Tradicionalmente en una casa en los suburbios de la ciudad de Buenos Aires; tanto en el norte, el sur y el oeste; las ventanas eran como un agujero de una cerradura donde se podia espiar el exterior. Cada agujero (ventana) tenía además cortinas de voile y otras de tela más gruesa y oscura, terciopelo o jacquard. También había persianas. Las casas de ladrillo, techo de tejas españolas, francesas o de pizarras rojas o negras en distintos estilos parecían querer decir, que existía una privacidad familiar; como protegida del “infierno” exterior. Obviamente esto no era siempre así; también había “infiernos” caseros, pero reservados al secreto familiar: los trapos sucios se quedaban dentro de la casa. Los escándalos sucedían en parejas de la farándula o personajes excesivamente ricos, conocidos por el gran público sólo por aparecer en revistas o diarios. O pasaban en Hollywood o París.
La arquitectura actual de un contundente cemento y enormes ventanales, es casi una invitación a mirar adentro. Hoy el escándalo es un recurso para hacerse notar, casi un regodeo deseado, un hito en la escalera a la fama.
Se entiende que un bucólico espacio natural, digamos los lagos patagónicos, el mar, el estuario del río de la Plata, la Cordillera, un bosque quieran ser integrados a lo mullido de un sofá, a la biblioteca donde se estudia ya fuera como descanso visual o como un elemento de inspiración poético o como despertador natural permitiendo que el sol inunde la alcoba o la luna y las estrellas iluminen la escena. Digamos esos ventanales invitan a la naturaleza a participar. En pleno barrio suburbano o barrio cerrado en lote no costero de lago natural o creado, donde se ve la calle y poco más no parece ser más que una moda. Me pregunto si esta mostración, no es una imitación del efecto TV (te veo, mirame, te miro). Hay un efecto pantalla o pecera donde uno ve,donde somos espectadores permanentes de todo lo que sucede. Pantallas donde somos dibujitos animados. Pantallas de televisión cada vez más grandes, construyendo nuestra realidad,pantallas de la computadora, el celular, pantallas en el respaldo del asiento del avión, en el auto, GPS, Skype, Zoom, Meet. Todos fuimos a la boda del príncipe, todos al entierro del Papa, a la coronación del Rey, caminamos en la tormenta en la Antártida, buceamos en las oscuras profundidades de Mindanao, casi resbalamos en la ladera del Everest. Todo es un “como si” estuviéramos ahí.
Un escritor da una charla, pero en la misma sala donde expone, los asistentes son espectadores de la pantalla gigante: vemos en ellas las arrugas, las gotitas de saliva que expele cada vez que pronuncia la erre. Los asistentes al reciente Mundial de Futbol, vieron más por las pantallas que lo que sucedía en el campo de juego. Es más real lo proyectado que lo palpable, el fantasma que el ser de carne y hueso. En la pantalla la calle por la que caminamos es más real, que nuestro caminar por la calle; en ella ya no vemos, vemos la pantalla. Estamos constituidos “como si”. La foto que sacamos es un click en la pantalla, no el enfoque con la cámara. Rey , Papa, Presidente, todos somos iguales. La verdad nada nuevo, el poder siempre ha sido manejar apariencias, hoy nos dieron el poder a todos, lo tenemos en la pantalla, en el “como si”, la realidad siempre transcurre en otra parte y se nos escapa por eso esta sensación de vacío que nos colma siempre ha necesitado de algo más: antes de dioses ahora de una selfie.

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