Aprendo de la lectura de Michel Onfray, que Diógenes el cínico rechaza el obsequio del fuego, de parte de Prometeo, que es símbolo inequívoco de civilización e ingiere sus alimentos crudos, lo salvaje, lo animal. Me voy de pronto a Mongolia donde recuerdo haber comido el más excelente “steak tartar” y donde también aprendí que los tártaros en su incansable conquista de territorios solían colocar un trozo de carne por debajo de sus monturas y que el traqueteo de la cabalgata les hablandaba la misma y hacía comestible ese trozo de alimento.
Vuelvo a la lectura y aparece la mención de Luciano de Samosata, nombre que por repetido, vengo, sin embargo, ignorando. Siempre fue una referencia que nunca estudie, quiero informarme, Luciano, pensador sirio que escribió en griego y en latín, ciudadano romano nacido en Samosata a orillas del Eufrates, en 125 y probablemente fallecido en Atenas entre 181 y 192 (como si en 11 años, no hubiese pasado nada), escritor de prosa irónica, humorista, gran parte de su vida fue nómade, recorrió Grecia, Roma, la Galia, Egipto, todo lo que hoy es Turquía, ya que Samosata es la localidad turca de Samsat en la provincia de Adiyaman. En sus Diálogos de los Muertos y de los Dioses donde Luciano hace intervenir a Ménipo y a Diógenes, ambos cínicos, nos habla del inframundo, es decir el mundo de los muertos que van al infierno y el mundo de los dioses donde van los buenos.
Estoy leyendo de espaldas a un ventanal que ilumina el texto. La quietud se interrumpe porque la señora que limpia la casa pasa un largo plumero por el ventanal, luego lo manguerea, con una esponja esparce jabón, luego otra manguereada y con un secador el escurrimiento. Sigo con mi lectura, pero no puedo dejar de imaginar que tal vez la señora esté pensando “mientras el pelado se rasca el higo leyendo un libro, yo limpio”; también pienso que si hubieran sido los dueños de casa, es decir mis anfitriones los que estuvieran limpiando el ventanal, yo me hubiera levantado y habría preguntado “Che, ¿los ayudo en algo”?, pero bueno el dinero, el salario de la señora suple la colaboración: yo pago, yo leo, vos limpias; más aún ellos pagan, yo leo, vos limpias y entonces mi imaginación satírica se inflama con espíritu imperial del mundo antiguo y me digo “el mundo está en orden yo leo, otros pagan, vos limpias y agradecé a la democracia porque si esto estuviera sucediendo en los tiempos de Luciano, llamo a un sirviente para que te hagan azotar porque me has distraído de mi lectura. Estas fantasías que siempre me suceden al leer, de poder visualizar mundos pasados, donde uno puede ser por momentos Calígula, Heliogábalo, Nerón y otras prostituta, otras Diógenes de Sínope y luego el sabio Heráclito y a renglón seguido esclavo sodomizado por un amo, es parte del placer de estar vivo y haciendo lo que me gusta. Debo decir también, a fuer de ser sincero, que me gusta este orden donde yo leo y otra limpia; pero también soy muy consciente de que el muro que separa mi tarea de la suya es fragil como un cristal.
En el almuerzo me informan, que el vidrio es blindado y mi amiga dice “pero no pasó la gamuza, se ven las marcas de las gotas, ¡Ah, no,! esta tiene los días contados”. Corto la jugosa entraña, le doy un sorbo a un estupendo Malbec de Mendoza y me digo “la casa está en orden, carpe diem”.

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