de neón se lee BOOKS, abre la puerta, es una acogedora librería, se quita los auriculares, nos quedamos sin música y resulta que al descubrirse es la bella Emma Corrin en el papel de Darby Hart, que llega a presentar su libro “The Silver Doe”sobre crímenes seriales que va a dar origen a un thriller estupendo que continuará en el fin del mundo que no es Ushuaia sino una región aislada de la aislada Islandia.

El cuento que tanto me gustó termina así:”No te preocupes papá, hemos sido felices, al principio, es suficiente. Todo va a estar bien papá. Y como no me contesta, como nunca me ha contestado, yo meto el dedo por ese agujero que es como un ojo, y lo toco por dentro. Toco por dentro a mi padre, y lo dejo ir” Y aquí, acaba de empezar a llover como llueve en New York y en Islandia y sobre el escritorio caen gotas rojas y me doy cuenta que estoy llorando sangre.

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