El sábado 17 de octubre, en la ciudad de Guayaquil, Ecuador, el sacerdote Redentorista Patricio Alfredo Sánchez Molinari, estaba celebrando misa en la iglesia del Perpetuo Socorro y durante su homilía decía “todos los aquí presentes, el día menos pensado podemos morirnos”. En ese preciso instante, el enorme crucifijo con el Cristo montado en él se desprendió de las clavijas que lo sostenían al muro detrás del prelado y cayó con todo su peso ancestral sobre la calva del sacerdote que quedó fulminado al instante.
Si un hecho similar hubiera sucedido durante, digamos, los siglos XV a XVIII, habría sido interpretado como un castigo divino y seguramente se habrían tejido todo tipo de teorías sobre la moral del cura, habrían circulado chismes sobre una supuesta relación íntima con una de las feligresas o cierto acercamiento de excesivo cariño con un bello monaguillo adolescente.
Algo de ese tenor fue lo que sucedió en la apacible mañana del sábado 1 de noviembre de 1755 en Lisboa a las 9.40 am durante al menos entre 3 y 5 minutos en que tembló la muy católica capital del Imperio Portugués, plena de riquezas como centro de acopio de especias y productos tropicales provenientes de Goa, el continente africano y el inmenso Brasil. Se argumentó que debido al relajamiento de las costumbres, al libertinaje de una parte de la población, la ira de Dios se había hecho sentir de la misma manera que en tiempos bíblicos cuando el Señor había provocado el Diluvio Universal, que sólo perdonó a Noé y su barca con parejas de animales, como para darle una oportunidad de enmienda a la humanidad.
A esta actitud se opuso la racionalidad naciente: Voltaire , Rousseau y Kant tomaron parte en la discusión teórica. Políticamente Sebastián José de Carvalho e Melo, Marqués de Pombal (1699 – 1782) Ministro de Relaciones Exteriores y de Guerra, fue el encargado de la reconstrucción y como hijo de la Ilustración tomó decisiones racionales y se apartó de explicaciones divinas. Dejó establecidas las primeras reglas de las estadísticas y de la sismografía e impidió una epidemia ya que con celeridad depositó miles de cadáveres en el fondo del mar en flagrante oposición al clero católico que pedía el entierro en sepulturas, lo que hubiera demorado peligrosamente la solución. El rey José I lo nombró Primer Ministro, cargo que ocupó entre 1756 y 1777.
Recuerdo que el chofer que me llevaba desde el Aeropuerto al centro de la ciudad, me señaló la inmensa columna que honra a Pombal y me dijo “Fue un acérrimo enemigo de la Iglesia, soñaba con un mundo sin curas ni monjas que retrasan el progreso de la humanidad”. Comenzaba lentamente a ponerse de moda la sentencia kantiana “Sapere Aude”, “Atrévete a Pensar”; idea que deberíamos revitalizar ya que la situación mundial está generando un terremoto social que parece estar superando a aquel que hizo temblar a Lisboa en 1755.

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