Un amigo de más de 40 años de amistad con quien he estudiado, viajado, compartido comidas, libros, trenes, espectáculos, discusiones políticas y en otra época una amante brasileña, que está casado en segundas nupcias, con tres hijos de su primer matrimonio que le han dado nietos, que sin ser rico tiene una buena posición económica con casa en San Isidro y finca en Mendoza donde ha comenzado una producción de vino para mi prometedora y para algunos interesados excelente; me invitó a comer a solas y terminada la primera botella, me expresó que 2026 viene siendo el peor año de su vida comenzada en 1950 en Bariloche donde vivió los primeros cinco años.
Su queja -representativa de su malestar- comenzó de esta manera: “me molesta estar al final de la vida y no haber hecho algo que me trascienda; la verdad es que me siento como un actor extra en un decrépito teatro de provincia, habiendo soñado y haberme creído actor de Hollywood, y no me vengas con los clásicos consoladores de buen compañero, sobre mis hijos, mis nietos, mi esposa adorable, mis logros y que vos y todos los demás me quieren mucho”.
Nos fuimos caminando desde el restaurante hasta su casa distante a tres cuadras, llamé a un Uber y nos despedimos con un abrazo como siempre y desde siempre.
Obviamente me puse a pensar, ya que yo soy casi dos años mayor que él. La edad que tenemos, no cabe ninguna duda es de personas mayores, lo que algunos llaman viejos, otros viejos de mierda, otros viejos chotos, otros “viejos meados” y casi nadie mujeres y hombres sabios. La verdad es que me parece que “estar al final de la vida” es una sentencia y no una definición. El final de la vida (y soy el menos indicado para hablar de la muerte, a la que detesto como liberación, yo no me libero de la vida, la gozo y cada tanto la sufro a mi pesar) digo que es una sentencia auto impuesta, yo vivo pensando en dónde, cómo y con quién voy a festejar mis 100 años, lo cual para muchos- por más que no me lo digan, es un delirio- como era un delirio volar y en 1903 los Wright modificaron la manera de ver el mundo, como fue delirante caminar por la luna, que sucedió en 1969, como la tierra no es el centro del universo y le tuvieron que dar la razón a Galileo, como que la Argentina es potencialmente rica y lo sigue siendo, nosotros fuimos, somos y seremos en potencia por los siglos de los siglos amén. Un proyecto comienza siempre con un sueño, que se configura en idea y con trabajo y con fracasos y con más esfuerzo se convierte en realidad. Esforzarse es hacer, no decir, y mucho menos alardear, es equivocarse y corregirse, es pedir perdón y seguir adelante. Querer ser estrella de Hollywood en San Isidro, “es no posible”, hay que ir a Hollywood, y empujar, luchar y acostarse con quien corresponda y después comenzar la tarea.
Seguí cavilando sobre lo que mi amigo me dijo, a sus 76 años es imposible , al menos para mi, decir que uno está al final de su vida, y esto va más allá del deseo, más allá de la voluntad y me remito a lo que veo, basta entrar en Google, lo acabo de hacer y hay 500.000 individuos mayores de 100 años en el mundo; el Ministro de Salud de la eterna nación en potencia se queja porque el PAMI tiene 5250 afiliados mayores de 100 años, a los que hay que pagarles (y que querés hacer, infame, meterlos en cámara de gas) la abuela del actual Rey de Gran Bretaña murió a los 101, su padre el Príncipe Felipe a poco de cumplir 100, su madre la Reina Isabel a los 96, Mirtha Legrand trabaja a los 99 con la energía de los 50 y más sabia, Carmen Dell’Orefice que en pocos días cumple 95 años sigue prestigiando con su elegancia y belleza las tapas de las revistas de moda más importantes del mundo, el ex Presidente James Carter murió a los 100 en 2024 y Henry Kissinger también a los 100 un año antes, Kirk Douglas murió a los 103, la actriz Hilda Bernard a los 101, Jeanne Calment murió en 1997 a los 122 años apagando el último Marlboro en el cenicero que la acompaño más de 80 y después hay también un montón de gente de mierda, según mi buen saber y entender que siguen compartiendo oxígeno. Disculpen, para mí ser buena persona incluye detestar, denunciar y condenar a los corruptos y a los hipócritas; yo no amo a todo el mundo, eso le corresponde a Dios, yo soy un simple mortal que nunca quiso ser actor de Hollywood, para mi la vida tiene hijos y entenados, ante la ley seremos todos iguales (cosa que no pasa de ser una ficción jurídica y entre nosotros claramente una mentira), igualdad que no concibo ni en mi pensamiento, ni en mi corazón y menos aún en mi cama. Intentar ser buena persona, es también mandar a LA CONCHA DE LA LORA a un montón de gente.
Más allá de los ilustres centenarios y de los anónimos centenarios que pululan por el mundo, el final es cuando no hay proyectos, ganas de seguir aprendiendo, búsqueda para responder a la pregunta What the hell are we doing here? cuando las ganas de viajar se reducen a mirar las fotos en el celular del último viaje y cuando nos ponemos a cantar “y a sus plantas rendido un león” como si fuera La Canción de la Alegría y no la apología de la derrota.
La fama tan desesperadamente buscada por cualquier medio, aparecer en la pantalla (y hoy hay más pantallas que territorios a caminar, más Gran Hermano, que hermano fraterno, más hacer plata de cualquier manera y a cualquier precio que producir algo que te haga trascender). También una cuota de realismo, no todo famoso es envidiable, todo el mundo sabe quien fue Hitler, casi nadie tiene la menor idea de quien fue Robert Plath, un piloto de compañía aérea estadounidense que un día vio las dificultades que tenía mucha gente llevando valijas pesadas y entonces le puso rueditas a las valijas, cambio lo horizontal por lo vertical y le agregó una manija que la transforma en carrito y trajo una solución. Todo el mundo sabe qué es y para que sirve una jarra de pingüino, casi nadie sabe quién tuvo la idea del primer y único MUSEO DE LA JARRA DE PINGÜINO, que por ahora es virtual hasta que consiga un sponsor para hacerlo físico y los pueda recibir con una sonrisa durante los próximos 30 años para visitar las seis salas, ver las más de 300 piezas, escuchar una charla sobre su orígen, su ¿por qué?, donde podrán comer y beber y disfrutar y dejarse de romper las pelotas con el final de la vida y la trascendencia Hollywoodense a orillas del Río de la Plata. Amigo querido esto es para vos y mirá que discreto he sido, no te quise hacer famoso por no haber llegado a Hollywood sino porque al leer esto tal vez se te ocurra ofrecerme un espacio para que mi Museo tenga un domicilio real, te doy mi palabra el Museo , cuando llegue mi final llevará mi nombre, una de las salas el tuyo: te avisé, hay hijos y entenados, y en mí la caridad empieza por casa. Te quiero, abrazo.

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