QUEEN ELIZABETH II

Hace 4 años, el 8 de septiembre de 2022, moría en Balmoral, Escocia un símbolo del Reino Unido de la Gran Bretaña. Cuando un símbolo muere, desaparece toda una época, que en este caso también es todo un estilo, una manera de expresarse, una forma de representar a una nación, y también una manera de vestirse: sobría elegancia, espléndidas joyas, cartera Launer London, guantes, sombreros a tono con el tapado y en los últimos años zapatos de abuelita un tanto gastados, que le daban esa mansedumbre de las ancianas venerables; falleció a los 96 años.

No voy a hablar de lo que ese símbolo representó para los británicos, no es a mi a quien le corresponde hacerlo; corresponde a su pueblo. Pero sí puedo decir, lo que a distancia representó para mí. En el colegio primario, doble turno, exigente educación en español durante la mañana, inglés intensivo durante la tarde “language”, “history,” “geography,” “arithmetic”, “gym” and “music”. Varias veces nos llevaron al teatro Avenida en la calle Corrientes donde se le hacía un homenaje para su cumpleaños el 21 de abril, el primero al que fui, ella festejaba su 30 aniversario, que a mis 8 me parecía una “enormidad”, en la pantalla del teatro una diapositiva y la reina de uniforme colorado montando un caballo oscuro. A esa edad, como muchos otros chicos, yo coleccionaba estampillas, veía la imagen de la reina en colores y valores diferentes, y también la veía en pequeños óvalos de estampillas de colonias en África, Asia y Oceanía, primera conciencia del Imperio Británico, asociación con Invasiones Inglesas, ferrocarriles en nuestro país, Islas Malvinas, Harrods, football, rugby, hockey, polo, basquet, Baring Brothers, Rivadavia, Pacto Roca Runciman, Shorthorn, Hereford, Aberdeen Angus, Corridale, Lincoln, Hampshire Down y un largo etcétera entre la estancia argentina y el mercado de Smithfield. Paralelamente a esa simpatía por lo británico asociado a las maestras excelentes que me enseñaron a hablar el idioma, es decir a sentir el mundo de una particular manera, que me dieron las primeras nociones de la literatura inglesa en donde en lugar central estaba Shakespeare, pero también Wordsworth, Oscar Wilde, las Bronte, George Eliot que me inquietó que fuera Mary Ann Evans, Virginia Woolf , Katherine Mansfield y mucho después James Joyce , que me deslumbró, y Thomas Hobbes y John Locke y Adam Smith, y los Beattles y los Rolling, y Londres y la reina acababa de cumplir 52 años cuando aterricé por primera vez en Heathrow, y las libras y los peniques con su imagen y en la India y en Ceylon, donde también había ferrocarriles idénticos a los que recorrían la pampa argentina y otra vez el Imperio. Y los escándalos familiares, y las historias de alcoba y la política mundial y en 1982 la Guerra de Malvinas y en 1999 otra visita a Londres y la reina ya tenía 73 y ahí seguía cumpliendo sus funciones y en 2017 visité las Malvinas, que para mi son Falkinas y en 2019 otra visita a Londres y a Edimburgo y Elizabeth II ya una venerable anciana de 93, seguía participando del juego de representación, golpeada por el peso de los años y los escándalos sexuales de su hijo preferido, luego la muerte de su marido y el ocaso final a los 96 años cuya despedida presencié en una pantalla a mis 74 años y su imagen de uniforme colorado y montada a caballo de mis 8 años se presentó como una extensa película de esta representación cuyo telón caía para ella en Balmoral, y caerá inexorablemente sobre mí y sobre mi mundo porque las cosas son así y ya lo saben ustedes a mi los finales de cualquier cosa siempre me rompen soberana y egregiamente las pelotas, amén.

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