Categoría: Opiniones

  • MERCADO DE HACIENDA

    Es una fría y destemplada mañana de invierno, es 2018; tomo el tren de las 5.15 am en la estación San Isidro. Al pasar las estaciones, veo como se van encendiendo las luces en los departamentos de los edificios. En una hora cuando este tren esté volviendo hacia Tigre, la gente irá poblando estos coches, ahora casi vacíos; ni siquiera los celulares se atreven a interrumpir el sueño de los pasajeros. La nutrida caravana de mendigos, tullidos reales y ficticios, profesionales de la lástima, vivillos, vendedores ambulantes y raperos saben que a esta hora no hay mercado para sus ofertas. Los rigen las mismas reglas que a Wall Street, ningún agente de bolsa se presentaría a estas horas a las puertas del número 11 de aquella calle del bajo Manhattan.

    Donde si hay mercado es hacia donde me dirijo, el Mercado de Hacienda de Liniers, en Mataderos. Chequeo en el celular: 11366 animales que serán puestos a la venta a partir de las 8 horas. Voy a mostrar el proceso de comercialización a dos turistas belgas a quienes encuentro en un hotel de Recoleta. Es una de mis tareas. Nos esperan un auto y el chofer.

    Ya va amaneciendo al entrar en la avenida General Paz rumbo a los Corrales. Al igual que en Manhattan, aquí hay un toro de bronce, está en una plazoleta frente a una carnicería cercana a la entrada del centenario mercado.

    Más allá de lo laberíntico de las pasarelas en altura donde nos entreveramos con rematadores, carniceros, matarifes juzgando la calidad de estos miles de vacunos guiados por los reseros hasta el pesaje, después de la venta y de ahí hasta los camiones que los llevarán al faenado; me gusta instalar la idea que estamos asistiendo a una ópera, donde tañen campanas anunciando la obertura; irrumpe el coro de mujidos, repiquetea el martillo del rematador sobre la baranda como un invasivo timbal, el chirriar de las puertas de las balanzas suenan a desafinados violines, el tronar de los cascos de los caballos y los cientos de tenores, barítonos y sopranos que incitan a las vacas a marchar forman la escenografía de este teatro salvaje.

    He visto una pintura de Bacle de 1832 “Corrales del Abasto”, donde se ve al fondo la casilla del juez del matadero: son los ojos del estado, los ojos de Don Juan Manuel, cuya esposa Doña Encarnación Ezcurra, es la patrona de los carniceros.

    Asteriones simple, negros y colorados. Lo imagino a Borges, como un Teseo criollo conduciendolos hacia su destino final.

  • DE HÉROE A CHANTA NACIONAL

    “El perro se está haciendo un festín”, le dice un pescador a otro, en el muelle de Pacheco. “¿Qué está comiendo? ¿es un pollo? “.”No , es un pavo del Amazonas”.

    Contemplo desde la biciclerta, apoyada sobre la baranda del muelle, al perro arrastrando algo que efectivamente me parece que es un pavo, pero ¿pavo del Amazonas, aquí en el río de la Plata? Se me ocurrió pensar en una criatura mitológica para “El Libro de los Seres Imaginarios” de Borges.

    Emprendo el regreso a casa. Me detengo en la Plazoleta de Rivera Indarte y Rubén Darío. Quiero saber a quién se honra. Entre clidias, el inmenso roble y el dañado ombú, encuentro una placa. “Plazoleta Tcnel. Obregoso, héroe de la Independencia Argentina y de Perú” ¿Otro más?

    Wikipedia me informa que José de Obregoso vivió entre 1795 y 1877, se lo ve barbado con 21 medallas engalanando su uniforme. Nominado para recibir un premio militar por su trayectoria valiente en varios frente de batalla, se lo premia con 10000 pesos, lo que le sirve para saldar la hipoteca de su humilde casa en Belgrano. Esa gloria repentina lo insta a reclamar sueldos adeudados por el estado. Ahí se descubre que nadie lo recordaba en el Ejército, que jamás había combatido en las batallas donde dijo haberlo hecho, y que no era porteño como solía presentarse, sino que había nacido en Trujillo, Perú. ¿Otro mentiroso?

    En el prólogo al “Libro de los Seres Imaginarios” de Borges y Margarita Guerrero, fechado en Martínez en 1967, se lee:”El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma del universo” que incluye al Teniente Coronel Obregoso.

    El noble guerrero se inventó una historia heroica. Nosotros la Historia Nacional, o ¿habrá sido el vencedor de Pavón, quien la inventó, con lo cual inventó La La La Nación?

    El pavo del Amazonas, si existe. Descubro que es un ave arbórea, cuyo color es azulado o pardo, amarillento y moteado, con papada rojo brillante que responde al nombre científico de Penélope Jacquacu. Si Obregoso llegó al Panteón Nacional, también es posible que el pavo haya llegado flotando en una isla de camalotes, para que el perro se deleitase con algo más exquisito que los residuos que pueblan la orilla del río.

  • PEDALEANDO CON IRA

    “En las fronteras acecha la barbarie, en el interior la situación es ruinosa, un estado en bancarrota paga su mala gestión, ahogando en impuestos a sus ciudadanos, mientras sanguinarias conspiraciones, enfrentan a los candidatos. Por si ello fuera poco, sucesivos brotes de peste asolan la capital y las provincias” Estoy en un zoom con una amiga argentina que vive en Boston.

    “¿Es esa la situación en el país?” me comenta angustiada.

    “No, lo dijo Plotino hablando de Roma en el año 230”.

    Seguimos hablando de Donald Trump, “No va a haber traspaso de mando, igual que allá”, me dice.

    Salgo con la bici, voy al muelle. Estamos terminando la pandemia.

    A finales de los años 70, asistí a unas clases de Michel Foucault en el College de France inaugurado en 1530. Habló de biología, habló del estado, comenzaba a esbozar lo que completaría en “La Voluntad de Saber”, se acaba el estado territorial y comienza el estado poblacional. Soberanía y nación serán reemplazados por biopolítica, me pareció entender. Pfizer, Sputnik, Oxford Astra Zeneca, Synopharm, Moderna, Covishield, Jansen, Cansino, virus, pandemia, holocausto, me recuerda esa voz que nos constituye.

    Pedaleo con vigor, con ira.

    Son las 6.45 am, tenue llovizna, nadie en las calles. La que informa la temperatura en la radio, cada vez que llueve, adjetiva “día feo en Buenos Aires y alrededores, así seguirá toda la semana, horrible”, la demandaría por discriminación, para mí son los días más bellos, con el horizonte bien negro que exalta el color marrón del agua que ya veo desde la loma de Roque Saénz Peña, giro a la derecha, Quinta Bosque Alegre – Gay Foorest -, me digo, como si fuera la gallega del Waze, a la izquierda en José C. Paz, paso frente a la casa del ex Presidente Macri, curioso, su reiterativo “sí se puede”, siempre me pareció que iba dirigido, más que a los que lo votamos, a su italiano padre. “Sí se puede viejo, sí se puede y espero que vivas para que veas cuando un peronista me coloque la banda presidencial”. Pues no se pudo y la “exitosa abogada” lo vio por TV, izquierda en calle Vicente López y luego todo a la derecha por la senda costera.

    Derecha, izquierda, público, privado, absolutismo, democracia, todo me huele a naftalina.

    Debería haberme quedado en casa, está lloviendo, esto no es llovizna, esto no es que aumentó el dólar, es que el peso hoy vale menos que ayer, pero más que mañana. No, no es lo mismo, pero pedalear con viento en contra y lloviendo al amanecer, un domingo, sólo se me puede ocurrir a mí, lo único que falta es que me resfríe, neumonía bilateral, Covid, hospital, Parque Memorial, sólo asistió al entierro un perro vagabundo, orinó sobre mi tumba, Boris Vian, muerto de risa se ocultaba detrás de un ombú. Hoy en Londres hay dos grados bajo cero, llueve y hay probabilidades de nevadas. De estar viviendo allá, estaría saliendo del 78 de Onslow Gardens en South Kensington en el Mini Cooper verde, tomaría la M4 rumbo a Rye y almorzaría en The Mermaid, viendo crepitar las llamas de la chimenea, pero se me ocurrió volver, ser Ulises y narrar mis aventuras. Llegué al puerto de Buenos Aires desde Génova tres semanas antes de la gloriosa recuperación de las Malvinas, “they were, they are and they will be”, mejor sigo pedaleando, ya está parando, ha salido el sol. Ya sale vapor de los charcos, en minutos dengue, zika, chicungunia, no les digo, la biopolítica otra vez, o ¿me estaré poniendo hipocondríaco?

    Llegué al muelle de Pacheco; ahora un sol que platea el río, sin embargo allá, en la ciudad está oscuro, es el momento en que el perfil de Buenos Aires se pone negro, da la impresión de ser una ciudad de ébano, en vez de cemento, acero, vidrio, hierro. ¿Buenos Aires se pone negro o negra?, ciudad negra, puerto negro ¿Qué sos Buenos Aires negra o negro? ¿Qué carajo quisiste ser Buenos Aires? ¿La reina del Plata, Mi Buenos aires querido, la cuna del tango, la capital de un imperio que nunca fue, la París del Sur, la ciudad más europea de Latinoamérica, la New York hispanoparlante? ¿No te da vergüenza Buenos Aires, en lo que te has convertido? Eras la única ciudad del mundo con una sucursal de Harrods desde 1913, ni New York, ni Toronto, ni Sidney, ni Wellington, ni Cape Town tuvieron ese gusto, y hoy de noche, indigentes sin techo ni trabajo arrancan los marcos de cobre de las vidrieras vacías de lo que en su momento fue la mejor tienda del continente.

    Cuando estudiaba dereccho, lo que hoy es el barrio Padre Mujica, ex Villa 31; a mediados de los 60, era un asentamiento de no más de 10000 personas, hoy es una ciudad de entre 40000 y 50000 habitantes, (San Martín de los andes tiene 45000). Fue la iglesia la que le pidió a Menem que lo frenara al Intendente Dominguez y sus topadoras en el proyecto de erradicación de la villa. Si fuera preocupación por los pobres, hasta los apoyaría; lo terrible, lo hipócrita, lo increíblemente canalla es que es amor por la pobreza.

  • APRIL 3rd 1043 – 6th MAY 2023

    Tal vez haya llovido en Winchester el 3 de abril de 1043, como llovió en Londres el 6 de mayo de 2023. En esos 980 años ha caido mucha lluvia sobre tierras británicas. Con lluvia o sin ella en esas fechas fueron respectivamente coronados reyes: San Eduardo el Confesor (1004 – 1066), quien un año antes de morir, inaugura la Abadía de Westminster, donde se acaba de entronizar a Carlos III(1948) con la Corona de San Eduardo. Todo igual y al mismo tiempo todo distinto. Eduardo el Confesor fue santificado, entre otras cosas, porque aun casado, no dejó de ser virgen, Carlos tiene como reina a su ex amante.

    Churchill decía “No hay historia, sólo biografía”.

    La enviada especial a Londres del diario La Nación, Luisa Corradini, concluye la nota sobre la coronación: “A Carlos III, el reinado no le será fácil. No sólo porque lo hace bajo la sombra omnipresente de su madre Isabel II que sigue siendo para sus súbditos un modelo irremplazable; sino porque a los 74 años, aun queriendo hacer ejercicio de modernidad, es, definitivamente el representante de una generación pasada de moda y de un mundo que está en vias de desaparición”.

    Lapidario final, sobre todo, para un lector como yo, que nací el mismo año que el monarca recién coronado. Es como si cada piedra de la imponente Abadía de Westminster, fundada por el Rey San Eduardo, el Confesor en 1065, cayeran una tras otra sobre mí, precisamente en el momento en que después de 14 horas de estar escribiendo, tengo la vista irritada, me duele la espalda y en el instante de levantarme de la silla, un punzante dolor en la pierna izquierda, me ha dejado paralizado. Después del primer estupor tomo mi I Phone, tecleo “nervio ciático”, que parece haber estado esperando por 74 años hacer notar su presencia en mi cuerpo como Carlos de Windsor, la suya en el trono.

    El nervio ciático abarca desde la parte baja de la espalda, pasando por las caderas y los glúteos, hasta llegar a cada pierna. La ciática generalmente ocurre cuando una hernia de disco o el crecimiento excesivo de un hueso ejerce presión sobre una parte del nervio… y así continúa una descripción excata de lo que me sucede y no estando acostumbrado al dolor, protesto,me enfado y me insulto y no termino nunca de aceptar lo que me han dicho todas las mujeres que he conocido que son seres más realistas que los nosotros: “la vida es así”, “hay que aceptar las cosas como son”. Soy de los que creen que nada “es así”, sino que “hasta ahora han sido así y que todo es movimiento”. Pero debo reconocer que a pesar de mis lecturas, viajes y opiniones, mi alegría al caminar por Himalaya, viajar en el techo del tren en Siligury, remar doce días por el Amazonas con el remo corazón, caminar la Pampa de Achala, volar en planeador, helicóptero, aviones cargueros y globos aerostáticos. Bien todo esto y lo que tengo planeado hacer ha sufrido un cachetazo, una trompada contundente y me doy cuenta que no sé aceptar que “la vida es así” y entonces al leer eso de “pasado de moda y a punto de desaparecer”, me provoca tanta indignación como cuando veo a Donald Trump regocijarse mirando a sus partidarios tomar por asalto el Capitolio de la democracia fundadora de la modernidad, o cuando Cristina Kirchner o Jair Bolsonaro no asisten al traspaso de mando a sus respectivos sucesores, o el Papa Bergoglio afirma que “la propiedad es un derecho secundario” por más que el Estado Vaticano que él preside afirma poseer 5250 edificios y ninguno de ellos está situado en el Bronx, La Matanza o Bethnal Greene y entonces el salvaje apasionado (más no violento) que me habita, me transforma en la antítesis del filósofo estoico que pretendo ser sin conseguirlo y en vez de aceptar “que esto también va a pasar” como le dice el botones del hotel a Julia Roberts en “La Boda de mi Mejor Amigo” que la ha dejado desolada, despojada y vacía; me pongo de pie -a pesar del dolor- me calzo los guantes de box, me enfrento a la bolsa de arena y con bronca, rabioso, iracundo, le pego, le pego, le pego y no dejo de pensar, sin embargo, que hace 2500 años un griego muy sabio y muy pobre anotaba en la tablet de su tiempo: “Byos (arco) tiene nombre de vida y efecto de muerte”, y exhausto solicito un turno para una resonancia magnética que parece que es lo que hay que hacer y ya más calmo me siento y me repito que a pesar de los años, aun no sé que estoy haciendo aquí, ni por qué soy argentino, nacido a mitad del siglo XX, por qué nací varón, ni por qué respondo a mi nombre y mucho menos por qué me ha costado siempre tanto aceptar la realidad tal cual es y no como yo quisiera que fuera. Seguiré viajando, leyendo, balbuceando mis opiniones, por más que en mi equipaje, además de pocas prendas, las bitácoras y algún libro, tenga que agregar algún paliativo para la ciática porque me faltan muchos kilómetros y porque la libertad individual no estará en mí pasada de moda y mucho menos en vías de extinción, a pesar de mi conciencia: “Memento Mori”.

    Estamos viviendo otro mundo donde los valores de la democracia liberal se encuentran entre paréntesis, donde autócratas de todo tipo parecen querer imponer su voluntad a sus pueblos, el mundo es más virtual que real, el planeta ha sufrido la plaga global del Covid, Rusia ha entrado en Ucrania con igual salvajismo a como Hitler lo hiciera en el centro de Europa en el siglo XX o como Hernán Cortés en México en el siglo XVI, o como los bárbaros en Roma en el siglo V. Los narcotraficantes se han apoderado de ciudades importantes de América, la omnipresencia de los celulares es equivalente a la del ombligo, las redes invaden todo, el Chat GPT es materia de consulta como lo fuera el oráculo de Delfos en el siglo VIII antes de la cristiandad, la IA es materia de estudio y preocupacióin ya que está modificando el concepto de trabajo, ocio y hasta de humanidad, casi sin saberlo, como sí , en cambio “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras, la mano que esto escribe renacerá del mismo vientre”, como reiteró Homero que después fue Shakespeare, antes de ser Borges.

  • EL OMBÚ: EL NO CLUB

    Escribir sobre “EL OMBÚ”, es escribir sobre la niñez y la adolescencia y en alguna medida sobre la historia argentina. “EL OMBÚ”, era desde el punto de vista físico, un amplio terreno baldío, remanente de un loteo, poblado por añosos ombúes. Desde el punto de vista institucional, era la anomia total. Era el club de barrio pero sin socios adherentes, sin Presidente, ni comisión directiva, sin estatutos, ni propósito, ni misión alguna. Sin “club house”, sin vestuarios, sin cuota de ingreso, ni mensualidad. Sin instalaciones de ningún tipo.

    Era el NO CLUB.

    Ni nuestras hermanas, ni nuestras madres, ni después nuestras novias pisaron jamás EL OMBÚ, como si hubiera sido un ultraconservador club inglés. Tampoco los mayores, que sólo se atrevían a mirarnos desde el borde del terreno cuando jugábamos al futbol. EL OMBÚ cumplió la función que cumplen las plazas en los pueblos de provincia o en ciertos barrios de la Capital Federal, la espontánea reunión de los chicos vecinos.

    En la niñez (digamos entre los 7 y 11 años), fue trepar a los ombúes, hacer chozas con ramas, hojas, tablas, lonas que podrían haber sido de los tehuelches, eran, sin embargo siempre de los cheyenes, los sioux o los pieles rojas que atacaban el fuerte donde con revólveres y rifles nos defendíamos; era hacer fogatas, ensuciarnos, rasparnos rodillas y codos, volver a casa traspirados, con picaduras de lo que llamábamos bichos colorados, llegar con el cuerpo ampollado por las ortigas, las gatas peludas (orugas verdes), traíamos adheridos a las ropas hormigas, bichos bolitas y tatadioses. Había zonas que eran la ‘tierra incógnita’:eran casas linderas a las que solíamos entrar o porque eran escondites inexpugnables para los indios o porque de pronto habíamos decidido dejar la guerra y jugar a las escondidas. Cuando llegaba diciembre y comenzaba el Gran Premio de Turismo de Carrtera, trazábamos unas inmensas autopistas con puentes y montículos que simulaban sierras, montañas, precipicios peligrosos donde hacíamos correr unos autos de plástico a los que preparábamos con plomo, masilla, ruedas delanteras más grandes que las traseras que sujetábamos con tapitas de frascos de penicilina que íbamos a pedirle al farmaceútico, padre de uno de los chicos habitués del no club EL OMBÚ.

    Cada tanto armábamos una cancha de bolitas y hacíamos un hoyo y nos quedábamos horas revolcados en la tierra donde minutos antes corrían veloces nuestros autos.

    A partir de nuestros doce años y durante todo el colegio secundario, EL OMBÚ fue futbol, sólo futbol y nada más que futbol. Ahí había algunas reglas. Por lo general, durante la mañana, era el turno de los más chicos, pero después del almuerzo y durante toda la tarde jugaban los de 18 ó 20 años, que eran hermanos mayores y algunos personajes cuyos apodos eran Lenteja, Tito y unos hermanos, Pedro y Matosas, que eran unos correntinos borrachos que aparecieron un día vaya uno a saber de dónde, y cómo, que se quedaron varios años durmiendo a la intemperie, acurrucados en los huecos de los enormes ombúes que a la mañana seguían siendo las chozas de los indios y cowboys que nos continuaron.

    Alguna vez un circo con león jubilado y payaso de geriátrico se instaló en EL OMBÚ por corto tiempo, cosa que por un lado nos fascinaba, pero que también vivimos como una expropiación; hecho corregido rápidamente por algún inspector municipal, que puso las cosas en orden. EL OMBÚ, éramos nosotros.

    Era tal la confianza que se le tenía, que si faltábamos de casa, sabían donde estábamos, era el ámbito que nos contenía, nuestro refugio, nuestra casa en común.

    EL OMBÚ quedaba en La Lucila, la más pequeña localidad del partido de Vicente López, en ese elegante y plácido sector que va desde las vías del Ferrocarril Mitre a la Avenida del Libertador, luego venía el sitio vacío del palacio, la barranca, el río al que le falta una orilla; el Mar Dulce, según Juan Díaz de Solís, Almirante de la flota española quien lo navega por primera y última vez en 1516, ya que fue apaleado y comido crudo por los aborígenes (“en que ayunó Juan Díaz, y los indios comieron”), nos narró Borges.

    La Lucila tiene nombre de estancia, de chacra o de quinta, y fue las tres cosas. ‘Suerte de Estancia’, otorgada en gracia por Juan de Garay, luego chacra en el paraje de Los Olivos, y por último quinta, donde se inaugura el Palacio encargado a Pablo Pater, oriundo de Dijon, llegado al país en 1907, quien trabaja en él entre 1911 y su inauguración oficial en 1916, hasta que desaparece bajo la picota en 1945. En 29 años, se hace escombros, polvo, nace un fantasma. Se sabe, nada tiene mayor presencia que lo que no se ve.

    Sin saberlo, entonces, ese predio de EL OMBÚ, era lo que restaba aún sin edificar de un propiedad, que sintetizaba en gran medida la historia de nuestro país, ya que las tierras habían pertenecido a Lucila Marcelina Anchorena de Urquiza, quien las había recibido como regalo de su hermano Nicolás Paulino Anchorena, fallecido sin herederos; una fracción de 13 hectáreas y 49 centiáreas, lindera con la parcela de Juan Nepomuceno Anchorena y Josefa Aguirre, padres de Lucila Marcelina. Esta parcela había sido herencia de Nicolás Anchorena casado con Estanislada Arana, la abuela que crió a Fabián Gómez y Anchorena Conde de El Castaño, (pero esa es una historia muy larga, los remito a “Cinco Dandys Porteños” de Pilar de Luzarreta, que les va a encantar). Lucila Marcelina se casa con el Coronel Alfredo Froilán de Urquiza, algo así como si una Lancaster se casara con un York; pero claro no siendo nuestra sociedad una monarquía, no dio origen a ningún Tudor; lo que nos privó de un Henry VIII.

    Lancaster, rosa roja; York, rosa blanca. Federales y Unitarios, para nosotros Rosas y Urquiza.

    El Palacio Paz. El Palacio Anchorena. El Palacio Ortiz Basualdo. El Palacio Álzaga Unzué. El Palacio Pereda. El Palacio Errázuriz Alvear. El Palacio Bosch Alvear. El Palacio Alvear Ortiz Basualdo. El Palacio Armstrong Alvear. El Palacio Madero Unzué. El Palacio Peña Unzué. El Palacio Fernández Anchorena. El Palacio Duhau.

    Mucho palacio no hace riqueza. Mucha agua no hace un mar. Mucho tronco rugoso no hace un árbol. Mucho territorio no hace grandeza. Mucha verborragia no hace literatura.

    Vida y muerte ocurren en espacios ínfimos o son provocados por agentes de difícil visualización cuando no invisibles al ojo humano. Vayan como ilustración los siguientes ejemplos:

    En arácnidos, la viuda negra mide 3,8 cm y tiene un diámetro de 0,64 cm. Al terminar el apareamiento, no besa agradecida al macho, sino que lo pica y lo mata. El Corona Virus, que es sólo visible con el microscopio electrónico tiene un tamaño de entre 0,06 a 0,14 micras. El estado soberano más pequeño del mundo es el Vaticano. Su superficie es de 0,44 Km 2, es decir 44 hectáreas. Una gota de agua en el interior de una nube, mide 20 micras, es decir 0,02 mm. Al caer en forma de lluvia ya aumenta su tamaño a 2000 micras, es decir 2 mm. Un espermatozoide mide 0,05 mm y sólo se ve a través del microscopio; en cambio, el óvulo mide 0,14 mm y es visible al ojo humano. La bodega Romanee-Conti, productora entre otros del Romanee Conti Gran Cru, Cotes de Nuit; sin duda el vino más caro del mundo (unos 14.000 dólares), aunque ciertas añadas han alcanzado los 90.000 dólares por botella, genera esa calidad insuperable en la mínima superficie 1 Ha, 80 a, 50 ca.

  • GIRAR Y GIRAR

    Si como creo, es la naturaleza la que se repite, no sólo en volcanes que entran en erupción, mares que cse encrespan, ciclos de glaciación y fuegos devastadores, especies que desaparecen, transformación de dinosaurios en aves, ciclos estacionales, tiempos de bonanza y guerras, sino también tipologías humanas (meros EGOS) que se reiteran: nacerán Homeros y Alejandros, Jesuses y Constantinos, Montaignes y Richelieus. El mundo gira y nos hace girar. Los hechos suceden con independencia de nosotros. Me gusta pensar que es la naturaleza que pasa y nos encuentra en situación de ser por mero accidente Shakespeare o Boris Johnson.

    La cultura EGOlatra, mera proyección de nuestra insignificancia ha puesto el acento, precisamente en el EGO y así sostenemos que es Julio César quien ha llegado a Britannia, cuando en realidad es la naturaleza que requiere la evolución de Britannia para que devenga Inglaterra, para que se produzca la Guerra de los 100 Años, para que el Príncipe Negro combata en Poitiers, para que Shakespeare escriba Henry II, para que nazca Thomas Hobbes, para que Elizabeth I derrote a Felipe II, para que España catolice a América, para que Tupac Amaru sea descuartizado, para que haya guerras de independencia, para que surjan tiranos absolutos, para que yo sea un mero memorioso de acontecimientos insignificantes. La naturaleza requiere de la producción de nuestros EGOS, para cumplir sus fines, que no podemos vislumbrar con claridad cuáles sean pero que indefectiblemte no son los mezquinos intereses que nos hacen ser en el peor de los casos Heliogábalo, Hitler, Maduro y en el mejor Dante, Beethoven, Joyce, Borges. Y para que ello suceda, para generar esos EGOS es necesario que Hitler odie a Wittgenstein porque éste lo supera en inteligencia cuando compartían el mismo colegio; que Beethoven sea sordo, para no distraerlo de su tarea de seguir llenando de música el mundo; que Borges sea ciego para no ver a su patria envilecida; que Joyce tenga por padre a un alcoholico para querer huir de Irlanda, para que yo me cargue de una memoria enciclopédica que me impide pensar y me bata a duelo en el muelle de Pacheco en San Isidro y le aseste una herida mortal a Funes, el memorioso.

  • SÍMBOLOS

    El 14 de marzo de 1989 muere una señora en Viena a punto de cumplir 97 años, se la entierra con honores en la cripta de los Capuchinos. La señora era Zita María delle Grazie Andelgonda Micaela Raffaela Gabriella Giuseppina Antonia Luisa Agnese de Borbon Parma de Habsburgo, viuda del último Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlos de Habsburgo, y también Rey de Hungría como Carlos IV fallecido en el exilio en Madeira de neumonía a los 35 años, sin asistencia médica y con escasos recursos económicos. Cuando esto ocurre Zita estaba embarazada de su hijo número 9.

    En enero del 2000 muere en Lomas de Zamora el Sargento Ayudante (R) de caballería Juan Bó.

    Me agradan los nombres largos, como el de aquella película de la que poco recuerdo más allá del título:”La Casa de Té de la Luna de Agosto” de Daniel Mann de 1956, también me agradan los nombres cortos como por ejemplo el de la película “If” de Lindsay Anderson de 1968, o “What?” de Roman Polansky de 1972, o el de la película “It” de Andy Muschietti de 2019. El misterio insondable que cada uno de nosotros somos me parece que se acrecienta ante un nombre mínimo “Bó” y ante un nombre casi infinito, como el de la Emperatriz.

    Zita, como su marido, el Emperador Carlos I sólo reinaron dos años. Con su renuncia se termina un mundo y el poder de una familia ejercido por casi 700 años. Se terminó un mundo.

    Cuando el tucumano Juan Bó muere, no se acabó ningun mundo. Un universo cultural concluye cuando desaparece la representación de ese mundo. Es obvio a Zita no la conocí, soy un plebeyo insignificante de un complicado país al final del continente americano y además, si el nombre es arquetipo de la cosa, el mío es Alejo Santos, y en el improbable encuentro entre Zita y yo, ella no hubiera podido eludir lo significativo de mi nombre, ya que además de Archiduquesa, era archicatólica. A Juan Bó, sí lo conocí cuando yo hacía el servicio militar obligatorio. El hombre era el arquetipo de las virtudes militares: austero, enérgico, severo: de porte, voz y vestimenta impecables. Excelente jinete, bravo, humilde, (no era altanero, fanfarrón, no hacía alarde de nada, cuidaba a su tropa como un riguroso padre antiguo, nunca le escuché una queja, ni una burla sobre un soldado; le parecía un espanto lo que sucedía con el militarismo en la Argentina).

    Juan Bó debería haber sido General, le tocó ser Sargento Ayudante, porque Tucumán era pobre, porque no pudo estudiar, porque encontró en la Escuela de Suboficiales el lugar en el que podía estar, y supo de entrada que nunca, nunca, Nunca sería General.

    Ni Zita eligió ser Zita, ni Bó ser Bó y yo tampoco Santos. Creo haberlo dicho: reconozco que el sweater azul que me abriga lo elegí en un shopping en Edimburgo.

    Leo en “Tlön, Uqbahr, Orbis Tertius”: “Todos los hombres en el vertiginoso instante del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare”. Pienso que el mundo es una lotería, es conveniente gozar lo que a cada uno nos toca.

    Miro un mapa, no es el territorio: lo representa. Miro con silencioso respeto cualquier bandera nacional, no es el país en donde me halle: lo representa. El mundo es mi representación, escribió alguna vez Arthur Schopenhauer.

    Es diciembre de 1980, estoy en Atenas, frente a mí, el Partenón. Pienso en Aristóteles, recuerdo las palabras que escribió en La Política:”El hombre es un zoon politikon (un animal de la polis), un ser político, un ser social. Quien vive solo es una bestia, o un sabio”. Pienso en Roma: las legiones marchan a la guerra portando el estandarte SPQR, el Senado y el Pueblo de Roma. Pienso en la religión cristiana: la secta triunfante, elevada a religión de Estado en el siglo III. La cruz, poco tiempo antes símbolo de la subversión, enemiga de la Pax Romana, invade los antiguos templos, que desde ese momento pasan a ser paganos y en consecuencia: subersivos. Pienso en la Alemania nazi y la omnipresencia de la esvástica. Pienso en la bandera nacional argentina. Pienso en la lengua de los Stones. Veo por el mundo chicos de Chicago, Marrakesh, Lyon, La Boca con la camiseta de la selección argentina, con el nombre de Messi y el 10 en la espalda. Todos quieren pertenecer; pareciera que da miedo querer ser un individuo: nadie quiere ser una bestia o un sabio.

    Como nación, nosotros, los argentinos, hemos generado símbolos. Por supuesto la bandera creada por Manuel Belgrano el 27 de febrero de 1812, cuyos colores vienen del hábito y del manto de la Inmaculada Concepción, cuya versión vernácula es la Virgen de Luján. Facundo Quiroga, marchaba con sus tropas con una bandera negra con la inscripción “Religión o Muerte”, en alusión a la política liberal de Rivadavia. Vino luego la divisa punzó y las invasivas consignas del señor de Palermo: “Rosas o Muerte”, “Federación o Muerte”, “Mueran los Salvajes Unitarios”;”Viva la Santa Federación”. Terminadas las guerras civiles, el rosado representó la unión de la bandra blanca de los unitarios y la roja de los federales, todavía no sé si como síntesis de pacificación o como amalgama de dos facciones en pugna y a muerte. Durante el segundo gobierno de Perón, aviones argentinos bombardearon plaza de Mayo matando a civiles transeúntes -da cuenta de ello, Miguel Briante en “Hamacas Voladoras”. Se escuchó desde los balcones de la Casa Rosada “Cinco por uno no va a quedar ninguno” y después vino la consigna Perón o Muerte y después los fusilamientos de José León Suárez. Después vino la muerte.

    Los radicales se presentaron en una de sus parcialidades como Unión Cívica RADICAL INTRANSIGENTE. Tuvimos Montoneros y Militares que hicieron impúdica ostentación de la muerte. Después la AAA(Alianza Anticomunista Argentina)dirigida por el sargento de policía, elevado a Comisario General, un tal López Rega, con el objetivo de “exterminar”, después: Frente para la Victoria, Todos por el Cambio, Frente por Todos, se juntan en sus sedes partidarias que todos aceptamos llamar acríticamente como bunkers (construcción hecha de hierro y hormigón que se utiliza en las guerras para protegerse de los bombarderos) Daría la impresión que más que ciudadanos fuéramos cruzados, más que una sociedad civil, un cuerpo de ejército o una provincia jesuítica.

    Ya saben soy un solitario, soy un liberal, soy una bestia.

  • CAMBIA, TODO CAMBIA

    “Perón seguía adelante sin desfallecer. Siguió conspirando con Becker para derrocar a los gobiernos vecinos con el fin de establecer un bloque de naciones pro nazi liderado por Argentina que contrarrestrara la influencia de Washington sobre Brasil. ‘La lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía’ -había escrito Perón en un manifiesto secreto del GOU el 3 de mayo de 1943-. Las alianzas serán el primer paso. Tenemos al Paraguay, tenemos a Bolivia y a Chile. Con la Argentina, Paraguay, Bolivia y Chile, fácil será presionar al Uruguay. Luego las cinco naciones unidas atraerán fácilmente al Brasil debido a su forma de gobierno y a sus grandes núcleos alemanes. Caído Brasil, el continente americano será nuestro” (“La Auténtica Odessa. Fuga nazi a la Argentina”, Uki Goñi, cap.2 Perón salta al Poder, pag. 55).

    Observo hoy, noviembre de 2025, que nuestro país, Paraguay y Bolivia, están dirigidos felizmente, por gobiernos, en las antípodas de aquellos de 1943; y es muy posible que el 14 de diciembre próximo Chile elija a un gobierno del mismo signo. Uruguay y Brasil están dirigidos por demócratas de izquierda.

    A Perón, Hitler le servía de faro. El Presidente Milei reivindica como guía al Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.

    Recuerdo que en febrero de 2022 el ex Presidente Alberto Fernández; hoy procesado por causas de corrupción económica, relacionadas con seguros y en causas de corrupción moral por violencia de género (“para decirle algo lindo”, como a él le gusta) en su visita a Moscú, intentaba seducir al Presidente Vladimir Putin, expresando que le encantaría que la Argentina pudiera ser la puerta de entrada para Rusia a toda América Latina, ya que consideraba que la dependencia de los Estados Unidos y del FMI eran excesivas.

    Recuerdo también, que la Vice de Fernández, otra Fernández, hoy presa por encabezar una banda de estafadores del Estado Argentino, en tiempos de pandemia por Covid, solía decir que a ella y a su difunto marido Néstor Kirchner y sobre todo a sus niños Máximo y Florencia les encantaba disfrutar de Disneylandia, pero que en materia de vacunas se inclinaba, no por Pfizer sino por la Sputnik, a pesar de la prioritaria puesta a disposición de la vacuna Pfizer al gobierno argentino. El rechazo del ofrecimiento y la demora en la llegada de las Sputnik al país, causó la muerte de 130.000 ciudadanos; cuatro veces más que el “genocidio de 30.000 desaparecidos” durante el proceso militar.

    Recuerdo también que después del asesinato del fiscal Alberto Nisman, la Fernández, entonces Presidente de la Nación, desde una silla de ruedas en la Residencia de Olivos, afirmó con la soberbia que la caracteriza “No tengo pruebas, no tengo dudas, Nisman se suicidó”. Por suerte la actual presidiaria no siguió la carrera judicial, esas palabras en boca de un juez serían letales para la justicia; sabiamente escogió el ejercicio de la profesión liberal (perdón que lo diga así, tan crudamente) y fue una “exitosa” abogada, que la Historia juzgará, y ella, tampoco tuvo aquí duda alguna, la Historia la absolvería.

    Basta de política por ahora, voy a distraerme un rato, hoy me inclino por aquella joya de 1963 de Luchino Visconti “IL GATTOPARDO”.

  • ¿POST PANDEMIA?

    Es noviembre, es 2021, ya hace calor en San Isidro: es decir estamos en esa época donde según los que informan sobre el clima (meteorólogos, pronosticadores o locutores) anuncian que el día será una maravilla, por el mero hecho que no lloverá , no soplará el viento, el sol brillará, el cielo será celeste, la temperatura oscilará entre los 18 y los 28 grados centígrados. Reconocen sí, que la humedad será alta.

    Para mí los días merecen el nombre de “maravilla”, cuando el cielo está gris y llueve con intensidad durante 48 horas, con relámpagos, truenos y vientos fuertes y cuando la temperatura oscila entre 3 y 13 grados centígrados. Si nevase en Buenos Aires yo sería un hombre feliz. Pero a las locutoras y locutores se les ha ocurrido que “maravilla” es monopolio de sol, calor y cielo celeste. Y si las locutoras y locutores son militantes, esos son “días peronistas”. Lo que para mí es “maravilla”, para ellos es “día horrible en Buenos Aires”. Detesto a los locutores climáticos, que adjetivan, en vez de limitarse a los meros datos y dejar que nosotros adjetivemos de acuerdo a nuestra sensación.

    Me está pasando, que observo que la abrumadora, por momentos extenuante información sobre los infectados y muertos por Covid, ha prácticamente desaparecido. No me malentiendan, no es que extrañe esa ausencia, es más me habría encantado que nunca hubiera sucedido; pero me resulta poco confiable que la epidemia no merezca mayor información y un recordatorio diario en relación a los recaudos profilácticos.

    Regresando hoy del supermercado, vi que un vecino al que sólo conozco de vista, tal como él me conoce a mí, entraba su MG 1947 color rojo en su impecable aunque austera casa estilo colonial argentino ubicada en la “Libertador empedrada” y me produjo una inmensa alegría, ya que lo creía muerto precisamente por Covid. Me dieron ganas de abrazarlo, por el hecho de verlo con vida, pero me contuve, porque así son las cosas. Después me enteré que había sido su señora, las que había muerto por Covid; y casi corro a felicitarlo, ya que la señora, que solía pasear a un perro collie, tenía la horrible costumbre de no levantar las deposiciones de su “perrito”, que había elegido el frente de mi casa como aliviador de su intestino y habíamos tenido alguna discusión por mi queja al respecto y su indiferencia también al respecto. Varias veces me dije, voy a recoger esos excrementos con una pala y se los voy a tirar por la cabeza. Pero me contuve porque así también son estas cosas.

    Hay otro perro, un galgo viejo, que pasa acompañado de su dueño, un hombre joven y delgado, que lo lleva sujeto a una larga correa de color amarillo y negro. El galgo tiene sólo tres patas y me produce una tristeza tan enorme, verlo caminar con su elegancia perdida debido a su carencia, ya que los galgos son “gentledogs” al caminar. Lo abrazaría y me pondría a llorar, cosa que no haría si fuera su dueño el discapacitado por carecer de una pierna o un brazo, no porque tal hecho me resultara agradable, sino porque me parece que el galgo sufre una amputación humana, no propia de su especie. Tal vez un auto o moto lo atropelló y hubo que amputarle un miembro o tal vez tuvo un cáncer, enfermedad que atribuyo, probablemente equivocado, como privativa al ser humano y no a los otros animales. Tampoco me incliné a abrazarlo y me puse a llorar, porque también ese gesto forma parte de esas cosas.

    Lo que también me pasa es que cuando abro una caja de arroz para verter los granos en un frasco de vidrio para guardar en la alacena o cuando corto el ángulo de una bolsa de lentejas con idéntico propósito y caen sobre la mesada algunos granos de arroz o alguna lenteja, me preocupo por volverlos al redil, hago todo lo posible por “salvarlos” (esa es la palabra que uso). Han sido producidos para alimentar, no para pasar un trapo rejilla sobre la mesada y tirarlos a la basura. Tengo idéntico comportamiento cuando cocino fideos y queda uno “rebelde” en el fondo de la olla, también lo salvo y no descanso hasta integrarlo a la fuente para que cumpla con su función.

    Estos comportamientos, a los que he prestado mayor atención en tiempos de pandemia, debido a una menor actividad social y laboral me remontaron a un juego al que solía dedicarme entre los 5 y 7 años (estimo). Tomaba las bolillas con las que jugábamos a la lotería, las colocaba en el piso de roble que tenía un diseño de marqutería, y cada dos listones horizontales, que para mí eran coches del último tren, que estaba a punto de partir, de una estación ante una amenaza fatal a veces en el Far West, huyendo de un ataque de pieles rojas, otras de refugiados escapando de los nazis e iban llegando las bolillas, que por supuesto eran cowboys y damas antiguas en un caso y judíos y sus familias , en el otro, que huían hacia la estación y pasaba entonces con las bolillas lo mismo que sucede ahora con los granos de arroz, las lentejas o los fideos, había que salvar a todas las bolillas y sí las salvaba, siempre triunfaba el bien.

    Fui un chico de buenos sentimientos, no como ahora que untaría de deposiciones caninas a la señora del collie y procedería de manera idéntica con los funcionarios que ocupan la casa de gobierno: pero a estos se las haría comer.

  • ACEFALIA

    Anuncian tormentas, es agosto 17 de 2023.

    Salgo de casa con la imagen de Adolf Hitler entrando en un Mercedes Benz negro, llevando el bastón de Nietzsche.

    Voy a pagar la cuenta del agua y el ABL que son los únicos servicios que no sé por qué no tengo incorporados al home banking. Como sé que tendré que hacer una cola, me llevo el libro que estoy leyendo “Acéphale” que es la edición de los cinco números de la revista homónima que se publicó en París entre 1936 y 1939 donde escribían Georges Bataille, Pierre Klossowski, Roger Callois, André Masson, Jean Whal, Jules Monnerot, Jean Rollin. En el número 2 de “Acéphale”, bajo el título ‘Nietzsche y los fascitas’, artículo no firmado pero atribuido a George Bataille (1897-1962) es donde acabo de leer: “Antes de abandonar Weimar para irse a Essen – informa el periódico El Tiempo del 4 de noviembre de 1933-,el canciller Hitler visitó a la señora Elizabeth Föster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo. La anciana señora le obsequió un bastón que había pertenecido a su hermano. Le hizo también visitar los Archivos Nietzsche. El señor Hitler asistió a la lectura de un texto que el doctor Förster, agitador antisemita, había dirigido a Bismarck en 1879, texto en donde se quejaba de ‘la invasión del espíritu judío en Alemania’. Con el bastón de Nietzsche en la mano, Hitler atravesó la muchedumbre en medio de aclamaciones y subió a su automóvil para ir a Erfurt, y desde allí a Essen”.

    Es temprano, la oficina de pagos abrirá en 20 minutos. Me siento en un banco de cemento que hay afuera del local y retomo la lectura de “Acéphale”. Al rato llega un hombre, baja de su bicicleta y me pregunta lo que siempre pregunta el que llega, “¿Usted es el último?”, “Así parece, y en este caso también el primero”, le contesto, amablemente, pero dejando en claro, que quiero seguir leyendo a Bataille y no deseo ponerme a charlar con él, ni con nadie, sobre nada en absoluto. Mi manera de hacérselo notar consiste en volver mi vista al libro no bien dicho “primero”. Comprendió, se encendió un cigarrillo y se quedó mirando la calle.

    -¿Es usted el último?, le preguntó la mujer recién llegada al dueño de la bicicleta, que ya para entonces compartía el banco de cemento conmigo.

    (Peluquera de 46 años, divorciada, madre de dos hijos, abuela de dos nietos), “lo que aumentó el corte, pero igual vienen, no me puedo quejar, no voté por él, pero me gustaría acomodarle el pelo, faltan 15 para que abran y estos trabajan a reglamento. Abren pasadas las 9 y cierran antes de las 6. Con el loco eso se acaba, igual que los piquetes. Yo no lo voté, pero ahora que lo veo en la tele me encanta, por favor que acabe con toda la banda”

    • La bici es vieja ¿no?
    • Sí la uso para trabajar, le engancho el carro y salgo a cartonear, está difícil, yo tampoco entiendo lo de dolarizar, la hermana parece que tiene el poder.

    Por fin a las 9.04 abrieron, pagué, regresé a casa. El silencio de la lectura, sólo interrumpido por alguna exclamación entusiasta que me provoca un concepto de Pascal Quignard del monumental “Último Reino”, o una observación sobre alguno de los escritores y sus personajes que analiza Peter Orner en su delicado y apasionado “¿Hay Alguien por ahí?” o la búsqueda de ese algo misterioso que tan bien sintetiza Georges Bataille en el prólogo a “La Parte Maldita”: “Si se tiene la paciencia y también el coraje de leer mi libro, se encontrarán en él estudios realizados según las reglas de una razón que no renuncia y soluciones a los problemas políticos que proceden de una sabiduría tradicional. Pero también se encontrará esta afirmación: QUE EL ACTO SEXUAL ES EN EL TIEMPO LO QUE EL TIGRE ES EN EL ESPACIO”, que no sé bien qué significa, pero que me remite a William Blake, a Borges, a Whitman, a Kant, a Heráclito y al texto de John Waters que cierra el número 1 de la revista “Bibliotech” editada y dirigida por Patricio Binaghi, y que dice “We need to make books cool again. If you go home with somebody and they don’t have books, don’t fuck them”. En este silencio paso el día y cuando no puedo evitar escuchar el parloteo confesional de la gente haciendo cola y vociferando sin atender al otro, esa constante protesta que es el eco de las palabras vacías de los políticos que no hacen más que describir sin jamás resolver un escenario cada vez más dantesco, pero sin Paraíso, contemplo mi biblioteca, miro el fuego en la chimenea, escucho un trueno de la pronosticada tormenta y casi al instante una lluvia ansiada que golpetea contra el vidrio y a las 10 y 20 la mañana se disfraza de noche y llueve como en la época del colegio primario y como llovió en Loncoche y luego en Pokara y como me gustaría que siempre lloviese cuando llueve.

    Sí, no me cabe duda alguna; el Mercedes Benz al que subió Hitler en Weimar en 1933 era negro, como negro era el Cadillac en el que llegó Perón a González Catán a inaugurar el 6 de septiembre de 1951, la primera fábrica de Mercedes Benz fuera de Alemania, y que con el tiempo emplearía a Riccardo Klement es decir Adolf Eichmann como operario en la planta. Y entonces cuando el miembro de la Cia. de Jesús devenido Pontífice Romano afirma que el Libertario que estudia la Torah y sigue espiritualmente a un rabino es un “Adolfito”, me digo que al servicio de agua y al ABL debo incorporarlos con carácter URGENTE al home banking.