El tribunal penal de Qom, en Irán, que es la ciudad sagrada del chiismo islámico, centro de estudios chiitas y destino de peregrinaciones (me suena algo así como El Vaticano, para los católicos) condenó a la pena de 74 latigazos a la cantante Parastoo Ahmadi por haber cantado sin el velo obligatorio frente a un auditorio mixto; cosa que también está prohibido. La pena también incluye la prohibición de cantar por 2 años y de no poder salir del país, también por 2 años. Se extiene el castigo a los músicos que la acompañaron, aunque a estos se los exime de los latigazos.
Me resulta incomprensible que un tribunal; formado sólo por varones; condene a una mujer por cantar sin velo a recibir 74 latigazos. Es más me resulta inadmisible que un varón obligue a una mujer a cualquier cosa. También agrede mi comprensión que alguien (mujer o varón) obligue y peor aún condene a otro a cualquier tipo de sanción por el hecho de cantar.
Sabemos que vivir en sociedad implica la aceptación de un orden en donde hay cosas que se pueden hacer y otras que no, y que de apartarse de lo normado conlleva una sanción que va desde una multa, a la pérdida de la libertad por un tiempo que podrá llegar a la cadena perpetua y en algunos países a la pena de muerte de acuerdo a la gravedad del hecho.
Vivir en sociedad implica (al menos hasta el grado de evolución que hemos alcanzado los que fuimos criados, alimentados, educados, queridos, en una parcialidad cultural perteneciente al mundo occidental judeo cristiano, que sostiene un horizonte de igualdad ante la ley, libertad de prensa, libertad de culto, libertad de movimiento, inviolabilidad de la propiedad privada, parlamentarismo, elecciones periódicas y respeto irrestricto a la libertad del otro) que cualquiera que rompa esas reglas recibirá una pena, que fue discutida, consensuada, promulgada como de acatamiento obligatorio.
Para individuos libérrimos (me gusta definirme como liberal in extremis) que no hemos formado una familia, no hemos invitado a otros a habitar el mundo, no nos arrodillamos ante ninguna representación de la divinidad, no poseemos más bienes ni dinero del estrictamente necesario como para vivir bien (por tal digo sin grandes ataduras, económicas, afectivas, ideológicas, no buscamos fama, gloria, heroicidad, honores e intentamos dejar el mundo en mejor estado del que lo recibimos al ser llegados, que nos apasiona el estudio, la buena mesa, la conversación, los viajes y aventuras, creemos que la amistad es el grado de mayor unión integral con el prójimo, que después de tres horas de estar con otro/a ya es suficiente salvo que se trate de niños que requieran nuestra atención o de estudiantes ávidos de algún conocimiento que uno pueda tener o de muy pocos amigos), nos cuesta (en fin me cuesta) esto del Poder (asi sea Poder Ejecutivo, Legislativo, Judicial, que es lo más avanzado que por ahora tenemos), pero lo acatamos. Ahora que en tiempos de viajes espaciales, Inteligencia Artificial y más de 8.000 millones de individuos conviviendo en un universo que desconocemos, en relativa armonía; haya todavía un tribunal que condene a una mujer por cantar sin velo, a 74 golpes de látigo por infringir los mandatos de Dios, eso ya me parece demencial. Que hechos como este, sean posibles, me hace pensar en lo lejos que estamos de poder entendernos.
Siempre admiré a Heráclito. Ante acontecimientos semejantes siento unas enormes ganas de imitarlo.

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