Si uno dice las Pirámides inmediatamente ve camellos, árabes envueltos en mantas y turbantes y piensa en Egipto. Aún no he visitado ese rincón del mundo, pero sí en cambio estuve comiendo en Le Pyramide, ese mítico y mágico restaurante de Vienne creado por Fernand Point, que fue el primero en el mundo en recibir tres estrellas de Michelin en 1933. Sí, el mismo año que sus vecinos dejaban de ser una democracia y pasaron a ser dirigidos por una dictadura bajo el mando de Adolfo Hitler y el control del partido Nazi. Un pueblo pleno de música, poesía y filosofía optó por la barbarie. El gas se usó en Le Pyramide para enaltecer la vida y el mismo gas unos kilómetros al este fue usado para degradarla.
Conocí Le Pyramide en el verano francés de 1980, gracias a una invitación de una querida y muy rica amiga. Comimos en platos de Limoges, bebimos en copas de cristal de Baccarat, cubiertos de plata, impecable mantelería blanca sentados a una mesa al aire libre con el balido y el mujido de ovejas y vacas muy cercanas.
Le Pyramide, que está, como entonces, en Vienne, pero la calle donde está, hoy lleva el nombre de Fernand Point el maestro cocinero que lo fundó en 1923 y que a partir de 1930 fue un hito gourmand ineludible para reyes, presidentes, escritores y todo lo que hoy se llama “celebrity”, aunque muchos no sean más que ordinarios llenos de plata. Varios ejemplares habitan nuestro país, demasiados son políticos profesionales: son los GRASAS.
Comimos Foie Grass, probé mi primer poulet de Bresse y recordé que Bresse, había sido el lugar de nacimiento de “Magnum” en 1897, nombre con que lo conocían sus amigos ya que era un gigante de 1,92 m y 165 kilos, pero me enteré que no era por su volumen que así lo llamaban sino porque todos los días el buen hombre se tomaba litro y medio de champagne. Nosotros tomamos una copa, como aperitivo, pedimos un Chateau Lafite Rothschild y después de quesos y postre, nos invitaron con un champagne douce. Conversamos de la omnipresente manteca en la cocina de Magnum, de como Curnonsky lo llamaba “el Racine de los fogones”, de los orígenes gastrosóficos de Point, que le venían por herencia ya que su padre era el concesionario del buffet de la estación ferroviaria de Lohuans y de su aprendizaje en París en “Foyot’s”y bueno de cosas nuestras.
Pedimos la cuenta y Pauline se levantó para hacer uso del toilette, llegó la cuenta, de un valor importante como la grandiosidad de lo gozado. No intenté ser un caballero antiguo, siempre he sido un adicto a la modernidad. Pauline no se inmutó por la cifra, pero se inquietó por no encontrar su cartera, que al rato la camarera trajo desde el baño donde Pauline la había olvidado. Me acompañó a la estación donde la invité a un café y nos despedimos con el cariño de siempre. El viaje Vienne – Avignon, si mal no recuerdo duraba algo así como dos horas, y entre el champagne y el Lafite dormí un buen rato y entre recuerdo y sueño me acordé del primer cuento que leí de Somerset Maugham (1874 – 1965) “The Luncheon” que me llevó a mis estudios de inglés en el Liceo Británico. En ese cuento, el narrador es un escritor que responde al gesto de una señora en el teatro, se acerca a ella en el intervalo y de pronto recuerda que se habían encontrado por primera y única vez hacía 20 años en París, cuando el alquilaba una habitación en el Barrio Latino y era un joven y novel escritor. Resultó que recibió una carta de ella diciéndole que le había gustado su libro, y ya que estaba de paso por París le encantaría charlar con él y si él la invitaría a “Foyot’s”. El joven escritor se asustó ya que ese restaurante estaba muy por encima de su presupuesto. Lo cierto es que se encuentran; ella era una mujer de 40, el andaba por los 20 y pico. La dama le decía que comía muy poco pero terminó engullendo caviar, salmón, espárragos gigantes, un tentador durazno, helado café y pidió media botella de champagne, el pobre escritor pidió una costilla de cordero, agua y café y pagó la cuenta; dejó una magra propina de 3 francos en una cuenta que llegó a 77 francos y le quedaba todo el mes por delante sin un franco. El cuento termina diciendo algo así como “no soy un hombre vengativo, pero me alegró verla pesando más de 100 kilos” (21 stones, decía el texto) que son 109,956 kilos).
Al levantarme llegando a Avignon no supe si el sueño me vino por “Foyot’s” donde trabajó Point, por los kilos de la mujer del cuento, del tipo de peso de Point, o porque si hubiera tenido que pagar yo la cuenta, no sé qué hubiera hecho porque tenía 320 francos en la billetera, vivía en el campo trabajando de campesino y albañil y en 1980 no usaba tarjeta de crédito. En fin, ces’t la vie.

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