LA ARGENTINIDAD AL PALO

La señora se sienta a la mesa de un coqueto restaurante porteño. Lee la carta, escoge Chateaubriand en sauce Bernaise.

Después de algunos minutos -menos de los que suponía se requerían para la confección de su pedido-, la sonriente camarera le acerca un plato hondo con Malfatti.

La señora entre confundida y sorprendida: No es lo que yo he pedido, debe haber una equivocación.

No señora la equivocación es suya, aquí la carta es testimonial; lo dice, en cada una de las hojas de la carta que le presentamos: anunciamos el plato y servimos otro, nos avala la Justicia Electoral y 200 años de historia nacional.

Pero yo no quiero comer esto.

Puede no hacerlo, este es un país libre, puede recurrir a la Academia Nacional de Gastronomía y a la Corte Internacional de Justicia Gastronómica, salde la cuenta, firme aquí bajo protesta (le hace entrega de un formulario) y haga su reclamo.

Considero esto un atropello.

Puede ser, desde su punto de vista, sin embargo, bien mirado y a la luz de la experiencia, usted se enfrenta al más puro ejemplo de libertad individual. A usted, en principio puede afectarla, sin embargo usted puede hacer uso de esta misma institucionalidad testimonial.

¿Qué es eso?

La ley dice lo que yo creo que la ley dice.

Pero una sociedad, así no puede funcionar.

Y quien le dijo a usted que nosotros somos una sociedad. Nosotros somos 47 millones de hijos únicos, cada uno hace lo que quiere, cuando y como quiere, todo es testimonial.

Pero así no se puede vivir, así no se vive en el mundo.

Lo primero es falso; de hecho estamos hablando usted y yo; ambas somos reales, esta mesa lo es y su Chateaubriand humea tentador frente a usted.

¡Malfatti!

Pruébelo.

Se niega, aunque el aroma es tentador.

Anímese, va a ver que le gusta, basta probar un plato de nuestra carta y quedará hechizada. Y lo segundo, los platos testimoniales se están poniendo de moda; verá que pronto serán imitados en todas partes del mundo.

La señora -casi una Eva del Génesis- cae ante la irresistible tentación, lleva a su boca la mitad de un Malfatti, luego sin mirar a la camarera levanta la otra mitad y luego otro, esta vez entero.

¿Y? ¿Qué me dice? ¿Cómo está nuestro Chateaubriand?

Malfatti, corrige, e ingiere el tercero.

¿No es un manjar?, la camarera le guiña un ojo y esboza una sonrisa.

La señora hace un tímido mohín, que de hecho es interpretado como una complicidad por la camarera que se dirige a la cocina.

Al rato regresa, retira el plato vacío y le entrega la carta. ¿No ha sido, el más exquisito Chateaubriand que ha probado en su vida?

(Silencio).

Me impresionó el tamaño de la porción.

Así somos nosotros, libérrimos, simpáticos, generosos, casi pródigos. Así es nuestra idiosincracia.

La señora, ya canchera, mira la carta y sin dudarlo dice Flan con dulce de leche.

El esperado Tiramisú llegó sin demora.

Una sonrisa cómplice y luego una carcajada compartida, integradora: comensal y camarera casi amigas.

La señora deja una considerable propina, se besa con la camarera.

Es el mejor Chateaubriand que he comido, mejor que en París.

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