COME EL REY, COME EL PAPA DE COMER NADIE SE ESCAPA

Desde el primer momento me encantó este decir español que creo haber escuchado o tal vez leído en el Mesón de Cándido, pegado al acueducto romano de Segovia. También es válido “Caga el Rey, Caga el Papa de Cagar nadie se escapa” y “Coge el Rey, de Coger nadie se escapa salvo el Papa” (estimo que se abstiene) y por último “Muere el Rey, muere el Papa, de Morir nadie se escapa”.

Hay un libro excelente de ese gran escritor y periodista que fue Álvaro Cunqueiro (1911 – 1981) por cuyas venas corren todas las rías gallegas y “la cólera natural del español que exige la libertad de palabra”, como dijo Gracián. El libro al que me refiero es “La Cocina Cristiana de Occidente” al que suelo consultar cada vez que escribo una nota o doy una charla sobre cocina en monasterios, conventos o abadías, ya que Cunqueiro tiene un humor, una gracia y una manera de hacer malabares entre la imaginación y la realidad inigualable como lo demuestra en sus “Viajes Imaginarios y Reales”, “Fábulas y Leyendas de la Mar”, “Los Otros Caminos” y como prueba baste la introducción: dice en la “Cocina Cristiana…” “Aquí van sin orden ni concierto mis saberes del arte culinario, y de vinos y también mis invenciones, el gozo de imaginar a un duque de Berry en una galería comiendo una liebre que nunca comió”; me encanta ese desparpajo, es la diferencia entre un mero cronista y un artista, entre un turista y un viajador.

“Todo lo coquinario y vinícola llega un momento en que tiene un aire sacro” y requiere “El silencio a la hora del almuerzo”, que es uno de los placeres de comer con uno mismo, durante los viajes (aclaro que me encanta comer con amigos) pero esa cena a la caída de la tarde en Islandia tan sólo con los langostinos el cordero el Cabernet Franc y la vela, o aquella otra a orillas del Titicaca con la llama de la vela reflejada en la ventana que a su vez reflejaba la ingesta de otra llama o esa inolvidable en el Burj Al Arab frente a la pecera donde el tiburón gambeteaba, satisfecho a sus indiferentes presas , esas cenas son sagradas. Concluye Cunqueiro la introducción citando a un amigo que le dice “Sin vino no hay cocina, pero sin cocina no hay salvación, ni en este mundo ni en el otro”.

Una nota interesante de Cunqueiro que me dejó intrigado. Se refiere al Chimichurri, con el que a muchos les gusta saborizar las carnes, a mi me basta con dos vueltas de molino de pimienta negra, sin embargo el nombre me encanta y conozco la anécdota repetida hasta el cansancio sobre el escocés que visitando la Estancia San Martín en Cañuelas de Juan Manuel de Rosas con el objetivo de comprar reses, se queda casi un mes en el campo y un tanto cansado de comer todos los días carne y para variar carne, pide a los paisanos que le traigan laurel, vinagre, aceite, pimentón, ajo y lo que encontrasen, mezcla todo para saborizar su diaria ingesta y como el escocés se llamaba James Curry es decir le decían Jimmy, cada vez que a un peón le preguntaban qué es eso que le agregan al asado; con cierto pudor por no decir vergüenza respondían, “es una salsa de este hombre Chimi Curry que devino chimichurri, simpático pero nunca probado. Lo que dice Cunqueiro es lo siguiente “La cocina de los Hohenstauffen (la dinastía germánica que gobernó el Sacro Imperio Romano Germánico entre 1138 y 1254) es la cocina normanda de Sicilia…y alegraban sus graves asados con la vinagreta de laurel, esa invención de Palermo que aún hoy usa la gauchada en la pampa argentina para rociar el churrasco”, y me interesó porque, gran viajador, me fascina que nuestro chimichurri tan plebeyo y de alpargata tenga su cuna en la corte que un día lideró Federico I Barbarroja.

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