Hace años que un libro no me tiene atrapado como”Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski: un collage de erudición y suspenso, con el terror agazapado al borde de un misterioso túnel. Sólo experimenté una voracidad de lectura similar con James Joyce y Thomas Pynchon, pero estos dos genios venían precedidos de comentarios, historias, leyendas; si se me permite decirlo de esta manera: heredé la pasión por ellos. Danielewski apareció en mi horizonte el lunes pasado y me metió en la casa de Ash Tree Lane y junto a sus personajes ya estoy en la cuarta exploración de la escalera caracol, que vaya a saber uno a donde conduce y toda esa aventura en una habitación que no existía en la casa de Will, Karen y sus hijos de 8 y 5 años a la que se llega por un aún más misterioso pasillo, mientras un viejo que ha muerto nos hace recorrer historias que se cruzan desde la helada Australia a los pies del Everest y a la desenfrenada vida sexual de Tambor y los delirios de la droga.
Cada tanto, hago lo que hace todo el mundo: voy al supermercado, preparo clases, cocino, escucho algo de radio, que me vuelve a la realidad. Miro por la ventana y la grisura, la llovizna que no cesa, no incitan a salir. Recibo llamados de amigos, también de clientes que solicitan un presupuesto para 300 jarras de pingüino. Arreglo para visitar una casa a estrenar que pienso es ideal para hacer físico nuestro Museo Virtual, precisamente de esas jarras. Todo está por verse: ¿es eso lo que quiero, o ante un panorama incierto sería más inteligente partir de viaje en tren por el Caúcaso?
No recuerdo a Buenos Aires con tantos días sin sol y noto que está calando hondo en la gente. Todo en orden pero quiero copiar un texto colocado como largo epígrafe al Capítulo VI del libro mencionado. El epígrafe es de un antropólogo estadounidense de nombre Ernest Becker (1924 – 1974) que de una manera brillante sintetiza esa pregunta que constantemente me hago “What the hell are we doing here”? y que dice:”[Los animales] carecen de identidad simbólica y de la conciencia de uno mismo que la acompaña. Se limitan a moverse y a actuar de forma refleja tal como les dictan sus instintos. Si hacen una pausa, se trata únicamente de una pausa física: por dentro son anónimos, y ni siquiera sus caras tienen nombre. Viven en un mundo sin tiempo, que late, por así decirlo, en un estado de existencia mudo. […] Los animales están libres del conocimiento de la muerte, que es reflexivo y conceptual. Viven y desaparecen con la misma inconsciencia, unos pocos minutos de miedo, unos segundos de angustia, y todo se acaba. Pero vivir una vida entera con la premonición de la muerte visitándolo a uno en sueños y hasta en los días más soleados; eso es algo muy distinto”.

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