Acabo de leer “Güor: Museos y Restituciones” de Fernando Marín en una bella edición de Editorial ARTEFECTO, creada por el propio Marín. El libro es pequeño, tan sólo 24 páginas de un contenido tan interesante como bella es la edición. Comienzo por “: Museos y Restitución” y sigo con “Güor:”. El autor nos da una visión de un museo que me está haciendo pensar; entre otras cosas porque soy el Director del Museo Virtual de la Jarra de Pingüino. Marín nos dice:”Para la civilización occidental del siglo XIX y principios del XX, coleccionar, clasificar y estudiar objetos como método fue importante para “salvar” aquello que se consideraba vestigio de culturas primitivas, procedentes de un mundo lejano, extinto o a punto de desaparecer”. Lo en vías de desaparición es el aborígen de estas tierras, que en tiempos de la Campaña del Desierto, aportó restos óseos de antiguos y valientes caciques o jefes de dinastías tan antiguas como la tierra donde nacieron y donde deseaban ser sepultados. El libro nos cuenta la historia de Panghitruz Güor, conocido en el campo bonaerense como Mariano Rosas, jefe Ranquel cuyo nombre quería decir “Zorro cazador de pumas” que fue llevado prisionero y dejado al cuidado de Juan Manuel de Rosas en 1834 y que en 1845 se fuga del cautiverio y regresa a Leuvucó donde morirá de viruela en 1877. Recibirá sepultura con el ceremonial apropiado a su jerarquía. En 1879, bajo el imperativo de llenar vitrinas de salas de exhibición para hacernos partícipes del “pasado compartido” es desenterrado y su cráneo llega a La Plata para engrosar la colección del Museo de Ciencias Naturales de la ciudad. La comunidad Ranquel y los descendientes directos de Güor reclaman los restos para ser enterrados en su tierra y con la liturgia propia de su pueblo. Hecho que recién se hizo posible en 2001.
Al leer esta conmovedora historia volví a las palabras finales de un poema de Fray Marcos Donati con el que Marín comienza el libro, donde se lee que Dios jamás lo perdonará por haber “civilizado” al indio. Al mismo tiempo me acordé de “Antígona” de Sófocles (496 -406 AC) en cuya tragedia también hay un reclamo que deviene en desobediencia al Rey Creonte de Tebas que le prohibe a Antígona enterrar a su hermano Polinices a quien Creonte ha declarado traidor. Antígona desobedece la ley civil para cumplir con la tradición y la ley divina y ello desencadena una interminable tragedia humana.
Esta asociación me llevó a Leopoldo Marechal (1900 – 1970) de quien vi en el Teatro San Martín “Antígona Vélez” que es la recreación de la tragedia griega en tierras de La Pampa, en la estancia “La Postrera” donde se vuelve a tratar el problema entre el derecho humano y la ley del Estado.
Este bello libro “Güor” me permitió trazar una sutil cadena de Derechos Humanos comenzados 400 años antes de Cristo, seguidos en 1951, cuando se publica “Antígona Vélez” y se replica en el bello libro de Marín en 2025. Vi, entonces, como si fuera un tren, donde cada uno de los coches que componían el convoy llevaban anónimos ciudadanos del siglo V AC hasta ciudadanos del siglo XXI luchando exactamente por lo mismo: el inalienable derecho del individuo a ser quien quiere ser contra viento y marea. Por supuesto que la ley está por encima de todos, es el precio por vivir en sociedad, pero hay un ámbito donde el Estado: ya sea que esté representado por Rey, Presidente, Parlamento no puede jamás invadir: nuestra libertad de conciencia.
Permítaseme aclarar que las 300 piezas que componen el Museo Virtual de la Jarra de Pingüino, no han sido vulneradas en su libertad y que por lo contrario buscan ser reconocidas y dignificadas como parte de la identidad de los argentinos y esperan con ansiedad poder habitar un Museo Físico para ser admiradas por el público.

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