Cuando tenía 16 años tuve la audacia de comenzar a leer a Borges y ahí estaba esperando el tren en la estación La Lucila para ir a la casa de un amigo en Vicente López. Andaba leyendo con mucha concentración “El Tiempo Circular”, en el volúmen de Emecé de tapa blanda y gris bajo el título de “Historia de la Eternidad” en letras rojas; aun faltaban nueve años para que saliera el volumen gordo de tapa dura y verde con las apresuradas “Obras Completas”, ya que Borges siguió escribiendo.
Entendía poco o casi nada pero había algo; más allá de mi vanidad por hacerme el “cool”; que me hacía seguir leyendo. Subí al tren y me senté en un asiento de los de cuatro, sin prestar atención a la persona que ya estaba ocupando un lugar contra la ventanilla. Yo seguía concentrado en mi lectura, al rato levanto la vista, cuando el tren frenaba en Olivos y frente a mi, unas manos pequeñas apoyadas en la curvatura de un grueso bastón. Sí, era él: Borges. Obviamente no me veía, lo cual me liberó de mi vergüenza, del atrevimiento de estar leyéndolo sin comprender demasiado. Fue el primer escritor que veía y el hecho de estar con él me gustó mucho; era como que yo sentí que Borges aprobaba que un adolescente vanidoso, es decir ignorante, lo estuviera leyendo. Imaginé que vendría de la casa de Victoria Ocampo en San Isidro y yo venía de la casa de Patricio Ocampo, un compañero de colegio.
Pasaron los años, asistí a varias de sus clases de literatura (yo estudiaba filosofía) y un poco después a todas sus charlas en el Teatro Coliseo en 1977, que fueron luego publicadas en 1980 bajo el título de “Siete Noches”. Me fui a Europa cuatro años. A mi regreso asistí al taller de Esther de Eizaguirre donde Borges hablaba de poesía anglosajona. Nunca he dejado de leerlo. Tuve que comprar otro Emecé Verde y gordo (de esos que le hacían decir a Mujica Laínez “che Borges ese libro tuyo que la gente usa para poner lámparas o ceniceros”),ya que al mío que había comprado en la calle Corrientes por 30.000 pesos apenas salió en 1974, y que anduvo conmigo en Europa y al que llené de subrayados, dibujos, preguntas y notas y al que mis estudiantes conocen como al “descabalado” parafraseando aquello de su cuento “El Sur”: “Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una Noches de Weil”.
Cada vez que en Londres y luego en el sur de Francia, me preguntaban por Buenos Aires, los gauchos, el tango o algún hecho de nuestro país, solía recurrir a Borges y todos parecián comprender. No hay escritor argentino que nos haya representado mejor en el mundo. Es un producto orgullosamente “Nacional”; y por más que les pese a los ciudadanos peronistas “Popular”: El barrio de Palermo en 1900, sus caminatas hasta el barrio sur, su lectura de nuestra historia, el compadrito, sus duelos, el tango, las milongas, Carriego honran a nuestro pueblo, lo dignifican y lo llenan de orgullo como jamás hizo ni hará ningún dirigente sindical. Su centralidad en la cultura anglo norteamericana y francesa lo convierten en uno de los productos de exportación que deberían enorgullecernos: Michel Foucault comienza “Las Palabras y las Cosas” con una carcajada cuyo estertor hace balancear al obelisco y Michel Lafon (1954) publica en 2008 su novela “Una vida de Pierre Menard” que inventó Borges de la misma manera que Dios inventó el universo. Tampoco yo sé si escribo estas palabras o soy tan sólo el sueño soñado por Dios que luego cobra realidad tal cual como Pierre Menard que ha engendrado el libro de Lafon que hoy comienzo a leer en traducción de César Aira (otro orgullo) y que comienza así: “Jorge Luis Borges, mató a Pierre Menard al tiempo que le daba vida……………………………………………………………………………………………….”

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