Así como no hay ser humano sin ombligo, hoy no lo hay sin celular. Vi el primero en 1987, era una valija pesada, hoy diría que ridícula y con un teléfono similar a los fijos. Era un Ford T comparado con una Ferrari actual. A partir de la década del 90 su uso se incrementó, compré mi primer celular en 1998. Sin lugar a dudas en el siglo XXI el “celu” es parte constitutiva del ser humano, así como el alma reinó en el individuo en la Edad Media, el espíritu de descubrimiento e invención durante el Renacimiento, la razón durante el XVIII, la libertad, igualdad y fraternidad en el XIX, el automóvil y el consumo en el XX. Me resulta difícil, pensar en alguien sin celular; estimo sin embargo que debe haber: la originalidad siempre ha sido un bien de pocos.
Identidad, direcciones físicas y virtuales, fotos, citas, conversaciones, cuentas bancarias, reuniones, privacidad, secretos, mensajes, chats, whatsapp, instagram, tik tok, e-commerce y el supuesto “prestigio” que da tener el de última generación y más alto precio, están ahí en esa pantalla y esos sonidos imperativos que interrumpen cualquier cosa que estemos haciendo, incluyendo hablando por el celu.
Cada vez que pienso que mis primeros 50 años fueron sin celular, me sorprendo. Medio siglo sin el invasivo sonido. Hoy es ¿imprescindible? Hace unos meses iba en mi bicicleta y una mujer, estimo, de no más de 40 años, se cae de la suya. Me bajo de la mía, para ayudarla, ya que sangraba de la frente y de un dedo: no le escuché un gemido de dolor, tampoco un “gracias” tan sólo dijo “¡El celular!”, creo que lo repitió tres veces. En fin. También me sucedió algo similar el verano pasado, cuando fui a comer con un amigo. Me pasó a buscar, fuimos en su coche. Yo vestía unas bermudas, de esas con bolsillos con solapa y con bolsillos para meter las manos; por seguridad siempre va el “celu” en el bolsillo solapado. Al regresar, guardé el teléfono en el bolsillo lateral (el de las manos) y se deslizó al asiento, sin haberlo yo notado. Nos despedimos, entro en casa, busco el aparato, no estaba, sabía que no lo había dejado en el restaurante. ¿A dónde llamo a mi amigo? No sé su teléfono de memoria ya que con una leve presion de un símbolo es suficiente, mi amigo no tiene teléfono fijo. Recurrí a mi hermana que sí lo tenía, se solucionó.
El espanto de la dependencia; la adicción incondicional y lo que más me avergüenza es que estoy por renovarlo y peor aún soy fiel a una marca, formo parte de la tribu “manzanita” Shame of you Mr. Frango! que me jacto de mi libertad.

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